Una de las artes más difíciles es saber escuchar. Cuesta mucho hablar bien; pero cuesta tanto el escuchar con discreción. Entre todos los que conversan, unos no conversan, es decir, se lo hablan ellos todo; toman la palabra desde que os saludan y no la dejan; otros, si la dejan, os acometen con sus frases apenas habéis articulado una sílaba, os atropellan, no os dejan acabar el concepto; finalmente, unos terceros, si callan, están inquietos, nerviosos, sin escuchar lo que decís y atentos sólo a lo que van ellos a replicar cuando calléis.
Téngase sosiego y atención; una buena charla es aquella en que se platica sosegadamente, con mesura. Los antiguos parece que solían conversar bien; era la vida menos precipitada y febril que ahora. Se salía en aquellos tiempos a las riberas amenas de los ríos o a los huertos frondosos, y se iba platicando mientras duraba el lento paseo. Se formaba concurso en ancha estancia y se sutilizaba sobre el amor y se contaban casos curiosos, en tanto que de cuando en cuando se tañían delicadamente instrumentos de cuerda o tecla. Los caballeros era agudos y las damas no eran asustadizas.
Cuando se hable en corro o frente a frente, a solas con un amigo, dejemos que nuestro interlocutor exponga su pensamiento; estemos atento a todas las particularidades; no hagamos con nuestros gestos que apresure o compendie la narración. Luego, cuando calle, contestemos acorde a lo manifestado, sin los saltos e incongruencia de los que no han escuchado bien. Si es persona de calidad a quien nosotros queremos agradar aquella con quien hablamos, demostrémosle que tomamos grande gusto en lo que ella nos va diciendo. Hagámosle repetir alguno de los pasajes a que da más importancia; mostremos alguna ligera incredulidad para que se enardezca y se recree en nuestras extrañeza; digámosle que nos dé más detalles sobre el asunto; maniobremos, en fin, de modo que ella vea en nosotros un oyente que la comprende y goza su charla.
Tal conducta nos proporcionará alguna enseñanza, acaso adelantamiento en nuestra carrera, y cuando ninguna de estas cosas sea, habremos puesto con este inocente juego psicológico de ironía y malicia un dulce sedante a nuestros nervios fatigados por el trabajo.
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