Cierta vez, Luha, el dios del agua, se paseaba por las
sierras viendo la obra de la Madre Naturaleza, cuando se encontró con
su hijo, Leubio, que estaba llorando al pie de un cerro.
Muy apenado, el dios le preguntó:
¿Qué te pasa?, ¿qué te
han hecho? Dime si puedo ayudarte a calmar tu pena.
Perdóname, padre, pero me he enamorado de una bella princesa del
castillo de los mortales y me quiero casar, pero sé que mi madre y tú
me negarán este derecho.
¿Cómo puede ser? preguntó Luha, ¿un hijo mío y una
mortal?
Y sin decir más, el dios se marchó triste y pensativo, pues, en realidad,
deseaba permitirle a su hijo que se casara con quien él quisiera, pero
pensó que si daba su consentimiento, la tristeza mataría a su esposa,
la madre de Leubio.
Caminó largo rato hasta donde estaba descansando la diosa Arcoiris, y
le contó todo lo que su hijo le había dicho.
Su esposa se llenó de rabia y contestó:
¿Cómo puede mi hijo amar a una mortal? No lo permitiré y, de hoy
en adelante, haré todo lo que pueda para separarlo de ella.
Yo buscaré otra forma de complacerlo que no sea la de casarse con
esa mujer medió el dios.
Todavía estaban hablando, cuando llegó Leubio.
¿Qué están discutiendo? preguntó el joven.
Su madre le reclamó todo lo que había oído de boca de Luha. Leubio le
contestó:
Madre, me niegas el derecho de ser feliz. Pero queda un camino
para acabar con esto. Si no quieres darme la libertad, ¿por qué no me
destruyes? Porque si continúo vivo, te juro, madre querida, que te voy
a desobedecer, aunque me duela el alma.
La madre no contestó.
Pasó el tiempo y Leubio seguía visitando a su amada.
Un día, resolvió terminar con la espera y decidió casarse.
Entonces fue y le dijo a Luha y a Arcoiris:
Pienso casarme y deseo, de todo corazón, no causarles ningún daño
por mi desobediencia, pero ya que ustedes se negaron a oírme, estoy dispuesto
a seguir mi voluntad.
¡Maldito seas, hijo mío! exclamó Arcoiris. Me
has desobedecido, pero en la misma desobediencia llevarás el castigo.
Nunca serás feliz y jamás te pertenecerá aquélla que tanto anhelas. Te
lo juro. Ahora vete, que no quiero mirar jamás tu despreciable figura.
Triste y lloroso, Leubio se marchó lejos de sus padres.
Mientras tanto, Arcoiris bajó hasta los mortales y fue a casa de una
bruja, muy conocida por su maldad.
Tengo un trabajo para ti y te pagaré mucho dinero si lo haces bien.
Usted dirá contestó la bruja.
Quiero que separes a dos seres que se aman, pero de forma que estén
juntos y divididos a la vez, de modo que jamás en la vida lleguen a unirse.
Muy bien respondió la bruja dalo por hecho. No te
arrepentirás de haberme consultado.
Al momento, la bruja hizo que Leubio y Flor perdieran su forma humana,
y se convirtieran en dos inmensas lagunas divididas por una franja de
tierra firme.
Como quiso Arcoiris, jamás perteneció a Leubio la mujer a la que tanto
amaba.
Y, aún hoy, se recuerda en Dos Lagunas la desobediencia de Leubio. |