Las ruinas indias
No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de la historia
americana. No se puede leer sin ternura y sin ver, como flores y plumas
por el aire, uno de esos buenos libros viejos que hablan de la América
de los indios, de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes
y de la gracia de sus costumbres. Unos vivían aislados y sencillos, sin
vestido y sin necesidades, como pueblos acabados de nacer; y empezaban
a pintar sus figuras extrañas en las rocas de la orilla de los ríos, donde
es más solo el bosque y el hombre piensa más en las maravillas del mundo.
Otros eran pueblos de más edad y vivían en tribus, en aldeas de cañas
o de adobes, comiendo lo que cazaban y pescaban y peleando con sus vecinos.
Otros eran ya pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas,
pirámides adornadas de pinturas de oro, gran comercio en las calles y
en las plazas y templos de piedra fina, con estatuas gigantescas de sus
dioses. Sus obras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como
se parece un hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles.
Ellos imaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, su arquitectura,
su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante, atrevido, nuevo.
Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leen como una novela
las historias de los pueblos nahuas y mayas de México.
¡Qué hermosa era Tenochtitlan, la ciudad capital de los aztecas, cuando
llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día y la ciudad parecía
siempre como en feria. Las calles eran de agua unas y de tierra otras;
las plazas, espaciosas y muchas; y los alrededores, sembrados de una gran
arboleda. Por los canales andaban las canoas, lanchas pequeñas tan veloces
y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas a veces que
se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En unas vendían
frutas y en otras flores, y en otras jarros y tazas y demás cosas de alfarería.
En los mercados hervía la gente, saludándose con amor, yendo de puesto
en puesto, celebrando al gobernante o diciendo mal de él, curioseando
y vendiendo. Las casas eran de adobe, que es el ladrillo sin cocer, o
de calicanto, si el dueño era rico. Y su pirámide de cinco terrazas se
levantaba por sobre toda la ciudad, con sus cuarenta templos menores a
los pies, el templo magno del dios de la guerra, Huitzilopochtli, de ébano
y jaspes, con piedra fina como nubes y con cedros de olor, sin apagar
jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de sus seiscientos braseros.
En las calles, abajo, la gente iba y venía en sus túnicas cortas y sin
mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas, y unos zapatos flojos,
que eran como sandalias de botín. Por una esquina salía un grupo de niños
disparando con la cerbatana semillas de fruta o tocando a compás de sus
pitos de barro de camino para la escuela, donde aprendían oficios de mano,
baile y canto, con sus lecciones de lanza y flecha y sus horas para la
siembra y el cultivo: porque todo hombre ha de aprender a trabajar en
el campo, a hacer las cosas con sus propias manos y a defenderse.
Pasaba un señorón con un manto largo adornado de plumas
y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado de pintar,
con todas las figuras y signos del lado de adentro para que al cerrarse
no quedara lo escrito en la parte de los dobleces. Detrás del señorón
venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de cabeza de
serpiente, otro de lobo y otro de tigre, y por afuera la piel, pero con
el casco de modo que se les viese encima de la oreja las tres rayas, que
eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en un jaulón de carrizos
un pájaro de amarillo de oro para la pajarera del rey, que tenía muchas
aves y muchos peces de plata y carmín en peceras de piedra fina, escondidos
en los laberintos de sus jardines.
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Otro venía calle arriba dando voces, para que abrieran
paso a los embajadores que salían con el escudo atado al brazo izquierdo
y la flecha de punta a la tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios.
En el quicio de su casa cantaba un carpintero, remendando con mucha
habilidad una silla en figura de águila, que tenía caída la guarnición
de oro y seda de la piel de venado del asiento. Iban otros cargados
de pieles pintadas, parándose a cada puerta por si les querían comprar
la colorada o la azul, que ponían entonces, como los cuadros de ahora,
de adorno en las salas. Venía la viuda de vuelta del mercado con el
sirviente detrás, sin manos para sujetar toda la compra de jarros
del pueblo de Cholula y de Guatemala; de un cuchillo de obsidiana
verde, fino como una hoja de papel; de un espejo de piedra bruñida,
donde se veía la cara con más suavidad que en el cristal; de una tela
de grano muy junto, que no perdía nunca el color; de un pez de escamas
de plata y de oro, que estaban como sueltas; de una cotorra de cobre
esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las alas.
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O se paraban en la calle las gentes a ver pasar a los dos recién casados,
con la túnica del novio cosida a la novia, como para pregonar que estaban
juntos en el mundo hasta la muerte. Y detrás les corría un chiquitín,
arrastrando un carro de juguete. Otros hacían grupos para oír al viajero
que contaba lo que venía de ver en la tierra brava de los zapotecas, donde
había otro gobernante que mandaba en los templos y en el mismo palacio
real y no salía nunca de pie, sino en hombros de los sacerdotes, oyendo
las súplicas del pueblo, que pedía por su medio los favores al que manda
al mundo desde el cielo, y a los gobernantes en la pirámide y a los otros
gobernantes que andan en hombros de los sacerdotes. Otros, en el grupo
de al lado, decían que era bueno el discurso en que contó el sacerdote
la historia del guerrero que se enterró ayer y que fue rico el funeral,
con la bandera que decía las batallas que ganó y los criados que llevaban
en bandejas de ocho metales diferentes las cosas de comer, que eran del
gusto del guerrero muerto. Se oía entre las conversaciones de la calle
el rumor de los árboles de los patios y el ruido de las limas y el martillo.
¡De toda aquella grandeza apenas quedan en el museo unos cuantos vasos
de oro, unas piedras como yugo, de obsidiana pulida, y uno que otro anillo
labrado! La ciudad de Tenochtitlan no existe. No existe Tullan, la ciudad
de la gran feria. No existe Texcoco, el pueblo de las pirámides. Los indios
de ahora, al pasar por delante de las ruinas, bajan la cabeza, mueven
los labios como si dijesen algo y mientras las ruinas no les quedan atrás,
no se ponen el sombrero. De ese lado de México, donde vivieron todos esos
pueblos de una misma lengua y familia que se fueron ganando el poder por
todo el centro de la costa del Pacífico de México en que estaban los nahuas,
no quedó después de la conquista una ciudad entera ni un templo entero.
José Martí.
¿Has visto alguna ruina, aunque sea en dibujos? ¿Te han contado
cómo era México Tenochtitlan?
¿Hay ruinas de alguna ciudad muy vieja cerca del lugar donde vives?
Y después de lo que acabas de leer, ¿cómo te imaginas a México
Tenochtitlan? También puedes buscar en otros libros más información
sobre el México prehispánico. |
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