Setenta años de intervalo han hecho el milagro de convertirnos aquel Baroja desorbitado y haragán, incapaz de una acción continuada y eficaz, en el primer novelista de nuestro tiempo. Con ello ha logrado desmentir rotundamente aquella profecía del chirle pedagogo de sus años infantiles, que a cada instante le advertía: "¡Baroja, no serás nada!"
Fueron aquellos sus años infantiles iniciadores y fecundadores del eterno espíritu andariego del novelista. Las andanzas de su padre —el ingeniero oficial D. Serafín Baroja— le hicieron danzar de la Ceca a la Meca por los cuatro rincones de la Península. Si bien en la partida de nacimiento consta haber nacido en 1872, en el número 6 de la calle Oquendo, de San Sebastián, antes de cumplir los cinco años, rodó aquella compacta familia hacia el centripetismo oficioso de la Villa y Corte.
Vivió aquel primer par de años de su vida madrileña en lo que por entonces podía considerarse las afueras de la Villa, en la barriada conocida por la Era del Mico, serie de casas más o menos diseminadas en las zonas comprendidas hoy entre la glorietas de Bilbao y Quevedo. Era la parte verbenera de Madrid, con una serie de tiosvivos y columpios permanentes y un sinnúmero de ciegos cantando la última habanera o relatando ante un cartelón, rodeado de papanatas, las hazañas del último criminal. Todas estas impresiones infantiles, y las más fuertes aún recogidas en sus visitas subrepticias a un viejo cementerio abandonado de las proximidades, formaron en la imaginación del pequeño Baroja un mundo fantástico, que estamos por creer que todavía —para bien de nuestra novelística— no ha soltado del todo.
Duró poco el empleo de D. Serafín en el Instituto Geográfico de Madrid, y pronto tomaron trenes y diligencias para las tierras aún no muy pacificadas de Navarra. En Pamplona se terminó de "formar" la mentalidad fantasmagórica de Baroja. Cinco años duró su esancia allí, y en la capital de Navarra hubo de almacenar, a un admirable unísono, fantásticas leyendas y suspensos inexplicables. "Pamplona era entonces un pueblo extraño, se vivía como en tiempos de guerra; de noche se levantaban los puentes levadizos y quedaban no sé si uno o dos portones abiertos. Pamplona era un pueblo divertidísimo para un chico."
Fueron aquellos años de exuberante fantasía para el futuro novelista. Juntamente con su hermano Ricardo vivió las grandes horas de los personajes de Julio Verne y de Defoe. Este último, sobre todo, dejó en Pío ese espíritu "robinsoniano" que siempre ha parecido caracterizarle.
Hacia el año 1886, de nuevo D. Serafín fue destinado a la capital del reino. Otro viaje entretenido, ya completamente en ferrocarril, y una serie de suspensos y aprobados septembrinos, que sacaron adelante el bachillerato y los primeros años de estudios médicos al futuro novelista. "El bachillerato —dirá más tarde Baroja— me dejó dos o tres ideas en la cabeza, y me lancé a estudiar una carrera como quien toma una pócima amarga." Estos años de estudiante, tan magistralmente descritos, en la que para muchos es la mejor novela de don Pío —El árbol de la ciencia—, hubieron de continuar y dar fin en la entonces lejana Universidad de Valencia; ya que los continuos ajetreos administrativos lanzaron al tan llevado y traído D. Serafín, en unión de su familia, hacia la capital levantina.
La vida estudiantil de Pío parecía ir por no mejores caminos que haya ido en Madrid, y hasta quiso en más de una ocasión colgar los libros de texto. Pero no lo hizo porque tenía la seguridad de que si abandonaba aquella carrera, su padre le obligaría a seguir otra, y a él lo que le interesaba era disponer de tiempo para devorar informes folletones y novelones inacabables, mientras su imaginación hervía calenturientamente, tumbado cara al cielo, contemplando sin verlo el desfile monótono de las nubes.
Por estas fechas comenzó Baroja a emborronar las primeras cuartillas: muchos cuentos, muchas novelitas cortas, que la gente encontraba malas, porque no se parecían en nada a las de Teodoro Baró o Alfonso Pérez Nieva, que eran los que privaban por entonces.
Un buen día se le ocurrió la idea de enviar algunos artículos, un tanto polémicos, a La Unión Liberal, de San Sebastián, diario cuya redacción guardaba inextinguible afecto hacia D. Serafín. Pocas semanas más tarde dieron la fiesta más inolvidable al hijo del ingeniero, el día que éste pudo ver no sé qué asunto tipografiado limpiamente por encima de su nombre y sus dos apellidos en letras de molde.
En 1893 regresó Baroja a Madrid, esta vez solo, dispuesto a doctorarse en medicina; estos estudios los tomó con más ahínco y parece que su tesis —"El dolor: estudio psicológico"— no fue una de las peores del año. En su deambular por cafés y librerías de viejo, conoció por entonces un sinfín de periodistas. Uno de ellos le presentó a Francos Rodríguez, que dirigía La Justicia, órgano periodístico del republicanismo salmeroniano. En aquella redacción se "hizo" periodísticamente Pío Baroja. En la colección de este periódico encontrará el investigador barojiano una serie de trabajos anónimos, artículos de pura polémica en su mayor parte.
Con motivo de la muerte de su hermano Darío, regresó Baroja a la alegre casita de Burjasot, donde vivía el resto de su familia. Allí transcurrieron para él horas de plácida holgazanería, hasta que un día tropezó en un periódico con el anuncio de la plaza de un médico titular en el pueblo de Cestona. En varias ocasiones ha escrito D. Pío su vida de médico de pueblo, pero lo mismo que la medicina teórica, la práctica tampoco iba con su carácter, y un buen día dejó al Ayuntamiento de la villa guipuzcoana buscando un nuevo titular.
A instancias de su tía Juana Nessi, se hizo cargo de la administración de una tahona que poseía esta parienta junto al convento de las Descalzas madrileñas. Mal que bien, fue sacando adelante el negocio panadero, hasta que murió la tía, y se echó el cierre. Ocurrió esto el año 1897, año en que puede considerarse nació públicamente el novelista Baroja. Si bien como únicas muestras prácticas sólo pueden presentarse algunos cuentos publicados en El País Vasco, y otros —los mejores— en la revista — donde coincidió por primera vez con el grupo que había de tomar el rótulo sangrante del "98".
Aquellos días de desastre sólo tuvieron un sentido político-filosófico para los del grupo, borrachos de la reciente lectura de la Philosophie de Nietzsche, glosada por el francés Lichtemberger, y explicada personalmente por el suizo Paul Schmidt, inseparable de los escritores de la generación. Baroja se creyó un tanto el representante del filósofo alemán en estas tierras, y escribió más de un artículo sobre sus ideas y sentimientos.
"Azorín", que le ha pintado en aquellos días juveniles, ya calvo y con una barbita puntiaguda y rubia, lleno de aire misterioso y hermético, ha sido el que ha remozado hoy su viejo amor por lo extraño y paradójico, su admiración por los pueblos castellanos, tan sombríos y tan austeros, y su primitiva inclinación por todas las cosas de España. Ya que, contra todo lo que suele decirse en otro sentido, la generación del "98" ha sido el primer grupo juvenil ansioso y pleno de verdadero patriotismo.
"De nuestro amor a España, responden nuestros libros". No hay uno solo de los libros de este grupo de escritores que no transpire españolismo efectivo; lejano, bien es verdad, de aquel patrioterismo a que estaban acostumbradas las viejas generaciones, pero españolismo de la más honda y autóctona raíz.
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