El político no debe nunca perder la sangre fría; permanecerá siempre impasible ante el ataque. En el parlamento, en las reuniones públicas, muchas veces se verá blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara, sin dar la más leve señal de irritación, de impaciencia, de enojo. Habando Hernando de Pulgar, en sus Claros varones, de Don Juan Pacheco, marqués de Villena, hombre eminentísimo en el arte político, dice de él que tenía tan gran sufriento, que ni palabra áspera que la que dijesen le movía, ni novedad de nogicio que oyese le alteraba; y en el mayor discrimen de las cosas tenía mejor arbitrio para las entender o remediar".
No se pierda nunca la ecuanimidad y buena ponderación del carácter. Muchos logran escuchar el ataque sin que su cara muestre la más ligera alteración; pero un movimiento instintivo e irrebitable de la mano, o la manera violenta de abrir una carta que acaban de traerle, o la contestación rápida y seca que da a un compañero que tiene al lado y que le pregunta algo, un pequeño ademán, en fin, viene a demostrar al observador que la impasibilidad de que alardea el atacado es ficticia, violenta, y que puede acabarse en un instante. Estos movimientos instintivos pueden revelar lo que la faz o las palabras no revelan; las manos hablan tan elocuentemente como las lenguas. Se dice que para evitar el ser traicionados por ellas, algunos grandes diplomáticos y negociantes las ocultaban al tiempo de conferir o negociar; tal grande conquistador tenía hábito de llevarlas a la espalda; tal consumado diplomático las metía en los bolsillos.
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