VI. EN BÚSQUEDA DE UNA CONEXIÓN CLIMÁTICA

DENTRO del marco general de las relaciones solar-terrestres, y en particular el de las relaciones del tiempo y el clima con la actividad solar, existen cuatro grandes facetas. Primero, manifestaciones de la actividad solar, algunas de las cuales exhiben periodicidades bien definidas, mientras que otras ocurren de manera impredecible, se trata de eventos transitorios. Segundo, los estudios y las observaciones meteorológicas y climatológicas han mostrado características, tanto periódicas como aperiódicas, que sólo pueden ser explicadas de manera parcial con base en procesos meteorológicos de corto y largo periodo. La tercera faceta es consecuencia de las dos primeras, esto es, la similaridad de las periodicidades observadas, tanto en la actividad solar como en los fenómenos del tiempo, sugiere que debe haber alguna conexión entre los dos, y un gran esfuerzo ha sido dedicado a la búsqueda de dicha conexión a través de estudios de correlación. Finalmente, los algunas veces contradictorios, confusos y discutibles resultados de innumerables estudios han dado lugar al reconocimiento de la cuarta, y quizás más importante faceta: ¿cuáles son los procesos químicos y físicos atmosféricos que permiten que las relativamente menores fluctuaciones inducidas por la actividad solar en la energía solar que llega a la Tierra, influyan en la inmensamente más energética dinámica de la troposfera? Esta faceta es la más reciente en el problema de las relaciones Sol-tiempo, y la menos estudiada de todas ellas.

Para entender y resolver el problema general, es necesario atender todos sus aspectos principales. Las primeras dos facetas representan disciplinas geofísicas bastante complejas, y la tercera trata de reunirlas (con el consecuente incremento en complejidad). La cuarta faceta debe delinear los procesos químicos y físicos comprendidos en las interacciones entre la actividad solar y el tiempo y el clima.

Para apreciar de manera completa este fascinante y a menudo frustrante rompecabezas, es útil examinar sus piezas por separado pero pensando en cómo podrían ir unidas. En el capítulo anterior hemos ya examinado por separado dos de las principales piezas del rompecabezas: la variabilidad solar y sus supuestas influencias sobre el sistema atmosférico. Pasaremos ahora a presentar algunas de las correlaciones más importantes encontradas entre la variabilidad solar y el tiempo y clima en la Tierra.

Las tendencias climatológicas asociadas con ciclos de largo y corto periodo en la actividad de manchas solares han sido estudiadas por un gran número de investigadores usando datos que abarcan un periodo de aproximadamente dos siglos. La búsqueda de esta asociación empezó aun antes de que Schwabe descubriera el Ciclo de manchas solares en 1843. Por ejemplo, el famoso astrónomo inglés W. Herschel, descubridor del planeta Urano y sus satélites, así como los de Saturno, y a quien se considera como el padre de la astronomía estelar, sugirió en 1801 que el precio del trigo en Londres estaba indirectamente controlado por el número de manchas solares; esto basado en sus observaciones de que cuando el número de manchas solares era pequeño menos lluvia caía en Londres. En la mayoría de los casos, la significación estadística de resultados históricos como el citado no puede ser evaluada hoy en día. Su valor, por lo tanto, está abierto a discusión. No obstante, lo hemos mencionado para ilustrar la gran variedad de resultados de que disponemos así como para proporcionar una perspectiva para los análisis más recientes.

Los dos parámetros más comunes usados para definir el clima han sido la precipitación y la temperatura, y éstos han sido utilizados en una gran cantidad de estudios sobre la asociación Sol-clima/tiempo. Indicadores indirectos de la precipitación, tales como los niveles del agua en ciertos lagos, también han sido correlacionados con el número de manchas solares, aunque estas variables son de mayor interés para los hidrólogos que para los climatólogos.

La presión atmosférica en la superficie, en instalaciones especiales como medida en promedio para zonas diversas, ha sido también un parámetro popular para correlacionar con el número de manchas solares, habiéndose investigado también los sistemas de presiones y vientos, así como las trayectorias de las tormentas. Ahora bien, si existe alguna relación de la actividad solar con los parámetros atmosféricos, ésta debe ser distinguible en todos y cada uno de ellos, ya que se hallan íntimamente relacionados en el sistema atmósfera.

En algunos lugares, la presión, temperatura y cantidad de lluvia parecen estar mejor correlacionadas con el ciclo de Hale (ciclo magnético o doble ciclo solar) que con el ciclo de manchas de 11 años.

 

CORRELACIONES CON EL CICLO SOLAR

En esta sección revisaremos algunos de los estudios que han intentado relacionar el ciclo de manchas solares de 11 años con variables climáticas como la precipitación e indicadores indirectos (como por ejemplo el nivel de los lagos), la temperatura y presión atmosférica, los vientos y las trayectorias de tormentas.

Precipitación pluvial

La correlación entre el número de manchas solares y la precipitación pluvial anual puede ser positiva, negativa, o inexistente, dependiendo del lugar donde se han efectuado las mediciones meteorológicas. Así, por ejemplo, en las latitudes ecuatoriales se han encontrado correlaciones positivas según las cuales, en promedio, cae más lluvia durante los años del máximo solar que durante los del mínimo. Por otro lado, en las estaciones de latitud media (20°-40°) parece haber menos precipitación alrededor de los años del máximo que en los cercanos al mínimo. Esto se ve claramente en la Figura 28 donde, además de las medias anuales, se han graficado promedios móviles45 [Nota45] para suavizar las fluctuaciones de corto periodo.

 

Figura 28. Relación entre la precipitación pluvial anual promedio y los años alrededor de los máximos y mínimos de actividad solar en las estaciones ecuatoriales y de las latitudes medias para los años 1860-1917. Las líneas sólidas representan los promedios móviles de 5 años, centrados en el año en que se suavizan las fluctuaciones de corto periodo. Las líneas verticales punteadas indican que las curvas son discontinuas entre las porciones correspondientes al máximo y al mínimo de actividad solar.

Uno de los indicadores indirectos de la precipitación es el nivel del agua en los lagos. La correlación encontrada, por ejemplo, por Shaw en 1928 sobre el nivel del agua en el lago Victoria y el número de manchas solares para el periodo de 1880 a 1920, fue muy buena. Esto implicaba un exceso de lluvia durante el máximo de manchas solares en esa región (2.0° S, 32.2° E). Sin embargo, hacia 1930 esta correlación desapareció y a partir del comienzo de la década de 1950 el nivel del agua del lago Victoria se encuentra correlacionado negativamente con el número de manchas solares.

Temperatura en la superficie

Los intentos de correlacionar la temperatura del aire en la superficie de la Tierra con el ciclo de manchas solares han producido, en general, resultados contradictorios. La correlación con el ciclo de 11 años puede ser positiva (máxima temperatura promedio durante el máximo en manchas solares) o negativa, dependiendo de la región geográfica y la extensión en tiempo de los datos.

Por ejemplo, W. Köppen, en 1914, usando series largas de datos de temperatura recolectadas de todas las fuentes disponibles en el mundo, mostró que, durante los años 1804-1910, la temperatura media global anual fue más baja durante el máximo que durante el mínimo de manchas solares. Esta correlación negativa seguía siendo válida si se dividía la serie de datos originales en subconjuntos de datos organizados en regiones tropicales y extratropicales de ambos hemisferios (Figura 29). La variación en las temperaturas medias globales entre sucesivos máximos y mínimos de manchas solares es de aproximadamente 0.3 a 0.4° C. Este cambio en la temperatura es suficiente como para causar cambios climáticos importantes en la Tierra.

 

Figura 29. Desviaciones de la temperatura respecto de los valores normales (promedio) para diferentes regiones de la Tierra. Las líneas sólidas y punteadas representan lo mismo que en la figura 28, más para el caso de la temperatura. Aquí, las curvas son ligeramente discontinuas entre las porciones del máximo ( 33max) y el mínimo de manchas solares (33min).

Ahora bien, cuando tratamos con series más largas de datos, que abarcan alrededor de un par de siglos, las temperaturas globales parecen estar correlacionadas positivamente: periodos largos de frío coinciden con los de mínima actividad solar; un ejemplo de esto lo vimos en el capítulo III cuando hablamos del mínimo de Maunder.

Al igual que con el caso de la precipitación pluvial, hay estudios que muestran que existió una correlación negativa entre la temperatura y el número de manchas solares hasta antes de 1920. Esta correlación se redujo a cero y luego se hizo positiva después de 1920.

Entre los indicadores indirectos de la temperatura se han realizado correlaciones entre el número de manchas solares y la cantidad de hielo a latitudes altas o el número de icebergs observados en el Océano Antártico. Aunque los datos sobre estos últimos cubren un periodo de tiempo relativamente corto (1890-1912), parece existir una correlación positiva entre el número anual de icebergs en el Océano Antártico y el ciclo de manchas solares (véase la figura 30). Sobre este tipo de resultados hay que tener mucho cuidado, puesto que esta clase de datos pueden ser sólo indicación de que un mayor número de barcos navegaron por esas aguas observando, por lo tanto, mayor número de icebergs durante los años de máxima actividad solar que durante los de mínima actividad, por razones enteramente no relacionadas.

 

Figura 30. Número anual promedio (curva a) y promedios móviles de 5 años (curva b) de los iceberg observados en las aguas de la Antártida durante el periodo 1890-1912.

 

Presión atmosférica

Correlaciones directas entre el ciclo de manchas solares y la presión atmosférica en la superficie fueron realizadas principalmente a principios de este siglo. Se argumentaba desde entonces que los efectos de la actividad solar en el tiempo serían más evidentes en las variaciones de los sistemas de presión, sus intensidades, localizaciones y en los vientos generados por ellas.

Para analizar los efectos solares de largo periodo en la presión atmosférica superficial, Clayton (1923) eliminó primero las variaciones de corto periodo causadas por procesos meteorológicos más complejos y determinó las diferencias entre años de máxima y mínima actividad solar. De ahí obtuvo distribuciones globales de las variaciones promedio en la presión atmosférica anual y para las épocas de verano (junio-agosto) e invierno (diciembre- febrero), como se ilustra en la figura 31. Las líneas de contorno se dan en pasos de 0.5 mb y las diferencias positivas (presión más alta durante el máximo de actividad solar) están sombreadas en la figura.

 

Figura 31. Distribución de las diferencias en presión entre el máximo y mínimo de actividad solar para todo el año (arriba), diciembre-febrero (en medio) y junio-agosto (abajo). Las líneas de contorno están espaciadas a 0.5 mb (milibares) y las diferencias positivas (mayor presión durante el máximo de actividad solar) se muestran sombreadas.

Varios rasgos generales de estas distribuciones son de interés. Por ejemplo, cuando el número de manchas solares es grande existe una tendencia a que la presión atmosférica sobre los continentes sea mayor durante el invierno local (diciembre-febrero, hemisferio norte; junio-agosto, hemisferio sur) y sobre los océanos en el verano. Con base en los valores anuales (mapa de arriba) se puede ver claramente una diferencia positiva sobre los continentes de los 20° de latitud norte o sur hacia los polos, y una diferencia negativa sobre las regiones ecuatoriales. En los promedios anuales, el decrecimiento en la presión durante el máximo de manchas solares es especialmente notable en las regiones húmedas de la Tierra, tales como el área norte de Australia, la Costa de Oro de África y el noreste brasileño. El comportamiento en regiones de particular importancia meteorológica debe ser notado: la región de baja presión semipermanente en la vecindad de Islandia tiende a tener menor presión durante el máximo de actividad solar que durante el mínimo, tanto anualmente como en cada estación. La presión en la región semipermanente de alta presión de las Bermudas (región del Atlántico medio, alrededor de los 30° de latitud norte) es mayor durante el máximo de actividad solar que durante el mínimo, tanto anual como estacionalmente. La región semipermanente de baja presión en la región de las Aleutianas no fue cubierta por observaciones en aquellos años.

De la distribución global de diferencias de presión (figura 31) es evidente que existe una tendencia general a que la presión sea más baja durante el máximo de actividad solar en las latitudes ecuatoriales y más alta en las intermedias.

 

Sistemas de presión y vientos

La circulación general de la atmósfera está controlada principalmente por los llamados "centros de acción" o cinturones semipermanentes de alta y baja presión distribuidos alrededor de la Tierra. Entre los más importantes, en el hemisferio norte, se encuentran dos de baja y dos de alta presión: los de baja en Islandia y las islas Aleutianas y los de alta en las Azores y el Pacífico, mientras que en el hemisfeno sur existen tres regiones semipermanentes de alta presión que parecen controlar la circulación atmosférica en dicho hemisferio, cada uno de ellos en los océanos Atlántico, Pacífico e Índico.

Puesto que la circulación de los vientos en el hemisferio norte se da en sentido contrario al de las manecillas del reloj en los centros de baja presión, y en el sentido de las manecillas del reloj en los centros de alta, la localización relativa de estos centros de acción influye en varias de las características generales de la circulación atmosférica. Incluidas entre ellas se encuentran los predominantes vientos del oeste que soplan a través de los Estados Unidos de América y el Océano Atlántico hacia Europa a latitudes medias, y los llamados vientos alisios, que soplan desde las altas presiones subtropicales hacia las bajas presiones ecuatoriales, los cuales incrementan la circulación meridional (sur-norte) y desarrollan las llamadas vaguadas o bajadas de presión cerca de los bajos de Islandia y las Aleutianas.

De acuerdo a algunas investigaciones existen indicios de que las posiciones de los cuatro centros de acción, en el hemisferio norte, varían con el ciclo de manchas solares. Así, por ejemplo, la latitud de la zona de baja presión en las Aleutianas aumenta durante el mínimo de actividad solar; la zona de alta presión en las Azores y la de baja en Islandia se estuvieron moviendo hacia el norte, de 1889 a 1940, para luego hacerlo hacia el sur y después hacia el este. Este patrón es paralelo al comportamiento, en el hemisferio norte, de las temperaturas promedio anuales durante el mismo periodo y parece estar asociado con un ciclo de la actividad solar de 80 a 100 años, el llamado ciclo de Gleissberg. Por lo tanto, es claro que si las posiciones de los centros de acción varían con la actividad solar, la circulación atmosférica se verá afectada por las posiciones relativas de aquéllas.

Las trayectorias de las tormentas

Además de los centros semipermanentes de acción, los cuales gobiernan la circulación general, existen sistemas transitorios de alta y baja presión (anticiclones y ciclones, respectivamente) que pueden recorrer distancias considerables y persistir hasta por varias semanas. Las trayectorias seguidas por estos sistemas se encuentran dominadas por los centros de acción, y si las posiciones de éstos son afectadas por la actividad solar, como vimos en la sección anterior, uno esperaría que sus trayectorias variaran con el ciclo solar.

Los resultados recientes sobre la actividad ciclónica en los Estados Unidos de América y la totalidad del norte del continente americano durante los años 1951-1970, pueden ser usados para establecer la influencia del ciclo solar.

C. H. Reitan contó el número de eventos ciclónicos que ocurrieron durante los meses de enero, abril, julio y octubre de cada año durante el periodo 1951-1970. Los resultados sobre el número total de ciclones por año en Norteamérica para los cuatro meses arriba indicados se muestra en la figura 32, junto con el total para EUA. Comparando estas curvas con la del número de manchas solares mostrada en la figura 9, parece haber una correlación inversa, es decir, las curvas tienen máximos cerca de los años de mínima actividad solar, en 1954 y 1964, y mínimos cerca de los años de máxima actividad solar, en 1958 y 1969. La correlación entre estos parámetros es mucho mayor cuando se considera la curva correspondiente al número total de ciclones en EUA.

Figura 32. Número de eventos ciclónicos por año en Norteamérica, sumados para los meses de enero, abril, julio y octubre (curva a) y para el sector de EUA en los mismos meses (curva b).

 

CORRELACIONES CON EL CICLO SOLAR DE 22 AÑOS

Un buen número de estudios indica que algunos parámetros meteorológicos están mejor correlacionados con el doble ciclo solar que con el de 11 años. Los resultados de algunos de estos estudios serán mostrados en la siguiente sección.

Precipitación

Ya habíamos visto que la correlación entre el ciclo solar de 11 años y la precipitación pluvial anual podía ser positiva, negativa o inexistente, dependiendo del lugar donde se efectúen las mediciones pluviales; sin embargo, estudios recientes han mostrado que una mejor correlación con la precipitación anual se obtiene cuando se utiliza el doble ciclo solar.

La figura 33 muestra la impresionante correlación entre el doble ciclo solar y la precipitación en tres estaciones de África del sur. La periodicidad de 22 años en la precipitación pluvial de 1910 a 1965 está, como puede verse en la figura, en fase con el doble ciclo solar.

Figura 33. Precipitación pluvial anual en tres localidades de África del sur y el doble ciclo de manchas solares. Curva 1, Rustenburg (26° S, 27° E); curva 2, Bethal (27° S, 30° E); curva 3, Dundee (28° S, 30° E). Los datos han sido suavizados utilizando medias móviles con objeto de eliminar las variaciones de corto periodo.

Sequías

Estrechamente relacionada con la cantidad de precipitación se encuentra la ocurrencia de sequías. Entendemos por sequía un prolongado periodo seco en una región en la cual se espera lluvia o caída de rocío normalmente pero donde ésta se encuentra ausente o por debajo de lo normal. Las sequías más importantes se han dado, en este siglo, en la región de las altas planicies y los estados del medio oeste en EUA. Basado en los resultados de otras investigaciones, W. O. Roberts ha mostrado que existe una marcada tendencia de las sequías a repetirse con intervalos de 20 a 22 años durante el pasado siglo y medio en la región de las altas planicies, y su ocurrencia mantiene una fase más o menos constante con el doble ciclo solar (Figura 34).

Figura 34. Periodos de sequías en Nebraska, EUA entre 1740 y 1970

Temperatura

Las temperaturas del mes de julio en Inglaterra central, durante el periodo 1750-1880, exhiben una oscilación de aproximadamente l° C en fase con el doble ciclo solar, es decir, las temperaturas son máximas durante los años de máximo número de manchas en la mitad positiva de un ciclo de Hale y mínimas durante los años de máximo número de manchas en la mitad negativa del ciclo (figura 35).

 

Figura 35. Medias suavizadas de las temperaturas de julio en Inglaterra central comparadas con el doble ciclo de manchas solares. El periodo incluye doce mínimos de manchas solares. Desde 1880 la influencia del doble ciclo solar sobre la temperatura de Inglaterra ha sido menos aparente que la influencia del ciclo de 11 años. Al igual que en la figura 33, los datos han sido suavizados empleando medidas móviles.

 

Presión atmosférica

Con respecto a la presión atmosférica, los resultados encontrados sobre correlaciones de este parámetro con el doble ciclo solar son contradictorios. La influencia del doble ciclo solar parece manifestarse en la presión atmosférica de manera diferente en diferentes regiones geográficas y depende tanto de la longitud como de la latitud. De aquí que sea mejor concentrar la atención en la periodicidad de 11 años y en las respuestas de corto periodo, cuando lo que se busca son los mecanismos físicos que nos vinculan los cambios en la presión atmosférica con la actividad solar.

 

INVERSIONES Y FALTAS DE CORRELACIÓN

En un buen número de casos hemos visto que las correlaciones entre parámetros meteorológicos y las manchas solares han desaparecido o, aun, invertido después de varios ciclos solares. Aunque esto podría deberse a varias causas, como por ejemplo un análisis mal realizado, la posibilidad de que ciertas condiciones en el Sol, no reflejadas en el mismo número de manchas, pudieran haber experimentado ciertos cambios seculares debe ser considerada. Además, otros aspectos meteorológicos, como por ejemplo el área de hielo que cubre los casquetes polares, que no están relacionados directamente con la actividad solar, podrían cambiar el papel que desempeñan de uno menor a uno dominante cuando tratamos con periodos de tiempo largos.

Es por lo tanto de interés revisar los principales casos en que ha habido un cambio o inversión de la correlación y determinar si ellos comparten un periodo de tiempo común, de manera que otros indicadores de la actividad solar diferentes de las manchas solares pudieran ser examinados para el mismo periodo de tiempo. Si se va a postular un mecanismo físico que vincule la variable actividad solar con posibles respuestas meteorológicas, estos cambios o inversiones de la correlación deben ser tomados en cuenta al igual que todas aquellas correlaciones significativas que hemos citado. Con base en estas fallas en la correlación, a menudo se ha argumentado que no existe una relación física entre el tiempo/clima y el Sol variable, y que las fallas se deben simplemente a cambios de largo periodo en la troposfera. Por otro lado, puede ser que esas fallas contengan información vital para identificar el vínculo real.

Los años o periodos de inversión o falla de la correlación estadística entre el número de manchas solares y parámetros meteorológicos o climáticos están resumidos en el cuadro 4. En él se puede ver que la década de los años veinte es un periodo crucial para la mayoría de los parámetros meteorológicos listados.

La curva del número de manchas solares dada en la figura 9 no muestra nada raro en su comportamiento cíclico durante ese periodo; el año 1922 fue un año de mínima actividad que coincidió, por otro lado, con el final de la mitad positiva de un doble ciclo de Hale. Está, sin embargo, cerca del mínimo de un ciclo de Gleissberg de alrededor de 90 años, aproximadamente a la mitad de los prominentes máximos de 1871 y 1958.

Es aparente, por lo tanto, que para interpretar las inversiones de las correlaciones en términos de la actividad solar, quizás sea necesario utilizar otros parámetros solares, diferentes del número de manchas.

CUADRO 4. Inversiones (I) o fallas (F) en las correlaciones entre el número de manchas solares y varios parámetros meteorológicos

 


Parámetros Fechas de las inversiones o fallas

Temperatura
 I
global
¢
Temperatura en
F
I
Inglaterra
¢¢¢
¢
       
central            
Temperatura      
I
   
tropical      
¢
   
Precipitación        
I
 
en Fortaleza        
¢¢
 
Precipitación      
I
   
en la zona      
¢
   
50° - 60° N            
Precipitación     F   I  
en la zona     ¢   ¢  
40° - 50° N            
Nivel de agua        
F
I
lago Victoria        
¢
¢
Oscilaciones        
F
 
este-oeste        
¢¢
 
del bajo de            
Islandia            

Año
1830
1850
1900
1950

 

RESPUESTAS DE LA BAJA ATMÓSFERA A FENÓMENOS SOLARES DE CORTA DURACIÓN

En años recientes, los resultados de diversos análisis han mostrado que fenómenos solares de corta duración pueden disparar una respuesta en la baja atmósfera. Por ejemplo, se ha visto que la capa de los 500mb de presión46 [Nota46]cambia considerablemente, en el hemisferio norte, durante las primeras 24 horas después de una ráfaga solar. Los cambios muestran un alza en la altura de esa capa en la región del polo geomagnético y un descenso en su altura en una región muy amplia que coincide con la zona auroral. Otros resultados han mostrado que el flujo de aire estratosférico hasta el nivel de los 3 km se incrementa en el segundo o tercer día después de una ráfaga solar con emisión de rayos X.

Resultados como éstos muestran que la circulación de la baja atmósfera se modifica significativamente después de ráfagas solares.

Como ya vimos, los fenómenos geomagnéticos tienden a repetirse con periodos del orden de 27 días, el periodo sinóptico de rotación del Sol, el cual se encuentra cercano al periodo de máxima fluctuación de los vientos del oeste a latitudes medias y altas. Un comportamiento parecido no se observa a bajas latitudes.

También se ha informado sobre asociaciones entre la actividad magnética y los fenómenos en la baja atmósfera, mientras que otros han mostrado que los incrementos y decrementos en la circulación atmosférica tienen lugar en un periodo que puede estar relacionado con el periodo medio de rotación solar en la zona ecuatorial (solar).

Finalmente, para terminar este capítulo, pasaremos a describir otro fenómeno, El Niño, el cual pensamos forma parte del conjunto de fenómenos meteorológicos asociados con la variabilidad solar y forma parte de las relaciones solar-terrestres.

 

UN NIÑO QUE RETOZA EN TIERRA Y MAR

Anualmente, por diciembre o enero, hace su aparición en las costas ecuatorianas y peruanas una corriente marina cuya temperatura es ligeramente más alta, 1 o 2° C, que la temperatura promedio del Océano Pacífico de esa zona. Como esta corriente surge en la época navideña los pescadores de la región la han llamado El Niño, en alusión al niño Jesús de la tradición católica. En ciertos años, el aumento de temperatura de esa corriente es mayor, de 5 a 6° C, y es a este fenómeno, anormalmente caliente, al que para fines científicos se le denomina El Niño.

Al parecer, El Niño representa sólo el aspecto oceánico de un fenómeno más complejo que tiene también una manifestación meteorológica conocida con el nombre de Oscilación del Sur. Cuando la perturbación oceánica aparece, lo hace acompañada de la meteorológica, sin que sea todavía posible determinar, con los datos disponibles, cuál precede a cuál. Esto ha dado pie a que algunos investigadores al referirse a este fenómeno global le llamen ENSO (El Niño/Southern Oscillation). Asimismo, se ha observado que este fenómeno no está restringido a la región del Pacífico ecuatorial.

 

LAS TRAVESURAS DE EL NIÑO

Para darnos una idea de la importancia que tienen las travesuras de El Niño, es suficiente decir que produce la mayoría de las alteraciones climáticas que no son atribuibles a las estaciones, no sólo en las regiones ecuatoriales, sino hasta latitudes como las de nuestro país. Su influencia se manifiesta especialmente en las variaciones del régimen subtropical de lluvias. Como ejemplo basta recordar que El Niño de 1982-1983 provocó tremendas sequías en África del sur, Indonesia, Filipinas y Australia, mientras Ecuador se ahogaba bajo un diluvio y la península de Baja California era azotada por violentos huracanes. Más recientemente, en 1990, tuvimos un muy largo periodo de lluvias en nuestro país debido a El Niño de ese año. Todo esto afecta, además, considerablemente los ecosistemas y nos indica que las repercusiones de este niño malcriado sobre la vida del planeta pueden ser devastadoras.

El fenómeno de El Niño ya ha sido adecuadamente descrito, con base principalmente en los datos recabados durante el evento de 1982-1983. En cuanto a las causas que lo producen, se piensa que tienen su origen en el propio Océano Pacífico, o incluso en el Índico, al comprobarse que ahí también se manifiestan las perturbaciones meteorológicas asociadas con él. Otros investigadores han propuesto que puede originarse alternativamente en el Antártico o en el Ártico, lo cual le daría a este fenómeno una escala planetaria. No obstante, ninguna de las proposiciones hechas explica de manera satisfactoria el o los mecanismos que dan lugar a tal evento.

 

EL SOL ES EL CULPABLE

Otra posibilidad sería que esta clase de eventos fuera originada por causas externas al sistema océano-atmósfera, y en este caso lo obvio sería pensar en nuestro Sol como el culpable. De hecho se ha observado que los Niños más intensos coinciden con periodos de actividad solar poco común, es decir, periodos fuera del máximo solar durante los cuales se presenta un número anormalmente alto de manifestaciones de la actividad solar, tales como ráfagas y manchas solares.

Contar con registros de El Niño desde 1726, ha permitido estudiar la distribución de estos acontecimientos a lo largo de veintidós ciclos solares. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que clasificar un evento determinado como El Niño en los siglos anteriores al XX es difícil. Para elaborar la serie de Niños, los investigadores tuvieron que recurrir a recuentos anecdóticos, la relación de campañas militares, las descripciones hechas por misioneros y exploradores o los anuarios sobre la cosecha de granos.

Al estudiar la serie de Niños con respecto al número de manchas solares, se encuentra que en efecto El Niño está relacionado no con el número de las manchas, sino con sus cambios, es decir, con los gradientes en el número de manchas, además, se encuentra que los eventos tienden a ocurrir cerca del mínimo de actividad solar.

No intentaremos describir en detalle la manera en que esta interacción da como resultado el desarrollo de El Niño, no es la intención de este libro, pero sí decir que este fenómeno parece ser uno más de los resultados de las relaciones solar-terrestres que hemos visto.

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