MOROS Y MORISCOS

El último rey moro salió de Granada, rumbo al destierro de África, en el año de 1492, con su familia y su séquito. Los centenares de miles de pobladores de la ciudad y del reino se quedaron en sus casas, a merced de los vencedores ciertamente, pero haciendo lo que habían estado haciendo, y hablando la lengua que habían estado hablando, o sea el árabe. En Granada no había cristianos, y del romance mozárabe no quedaban más huellas que las voces adoptadas por el árabe. No había habido en Granada el fenómeno de convivencia de cristianos, musulmanes y judíos que hizo la grandeza de ciudades como León en el siglo X y Toledo en el XII.

Desde mucho antes de 1492 la cultura cristiana española se había divorciado de la árabe. Cuando aun existía el flujo de ésta a aquélla, la suerte de los cristianos que vivían entre los moros (es decir, los mozárabes) había sido tolerable. Ahora que se había cortado ese flujo, la suerte de los moros que vivían en tierras cristianas (es decir, los mudéjares) era muy dura. El cristianismo español se había ido haciendo más y más reacio a la tolerancia y a la convivencia. Por razones religiosas y políticas a la vez, lo árabe había dejado de ser admirable para hacerse despreciable y odioso. Es notable cómo Juan de Mena, en su empeño de dignificar la lengua, la cargaba de latinismos al mismo tiempo que la "limpiaba" cuidadosamente de arabismos. (La idealización del moro es [...] un fenómeno tardío.)

No sólo el reino de Granada, sino casi todo el territorio de la península, estaba en 1492 lleno de moros poco o nada cristianizados, a quienes comenzó a aplicarse la designación de moriscos. ¿Qué hacer con ellos? La respuesta de quienes se ocuparon del problema fue: primero, convertirlos al cristianismo, y segundo, presionarlos para que aprendieran la lengua castellana. Y a la doble tarea se dedicaron de lleno no pocos frailes, comenzando precisamente con aquel obispo de Ávila que le quitó la palabra a Nebrija cuando la reina Isabel preguntó para qué serviría su Gramática. Ese obispo de Ávila, llamado fray Hernando de Talavera, fue nombrado poco después primer obispo de Granada; y él, que en su famosa respuesta había hablado de "las leyes que el vencedor pone al vencido", no tardó en ver que la Gramática de Nebrija no le servía de nada. Lo único que cabía hacer, y rápidamente, era aprender la lengua del vencido. Él mismo, hombre ya viejo, "decía que daría de buena voluntad un ojo por saber la dicha lengua" (alguna vez hizo intentos de predicar en árabe); y uno de sus colaboradores, fray Pedro de Alcalá, publicó en la misma ciudad de Granada, en 1505, o sea en un lapso extraordinariamente breve, un Arte para ligeramente saber la lengua aráviga junto con un Vocabulista arávigo en letra castellana, obra para la cual no existía precedente alguno. *

Fray Hernando de Talavera, a quien veneraron los humanistas españoles (por ejemplo Juan de Valdés, el del Diálogo de la lengua), fue un evangelizador humanitario. Otros no lo fueron. La rebelión de los moriscos de las Alpujarras (entre Granada y Almería), sofocada en 1569 por don Juan de Austria, medio hermano de Felipe II, no buscaba una restauración del dominio árabe: fue una protesta desesperada por los muchos abusos de que eran víctimas los moriscos, el principal de los cuales era la conversión forzada. La acción militar de las Alpujarras fue un cruel golpe no sólo para los moriscos a medio asimilar, sino también para los ya cristianizados e hispanizados (pues en cualquier morisco se veía un rebelde en potencia). De esos moriscos ya plenamente convertidos en españoles habla con no poca simpatía Bernardo de Aldrete en sus Varias antigüedades de España, publicadas después de la expulsión. Muchos moriscos —dice Aldrete— hablaban la lengua castellana "como los que más bien la hablan de los nuestros", salpicándola de "refranes y agudezas" y "alcançando cosas escondidas y estraordinarias mucho mejor que muchos de los naturales" (del habla de uno de ellos dice: "me causó admiración, que nunca creí llegaran a tanto"). En otro libro, publicado antes de la expulsión, el mismo Aldrete había dado estos detalles en cuanto a los moriscos de las distintas regiones:

Los que quedaron en lugares apartados, con poco trato y comunicación con los cristianos, conservavan su lengua aráviga sin aprender la nuestra; mas los que de veras abraçaron la fe y emparentaron con cristianos viejos, la perdieron. Los que después de la rebelión del año de 1569 fueron repartidos en Castilla y Andaluzía, mezclados con los demás vezinos, an recibido nuestra lengua, que en público no hablan otra, ni se atreven (sólo algunos pocos que biven, de los que se hallaron en aquella guerra, hablan la suia en secreto). Los hijos y nietos déstos hablan la castellana, tan cortada [= tan bien cortada] como el que mejor, si bien otros de los mas endurecidos no dexan de bolver a la lengua aráviga. Lo mismo es en Aragón: los que no los conocen en particular no diferencian esta gente de la natural. En el reino de Valencia, porque viven en lugares de por sí, conservan la lengua araviga. Bien clara es y manifiesta la causa porque se an aplicado tan mal a nuestra lengua, que es la aversión que casi les es natural que nos tienen, y no digo más; pero creo que ésta se perderá con el tiempo. Júntase a su voluntad [= la mala voluntad que nos tienen a nosotros y a nuestra lengua] el estar excluidos en las honrras y cargos públicos...

Estas palabras se imprimieron en 1606. Pero el "problema morisco" llevaba tan pocos visos de resolverse, que en 1609 Felipe III adoptó la "solución final" de la expulsión en masa, censurada en silencio (pues eran tiempos de callar y obedecer) por muchos ilustres españoles, y llorada por esos hombres, llámados Abd al-Kárim Pérez, Bencácim Bejarano, Francisco Núñez Muley o Juan Pérez lbrahim Taibilí, que, tan españoles "como el que mejor", se veían arrancados de su tierra y de su cultura. Fueron más de 300 000 los expulsados entre 1609 y 1614.

Sólo en los últimos tiempos ha comenzado a estudiarse la abundante literatura morisca escrita en castellano, a veces en "aljamía", o sea en caracteres árabes, y a veces en letra europea normal. Hay tratados notables de polémica anticristiana, sonetos en loor de Mahoma, novelas ejemplares, poesías en el estilo de Garcilaso y Lope de Vega, etc., compuesto todo ello no sólo antes de 1609, sino también después, en el destierro de Túnez y Marruecos. (La muestra más rara de esta literatura es un tratado erótico, un verdadero Kamasutra escrito en nuestra lengua.)

* Nótese la aclaración en letra castellana. Quiere decir que los vocablos árabes se han transcrito en caracteres latinos. El Vocabulista se dirige a personas que apenas comienzan a saber árabe y que van a estar en contacto, no con la lengua escrita, sino con la hablada. Los evangelizadores acudían a él cuando oían una palabra desconocida, y la buscaban en el orden alfabético familiar para ellos. También en el título del Arte hay una aclaración: es una gramática "para ligeramente saber la lengua aráviga": para saberla de oídas, no por escrito; una gramática muy elemental, pero urgente. Desde la toma de Toledo, en 1085, la corona de Castilla había estado en contra de la conversión forzada de los moros. Pero a fines del siglo XV esto había cambiado, y fray Hernando de Talavera, antes de la toma de Granada, se había visto obligado a protestar, en su Cathólica impugnación, contra la conversión forzada, contra los procedimientos inquisitoriales de que eran víctimas los moros y contra la discriminación que los conversos, españoles nuevos, sufrían de parte de los españoles viejos. Talavera fue un apóstol de la conversión por la razón, no por la fuerza. En 1496 publicó una Breve doctrina que contenía lo esencial del cristianismo, y después auspició la traducción de un libro escrito en latín que, con argumentos, "convencía" de la falsedad del Corán (Reprobación del Alcorán, 1501). En Granada organizó cursos de árabe, destinados a los predicadores. Hasta hizo imprimir libritos con algunas misas y algunos pasajes de los evangelios en traducción árabe. Es difícil saber qué logros obtuvo. Pero, si el contacto lingüístico hubiera abarcado el árabe escrito (y el mahometismo es una "religión del Libro"), su empresa habría tenido mucho mejor éxito. Desgraciadamente no había aún tipografía árabe. En todo caso, muy pronto cambió el viento: se decretó la conversión forzada, y libros como la Cathólica impugnación quedaron prohibidos. Hay que observar que el cardenal Cisneros mandó quemar en una plaza de Granada miles de libros árabes.

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