Un discurso es una obra escénica completa; el orador perfecto tiene a la vez del autor dramático y del actor. Concurre al éxito del discurso mil diversas circunstancias. Tenemos, ante todo, la autoridad, el prestigio de quien habla; luego, el momento en que se habla; también la ansiedad, la expectación que se ha formado respecto a lo que se espera diga el orador; de igual manera el peligro que éste pueda correr en no ser dueño de sí mismo, es decir, en no acertar a dominarse por completo, y en las consecuencias que sus palabras pueden tener.
El orador debe saber todo esto; un orador joven es difícil que obtenga un éxito completo, íntegro; no puede darse en él todas las circunstancias que se requieren. El éxito completo, el arte maravilloso y total de la elocuencia sólo puede lograrlo un hombre de experiencia, de edad, encanecido en los negocios. Aquí tendremos la aureola que le rodea y que se ha ido formando con los años; luego, su posición social y política: el haber estado al frente de los Gobiernos, el haber sido dueño del poder; después, cierto cansancio, cierta laxitud, cierto pesimismo, cieerta suave y tierna amargura del que todo lo ha visto y que hace que sus ademanes sean lentos, dulces; que sus palabras sean insinuantes, delicadas, y que en toda su persona haya cierto dejo de renunciamiento y de desinterés supremo.
El orador sabrá realzar las circunstancias. No apoye demasiado, pero tenga arte para entretener esta expetación que le rodea y en medio de la cual se ha levantado a hablar. Deténgase un momento antes de comenzar su oración en actitud inmóvil, resignada, sea quedo y suave al principio; muévase con reposo, haga con arte una transición de lo irónico a lo patético; repósese de cuando en cuando, en tanto que permanece en una actitud de supuesto cansancio; tenga una sonrisa de indulgencia, de bondad o de imperceptible desdén para el adversario.
Y si logra todo esto, si tiene este arte, no será necesario que diga grandes cosas, que use grandes palabras; él verá, y los espectadores lo advertirán y gozarán, qué maravilloso valor tiene las medias tintas, los claroscuros; cómo una palabra opaca adquiere luminosidad impensada; de qué manera una insinuación imperceptible, que no traspasa los linderos del buen gusto, es cogida, sopesada por todos y se mete en todos los corazones.
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