XI. ACEPTE CON SENCILLEZ LAS DISTINCIONES

No se haga de rogar en las cortesías. Si le elogian, acepte sin protesta el elogio. Se ha dicho que protestar del elogio es deseo de ser dos veces loados; porque ante nuestra protesta, ante nuestra frases de modestia, el que elogia insiste en sus loanzas.

El político habrá de trafagar y andar mucho; asistirá a banquetes y comidas, concurrirá a recepciones, se hospedará cuando salga a provincias en casas de sus amigos y admiradores. Acepte siempre sin porfías las distinciones que se le otorguen. Son muy desagradables esas luchas de cortesía que se entablan a veces entre el que otorga la distinción y el que la recibe. Haya un poco de sencillez en este cambio y recambio de cortesía. Se cuenta que, siendo el conde de España en Roma, fue convidado un día a comer por el duque de Florencia; llegaron el conde, el duque y los demás invitados a la cámara que servía de comedor; en ella había un sitio más elevado y honorífico que los demás; el duque, que era el anfitríon, indicó al conde de Tendilla que ocupase este sitio; negóse el conde a ello, y manifestó que quien debía ocupar el sitio de honor era el duque; insistió el duque en su cortesía, porfió otra vez el conde, y entonces el duque de Florencia, entre sonriente y amoscado, se volvió hacia el maestresala y le dijo: "Corre, di que le traigan al conde las llaves de la casa, porque quiere mandar en ella más que yo".

Aceptar los elogios sin regatos, conformarse con las condiciones sin protestas, es muestra de ánimos que no piden ni rehusan nada, que no dan un valor excesivo a lo que no lo tiene, y que dejan que la vida se deslice sin alborotos ni gritos, tranquilamente, con dulzura, con suavidad.

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