El Magisterio en Altos Estudios: 1913-1914

En 1912 se inició la labor docente de Henríquez Ureña cuando sustituyó a Luis G. Urbina en la clase "Lectura comentada de producciones literarias selectas" en la Escuela Nacional Preparatoria.4 [Nota 27] Su relación con Urbina databa tanto del hecho de haber colaborado juntos, con Nicolás Rangel, en la Antología del Centenario, como de que "el viejecito" se había inscrito en el Ateneo, del cual era notable decano. Impartió esa cátedra, además del tiempo de licencia de Urbina, ya no como interino, del 26 de noviembre de 1912 al 16 de agosto de 1913. La dejó para enseñar en la Escuela Nacional de Altos Estudios.

El 1º de abril había comenzado su curso de "Literatura inglesa y angloamericana", nombre que disgustaba a Henríquez Ureña.5 [Nota 28] Después, el 31 de julio, tiene que sustituir a Alfonso Reyes en "Lengua y literatura castellanas".6 [Nota 29] De estas dos experiencias docentes queda el testimonio insustituible de don Pedro, quien expresó al director de la Escuela, don Ezequiel A. Chávez, su opinión sobre el contenido de los cursos y el rendimiento de los alumnos.

Henríquez Ureña impartió 16 clases, del 30 de agosto al 26 de octubre. Trató en ellas, solamente, la epopeya española, la cual fue dividida en diversos asuntos, como orígenes y comparación de la española con la de otros pueblos indoeuropeos; siguió una periodización que postula así formación (siglo X y XI), apogeo (XII-XIII), decadencia (XIII y XIV) y fragmentación (XIV). Después pasó a analizar los caracteres, el lenguaje y el metro, para pasar a los temas en su orden histórico. Al mencionar sus fuentes, señala el Poema del Cid, el Cantar de Rodrigo, el Poema de Fernán González, la primera Crónica general, los Infantes de Lara y el Romancero. Más interesante es recuperar el comentario que sigue:

Luego de recomendar a Julio Torri para continuar con el curso de literatura medieval, "porque nadie en México conoce mejor que el señor Torri esa porción de la actividad literaria de España", pasa a referirse a los alumnos. En primer lugar decidió suprimir las listas —y se atreve a proponer que se supriman en la Escuela— porque "son absolutamente inútiles y sólo producen pérdida de tiempo y errores de estadística". Se queja: "En el curso de literatura española, más de la mitad de las personas inscritas no asistió a clases; en cambio, una mitad, o más, de los asistentes efectivos no estaban escritos". Tras un plazo de tres meses para que presentaran trabajos de la materia, "nada se ha presentado". Sin embargo, aprovecharon muy bien, y desde luego aprobaron el curso, Antonio Castro Leal, Manuel Toussaint y Ritter y Alberto Vázquez del Mercado; Erasmo Castellanos Quinto también llevó el curso. Se abstiene de comentar, pues hace poco había sido nombrado profesor de la escuela. La opinión fundamental es la siguiente:



En relación con su curso de literatura inglesa, también envía una carta extensa a don Ezequiel A. Chávez, ya que él había solicitado a los profesores de los cursos sus opiniones. Para comenzar, Henríquez Ureña insiste en llamar al curso "Literatura inglesa" solamente, y no agregarle el "y angloamericana", puesto que debe abarcar toda la literatura de lengua inglesa, y no sólo la producida en Inglaterra y en el Canadá y los Estados Unidos, sino también en la India, Australia, Nueva Zelandia y el África del Sur". Por ser el titular de la materia, dio alrededor de 50 clases. Partió de la literatura céltica, para pasar a explicar la literatura medieval, desde los primeros poemas en inglés antiguo, como el Beowulf, hasta los albores del Renacimiento, sin omitir la literatura en latín y el movimiento filosófico. Después se detuvo en Shakespeare, a quien dedicó más de 30 clases. Por ejemplo, dedicó cuatro clases a Hamlet y concluyó con La Tempestad. Igual que en Literatura española, en tres meses nadie le había entregado trabajos.



Con respecto a los alumnos de mayor aprovehamiento, cita de nuevo a Erasmo Castellanos Quinto. "Fuera de él, a ningún otro me atrevería a declarar aprobado, sino en el caso de que presentara, aun fuera de tiempo... un trabajo sobre los temas que señalé". Declara aprovechados a Manuel Rodríguez Tecailini, Antonio Castro Leal, Manuel Toussaint, Alberto Vázquez del Mercado, César Pellicer y Sánchez Mármol y Carlos Roel.

Posiblemente Pedro Henríquez Ureña fue uno de los pocos individuos que se percató de la seriedad y del potencial que presentaba la Escuela de Altos Estudios. Por las cartas que se conservan en los archivos universitarios, su obsesión por el rigor fue la nota más característica de su magisterio. No se dejaba llevar por el deslumbramiento fácil, por lo cual se declara enemigo del dilettantismo, perjudicial para la enseñanza superior de la literatura, siempre proclive a caer en el comentario fácil y brillante, en lugar de la lectura cuidadosa de los textos en su lengua original. Preferible abarcar poco, pero con la atención suficiente. La divisa ateneísta era ésa. Por ello, después de ser maestro de su generación —y de sí mismo—, como los ateneístas, pudo ser maestro destacado de la generación subsiguiente, la de los nacidos después de 1890, conocida como generación de 1915 o de los "Siete sabios".

A mediados de 1914, Henríquez Ureña partió del país. Todavía no caía Victoriano Huerta, aunque la presión de los norteños era fuerte. Para entonces, ni la presencia de Nemesio García Naranjo en la Secretaría de Instrucción Pública podía impedir la intentona de militarizar a la Preparatoria. No obstante, García Naranjo trató de elevar la calidad de los programas universitarios, en medio del caos que vivía México.

La Universidad no era ajena a esa situación. Si bien la mayoría de los ateneístas permaneció en la capital, los más distinguidos se habían alejado, por razones diferentes. De "los cuatro grandes", sólo permaneció Antonio Caso. Fue el último gran maestro de los jóvenes de 1915. En ese año, Vasconcelos estaba con la Convención, lo que le costó el destierro; Reyes cumplía su segundo año en España y Henríquez Ureña iniciaría un peregrinaje por su propio país, por los Estados Unidos, donde obtuvo su doctorado, y por España, donde, entre muchas otras cosas, ya en 1920, tradujo, en compañía de Alfonso Reyes y de ¡don Carlos Pereyra!, El Estado y la revolución, de Lenin.9 [Nota 32]

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