IV. ORIGEN Y EVOLUCI�N DEL HOMBRE

USTED Y LA EVOLUCI�N

LA COMPRENSI�N de los patrones y los mecanismos de la evoluci�n es el objeto central de este libro. Sin duda uno de los cap�tulos m�s interesantes de la evoluci�n lo representa para nosotros la relevancia que tienen esos principios en el conocimiento de nosotros mismos y de nuestros or�genes. En esta �ltima parte trataremos precisamente lo que sabemos acerca de la evoluci�n del hombre. La estructura que seguiremos ser� como la de las partes anteriores de este libro. Veremos las evidencias que tenemos acerca de que el hombre forma parte del fen�meno evolutivo, de las revoluciones adaptativas que representa el ser humano, as� como del aspecto de la generaci�n de especies cercanas al hombre. Al final tocaremos un aspecto que no hemos tocado hasta ahora. Nos referimos a las implicaciones que para la evoluci�n org�nica del hombre han tenido la civilizaci�n y la cultura, esto es, discutiremos los aspectos que ha producido el nacimiento y desarrollo de otro tipo de evoluci�n en nuestra especie, la evoluci�n cultural. Este fen�meno, como veremos, tiene sus ra�ces en la capacidad que tenemos para entender y transmitir s�mbolos que forman la base de nuestra cultura.

Eso s�, en ningún momento debemos olvidar que como seres humanos formamos parte del Universo como cualquier otra especie. Que si bien las adaptaciones actuales nos capacitan para manejar nuestro ambiente en forma muy ingeniosa, ello no nos aleja m�s de otros organismos que la habilidad que tienen las abejas para encontrar �reas con flores y transmitir esa informaci�n a sus cong�neres. Como ellas gozamos de ciertas habilidades, pero finalmente ambas convivimos en esta tierra y por tanto no somos distintos.



Figura 19. Comparaci�n entre los huesos de un chimpanc� y el primer hom�nido que camin� erguido hace aproximadamente 3 millones de a�os.

Y HACE MILLONES DE A�OS...

El registro f�sil m�s antiguo de un hom�nido data de hace aproximadamente 12 millones de a�os. Se encontr� en las colinas de Siwalk, Pakist�n. Tambi�n se los ha encontrado en partes de India, Turqu�a y �frica Oriental. Era un animal cercano a nosotros porque de los restos se ha podido ver que las muelas son como las de un grupo que incluye a los gorilas, los chimpanc�s, los gibones y los orangutanes. Estos son los parientes vivientes m�s cercanos al hombre, y han sido nombrados en conjunto como ramapit�cidos. Pero, �qu� tan cercanos son? Una caracter�stica que nos distingue de los chimpanc�s y los gorilas es que mientras nosotros tenemos la cara plana, ellos tienen un hocico (boca protuberante). De las reconstrucciones de las quijadas de los ramapit�cidos se ha podido concluir que su cara, aunque no tan plana como la nuestra, no era tan prominente como la de los chimpanc�s y los gorilas (Figura 20). A partir de esto (que por cierto es el �nico elemento que podemos analizar porque no tenemos restos de otros huesos), podemos f�cilmente decir que los gorilas y los chimpanc�s est�n menos relacionados al hombre que los ramapit�cidos. Desgraciadamente no sabemos si estos animales andaban en dos patas o en cuatro ya que no tenemos los restos de la pelvis y el f�mur que nos dir�an c�mo caminaban. Los ramapit�cidos aparecen en el registro f�sil de hace aproximadamente 14 millones de a�os y desaparecieron hace aproximadamente ocho millones. Quiz� otros animales fueron los ancestros directos de la humanidad, pero por ahora �stos son los candidatos m�s probables a ser los iniciadores de nuestra historia.



Figura 20. Caracter�sticas generales de los cr�neos de algunos hom�nidos: (a) Australopit�cido, (b) Homo erectus,(c) Hombre de Neandertal y (d)Hombre actual.

CUANDO PUDIERON PLATICAR Y COMER PINOLE

Como ya hemos dicho podemos decir muy poco de la forma de vida de los ramapit�cidos as� como de sus caracter�sticas porque tenemos muy pocos f�siles. En el lapso que va de los ocho millones de a�os (que fue cuando desaparecieron del registro f�sil estos animales) a los cinco millones el registro f�sil de hominidos es muy escaso. Hasta la fecha no se han encontrado restos que nos gu�en respecto del destino final de los ramapit�cidos y por ello de nuestros ancestros de entonces. Pero a partir de los f�siles de hace cinco millones de a�os comenzaron a aparecer hom�nidos que ten�an la capacidad de caminar erguidos en sus patas. �stos son muy abundantes y se han descubierto en una gran cantidad de lugares en �frica. De estos animales hemos llegado a tener tantos f�siles, que no ha sido dif�cil tener una idea de su forma de vida. De hecho, se han encontrado al menos dos tipos generales. Uno de individuos mayores llamado Australopithecus robustus que viv�a en zonas boscosas y ten�a una mand�bula muy poderosa que le ayudaba a comer alimentos muy duros," y otro, m�s fr�gil en su complexi�n, que viv�a en praderas. A �ste se le ha llamado Australopithecus gracilis. Ambos eran m�s peque�os que el hombre actual, ya que llegaban a medir hasta 1.20 m aproximadamente, o sea lo que mide en la actualidad un ni�o de cinco a ocho a�os.

En ambos tipos de australopit�cidos se han descubierto los huesos necesarios para decir si estos seres caminaban o no erguidos como nosotros. Por un lado se ha encontrado que la uni�n que tiene el cr�neo de estos animales y su columna vertebral es caracter�stica de la posici�n erguida, ya que la inserci�n est� en el centro del cr�neo. En animales como el gorila, que camina en cuatro patas, la inserci�n de la columna se encuentra en la parte posterior. Sin duda la forma de los huesos de la cadera es uno de los hechos que m�s nos ayudan a comprobar que los australopit�cidos caminaban erguidos, pero existen otros. Los huesos de la cadera de los animales que caminan en cuatro patas son alargados y angostos. Tal es el caso de los chimpanc�s y los gorilas. Los huesos de nuestra cadera son, en cambio, cortos y anchos para sostener el peso del cuerpo. En los australopit�cidos el hueso de la cadera aunque no es exactamente humano, tampoco es alargado como el de los monos. De estos dos hechos se concluye que los australopit�cidos desde hace entre tres y cuatro millones de a�os ya caminaban erguidos en las patas traseras. Se ha descubierto, adem�s, evidencia m�s directa de que hace casi cuatro millones de a�os hab�a hom�nidos que caminaban erguidos, esto es, la existencia de pisadas fosilizadas de tres individuos. Junto con esas pisadas se encuentran huellas de otros animales (rinocerontes, jirafas y elefantes). Se ha reconstruido lo que debi� de haber ocurrido: hubo una erupci�n de un volc�n y cuando las cenizas estaban todav�a calientes, en lo que ahora es Laetoli (Tanzania) llovi� y el agua hizo una mezcla lodosa; fue entonces que tres australopit�cidos caminaron por all�. Se sabe que son pisadas de animales que caminaban erectos por las huellas del dedo gordo y el tal�n que son muy caracter�sticas. Dos de los individuos caminaron juntos mientras que el tercero (un ni�o) lo hizo por el mismo lugar pero no junto a ellos ya que las pisadas est�n demasiado cerca unas de otras. As� pues estas huellas, descubiertas en 1976 representan la evidencia m�s directa de que hace 3 750 000 a�os tres hom�nidos ya caminaban erguidos como lo hacemos en la actualidad.

Se ha escrito mucho acerca de las ventajas que representa la posici�n erguida. En general se considera que fueron muchas. Entre ellas se ha destacado el que con esa posici�n se liberaron los brazos para llevar a cabo otras funciones, como el manejo de armas y de herramientas. Asimismo se ha sugerido que mejora la visi�n a larga distancia as� como la recolecci�n de frutos, semillas y otros recursos alimenticios. Tambi�n se ha propuesto que la resistencia para recorrer grandes distancias es mucho mayor que en animales con una locomoci�n a cuatro patas. Es seguro, de cualquier forma, que el caminar erguido signific� una revoluci�n adaptativa para nuestros parientes y para nosotros mismos.

CHIQUITOS PERO MUY H�BILES

Los australopit�cidos de hace tres y cuatro millones de a�os eran bastante peque�os cuando llegaban a adultos. Med�an no mas de 1.20 m y no pesaban m�s de 40 kilos. Su cerebro era tambi�n peque�o, alrededor de 400 cm3 (la manera como se mide la capacidad del cr�neo es calculando el volumen; esto puede hacerse bastante f�cilmente con cr�neos f�siles). Es decir, un australopit�cido ten�a alrededor de 10 cm3 de cerebro por kilogramo de peso.

Hace alrededor de 25 a�os se encontr� en la barranca de Olduvai, en �frica Oriental un cr�neo fosilizado de hace aproximadamente 1 750 000 a�os. Perteneci� a un hom�nido que caminaba erguido y que ten�a un cerebro de 800 cm3 para sus �40 kilos de peso! Esto significa que comparado con los australopit�cidos este hom�nido ten�a dos veces m�s de capacidad craneana (el hombre actual tiene un cerebro bastante mayor, de aproximadamente 1 350 cm3, que para los 60-70 kilos de peso promedio es tambi�n el doble que el de los australopit�cidos). Posteriormente, en 1972 se descubrieron otros restos de estos hom�nidos en el lago Turkana, �frica, y se comprob� en forma definitiva que el tama�o del cerebro constitu�a la mayor diferencia con los australopit�cidos. Adem�s de restos de huesos, en esos lugares tambi�n se han encontrado pedazos de las herramientas que construyeron estos hom�nidos, que, aunque de tama�o peque�o, demuestran que ten�an un cerebro relativamente grande. Es por esto que se les ha llamado Homo habilis, siendo, adem�s, de los primeros hom�nidos que aparecieron en el registro f�sil a los que ya se les puede llamar hombres. Estos aparecieron hace dos millones de a�os.

TIRE LA BASURA

Cuando los arque�logos buscan restos del pasado encuentran, adem�s de huesos, muchas otras cosas que les hablan de la organizaci�n social y los h�bitos de los hom�nidos que vivieron entonces. En el lago Turkana, en �frica, se ha descubierto uno de los sitios m�s interesantes en este aspecto. Del cuidadoso an�lisis de la basura dejada en un campamento usado por Homo habilis se ha podido entender el tipo de alimentaci�n y la utilidad que las diferentes herramientas ten�an para aqu�llos. A partir de esta informaci�n se ha podido saber que sus actividades inclu�an la recolecci�n de frutos y la caza. El hombre entonces cazaba en grupos y muy probablemente distribu�a la comida que, unos cazando y otros recolectando, diferentes miembros de la comunidad obten�an. As� pues, la vida en comunidades donde se repart�an las actividades ya exist�a hace dos millones de a�os.

TE VAS A QUEMAR...

Entre hace dos millones de a�os y un mill�n de a�os nuestro registro de hom�nidos vuelve a ser pobre. De no encontrar australopit�cidos se ha concluido que se extinguieron en ese periodo de tiempo. Los �nicos hom�nidos que quedaron desde entonces pertenecen al g�nero Homo. A su vez, el Homo habilis tambi�n desaparece del registro f�sil, pero de hace un mill�n de a�os se han descubierto una gran cantidad de f�siles que pertenec�an a hom�nidos que usaban herramientas (por lo que se les considera del g�nero Homo), adem�s de que ya conoc�an el fuego, puesto que en las cuevas que se han excavado hay restos calcinados y quemados de huesos, piedras y pedazos de madera.

El descubrimiento de los primeros restos de estos hom�nidos, que son llamados Homo erectus en la actualidad, lo llev� a cabo en Java un investigador holand�s llamado E. Dubois en 1891. En ese entonces se le llam� Pitecanthropus (hombre-mono) erectus y muy pocas personas creyeron en la validez de ese descubrimiento. Se argumentaba que seguramente los restos pertenecieron a un hombre enfermo y con deformaciones.

En general los restos de Homo erectus se han encontrado dentro de sedimentos de entre 800 000 y 300 000 a�os. Los lugares donde se les ha hallado incluyen sobre todo Asia (China), �frica (Argelia, Tanzania y Sud�frica) y Europa (Checoslovaquia y Hungr�a). De �stos s�lo en Hungr�a y en China se han encontrado restos que comprueban que ya usaba el fuego.

El tama�o del cr�neo de Homo erectus, aunque grande (aproximadamente 1 000 cm3) no es tan grande como el del hombre actual. El uso del fuego le permiti� sobrevivir en zonas en las que antes no se pod�a vivir por las bajas temperaturas. Esto ampli� el �rea de distribuci�n con respecto a la que ten�an los australopit�cidos o a los Homo habilis.

LA CONCIENCIA DE UNO MISMO

El registro f�sil vuelve de nuevo a ser muy escaso entre hace 250 y 100 000 a�os. En ese periodo el Homo erectus desaparece del registro f�sil, pero aparece otro Homo en varias zonas de Europa, el cercano Oriente y la Uni�n Sovi�tica. En Europa se incluyen el valle de Neander, Alemania y varios sitios en Francia. En muchas de ellas se han encontrado restos que evidencian una cultura en donde �ya se enterraba a los muertos! Estos tienen una antigüedad de entre 100 y 40 000 a�os. Eran hombres de una estatura promedio de 1.63 m y ten�an una capacidad craneana aproximadamente 15% mayor que la del hombre moderno. Este hombre ha sido llamado Homo neandertalensis o tambi�n Homo sapiens neandertalensis. En el primer caso se le considera una especie diferente a la del hombre (Homo sapiens) mientras que en el segundo se le considera s�lo una subespecie de �ste. Hasta donde sabemos, lo �nico que lo distingue de aqu�l es su aparente incapacidad de utilizar s�mbolos para comunicarse.

Un aspecto del ser humano que est� ausente en los animales es la conciencia que tenemos de nuestra existencia como individuos. Esto mismo supone que tenemos conciencia de nuestra muerte y de lo que ella implica. Es quiz� esto lo que ha generado en la humanidad la presencia de rituales entre los que se incluye el de enterrar a nuestros muertos. El hombre de Neandertal seguramente ya ten�a una conciencia similar, ya que se han hallado tumbas que incluyen, por ejemplo, hachas, huesos de otros animales, semillas y flores con las que se hac�a de los entierros rituales muy particulares.

Por ejemplo, de la caverna de Shanidar, en Iraq, de donde se han desenterrado varios restos neandertalensis, se ha podido concluir que adem�s de enterrar a sus muertos pon�an flores dentro de las tumbas. Esto se ha descifrado porque se han encontrado granos de polen de varias especies de plantas en grandes cantidades dentro de ellas. Los hombres, entonces, han honrado a sus muertos con flores desde hace aproximadamente 100 000 a�os.

El que el hombre haga rituales mortuorios no solamente se expresa enterrando a sus muertos. Los cad�veres pueden ser colocados en lechos construidos de ramas y hojas en el exterior o incluso cremados. Esto puede haber sucedido pero jam�s lo sabremos, puesto que de estas dos costumbres, por razones obvias, no quedan restos en la actualidad.

Las costumbres del hombre de Neandertal inclu�an para alimentarse la cacer�a y la recolecci�n de frutas, semillas, hojas y ra�ces. En algunos lugares del mundo y sobre todo durante las glaciaciones, cuando los casquetes polares llegaban a lugares en los que en la actualidad hay un clima templado, seguramente eran casi �nicamente carn�voros y depend�an s�lo de la cacer�a para su sobrevivencia. Viv�an en cuevas, aunque se ha propuesto que tambi�n constru�an viviendas con pieles y ramas en campo abierto. Formaban grupos sociales de entre 20 y 30 individuos. Del conteo de restos en diversas partes del mundo se ha sugerido que el n�mero de hombres era mayor que el de mujeres. De este hecho se ha supuesto que probablemente practicaban el infanticidio de ni�as. La cacer�a, que se practicaba un par de millones de a�os antes, era una actividad en la que el hombre de Neandertal era experto. Aunque muchas de sus presas fueran m�s r�pidas que �l, su ingenio y habilidad para acorralar a su presa lo hac�an m�s eficiente cazador, aun cuando se tratara del enorme oso de las cavernas (Ursus spelaeus)que llegaba a tener 2.70 metros de altura.

La labor detectivesca en la revisi�n de los restos f�siles ha ayudado a descifrar las costumbres y forma de vida de los neandertalensis. Se ha encontrado, por ejemplo, que en los incisivos de los esqueletos descubiertos existen cientos de estr�as que van desde la parte superior izquierda a la parte inferior derecha. Esto ha hecho pensar que com�an la carne sujet�ndola con los dientes y cort�ndola con una roca afilada con la ayuda de la mano derecha. Como se ve, �ya entonces los hombres usaban m�s com�nmente una mano que la otra!

�HIJOS DE NEANDERTAL?

El hombre moderno apareci� en el registro f�sil de hace aproximadamente 40 000 a�os. Durante este periodo su aspecto no ha cambiado en nada. Su capacidad craneana, aunque un poco menor que la del hombre de Neandertal, es sin duda, una de las mayores, relativamente, que tiene cualquier mam�fero o vertebrado. Como los ramapit�cidos no tiene hocico y como los australopit�cidos la cadera permite que camine erguido sobre sus piernas. As�, como Homo habilis ha conseguido controlar y manejar herramientas tan sofisticadas como una gr�a de construcci�n o una maquina de escribir. El manejo del fuego le permite al Homo erectus y al hombre de Neandertal vivir en lugares a los que anteriormente no se pod�a ni so�ar en colonizar. Este fue s�lo el inicio del manejo del ambiente que hoy le ha permitido construir viviendas habitables tanto en las �reas con climas m�s calientes como en aqu�llas m�s fr�as. Tambi�n, como los hombres de Neandertal, lleva a cabo ceremonias que no s�lo incluyen los entierros sino también el matrimonio, el nacimiento de un ni�o y los cumplea�os, por solo mencionar algunos. La gama de ceremonias en la actualidad, de hecho, sobrepasa al individuo, ya que las tiene en honor ya no s�lo de personas sino de grupos o ideales, como la naci�n o la bandera.

Hay tres teor�as acerca de la manera como apareci� el hombre moderno y su relaci�n con el hombre de Neandertal. La primera propone que el hombre de Neandertal se extingui� y de otra l�nea de descendencia dentro del g�nero Homo se origin� el Homo sapiens. La segunda sugiere que el hombre de Cro-Magnon (primer f�sil con las caracter�sticas del hombre moderno) reemplaz� al hombre de Neandertal porque estaba m�s adaptado al medio ambiente. La tercera, que se considera en la actualidad la m�s probable, supone que la l�nea de descendencia del hombre de Neandertal, que era muy diverso (Figura 20), evolucion� transform�ndolo en lo que ahora es el hombre moderno.

LO QUE NOS HACE COMO LOS AJOLOTES

Los ajolotes, animales que son primos de las ranas, tienen una caracter�stica muy particular. A diferencia de las ranas que se desarrollan en dos etapas, s�lo tienen en su desarrollo un tipo de apariencia. Las ranas viven la primera etapa en el agua sin patas, y la segunda en la tierra con ellas. La causa de que ocurra esta transformaci�n es una hormona que dispara el desarrollo de la rana. En el ajolote �sta no se produce por tanto nunca se transforma en "rana": siempre permanece en el agua, nunca tiene patas y se reproduce teniendo una apariencia juvenil. De la comparaci�n entre el cr�neo de un gorila y el de un hombre se puede concluir que la diferencia entre ellos se puede explicar suponiendo que la madurez sexual llega antes en el hombre que en el gorila, de la misma manera como ocurre en el ajolote. Es por ello que el humano adulto mantiene rasgos juveniles de parientes como el gorila. Este patr�n de desarrollo, llamado neotenia, es com�n en la naturaleza, y se ha visto que en general es un fen�meno que se puede considerar como una fuente de novedades que se incorporan al universo de la evoluci�n org�nica. El cambio en los par�metros del desarrollo en muchos casos ha acompa�ado al proceso de especiaci�n.

EL ESP�RITU HUMANO

Ya vimos c�mo el ser humano se distingue de otros hom�nidos desde el punto de vista de su aspecto. Pero hay otras caracter�sticas que no pueden concluirse de los restos f�siles y que tambi�n lo distinguen de otros animales. La presencia de estas caracter�sticas ha hecho que el hombre se libere de las presiones del ambiente y por ello de la evoluci�n biol�gica como la hemos descrito en este libro. La primera de �stas es el uso de s�mbolos que ayudan al hombre a comunicarse con sus semejantes, la que tiene mucha relaci�n con la segunda: me refiero a la capacidad que tenemos de imaginar situaciones que no han ocurrido, de pensar en las diferentes alternativas de un fen�meno determinado, o en otras palabras, de modificar nuestro destino. La tercera es una herencia de las costumbres que ten�a el Homo habilis, o sea la aptitud que ha tenido nuestra cultura de desarrollar tecnolog�as para modificar el ambiente que la rodea: la elaboraci�n de medios de transporte, de m�quinas para hacer bienes de consumo, para transmitir y procesar informaci�n, para cambiar la temperatura del ambiente en el que se desarrolla el hombre etc. Ya no es s�lo el producir herramientas para mejorar la alimentaci�n sino para aumentar el nivel de vida en general. La �ltima caracter�stica consiste en la capacidad de recordar y sintetizar los sucesos que han ocurrido en el pasado para planear el futuro. Esta capacidad de evaluaci�n y planeaci�n que ayud� tanto a los cazadores, se usa en la actualidad para llevar a cabo una gran cantidad de actividades.

LA NOVEDAD EN EVOLUCI�N

Cuando revisamos la primera parte la historia de la vida en la Tierra pudimos observar que algunas caracter�sticas que aparecieron en las especies revolucionaron el curso de la evoluci�n. Entre las que mencionamos se encuentra la aparici�n de la multicelularidad en los organismos. �sta, como todas las novedades evolutivas, abri� una amplia gama de posibilidades para la adaptaci�n a diferentes, ambientes. La capacidad de los nuevos organismos multicelulares de destinar grupos de c�lulas para llevar a cabo funciones espec�ficas es sin duda una caracter�stica que abri� la puerta a la aparici�n de grupos de organismos que podr�an adaptarse al ambiente en formas no imaginadas anteriormente. Este concepto de novedad evolutiva podr�a entonces ser definido como la apariencia de una caracter�stica que no pod�a haber sido predicha de la observaci�n de c�lulas unicelulares. De la misma manera, las caracter�sticas mencionadas como distintivas de la humanidad pueden ser consideradas como novedades evolutivas, ya que de la observaci�n de los parientes cercanos al hombre no se podr�a predecir la existencia de dichas caracter�sticas. Por ejemplo, de la observaci�n de la capacidad de Homo habilis para hacer herramientas no se pod�a haber predicho que el ser humano iba a construir una lavadora de ropa o una m�quina para hacer tornillos. Tampoco de la observaci�n de nuestros parientes se pod�a haber predicho que el ser humano iba a tener la capacidad de planear acciones con base en la experiencia pasada. Esta habilidad es diferente de la forma autom�tica como ciertos animales prev�n el futuro. Veamos como.

UN CUENTO M�S, QUE NO ES M�S QUE UN CUENTO

�Qui�n no conoce el cuento de la cigarra y la hormiga? Se nos narra con la idea de infundir en nosotros el concepto de pensar en el futuro, de considerar que el mundo y nuestro derredor pueden cambiar en cualquier momento. Que si ahora estamos satisfechos con un ambiente pr�digo, que nos proporciona todo, en el futuro �ste podr�a cambiar y encontrarnos s�bitamente sin nada.

Por eso la hormiga durante el verano guarda para el invierno, mientras que la cigarra, inconsciente y despreocupada, canta. Durante el invierno la cigarra pedir� ayuda a la consciente hormiga. Pensemos ahora por qu� hace esto la hormiga, tratando de distinguir dos posibilidades. La primera ser�a que la hormiga, como dice el cuento, conscientemente planea para el futuro, ya que sabe que cada a�o despu�s del verano y el oto�o viene el invierno para el que uno debe de estar preparado. La segunda posibilidad ser�a que la hormiga lo hiciera autom�ticamente sin tener conciencia de su acto. El experimento que nos ayudar�a a distinguir entre ambas alternativas consistir�a en someter a la hormiga a un ambiente en el que no hubiera invierno (por ejemplo en un �rea tropical) durante varios a�os. Lo que encontrar�amos es que la hormiga, que proviene de un clima con invierno, guardar�a comida cada a�o durante el verano. En otras palabras, no tendr�a la capacidad para planear el futuro considerando sus experiencias pasadas. Es por la falsedad del cuento de la cigarra y la hormiga que podemos decir que esta caracter�stica es exclusiva del ser humano.

LOS CABEZONES

El hombre moderno es junto con el hombre de Neandertal el hom�nido que tiene el mayor tama�o de cr�neo. Esto no s�lo en forma absoluta sino tambi�n en relaci�n a nuestro tama�o: somos m�s cabezones. Su aumento, de hecho, se ha venido dando desde hace tres millones de a�os (Figura 21). Hay periodos de tiempo que, aunque cortos, permitieron un aumento considerable del cr�neo. Por ejemplo, el Australopithecus afarensis ten�a alrededor de 350 cm3 de capacidad craneana, mientras que entre el Homo erectus y el Homo sapiens (500 mil a�os) aumenta de 850 cm3 a 1 300-1 500 cm3. Esto signific� que ciertas zonas del cerebro aumentaron su n�mero de c�lulas incrementando seguramente su capacidad para imaginar situaciones o unir eventos que ocurrieron en distintos momentos, as� como para planear acciones para el futuro. �De qu� manera entonces el aumento del cerebro ampli� la adaptaci�n de estos hom�nidos? Hay muchas opiniones al respecto y quisiera mencionar aqu� cuatro de ellas.



Figura 21. Aumento de la capacidad del cr�neo en los hom�nidos durante los �ltimos tres millones de a�os



La primera consiste en que implic� el hecho de comunicarse para planear la actividad de caza, ya que, adem�s de unir los esfuerzos de varios individuos en un grupo, el tener una estrategia basada en la habilidad de cada uno de hacer evaluaciones de otros eventos de la cacer�a facilitaba la obtenci�n de presas. La segunda ventaja pudo haber tenido relevancia en cuanto a la capacidad para estar continuamente alerta como grupo. El tener vig�as durante la noche facilit� la defensa de posibles enemigos. La tercera se supone que tuvo relaci�n con la capacidad para jugar con los peque�os y entrenarlos en t�cnicas para hacerlos mejores cazadores. Estos dos factores ciertamente no son �nicos del hombre, de hecho otros animales tambi�n llevan a cabo este tipo de actividades, pero lo que los hace diferentes es que estos carecen del lenguaje que les da una dimensi�n distinta de su importancia. M�s a�n, el poder entrenar a los peque�os usando el lenguaje facilita el aprendizaje y ampl�a sus habilidades. Por �ltimo, facilit� el poder incrementar el tama�o del grupo social, con la correspondiente obtenci�n de recursos suficientes para todos. Mantener a un grupo social grande, de m�s de 30 individuos digamos, requiere de una organizaci�n y una divisi�n del trabajo que va m�s all� de conductas sociales sencillas: exige de la planeaci�n y el an�lisis de diversas estrategias que mantengan la cohesi�n del grupo.

Si se observa, todo lo mencionado significa que de alguna manera el aumento en el tama�o del cerebro increment� la adaptaci�n de los grupos de hom�nidos al ambiente, pero esto es una regla general. El hombre de Neandertal (Homo sapiens neandertalensis) construy� herramientas mucho menos complejas que el de Cro-Magn�n (Homo sapiens sapiens) a pesar de tener una capacidad craneana entre 10 y 20 por ciento mayor. Esto supone entonces que el aumento f�sico del cr�neo no es lo �nico que incrementa la adaptaci�n.

LA EVOLUCI�N CULTURAL

Hasta ahora hemos visto c�mo diferentes caracter�sticas del hombre y sus parientes los han ayudado a adaptarse al medio ambiente. �Sigue ocurriendo esto en la actualidad? Hoy en d�a el hombre ya no se adapta a su ambiente por medio de la evoluci�n biol�gica sino por medio de la llamada evoluci�n cultural: para sobrevivir ya no son importantes las caracter�sticas biol�gicas sino m�s bien las culturales. Regresemos un momento al hombre de Cro-Magn�n y a sus herramientas. �stas facilitaron sin duda su adaptaci�n provey�ndole de formas para explotar y utilizar mejor su ambiente. Pero como ya mencionamos, la construcci�n de herramientas tan sofisticadas no signific� un aumento en la cantidad de neuronas. �C�mo fue entonces que adquiri� esa habilidad? La respuesta, aunque se puede resumir en una sola palabra, describe un fen�meno extraordinariamente complejo: la cultura. Hemos concebido hasta ahora a la evoluci�n biol�gica como la modificaci�n de la estructura gen�tica en las especies: en la mol�cula de la herencia, el �cido desoxirribonucleico (DNA), se acumulan todos los cambios que modifican una especie y la transforman en otra. En la evoluci�n cultural el proceso de acumulaci�n de informaci�n no se lleva a cabo en la mol�cula de DNA sino en todos aquellos aspectos que componen la cultura: las artes, la ciencia y la tecnolog�a. En ellas se acumula el conocimiento y las experiencias que el hombre ha ido obteniendo a trav�s del tiempo. As�, esta cultura ya no se transmite de generaci�n en generaci�n por medio del c�digo gen�tico sino de libros, pinturas y todos aquellos medios de acumulaci�n de informaci�n que poseemos.

LA TRANSMISI�N DE LA CULTURA

Uno de los aspectos m�s dolorosos de la muerte de un hombre lo constituye el hecho de que toda su formaci�n, sus ideas, su cultura, desaparecen con �l. Sus hijos no heredan ese acervo cultural como lo hacen con sus caracter�sticas f�sicas. Esto sin contar que la herencia cultural es selectiva: El hijo de un gran m�sico no es, generalmente, ni siquiera un m�sico regular. En cambio, el hijo de un hombre con ojos oscuros, muy probablemente tambi�n los tendr� oscuros. Pero eso no es todo. La transmisi�n de la cultura no se parece a la de los genes en muchas otras caracter�sticas. Por ejemplo, por lo general, se transmite a individuos que no est�n relacionados por parentesco. Las ideas se transmiten con la misma facilidad entre parientes que entre extra�os. La cultura es, de hecho, un fen�meno tan complejo, que el hombre ha instituido un proceso de aprendizaje de ella que lleva una veintena de a�os y en ning�n caso cubre todas sus �reas con profundidad. La cultura es, pues, tan vasta en la actualidad, que una sola persona no puede acumular toda esa informaci�n. De aqu� que tengamos la necesidad de construir bibliotecas, hemerotecas, etc.

�Y la evoluci�n biol�gica? Hemos visto que la evoluci�n cultural es un evento omnipresente en nuestra sociedad, pero esto no quiere decir que algunos aspectos de la evoluci�n biol�gica, los extremos, no existan. Por ejemplo, la existencia de algunos genes que producen enfermedades muy graves, a veces hasta mortales, a�n no han podido ser eliminadas. Esto es, las personas que tienen esos genes, mueren, de all� que sigamos estando sujetos a la selecci�n natural y, por tanto, a una evoluci�n biol�gica. En la actualidad la medicina ya est� logrando que en la mayor parte de los casos, estas personas sobrevivan. Uno de ellos es el de la diabetes: se las mantiene sanas gracias a la constante inyecci�n de una prote�na, la insulina, cuya falta produce la enfermedad. M�s a�n, se est� intentando llevar esta violaci�n de "las leyes de la naturaleza" a niveles extremos: hoy en d�a se investiga la posibilidad de "injertar" el gene que produce la insulina normal en personas enfermas, de tal manera que se pueda no solamente curarlas, sino hacer que puedan transmitir el gene normal a sus hijos. Esto demuestra que si proyect�ramos hacia el futuro la evoluci�n humana, podr�amos predecir que la evoluci�n cultural ser� sin duda de hoy en adelante la manera m�s com�n como la humanidad se adaptar� a su medio ambiente, convirtiendo a la evoluci�n biol�gica en una alternativa cada vez menos importante.

AUNQUE LAS COMPARACIONES NO SON BUENAS...

Dicen que toda comparaci�n es mala, pero para entender un poco m�s lo que representa la evoluci�n cultural me gustar�a compararla con la evoluci�n biol�gica.

El proceso de evoluci�n biol�gica requiere de la aparición de variantes (mutaciones) que en condiciones espec�ficas ser�n seleccionadas. En la evoluci�n cultural sucede algo semejante: se consideran ideas que aparecen y que bajo ciertas condiciones socioecon�micas, tambi�n incrementar�n en frecuencia las personas que las comparten. En la evoluci�n biol�gica hemos hablado de genes que aumentan su frecuencia en el fen�meno de adaptaci�n (cap�tulo III). En la evoluci�n cultural las ideas constituyen caracter�sticas que modifican el acervo cultural de las sociedades. La aparici�n de las mutaciones es un fen�meno independiente de su posible adaptaci�n. En un ambiente acu�tico con mucha sal, por ejemplo, no aparecen m�s frecuentemente mutaciones que adapten a los organismos a las altas concentraciones de sal que en un ambiente con poca salinidad. En cambio, cuando hablamos de la generaci�n de ideas siempre se dice que ciertas ideas surgen con m�s frecuencia en ciertas condiciones socioecon�micas e hist�ricas. El c�lculo infinitesimal desarrollado independientemente por Newton y Leibniz, o el concepto de selecci�n natural propuesto tambi�n independientemente por Darwin y Wallace, son ejemplos de que la aparici�n de ideas corresponde a condiciones espec�ficas de la sociedad.

Si comparamos la transmisi�n de los genes con la de las ideas encontraremos que en el primer caso la transmisi�n es vertical (de padres a hijos) �nica y exclusivamente mientras que en el segundo ocurre tambi�n entre individuos de la misma generaci�n (transmisi�n horizontal). Esto quiere decir que el incremento en la frecuencia de una idea en una poblaci�n puede ser mucho m�s r�pido que el que se presenta en un gene.

La selecci�n natural opera en forma muy similar a la selecci�n cultural. Cuando alg�n individuo tiene una habilidad cultural que lo beneficia (ya sea una herramienta , una tecnolog�a particular o hasta una receta de cocina), aparte de que muy probablemente tendr� m�s recursos, poco a poco sus ideas, tecnolog�as o recetas ser�n m�s frecuentes en la sociedad, de forma similar a como ocurre en la selecci�n biol�gica. Existe, por otro lado, un aspecto de la evoluci�n cultural que es completamente diferente de la natural. Una idea puede hacerse m�s frecuente porque existe un proceso militar de imposici�n en el que un grupo de hombres obliga a que cierta cultura y ciertas ideas predominen.

Por �ltimo, la mortalidad o fecundidad no selectiva que tratamos en el cap�tulo II, que se presenta en poblaciones peque�as con mucha frecuencia y que genera diversificaci�n de las poblaciones, tiene un fen�meno paralelo en la evoluci�n cultural. �ste predice que en poblaciones aisladas existir� una mayor divergencia simplemente porque algunas ideas tender�n a fijarse m�s r�pidamente en poblaciones de pocos individuos aunque no sean adaptativas. Este hecho explica en parte las diferentes tradiciones y culturas que tienen algunas tribus. Ideas m�s irreales tienden a fijarse m�s en sociedades peque�as.

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