I. EL INICIO

EL DESCENSO DE KUKULK�N

EN EL sureste de la Rep�blica Mexicana, a poco m�s de 100 km de M�rida, se yerguen las imponentes ruinas de la ciudad prehisp�nica de Chich�n-Itz�, la "boca del pozo de los itzaes" en lengua maya. Cientos de turistas las visitan d�a con d�a, atra�dos por su enigm�tica belleza; pero al acercarse los equinoccios de primavera (21 de marzo) y de oto�o (22 de septiembre) el n�mero de visitantes aumenta de manera impresionante, y han llegado a sobrepasar las 60 000 almas en los d�as precisos de los equinoccios. �Qu� tienen de especial esas fechas? �Qu� es lo que atrae a tales multitudes?

Se trata del c�lebre fen�meno conocido como "el descenso de Kukulk�n", un maravilloso juego de luces y sombras que arquitectura y naturaleza, unidas, nos ofrecen s�lo en esas fechas, en la pir�mide conocida como "El Castillo".

El espect�culo es fascinante. Al amanecer la luz del Sol y la sombra de la arista noreste de la pir�mide se combinan para producir la imagen de una serpiente (Kukulk�n) sobre una de las paredes de la escalinata norte. Y �se es s�lo el principio. Ante el asombro del espectador, la imagen de la "serpiente", que en s� misma ya es algo maravilloso, no permanece est�tica, sino que va descendiendo lentamente a lo largo de la escalinata conforme avanza el d�a. �Kukulk�n desciende a la Tierra!

Figura 2. La pir�mide del Castillo, en Chich�n-Itz�, durante un equinoccio. En el costado de la escalera izquierda aparece una sombra que se mueve a lo largo del d�a. La parte iluminada y la cabeza de piedra, situada en la parte inferior de la escalera, simula una serpiente.

Horas despu�s, al atardecer, el proceso se invierte y la imagen de Kukulk�n asciende majestuosamente por el muro opuesto de la misma escalinata hasta que, finalmente, el espect�culo concluye con la puesta del Sol dejando en el afortunado espectador un recuerdo imborrable.

Es indudable que "el descenso de Kukulk�n" tiene un efecto emotivo directo sobre el espectador. Pero no es el �nico. Tambi�n despierta en �l una gran admiraci�n y un profundo respeto por los astr�nomos mayas, cuyos precisos conocimientos de los movimientos de los astros permitieron dise�ar un espect�culo tan incre�ble. Esos conocimientos tuvieron que surgir de un cuidadoso estudio del cielo y, seg�n veremos, no fueron privativos de la cultura maya; los compartieron pr�cticamente todas las culturas de la antig�edad. Son una consecuencia del inter�s del hombre por el Universo en que vive y por cada una de sus partes: por el Sol, por la Luna, por los planetas y por las estrellas. Son, en fin, los cimientos de esa formidable estructura que hoy llamamos "astronom�a".

LOS PLANETAS ENTRAN EN ESCENA

Es indudable que los primeros hombres tuvieron que dedicar la mayor parte de su tiempo a la lucha por la supervivencia. Y cazando animales o huyendo de ellos, resguard�ndose de la lluvia, protegi�ndose de los rayos o temblando de miedo ante terremotos, incendios e inundaciones, poco tiempo les debe haber quedado para la contemplaci�n del cielo. A pesar de ello, no debi� de transcurrir mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de que hab�a un objeto en el cielo que jugaba un papel preponderante en sus vidas: el Sol, cuya sola presencia en el firmamento infund�a bienestar y seguridad y cuya ausencia, en cambio, provocaba desconfianza y miedo. Es, as�, f�cil de imaginar la angustia con que deben de haber presenciado cada puesta de Sol, temerosos ante la posibilidad de que su desaparici�n fuese definitiva, e igualmente f�cil es imaginar la esperanza y la avidez con que habr�n contemplado el horizonte a la espera de cada nuevo d�a. Fue a trav�s de esta contemplaci�n como, poco a poco, se fueron familiarizando con los astros y con sus movimientos, y fue este conocimiento el que habr�a de conducir, a la larga, al descubrimiento de los planetas.

La palabra "planeta" se deriva del griego (planhta), que significa "(cuerpo) errante, vagabundo". �Por qu� se utiliz� ese t�rmino para describir a ciertos astros? �Qu� ten�an de especial? Para comprenderlo veamos primero cu�les son los movimientos m�s evidentes de los astros que aprecia un observador situado en la Tierra.

Si se observa el firmamento durante un par de horas, en una noche despejada, es f�cil percatarse de que las estrellas se mueven; pero no al azar, cada una por su lado, sino todas exactamente de la misma manera (de este a oeste), de tal forma que sus posiciones y distancias relativas son siempre las mismas. En otras palabras, si un grupo cualquiera de estrellas forma, en un momento dado, cierta figura en alg�n lugar del cielo, horas m�s tarde las mismas estrellas seguir�n formando exactamente la misma figura, s�lo que �sta se habr� desplazado, como un todo, hacia el oeste. Este hecho ya era bien conocido hace al menos 10 000 a�os, e indujo a los hombres primitivos a agrupar a las estrellas en "figuras", seg�n su conveniencia e imaginaci�n. Estas figuras invariables se conocen, hoy d�a, como "constelaciones". En la actualidad sabemos que su lento desplazamiento en el cielo (de este a oeste) es simplemente el reflejo de la rotaci�n de la Tierra sobre s� misma en sentido opuesto (esto es, de oeste a este). Pero los primeros hombres cre�an que la Tierra estaba inm�vil as� que, para explicar este comportamiento, se vieron obligados a suponer que las estrellas estaban "incrustadas" en un enorme cascar�n esf�rico —la "b�veda celeste"— que giraba alrededor de la Tierra. En s�ntesis, para ellos las estrellas estaban "fijas" y, por ello, las constelaciones eran inmutables. Si parec�an moverse era tan s�lo porque la b�veda celeste, en su constante giro alrededor de la Tierra, las acarreaba con ella.

Figura 3. Los persas agrupaban as� las estrellas de la constelaci�n de Acuario, hacia el a�o de 1650

Es conveniente notar que, dado que con las estrellas visibles a simple vista se pueden "construir" infinidad de figuras diferentes, lo m�s probable es que cada tribu prehist�rica haya tenido sus propias constelaciones de acuerdo con su muy particular forma de vivir y de pensar. De hecho, las que usaron las grandes culturas del pasado eran, en general, diferentes de las actuales y diferentes entre s�. Pero lo que aqu� nos interesa no es la evoluci�n de las constelaciones, sino el hecho de que, mientras identificaban a los miles de estrellas "fijas", los hombres primitivos identificaron tambi�n a unos cuantos objetos celestes que se mov�an respecto a ellas con desplazamientos caprichosos e impredecibles. Obviamente estos objetos no estaban fijos a la b�veda celeste, puesto que se desplazaban entre las estrellas, y estos astros errantes, estos "vagabundos" del cielo, son los planetas.

LOS PRIMEROS

El descubrimiento de los planetas se pierde en la bruma de la prehistoria. S�lo sabemos que cuando las primeras civilizaciones comenzaron a establecerse, hace poco m�s de cinco mil a�os, ya se hab�an identificado siete. Estos siete fueron conocidos por todas las grandes culturas del pasado, por lo cual se les suele llamar "los siete planetas de la antig�edad". Son, con sus nombres actuales, el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, J�piter y Saturno.

Figura 4. A diferencia de las estrellas que permanecen en posiciones fijas unas con respecto de otras, los planetas describen trayectorias caprichosas en la b�veda celeste, vistas desde la Tierra.

Es posible que la inclusi�n del Sol y la Luna entre los planetas sea vista con extra�eza ya que, hoy d�a, no se les considera como tales. Pero hay que recordar que, en la antig�edad, se le llamaba "planeta" a cualquier astro que se desplazara respecto a las estrellas "fijas"; y como este comportamiento lo presentan los siete objetos mencionados, incluyendo al Sol y a la Luna, estos �ltimos fueron incluidos en el grupo. M�s adelante veremos que el t�rmino "planeta" tiene, hoy d�a, un significado m�s restringido, que excluye tanto al Sol como a la Luna.

El temprano reconocimiento de estos siete cuerpos se debi�, sin duda, a que son f�cilmente identificables a simple vista, lo cual queda corroborado por el hecho de que tuvieron que pasar m�s de 20 siglos para que, ya con la ayuda del telescopio, se a�adiera uno m�s a la lista (que fue Urano). Despu�s se descubrieron dos m�s (Neptuno y Plut�n, este �ltimo ya en nuestro siglo), pero esa parte de la historia la veremos a su debido tiempo.

Es muy probable que nunca logremos averiguar c�mo y cu�ndo se descubrieron los primeros planetas. Sin embargo, algo se puede decir al respecto, utilizando tan s�lo un poco de l�gica y de sentido com�n.

De los siete, el que se desplaza m�s r�pidamente entre las estrellas es la Luna. Su movimiento es tan veloz que son suficientes unas horas de observaci�n para detectarlo. Como, adem�s, su brillo, sus dimensiones y sus cambios de apariencia (las "fases") la convierten en un objeto particularmente conspicuo, es m�s que natural atribuirle el honor de haber sido el primer planeta que se identific�.

El segundo en la lista debe de haber sido el Sol. Aunque, obviamente, se le prestaba m�s atenci�n que a la Luna, su movimiento entre las estrellas es mucho m�s dif�cil de percibir (es 12 veces m�s lento), siendo necesarios varios d�as de observaci�n para detectarlo. �Un momento!, dir� el lector. �C�mo es posible darse cuenta de que el Sol se mueve respecto a las estrellas, si cuando est� en el cielo las estrellas no son visibles? Esto es totalmente cierto, pero a pesar de ello, hay varias maneras de hacerlo. La m�s sencilla y, por ende, la que probablemente evidenci� por vez primera su movimiento, consiste en observar por varios d�as consecutivos su salida o su puesta (en el l�xico astron�mico, a la salida de un astro se le designa como su "orto" y a su puesta como su "ocaso", t�rminos que usaremos a partir de este momento). Cualquiera puede hacer el experimento. Supongamos, por ejemplo, que observamos un amanecer y que hacia el este, m�s o menos por donde va a salir el Sol, conseguimos localizar una estrella muy cercana al horizonte. Unos minutos m�s tarde habr� amanecido y la estrella en cuesti�n ya no ser� visible. Si al d�a siguiente (o, mejor dicho al amanecer siguiente) observamos con atenci�n a la misma estrella, exactamente a la misma hora que el d�a anterior, notaremos que su posici�n respecto al horizonte ha cambiado; se localizar� un poco (muy poco) m�s "arriba": m�s alta en el cielo. Y si seguimos contemplando amaneceres comprobaremos que cada d�a la estrella se va localizando m�s alta en el cielo en el momento del amanecer. De hecho, cada d�a transcurrir�n cuatro minutos m�s que en el anterior entre el orto de la estrella y el del Sol. Y como la estrella es "fija", es inevitable concluir que el que se mueve es el Sol, el cual, por lo tanto, fue para los antiguos un "planeta".

Figura 5. Movimiento aparente del Sol respecto de las estrellas. Observando su posici�n respecto de las "estrellas fijas" en d�as sucesivos, se puede comprobar que cada d�a sale 4 minutos despu�s que las estrellas junto a las que se encontraba el d�a anterior.

Cabe aqu� mencionar, antes de proseguir, que cuando la salida de un astro cualquiera coincide con la del Sol, los astr�nomos dicen que tiene lugar el "orto hel�aco" de ese astro: "orto" porque se refiere a su salida y "hel�aco" porque lo hace con el Sol (Helios, entre los griegos). M�s adelante veremos que el orto hel�aco de Sirio, la estrella m�s brillante a simple vista, tuvo un papel muy importante en el antiguo Imperio egipcio

LOS VERDADEROS PLANETAS

Los cinco objetos restantes son "verdaderos" planetas, esto es, son planetas de acuerdo con la definici�n actual, a diferencia del Sol y la Luna que, con el tiempo, cambiaron de categor�a. De los cinco, Venus fue, sin duda, el primero que se identific� como planeta, ya que, por un lado, su movimiento respecto a las estrellas es relativamente r�pido (s�lo Mercurio es m�s veloz) y, por el otro, es el objeto m�s brillante del cielo despu�s del Sol y la Luna. Es tan espectacular que en innumerables ocasiones se le ha tomado por un "platillo volador". Es m�s, la mayor parte de los reportes de OVNIS que se han recibido —y que se siguen recibiendo— son simples confusiones con �l, lo cual demuestra, de paso, que el hombre actual est� muy poco familiarizado con el cielo. En s�ntesis, Venus es el "objeto volador no identificado" m�s com�n y m�s identificado.

Los planetas que se descubrieron en cuarto, quinto y sexto lugar deben haber sido Marte, J�piter y Saturno, respectivamente. De los tres, Marte es el que llega a ser m�s brillante (aunque, en promedio, J�piter lo supera), el que se mueve m�s r�pido entre las estrellas y, por si todo esto fuera poco, es de un color rojo intenso que resulta mucho m�s notable y atractivo que el blanco "com�n y corriente" de J�piter o el blanco amarillento de Saturno. La l�gica indica, por tanto, que fue el cuarto de la lista.

Entre J�piter y Saturno tampoco hay duda. J�piter es siempre m�s brillante y su movimiento respecto a las estrellas es dos veces m�s r�pido que el de Saturno, as� que, en orden de descubrimiento, J�piter debe haber sido el quinto y Saturno el sexto.

De todo lo anterior se desprende que Mercurio tuvo que ser el s�ptimo y �ltimo en descubrirse. �Es razonable esta conclusi�n? La respuesta es un rotundo s�. Mercurio es, en efecto, el planeta m�s dif�cil de ver a simple vista. Y no —como podr�a pensarse— porque sea muy d�bil, ni porque su movimiento entre las estrellas sea muy lento —llega a ser diez veces m�s brillante que Saturno y es el planeta que se mueve m�s r�pido—, sino porque se mantiene siempre tan cerca del Sol que se ve opacado por su fulgor. De hecho, nunca se le puede ver en un cielo totalmente oscuro. S�lo llega a ser visible, a simple vista, poco antes del amanecer (hacia el este) o poco antes del anochecer (hacia el Oeste), pero siempre muy cerca del horizonte e inmerso, por tanto, en el resplandor del Sol. Es tan dif�cil de observar que lo m�s probable es que el lector nunca lo haya visto. El mismo Cop�rnico, celeb�rrimo astr�nomo del siglo XV de quien nos ocuparemos m�s adelante, escribi� que una de sus mayores frustraciones era no haberlo visto jam�s.

EN EL PRINCIPIO FUE EL TIEMPO

Es alarmante advertir c�mo aumenta, d�a con d�a, el n�mero de personas que valoran las cosas s�lo en t�rminos de su utilidad pr�ctica o de su productividad econ�mica. Ello demuestra, una vez m�s, que el hombre no aprende de sus propios errores, ya que la historia registra innumerables casos en los que productos "in�tiles" del intelecto humano —tales como poes�a, m�sica o descubrimientos cient�ficos "puros"— tuvieron un papel preponderante en el progreso de la humanidad. Un ejemplo de lo anterior, particularmente ilustrativo, es el movimiento de los astros que, estudiado en un principio por mera curiosidad, proporcion� a la larga la soluci�n de un problema de gran trascendencia tanto pr�ctica como filos�fica: la medici�n del tiempo.

El origen de nuestras unidades b�sicas de tiempo —el d�a, el mes y el a�o— es, en efecto, astron�mico y se pierde en las brumas de la prehistoria. De hecho, las civilizaciones m�s antiguas de las que se conservan registros (la china, la sumeria y la egipcia) ya las conoc�an y las usaban cotidianamente. La raz�n es evidente. Los fen�menos astron�micos presentan una notable regularidad y, en consecuencia, debi� de transcurrir muy poco tiempo antes de que el hombre se percatara de que pod�a aprovechar a los astros como indicadores del paso del tiempo. Y, l�gicamente, utiliz� a los m�s ligados a su vida diaria: el Sol y la Luna.

La primera unidad de tiempo que se reconoci� y se utiliz� fue, sin duda, el "d�a". No s�lo es la m�s obvia, por ser la de menor duraci�n, sino que adem�s est� �ntimamente relacionada con las actividades vitales de hombres, plantas y animales. Para los antiguos, un "d�a" fue, simplemente, el intervalo de tiempo en el cual el Sol le daba una vuelta completa a la Tierra; o dicho de otra manera, el intervalo de tiempo entre dos pasos sucesivos del Sol por un mismo punto del cielo —por encima de sus cabezas,— por ejemplo.

Actualmente sabemos que lo que ocurre en realidad es que la Tierra gira sobre su eje, como un trompo (movimiento de rotaci�n), de tal manera que un d�a es, de hecho, el tiempo en el cual la Tierra da una vuelta completa sobre s� misma respecto al Sol. Pero, desde luego, este cambio en nuestro punto de vista no influye en la duraci�n del "d�a": un d�a "mide" lo mismo defini�ndolo de cualquiera de las dos maneras: la antigua o la moderna.

Poco a poco se fue haciendo necesario medir intervalos de tiempo con una precisi�n cada vez mayor, y surgieron as� las subdivisiones del d�a que hoy conocemos: la hora (que, como es bien sabido, es la veinticuatroava parte de un d�a), el minuto (la sesentava parte de una hora) y el segundo (la sesentava parte de un minuto). Pero estas unidades no son fundamentales, sino derivadas.

Otra unidad de tiempo, m�s larga, pero tambi�n muy evidente, se deriv� de los cambios de apariencia de la Luna —sus "fases", como las llaman los astr�nomos—: luna llena, luna nueva, cuarto creciente, etc. Al intervalo de tiempo entre dos fases iguales (sucesivas se le llama un "mes lunar". As�, por ejemplo, entre dos lunas llenas (sucesivas) o entre dos cuartos menguantes (sucesivos) transcurre exactamente un mes lunar. Esta unidad de tiempo fue ampliamente utilizada en el pasado, sobre todo en relaci�n con ciertos ritos religiosos, pero en nuestros d�as pr�cticamente ya no se usa, por razones que se expondr�n m�s adelante. Hay, sin embargo, algunas honrosas excepciones, como el caso del calendario musulm�n, que sigue siendo lunar, y como su uso por la religi�n cat�lica para determinar la fecha del domingo de ramos (por eso hay astr�nomos en el Vaticano). Y hay, tambi�n, "deshonrosas" excepciones, como su aplicaci�n —�en pleno siglo XX!— en la pr�ctica de ciertas dietas "milagrosas", dietas que, desde luego, funcionar�an igual si no existiera la Luna.

De las tres unidades de tiempo fundamentales de origen astron�mico, la �ltima en descubrirse, por ser la m�s larga, debe haber sido el "a�o". Para los antiguos, un a�o era el intervalo de tiempo entre dos pasos sucesivos del Sol por el mismo punto de la b�veda celeste. Ocurre, en efecto, que el movimiento del Sol entre las estrellas (recu�rdese que por ese movimiento se le consideraba un planeta) no se realiza al azar, sino recorre siempre el mismo camino, y el a�o es, precisamente, el tiempo que tarda en recorrerlo por completo. As�, por ejemplo, si en un momento dado el Sol coincide con una cierta estrella, volver� a coincidir con ella exactamente un a�o m�s tarde. A la trayectoria del Sol en la b�veda celeste se le llama la "ecl�ptica". Hoy en d�a sabemos que este recorrido del Sol entre las estrellas es s�lo aparente; es, simplemente, el reflejo del movimiento de la Tierra en torno a �l (movimiento de traslaci�n). En efecto, conforme la Tierra se va trasladando a su alrededor lo vamos viendo proyectado sobre diferentes puntos de la b�veda celeste y es este fen�meno el que nos produce la impresi�n de que se va desplazando entre las estrellas. Como vemos, la ecl�ptica no es otra cosa que la proyecci�n de la �rbita de la Tierra en la b�veda celeste. Vemos, tambi�n, que otra manera de definir el a�o es como el intervalo de tiempo en el cual la Tierra le da una vuelta completa al Sol, que es la definici�n que todos conocemos (pero que no es la original).

Figura 6. Durante el a�o, el Sol se va viendo, desde la Tierra, proyectado sobre las constelaciones del Zodiaco, llamadas as� porque muchas de ellas llevan nombres de animales.

Mientras el hombre fue n�mada, el a�o fue una unidad sin ninguna utilidad pr�ctica. El d�a y el mes lunar resultaban ser unidades de tiempo m�s que suficientes para las necesidades de tribus que depend�an por completo de la caza, la pesca y la recolecci�n. Pero con el advenimiento de la agricultura esta situaci�n cambi� radicalmente. La necesidad de determinar con precisi�n la duraci�n del ciclo de las estaciones adquiri� una importancia enorme en la vida de aquellos hombres y no debi� de transcurrir mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de que el a�o reflejaba con una incre�ble exactitud ese ciclo. Y fue por ello que decidieron sacrificar al mes lunar en aras del a�o solar, pr�ctica que se ha mantenido hasta nuestros d�as.

Con el tiempo surgi� la necesidad de crear un calendario, y �ste fue uno de los problemas m�s apasionantes que tuvieron que resolver los astr�nomos de la antig�edad. Por desgracia, exponer aqu� las dificultades que este problema plantea y las soluciones que se le fueron dando a lo largo de la historia nos apartar�a demasiado del tema central del libro, motivo por el cual no entraremos en m�s detalles.

NACE LA ASTRONOM�A

Hace unos cinco mil a�os, tuvo lugar un acontecimiento que habr�a de ser decisivo en la evoluci�n cultural de la especie humana: se invent� la escritura, ese maravilloso medio de comunicaci�n que nos permite establecer contacto con nuestros semejantes a trav�s del espacio y del tiempo. No es aqu� el lugar ni el momento de analizar su trascendencia en el desarrollo del intelecto, pero s� es importante hacer notar que la capacidad de registrar en forma permanente los fen�menos naturales fue fundamental en el desarrollo de todas las ciencias. En la astronom�a, en particular, una gran variedad de fen�menos tienen duraciones que sobrepasan, con mucho, la duraci�n de una vida humana, y s�lo ha sido posible descubrirlos comparando observaciones separadas por grandes intervalos de tiempo.

Los escritos astron�micos m�s antiguos que conocemos pertenecen a la llamada cultura mesopot�mica, que se desarroll� entre los r�os Tigris y �ufrates, en el Oriente Medio, a lo largo de los 5 000 a�os anteriores a nuestra era. Aunque a los mesopot�micos se les suele dar el nombre gen�rico de "caldeos" o "babilonios" no fueron �stos los �nicos habitantes de la regi�n. Se establecieron primero los sumerios, despu�s los acadios y por m�s de 2 000 a�os babilonios y asirios se disputaron la supremac�a.

Durante el auge de uno de los periodos de dominaci�n asiria, cuando el reino se extend�a desde el Nilo hasta el C�ucaso, Asurbanipal (668-626 a.C.), el �ltimo de los grandes reyes asirios, decidi� construir en su palacio, en N�nive, una magna biblioteca. Es muy probable que su motivo principal haya sido el deseo de perpetuar sus conquistas, pero el hecho es que tambi�n recopil� innumerables textos babilonios y, gracias a ello, los historiadores han logrado reconstruir una buena parte de la historia de la regi�n.

No se sabe cu�ntos textos hab�a en la biblioteca, pero en sus ruinas se encontraron alrededor de 22 000 tablillas de arcilla, escritas en la curiosa escritura cuneiforme tan caracter�stica de esa civilizaci�n. Las que contienen material de inter�s astron�mico consisten casi siempre en registros de observaciones o predicciones hechas durante el periodo 2800-607 a.C. Su lectura (cuando se ha logrado descifrar, lo cual no siempre ocurre) nos permite darnos cuenta del nivel astron�mico que se hab�a alcanzado. Consid�rese, por ejemplo, el siguiente texto de una de las tablillas de la biblioteca de Asurbanipal que data de hace unos 2 600 a�os: "El 15 del mes de Ululu la Luna fue visible al mismo tiempo que el Sol: el eclipse no ocurri�." Se ve inmediatamente que, en esas fechas, la predicci�n de eclipses a�n no era muy de fiar y los mismos astr�nomos de la �poca reconoc�an su error con toda honestidad. Esto es muy importante, pues en nuestros d�as se ha puesto de moda el hablar, sin ning�n fundamento, de los "incre�bles" conocimientos que pose�an algunas de las civilizaciones m�s antiguas, o de los "asombrosos" descubrimientos que hicieron. Estas afirmaciones son totalmente falsas, seg�n acabamos de ver, y quienes las hacen suelen buscar tan s�lo notoriedad o alg�n beneficio personal.

Figura 7. Escultura mesopot�mica que muestra algunas de las constelaciones del Zodiaco. Es f�cilmente reconocible el Escorpi�n.

Sin embargo, es indudable que los mesopot�micos fueron excelentes observadores para su �poca. Establecieron con bastante precisi�n la duraci�n del a�o y la del mes lunar (de hecho su calendario era lunar, lo cual, dicho sea de paso, es otra prueba de atraso); conocieron la ecl�ptica y desarrollaron un Zodiaco que, en lo b�sico, es el que se sigue usando (constelaciones "actuales" como el Toro, el Le�n y el Escorpi�n se han identificado en monumentos suyos de hace m�s de 30 siglos) e incluso se ha hablado de que descubrieron los "saros", o sea, los ciclos de los eclipses, aunque esto �ltimo no es seguro. Pero estos conocimientos revelan tan s�lo una minuciosa observaci�n del cielo y son totalmente compatibles con su nivel tecnol�gico as� que no es necesario invocar ni ayudas ni inspiraciones "misteriosas" para explicarlos. De hecho, el inter�s que tuvieron en el cielo, que los motiv� a estudiarlo, se origin� por su creencia en la posibilidad de predecir el futuro a trav�s de �l.

El germen de esta idea puede apreciarse en muchas de las tablillas. As�, por ejemplo, en otra tablilla de la misma �poca que la anterior se lee: "El planeta Mercurio se puede ver. Cuando Mercurio es visible en el mes de Kislou, habr� robos en el pa�s." En s�ntesis, cada vez que Mercurio estuviera en un cierto lugar del cielo, habr�a robos. Probablemente, la idea se le ocurri� a los sacerdotes (que eran los encargados de observar el cielo para medir el tiempo y anunciar los momentos adecuados para llevar al cabo las festividades religiosas) como consecuencia de que muchos fen�menos naturales s� son predecibles a trav�s de los astros —el d�a y la noche, las estaciones, los eclipses, etc. Sea como fuere, el caso es que decidieron que el acontecer humano est� escrito en la b�veda celeste. Y fue as� como a los caldeos les cupo el dudoso honor de inventar la astrolog�a, esa falsa "ciencia" que pretende predecir el futuro con base en las posiciones de los astros y que, por desgracia, sigue contando con innumerables adeptos a�n en nuestros d�as.

PIRAMIDOLOG�A

La civilizaci�n egipcia es una de las que m�s ha apasionado al hombre a trav�s de los siglos. La sola menci�n de la palabra "Egipto" despierta en nuestra mente im�genes de suntuosas cortes fara�nicas, de ex�ticas odaliscas o de misteriosos sacerdotes. Sin embargo, pocas culturas han sido m�s estudiadas y analizadas; numerosos arque�logos, antrop�logos e historiadores han dedicado su vida a investigarla y sus resultados y conclusiones han generado vol�menes que llenar�an bibliotecas enteras. �A qu� se debe, entonces, que siga conservando ese halo de misterio tan especial? Tal vez s�lo aquellos que han tenido la fortuna de contemplar "en vivo y en directo" las ruinas de sus majestuosas construcciones conozcan la respuesta.

Figura 8. Vista panor�mica del grupo de pir�mides de Giza. La Gran Pir�mide fue mandada a construir por el fara�n Jufu.

Desafortunadamente, la misma magnificencia de esas ruinas, que tanta admiraci�n y respeto despierta en el visitante de mente clara y abierta, ha inducido a algunos individuos de mente d�bil y enfermiza a elaborar teor�as, a cual m�s descabellada, para explicar su origen, dando a entender, de paso, que los antiguos egipcios eran incapaces de semejante labor. La teor�a m�s com�n afirma que estos espl�ndidos monumentos no fueron erigidos con fines comunes y corrientes, sino que fueron dise�ados para preservar, de forma inteligible s�lo a ciertos "iniciados", los profundos conocimientos que una raza superior (probablemente extraterrestre) revel� a los constructores. Por desgracia, este tipo de ideas no ha sido superado todav�a.

De los monumentos egipcios que han sobrevivido hasta nuestros d�as, la Gran Pir�mide es, con mucho, el que m�s ha atra�do a los buscadores de "misterios"; de hecho, fue ella la que dio origen a la piramidolog�a, tan de moda en nuestros d�as.

La Gran Pir�mide se encuentra en Giza, cerca de El Cairo, formando parte, junto con otras dos pir�mides y la Esfinge, de uno de los grupos arquitect�nicos m�s famosos de todo el mundo. El rey Jufu (O Khufu, o Cheops) orden� la construcci�n de su tumba —la Gran Pir�mide— hacia el a�o 2550 a.C. (aunque, seg�n algunos libros, fue en el 2560), y �sta es, junto con sus dos compa�eras y la Esfinge, la �nica de las siete maravillas del mundo antiguo que ha sobrevivido hasta nuestros d�as. No es aqu�, desde luego, el lugar m�s adecuado para entrar en detalles "piramidol�gicos", pero s� es interesante mencionar algunos puntos, sobre todo porque ilustran la manera tendenciosa en que se suelen presentar los argumentos que "apoyan" este tipo de teor�as.

Los primeros intentos por encontrar relaciones numerol�gicas en la Gran Pir�mide son muy antiguos, pero puede considerarse que el iniciador de la "piramidolog�a moderna" fue un editor y vendedor de libros londinense llamado John Taylor (por cierto que en su libro Buscadores de estrellas, Colin Wilson, defensor de la piramidolog�a, se refiere a �l como "el matem�tico John Taylor", d�ndole as� un falso status cient�fico que sirve para impresionar al lector poco avezado). Taylor, intrigado por el hecho de que ni en los jerogl�ficos egipcios grabados en piedra ni en los dibujados en los papiros aparec�an datos astron�micos, decidi� gratuitamente que �stos deber�an de estar ocultos en alg�n lado, �y d�nde mejor que en la Gran Pir�mide! Tras comparar pacientemente los datos con que contaba, encontr� que la altura de la pir�mide era 1/270 000 de la circunferencia de la Tierra. �Asombroso descubrimiento! "Los egipcios", concluy�, "�conoc�an las dimensiones de nuestro planeta!".

Este es un ejemplo t�pico de c�mo presentan los charlatanes sus resultados. No es que el hecho en s� no sea verdadero (lo cual, por cierto, estar�a por verse, ya que la altura original de la pir�mide no se conoce con precisi�n), sino que la manera de interpretarlo es enga�osa. En otras palabras: �qu� tiene de especial que la altura de la Gran Pir�mide sea 1/270 000 de la circunferencia de la Tierra? La envergadura de un Boeing 720 de pasajeros es exactamente una millon�sima parte de la circunferencia ecuatorial de la Tierra, y es obvio que la existencia de esta "asombrosa" relaci�n no demuestra absolutamente nada.

Figura 9. La Gran Pir�mide. N�tese que fue construida con enormes bloques de granito, que tuvieron que ser acarreados en barcas, desde grandes distancias, por el r�o Nilo.

John Taylor encontr� m�s relaciones de este tipo y con todas ellas public�, en 1859, un libro titulado The Great Pyramid, Why it Was Built and Who Built it. Aunque sus ideas son relativamente ingenuas, tuvo la fortuna de impresionar al entonces astr�nomo real de Escocia, Charles Piazzi Smyth, quien se arrog� la tarea de concluir la labor de su "maestro". Poseedor de un conocimiento astron�mico mucho mayor que el de Taylor y con una experiencia tambi�n mucho mayor en la b�squeda de relaciones matem�ticas, Smyth no tard� en realizar nuevos descubrimientos "asombrosos". El m�s famoso (o, al menos, el que se menciona con mayor frecuencia) es que el cociente del semiper�metro de la base de la pir�mide entre la altura de la misma es igual a p (pi). La manera en que lleg� a este resultado es sensacional. Como no se conoc�a la altura de la pir�mide, tuvo que deducirla a partir del �ngulo que forma cada uno de los lados con la horizontal. Este �ngulo es de alrededor de 52 grados, y Smyth postul� que debi� haber sido de 51° 51'14.3". Como consecuencia, la altura debi� ser de 148.21 metros y, por tanto, el cociente del semiper�metro a la altura era exactamente p. �Se necesita mucho descaro para anunciar este resultado como "descubrimiento"! En realidad, �l mismo lo forz�, ajustando el �ngulo al valor adecuado. Y son esta clase de m�todos los que aplic� en toda su investigaci�n. Es m�s, aun suponiendo que el cociente hubiera sido, en efecto, 3.14159 (el valor correcto de p, que es el que obtuvo Smyth), esto no habr�a demostrado nada, puesto que, para los egipcios, p val�a 3.16, seg�n se espec�fica claramente en el "Papiro Rhind".

Se suele mencionar, tambi�n, que los lados de la pir�mide est�n orientados, con gran precisi�n, en las direcciones norte, sur, este y oeste. Esto es cierto, pero no tiene nada de especial. Abundan las estructuras antiguas orientadas hacia los puntos cardinales (en M�xico, sin ir m�s lejos, contamos con varios ejemplos), y en el propio Egipto, en particular, la evoluci�n de las t�cnicas de construcci�n de pir�mides, entre las que se incluye su orientaci�n, est� ampliamente documentada. As�, por ejemplo, la pir�mide escalonada de Zoser, en Sakkara, que fue edificada un siglo antes que la Gran Pir�mide (esto es, alrededor del a�o 2650 a. C. ), muestra todav�a un error muy grande en su orientaci�n (de 4 grados, aproximadamente).

En s�ntesis, la historia nos ha mostrado que los egipcios estaban perfectamente capacitados para construir sus monumentos y que las pir�mides, en particular, eran simplemente tumbas. Es m�s, no s�lo no requirieron de ayuda "extraterrestre" para edificarlas, ni intentaron ocultar en ellas sus "elevados" conocimientos astron�micos, sino que parece ser que ni siquiera tuvieron estos elevados conocimientos. En efecto, hasta la fecha no se ha encontrado ninguna evidencia de que hayan hecho observaciones sistem�ticas de la Luna, de los planetas o de las estrellas, ni de que hayan contado con la tecnolog�a adecuada para llevarlas al cabo, aunque sus mitos y su poes�a revelan que cre�an en la existencia de una profunda relaci�n entre los mundos terrenal y celeste.

Como todos los pueblos de la antig�edad, agruparon a las estrellas en constelaciones, algunas de las cuales coinciden con las nuestras —como la Osa Mayor, que para ellos era el "Toro"—, mientras que otras —como el "Cocodrilo"— no parecen tener equivalencia. La �nica estrella que parece haber tenido un significado especial es Sirio, la estrella m�s brillante del cielo, a la cual llamaban "Sothis". Es probable que su importancia se haya debido a que hubo una �poca (hacia el a�o 4200 a.C.) en que su orto hel�aco coincid�a, aproximadamente, con la crecida del Nilo, el suceso m�s trascendental en el antiguo Egipto. Es m�s, su contribuci�n astron�mica m�s importante se deriv�, precisamente, de la crecida del Nilo. Como el fen�meno ocurre a intervalos aproximadamente de 365 d�as, los egipcios introdujeron una nueva unidad de tiempo (el "a�o" de 365 d�as) que les permit�a predecir el acontecimiento. Aunque el valor del a�o egipcio difiere del n�mero exacto del a�o actual (que es 365.2422 d�as), su introducci�n constituy� un avance considerable en la medici�n del tiempo; tan es as� que, junto con el d�a, es la unidad de tiempo m�s usada actualmente.

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