Una estabilidad endeble


Los gobiernos que se sucedieron en Zacatecas durante la d�cada de 1920 en muy corta medida dieron cauce a los reclamos que se hab�an manifestado en la revoluci�n. Donato Moreno encabez� una administraci�n personalista que hizo del poder legislativo un aparato incondicional a sus intereses. Con la complicidad del congreso local, Moreno emprendi� sonados actos de represi�n contra grupos campesinos y autoridades municipales que rechazaban a la camarilla pol�tica del gobernador.

Las elecciones realizadas en 1923 para renovar parcialmente el Congreso local generaron cierta inestabilidad en el estado, que renaci� al a�o siguiente con motivo de la campa�a presidencial. Los grupos conservadores locales apoyaron entonces la candidatura del general �ngel Flores, quien ofrec�a una opci�n considerablemente menos radical que la de Calles en cuesti�n de reparto agrario, derechos laborales y relaciones con el clero. Durante la jornada electoral de julio de ese a�o se dieron algunos actos de violencia entre flor�stas y callistas, y para sofocarlos fue necesario el env�o de tropas federales a instancias del gobernador.

Para este momento parec�a evidente que el conservadurismo hab�a sentado sus reales en Zacatecas. El gobernador Aurelio Casta�eda, alguna vez miembro del Partido Cat�lico Nacional, se encargaba personalmente de disolver todos aquellos ayuntamientos afiliados al Partido Laborista Mexicano y de sustituirlos por elementos conservadores, y solapaba abiertamente las provocaciones de los grupos cat�licos, que llegaban a adoptar actitudes de franca rebeli�n frente a las disposiciones del gobierno central. Desde mediados de 1923, la situaci�n de Zacatecas era cr�tica en cuanto a la actitud de los cat�licos en contra del gobierno, y los grupos liberales esperaban un levantamiento armado en la capital del estado instigado por la Iglesia. La situaci�n era a�n m�s grave en el campo, donde el conflicto religioso se mezclaba con el problema del reparto de la tierra. Para 1925 la tranquilidad en Zacatecas era tensa y s�lo se necesitaba de un detonador que estallara la conflagraci�n. En marzo de 1926 se decret� la clausura de los conventos y las escuelas confesionales, pero el detonador se activ� cuando Calles, subestimando la fuerza de los cat�licos, expidi� la ley que reglamentaba el art�culo 130 de la Constituci�n.

Pocos d�as despu�s de haberse dictado la Ley Calles, se dieron algunos incidentes en Chalchihuites y Valpara�so, que fueron sofocados mediante la represi�n. El pueblo de Chalchihuites proclam� entonces a un pastor de cabras, Pedro Quintanar, como defensor de sus derechos. Quintanar se levant� en armas el 15 de septiembre de 1926, y al mes siguiente se inici� la organizaci�n del movimiento cristero en Concepci�n del Oro y Aranzaz�; para finales de ese a�o Valpara�so, Jalpa, Tenayuca, El Plateado y Villanueva se hallaban en abierta sublevaci�n.

Los hechos de guerra se extendieron durante los siguientes a�os sin que alguno de los bandos pudiera predominar definitivamente sobre el otro. En los primeros meses de 1929 el dominio de los cristeros en Zacatecas fue pr�cticamente total, pero disminuy� cuando el gobierno increment� el n�mero de tropas combatientes e inici� conversaciones con los altos jerarcas de la Iglesia con el fin de solucionar la cuesti�n religiosa. En la contienda armada perdi� la vida Enrique Gorostieta, una de las cabezas del movimiento cristero, y en las conversaciones con la jerarqu�a eclesi�stica el gobierno federal acord� reanudar el culto. Ambos acontecimientos restaron fuerza y legitimidad a la causa cristera, y a la postre la condenaron a la desaparici�n.

A fines de 1929 se llevaron a cabo elecciones extraordinarias para gobernador en Zacatecas, de donde sali� triunfante Luis Reyes con un sufragio sospechosamente un�nime. Pero la persistencia de las divisiones en el seno del estado se manifest� en las elecciones legislativas de 1931, en las que dos congresos se declararon victoriosos y funcionaron paralelamente durante algunos meses.

A partir de los primeros a�os de la d�cada de los treinta la mayor�a de los grupos pol�ticos zacatecanos se hallaban aglutinados alrededor de n�cleos que pronto se integrar�an al Partido Nacional Revolucionario. La disidencia continuar�a y en ocasiones con fuertes tendencias proclericales; sin embargo, ninguno de los integrantes de la clase pol�tica de la entidad se encontraba en una posici�n totalmente alejada de los postulados b�sicos de la Revoluci�n.

El 16 de septiembre de 1932 el general Mat�as Ramos tom� posesi�n de la gubernatura de Zacatecas. Revolucionario convencido, de filiaci�n callista, Ramos emprendi� un proyecto que pose�a cuatro objetivos fundamentales: la elevaci�n del nivel de vida de la poblaci�n trabajadora; una redistribuci�n de la propiedad y del ingreso que condujera a la formaci�n de una amplia clase de peque�os productores; la constituci�n de asociaciones sectoriales de campesinos, obreros y empleados p�blicos mediante las cuales �stos obtuvieran un mayor poder de negociaci�n a trav�s de mecanismos convenientemente institucionalizados, y una reforma educativa que permitiera el acceso de toda la poblaci�n a una ense�anza laica e integral.

Vale la pena destacar que para el logro de los dos primeros objetivos el general Ramos organiz� todo tipo de cooperativas, las cuales recibieron impulso mediante la dotaci�n de tierras, la creaci�n de obras de irrigaci�n y el apoyo t�cnico y financiero del gobierno. Su funcionamiento se vio opacado, sin embargo, por el manejo corrupto de funcionarios e intermediarios, que usaron las cooperativas como medio para el enriquecimiento individual o para el control pol�tico de sectores localizados de la clase obrera y el campesinado.

Mat�as Ramos fue sucedido por un cardenista cabal: F�lix Ba�uelos, quien continu� las realizaciones de su predecesor en el medio propicio creado por la confianza que el presidente C�rdenas depositaba en �l. Sin embargo, lo logr� s�lo parcialmente. Aunque el proyecto cooperativista continu� y hasta puede decirse que recibi� un nuevo impulso en virtud de las dotaciones de tierra dispuestas por mandato presidencial, las tendencias que lo desvirtuaban tambi�n prosiguieron, y en algunos casos rebasaron la capacidad de control por parte del gobierno. Por otra parte, aunque la causa del popular r�gimen de C�rdenas fue generalmente respaldada por los habitantes del estado, ello no impidi� la emergencia de dificultades que divid�an y enfrentaban a los trabajadores entre s�, con sus empleadores y con el propio gobierno estatal, como sucedi� en el caso del conflicto magisterial.

En fin, el resurgimiento de brotes de rebeli�n protagonizados por viejos o nuevos cristeros y la sublevaci�n cedillista, cuyo escenario era el vecino estado de San Luis Potos�, crearon en Zacatecas un clima de tensi�n que no fue superado durante estos a�os. El ambiente potencialmente explosivo que se respiraba en Zacatecas al finalizar la d�cada de 1930 parec�a poner a sus dirigentes ante la disyuntiva de profundizar el alcance de las tareas revolucionarias emprendidas o redefinir el cauce del desarrollo del estado. Para bien o para mal, el general Ba�uelos terminar�a su periodo al frente del gobierno de Zacatecas sin enfrentar ese momento de decisi�n crucial.


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