XIII. VIDA INTELIGENTE EN EL UNIVERSO

�ESTAMOS solos en el Universo? Desde muy remotos tiempos el ser humano se ha preguntado sobre la posibilidad de que exista vida inteligente en otros mundos. La mayor parte del tiempo, esta interrogante ha sido considerada en contextos filos�ficos o religiosos. Sin embargo, el desarrollo reciente de la astronom�a ha permitido comenzar a buscar una respuesta sobre bases cient�ficas.

Tito Lucrecio Caro, un contempor�neo y compatriota de Julio C�sar, se refiri� a la posibilidad de la existencia de otros mundos en su famoso poema De Rerum Natura (Sobre la naturaleza de las cosas). Lucrecio especulaba que:

En primer lugar, en todas partes alrededor de nosotros, a los lados, arriba y abajo no hay fin. Ya he mencionado esto antes, esta verdad se proclama a s� misma y la naturaleza del vasto espacio la hace evidente. Y puesto que el espacio infinito se extiende en todas direcciones y los �tomos en n�mero y cantidad incalculables viajan en todas direcciones apurados por su movimiento eterno, de ninguna manera puede considerarse probable que sea esta la �nica Tierra creada, y que todos esos �tomos est�n ah� sin hacer nada.


Las cavilaciones de Lucrecio se extendieron hasta proponer que la vida podr�a aparecer en estos otros mundos:

M�s a�n, cuando hay una abundancia de materia disponible, cuando hay el espacio vacante, y cuando no hay raz�n que retrase el proceso, entonces las formas de la realidad deben combinarse y crearse. Hay una enorme cantidad de �tomos disponibles, tantos que no habr�a tiempo para contarlos en toda la eternidad y hay una fuerza que lleva a los �tomos a diversos sitios as� como los trajo a este mundo. As� que debemos reconocer que hay otros mundos en otras partes del universo, con razas de hombres y animales diferentes.

Las ideas de Tito Lucrecio Caro carec�an de una base cient�fica s�lida de observaci�n y experimentaci�n. M�s bien eran una serie de concepciones filos�ficas hilvanadas de manera atractiva y convincente.

La siguiente figura hist�rica que consideraremos naci� m�s de 1 600 a�os despu�s del romano Lucrecio. Giordano Bruno fue un monje dominico que se opuso radicalmente a los pensamientos religiosos de su �poca. Bruno era un creyente de la teor�a copernicana, que sacaba a la Tierra de su sitio privilegiado en el Universo y la convert�a en un planeta m�s del Sol. En su Tercer Di�logo "Sobre el universo infinito y sus mundos", Bruno hac�a a su personaje protagonista, Francastorio, afirmar que hab�a otros mundos habitados como el nuestro. Por sus puntos de vista her�ticos, entre ellos la existencia de otros mundos habitados, Giordano Bruno fue encarcelado por la Santa Inquisici�n. Cuando rehus� retractarse de sus puntos de vista, fue condenado a la hoguera. La sentencia se llev� a cabo el 17 de febrero de 1600.

A trav�s de los siglos ha continuado habiendo fil�sofos y pensadores que conjeturaron sobre la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre. Paralelamente a estos ejercicios filos�ficos, la ciencia comenz� a tratar de entender qu� es la vida y si �sta podr�a darse en otros sitios del Universo.

Simon Newcomb, un astr�nomo estadounidense de fines del siglo pasado y principios de �ste, pensaba que la vida en la Tierra parec�a llenar todos los nichos posibles, puesto que s�lo estaba ausente en los sitios de hielos perpetuos o en aquellos donde la temperatura estaba cercana al punto de ebullici�n del agua. Seg�n �l, mientras el agua pudiera permanecer l�quida, o sea que no hubiese demasiado fr�o o calor, la vida era la regla. Newcomb tambi�n consider� la posibilidad de que hubiese vida en la Luna o en los planetas del Sistema Solar. Para el caso de la Luna su diagn�stico era negativo:

En el caso de la Luna, puesto que es el cuerpo celeste m�s cercano a nosotros, nos podemos pronunciar de manera m�s definitiva. Sabemos no existen en la Luna suficiente agua o aire para ser detectados por nuestros experimentos m�s sensitivos. Es seguro que la atm�sfera de la Luna, si es que existe, tiene una densidad menor a una mil�sima de la densidad de la atm�sfera terrestre. Este vac�o es menor que el que una bomba de aire ordinaria puede producir. Nos es dif�cil aceptar que una cantidad tan peque�a de aire le pueda servir de algo a la vida; un animal que sobreviva con tan poco, podr�a hacerlo con nada.

Pero la prueba de la ausencia de la vida en la Luna es a�n mayor cuando consideramos el resultado de las observaciones telesc�picas. Un objeto del tama�o de un edificio grande podr�a detectarse en la Luna. Si hubiese vegetaci�n presente en su superficie, podr�amos ver los cambios que sufrir�a en el transcurso de un mes lunar, durante el cual la superficie de la Luna pasa, de estar expuesta a los rayos directos del Sol, al fr�o intenso del espacio.

En tiempos recientes no s�lo hemos observado a la Luna con el telescopio, sino que hemos obtenido informaci�n m�s definitiva con la fotograf�a. La superficie visible ha sido fotografiada repetidas veces bajo las mejores condiciones. No se ha establecido con certeza ning�n cambio, ni las fotograf�as muestran la menor diferencia en estructura o tono que pudiese atribuirse a ciudades o a otros trabajos de una raza inteligente. Al parecer la superficie de nuestro sat�lite est� tan completamente carente de vida como la lava fresca del Vesubio.


Las conclusiones de Newcomb eran notables, sobre todo si tomamos en cuenta que fueron hechas en 1905. Estas ideas fueron, como sabemos, confirmadas por el programa espacial de los EUA que estudi� en detalle a la Luna. Respecto a los planetas del Sistema Solar, Newcomb pensaba que con la posible excepci�n de Venus y Marte, no hab�a posibilidad de vida. Mercurio es demasiado caliente y los planetas m�s externos demasiado fr�os.

Desde el punto de vista biol�gico, Darwin hab�a establecido d�cadas atr�s que la vida evolucionaba en respuesta a las condiciones del medio ambiente. Sin embargo, su trabajo tuvo poco que ver directamente con el problema del origen de la vida. Hac�a falta un mayor conocimiento de la bioqu�mica para que los cient�ficos comenzaran a especular sobre los procesos a trav�s de los cuales un organismo vivo podr�a aparecer a partir de combinaciones qu�micas.

Durante los a�os veintes de nuestro siglo, aparecieron dos trabajos fundamentales que planteaban un esquema mediante el cual podr�a haberse originado la vida en la Tierra. Los autores de estos trabajos, que fueron hechos independientemente, fueron el bioqu�mico sovi�tico Alexander Oparin y el bi�logo ingl�s John B. S. Haldane. En esencia, el razonamiento presentado separadamente por Oparin y Haldane puede describirse como sigue. La atm�sfera primitiva de la Tierra no era rica en ox�geno como lo es la actual. En particular, no conten�a ozono, una mol�cula formada a partir de tres �tomos de ox�geno. El ozono que existe en la atm�sfera actual detiene en las capas superiores atmosf�ricas a la radiaci�n ultravioleta del Sol, la cual es capaz de activar qu�micamente a la materia. Como la atm�sfera primitiva de la Tierra no ten�a ozono, la radiaci�n ultravioleta del Sol pod�a llegar hasta la superficie terrestre. Se sabe que cuando la radiaci�n ultravioleta act�a sobre una mezcla de agua, bi�xido de carb�n y amoniaco, se producen una gran variedad de substancias org�nicas, incluyendo az�cares y aparentemente algunas de las substancias que forman a las prote�nas. De estas prote�nas se formar�an, supuestamente, grandes mol�culas capaces de replicarse y de alg�n modo, de �stas se llegar�a a los primeros organismos unicelulares. Esta secuencia especulativa de eventos no ha sido comprobada en el laboratorio en su totalidad. Sin embargo, los experimentos realizados por Stanley L. Miller y Harold C. Urey en la Universidad de Chicago a principios de los cincuentas indican que al menos los primeros pasos del origen de la vida pueden reproducirse en el laboratorio. Miller y Urey tomaron una mezcla de hidr�geno, metano, amoniaco y agua (todos estos componentes en forma gaseosa) y le hicieron pasar descargas el�ctricas para simular las condiciones que se cree existieron en la Tierra primitiva. Obtuvieron que de este experimento se produc�an compuestos m�s complejos, en particular amino�cidos que son los bloques de los que se forman las prote�nas. Por desgracia, el paso de los amino�cidos a las c�lulas es gigantesco y su duplicaci�n en el laboratorio a�n no ha sido lograda.

De cualquier manera los experimentos de Miller y Urey sugieren que la aparici�n de la vida es un fen�meno natural que se da si hay las condiciones propicias. Otra indicaci�n de que la vida es un proceso natural nos la da la composici�n qu�mica del Universo. Los seis elementos qu�micos m�s abundantes del Universo son el hidr�geno, el helio, el carbono, el nitr�geno, el ox�geno y el ne�n. El helio y el ne�n forman parte de los llamados gases nobles, o sea que no se juntan entre s� o con otros elementos para formar mol�culas. Los restantes cuatro elementos hidr�geno, carbono, nitr�geno y ox�geno son precisamente los m�s abundantes en la constituci�n del ser humano. O sea, que nuestra composici�n qu�mica, a grandes rasgos, refleja a la composici�n del Universo.

La b�squeda de vida extraterrestre se ha concentrado en el pasado en nuestros vecinos m�s cercanos: los otros planetas del Sistema Solar. A principios de siglo, el astr�nomo estadounidense Percival Lowell crey� ver canales en la superficie de Marte. Lowell dej� volar desenfrenadamente su imaginaci�n y lleg� a proponer que los marcianos utilizaban dichos canales para irrigar al planeta. Ahora sabemos que los canales marcianos son ilusiones �pticas, estructuras producidas por el cerebro humano que tiende a unir marcas y cr�teres en l�neas rectas. El impacto de las especulaciones de Lowell fue notable. Basta recordar lo que pas� en 1938, cuando se le ocurri� a Orson Welles hacer una dramatizaci�n radiof�nica de La guerra de los mundos, la novela de H.G. Wells. Esta obra narra una invasi�n marciana a la Tierra y ante la realista presentaci�n miles de radioescuchas abandonaron sus hogares llenos de p�nico.

En julio y agosto de 1976 dos naves Vikingo de los Estados Unidos se posaron en la superficie de Marte. Las im�genes que enviaron a la Tierra revelaron un panorama sin evidencia de vida macrosc�pica. Por supuesto, lo m�s interesante que hicieron fue tomar muestras de la superficie marciana y realizar experimentos con ellas para buscar vida microsc�pica. No se encontr� evidencia alguna de materia org�nica. Marte parece no tener ninguna forma de vida.

Hasta ahora no se ha encontrado evidencia de vida en nuestro Sistema Solar, aparte de la Tierra. Es pues necesario extender la b�squeda a otros soles, a otros sistemas solares. Pero, �c�mo viajar a trav�s de tan enormes distancias? Ahora no podemos realizar tan prolongadas odiseas. Quiz� pudi�ramos recibir o enviar se�ales de alg�n tipo a trav�s de las vastedades del Cosmos.

En 1959 Giuseppe Cocconi y Philip Morrison llegaron a una conclusi�n sorprendente. Con la tecnolog�a ya disponible entonces (que se ha seguido mejorando) era posible comunicarse usando ondas de radio con otras estrellas de la Galaxia. Para que posibles civilizaciones en los planetas de estas otras estrellas nos pudieran contestar s�lo har�a falta que tuviesen un desarrollo tecnol�gico similar al nuestro. En la pr�ctica, el establecer esta comunicaci�n es un problema monumental que ha sido considerado por muchos cient�ficos. Para tratar de detectar se�ales inteligentes de otra estrella hace falta un radiotelescopio muy sensitivo. Estos existen. Pero, �hacia cu�l de las estrellas apuntamos?, �a qu� frecuencia sintonizamos nuestro receptor?, �qu� tipo de mensaje podemos esperar? Los problemas son muchos y una b�squeda cuidadosa requerir�a de mucho esfuerzo pero, como Cocconi y Morrison notaron al concluir su art�culo; "la probabilidad de �xito es dif�cil de estimar, pero si no buscamos, esta probabilidad ser� cero."

Se han hecho algunos intentos para detectar se�ales de radi� de las estrellas m�s cercanas. Sin embargo, estos esfuerzos no han sido lo suficientemente sostenidos para alcanzar una conclusi�n. Hasta ahora no se ha detectado ninguna se�al de radio extraterrestre que no pueda explicarse como debida a alg�n fen�meno c�smico inanimado. Afortunadamente, la comunidad astron�mica comienza a tomar en serio esta idea y se habla de construir radiotelescopios que se dedicar�an exclusivamente a buscar se�ales inteligentes. La Uni�n Astron�mica Internacional, la cual agrupa a la mayor�a de los astr�nomos profesionales del mundo, ha creado una comisi�n para la b�squeda de vida inteligente extraterrestre, con el prop�sito de que analice y proponga maneras de atacar el problema.

De cualquier modo, la posibilidad de tener �xito en establecer comunicaci�n con otra civilizaci�n inteligente en nuestra Galaxia depende de cuantas de estas civilizaciones existen. Algunos investigadores aventurados han tratado de estimar este n�mero. El primero en hacerlo fue Frank Drake, de la Universidad de Cornell, y en su honor la ecuaci�n que se emplea para hacer dicha estimaci�n se llama la ecuaci�n de Drake. B�sicamente, el c�lculo se hace como sigue. Hay 1011 estrellas en nuestra Galaxia. De este total, aproximadamente una d�cima parte son parecidas al Sol. Esto nos deja 1010 estrellas. Luego se pregunta uno cu�ntas de estas estrellas tendr�n planetas. Posteriormente estima uno en cuantos de estos sistemas planetarios pudo haber aparecido una forma de vida elemental. As� sucesivamente, se puede llegar a estimar cu�ntos casos de vida inteligente hay en la Galaxia. El c�lculo est� lleno de incertidumbres. Los cient�ficos optimistas, como Carl Sagan, acaban concluyendo que hay 106 (un mill�n!) de civilizaciones inteligentes en la Galaxia. Los pesimistas, como Sebastian von Horner, concluyen que hay s�lo una (nosotros). Basa tal estimaci�n en una suposici�n que es relevante para la humanidad. Supone que s� se forman frecuentemente civilizaciones inteligentes, pero que �stas, con su desarrollo tecnol�gico acaban aniquil�ndose a s� mismas. As�, en un momento dado del tiempo s�lo hay una (o unas pocas) de estas civilizaciones que duran muy poco y son reemplazadas por otra en alguna estrella de la Galaxia.

Aun en la estimaci�n optimista de Sagan, la comunicaci�n interestelar es un asunto muy dif�cil. S�lo una de cada 100 000 estrellas alberga un planeta habitado por una civilizaci�n inteligente. Habr�a que "escuchar" en ondas de radio del orden de 100 000 estrellas para tener una posibilidad razonable de detectar un caso. M�s a�n, la distancia t�pica entre estas estrellas seria de varios cientos de a�os-luz, por lo que la comunicaci�n de ida vuelta tomar�a unos mil a�os. �Y esto en el caso mas optimista!

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