¡Ahora lo verán!


Mi tío ya llevaba casi un mes que no hacía otra cosa que cazar ratones. Se puso a cazar roedores negros, blancos y grises. Ratones con los ojos amarillos y mirada brillante, con pelaje suave y rabo rosado, con pestañas lacias y bigotes enroscados. Ratones de todo tipo y variado tamaño.

A todos los atrapaba vivitos y coleando. Algunos ratones se enojaban mucho, porque no les gustaba abandonar involuntariamente sus quehaceres cotidianos. Pero había otros, los más aventureros, que sí les gustaba ser atrapados, porque les atraía la idea de conocer nuevas formas de vida.

También había algunos roedores que sentían mucha tristeza por verse alejados de sus amigos más queridos. Y otros que no se sentían tan tristes, por el contrario, les agradaba la manera con la que se lograban deshacer de algunos compañeros antipáticos.

Así, atrapados con gusto o disgusto, los ratones del pueblo caían en manos de mi tío cazador. Pero eso sí, la pasaban bien. Mi tío les daba de comer lo suficiente. Comían maicito tierno y habas tostadas. Claro que eso nos platicaba él, porque nosotros nunca vimos que les diera de comer; ni siquiera sabíamos dónde los tenía.

 

Lo que nunca nos contó fue para qué los quería y qué iba a hacer con tanto ratón. En lo personal, me parecía que seguramente se los iría a vender todos juntos a algún gato glotón.

Pero me daba mucha angustia pensar que se les fueran a quedar todos los animalitos en su casa, sin poder deshacerse de ellos después. Es más, llegué a pensar que se puso a cazar ratones, al no tener otra cosa importante que hacer. Y eso me tranquilizaba un poco.


 

Vimos tan entusiasmado a mi tío en su cacería ratonil, que nos ofrecimos todos los niños del pueblo para ayudarle.

Y él nos agradeció el ofrecimiento. Nos pagaba cincuenta centavos por cada ratón que le llevábamos vivito y coleando. Además de divertido, nos pareció a todos que era una manera de ahorrar un poco de dinero para gastarlo luego en la fiesta del pueblo, que ya se acercaba por esos días.

Y llegó el día de la fiesta y todo el pueblo se reunió en la feria que instalaron en la plaza municipal. Ahí estaba lista la rueda de la fortuna, el carrusel de caballitos, el tiro al blanco, los premios de los aros y de las canicas y los puestos de comida, golosinas y nieves de sabores. Todos nos vimos ahí.


   

Algunos se divertían en los juegos mecánicos, otros intentaban ganarse el premio más bonito de la feria y otros más nos quebrábamos cascarones llenos de confeti en un gran combate de colores.
Todos estábamos ahí; todos, menos mi tío, que seguramente seguía cazando ratones, ya que nunca lo vimos por ninguna parte.

La fiesta continuaba muy divertida hasta que, a media tarde, apareció un hombre disfrazado. Se fue a instalar exactamente bajo el quiosco de la plaza municipal. Parecía ser un anciano con la pierna renga, porque al arrastrar una olla tan grande y pesada como la que llevaba no parecía otra cosa que eso: un anciano con la pierna renga. Y ya estando ahí, en el mero centro de la feria y a media fiesta, comenzó a gritar como pregonero:

—¡Ahora lo verán! ¡Ahora lo veremos!
¡Pronto correrán! ¡Pronto correremos!

Llevaba una máscara de chivo barbudo y viejo. Y bailaba una danza muy rara alrededor de la olla gigantesca que había arrastrado hasta el quiosco, la cual estaba bien tapada para que nadie pudiera ver su contenido. Y así, bailando, continuaba gritando:

—¡Pronto lo verán! ¡Pronto lo veremos!
¡Todos correrán! ¡Todos correremos!



 

Y ya que todos nos habíamos amontonado cerca de aquel hombre con máscara de chivo, éste destapó la gran olla de barro para que pudiéramos ver lo que había dentro. En ese momento... ¡todos lo vimos y todos corrimos! A muchos no se les vio ni el polvo cuando escaparon. Las mujeres se levantaron las faldas para correr más de prisa hasta donde pudieron; y los más valientes nos trepamos hasta el carro de la rueda de la fortuna que estaba más arriba. Y desde ahí vimos cómo aquel hombre, que le bailaba la barriga de tanta risa y daba brinquitos de burla, se le cayó la máscara... ¿A que no adivinas quién era?... ¡Pues nada menos que mi tío, mi tío cazador!
 

Óscar Muñoz


Y tú, ¿no quieres cazar ratones?

Los puedes atrapar en un papel, dibujándolos. Y después, cuando tengas muchos, puedes jugar al Tío cazador.

Ponte de acuerdo con tus compañeros:

Que algunos instalen la feria con lo que se les ocurra y otros pongan los puestos de comida.

Piensa en los pregones que gritará quien haga de Tío cazador. Y ve con tus amigos cómo hacer la máscara de chivo. La pueden hacer con lo que tengan a la mano.

¡Ah!, y entre todos pueden inventar las danzas que bailará quien haga de Tío cazador.