¿Crecimiento o modernización de las haciendas?

¿Crecimiento o modernización de las haciendas?


Durante la segunda mitad del siglo XIX las grandes propiedades conocidas como haciendas se desarrollaron de manera muy importante. No a trav�s del aumento de su extensi�n, sino de la incorporaci�n de nuevas tierras al cultivo, la construcci�n de presas y canales de riego, la adquisici�n de m�quinas que facilitaban el trabajo, la introducci�n de semillas mejoradas y nuevas especies animales, el uso del ferrocarril como medio de transportaci�n de las cosechas y el crecimiento de los mercados urbanos.

En algunas regiones del pa�s, sobre todo en el norte, donde no hab�a mucha poblaci�n, se repartieron grandes cantidades de tierra, lo que propici� la formaci�n de gigantescos y a veces improductivos latifundios. En el centro del pa�s, en el que hab�a muchos pueblos de indios, se dio una tremenda lucha entre �stos y los hacendados, los cuales necesitaban sus tierras para expandir sus cultivos. Era el enfrentamiento entre una agricultura moderna, expansiva y orientada al mercado y otra de corte m�s tradicional, de la que los indios obten�an prioritariamente el ma�z y el frijol que necesitaban para su subsistencia.

En la regi�n de la que forma parte nuestro estado, sin embargo, las cosas se dieron de otro modo. Aqu� no hab�a tierras bald�as o carentes de due�o, ni eran tantos los pueblos de indios como para que les disputaran a los hacendados y rancheros el control de la tierra. Ello nos obliga a estudiar con m�s detenimiento los problemas y a cuidarnos de arribar a conclusiones equ�vocas, que nos dejen una idea torcida de los hechos.

Lo primero que salta a la vista es la desaparici�n de los antiguos latifundios, el fraccionamiento de algunas de las m�s grandes haciendas y la consolidaci�n del grupo que formaban los propietarios medianos. El mayorazgo de Ci�nega de Mata, por ejemplo, que abarcaba 360 000 hect�reas repartidas entre los estados de Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas, se reparti� en 1861 entre los hijos del se�or Jos� Mar�a Rinc�n Gallardo. Al mismo tiempo, los ranchos formados en el llano del Tecu�n, en tierras pertenecientes al mayorazgo, fueron vendidos a sus arrendatarios. En menor escala lo mismo sucedi� en el norte del estado, en donde el parcial fraccionamiento de la hacienda de San Jacinto favoreci� el desarrollo de fincas como La Punta y Mesillas. En Calvillo la �nica gran hacienda que se conoci�, la de San Diego de la Labor, tambi�n se fraccion�, surgiendo en su lugar propiedades como las de San Tadeo y Primavera.

Ello no quiere decir; sin embargo, que las grandes haciendas hayan desaparecido del todo y que el acceso a la tierra se haya generalizado. La concentraci�n de la tierra en pocas manos sigui� representando un gran problema, uno de los que provocaron el estallido de la Revoluci�n, pero no tuvo en Aguascalientes las caracter�sticas tan explosivas que tuvo por ejemplo en Morelos, estado en el que las haciendas productoras de ca�a de az�car libraron una guerra a muerte con los antiguos pueblos de indios, a los que despojaron de sus tierras y privaron de las aguas con las que tradicionalmente hac�an sus riegos.

Hechas estas aclaraciones, que es muy importante tener en cuenta, podemos recordar que a fines del siglo XIX hab�a en Aguascalientes unas treinta haciendas que acaparaban la mayor parte de las tierras y que abastec�an de ma�z, trigo, frijol y otros productos los mercados. Las m�s importantes eran las de El Saucillo y Pabell�n, en el municipio de Rinc�n de Romos; Palo Alto, La Cantera, San Bartolo, Jaltomate, Pe�uelas y Cieneguilla, en el de Aguascalientes; San Jos� de Guadalupe, Gracias a Dios y Chichimeco, en el de Jes�s Mar�a; San Diego de la Labor, San Tadeo y La Primavera, en el de Calvillo; San Jacinto y La Punta en el de Cos�o; Ci�nega Grande, Pilotos y El Tule en el de Asientos; Mesillas en el de Tepezal� y Paredes en el de San Jos� de Gracia.

La extensi�n de estas haciendas no rebasaba m�s que en unos cuantos casos las 20 000 hect�reas, que no eran nada comparadas con los cientos de miles de hect�reas que ten�an las grandes haciendas del norte del pa�s, pero que eran muchas comparadas con la extensi�n que alcanzaban las fincas r�sticas en el centro del pa�s. Lo que hay que tener en cuenta es que, cuando hablamos de propiedad territorial, junto con la extensi�n tenemos que considerar otras variables o aspectos, como la densidad de poblaci�n, la calidad de las tierras y la disposici�n de aguas para el riego.

Por otra parte, hay que recordar que a lo largo del siglo XIX la ganader�a perdi� buena parte de su importancia en favor de la agricultura. Haciendas como la de Palo Alto, en la que se criaban mulas y caballos, fueron mejoradas mediante el desmonte, la incorporaci�n de tierras al cultivo, la construcci�n de graneros y la apertura de canales de riego. Otro caso es el de Pabell�n, hacienda en la que la cr�a de ganado menor fue sustituida por la siembra en gran escala de trigo, grano que convertido en pan formaba parte esencial de la dieta de los habitantes de las ciudades.

Por lo dem�s, ya desde principios del siglo XIX eran notorios los progresos de la agricultura aguascalentense. Henry George Ward, que fue el primer embajador de Inglaterra en nuestro pa�s, observ� en 1826 que por el rumbo de Rinc�n de Romos se ve�an por todos lados "inmensos campos de ma�z , enormes carretas tiradas por bueyes" y "corrales destinados a la protecci�n de las bestias de labor". Poco antes, en la ciudad de Zacatecas, el embajador se hab�a asombrado ante la gran cantidad de chile que, proveniente de las haciendas de Aguascalientes, se vend�a en el mercado de esa ciudad. "Cantidades de picante suficientes para irritar los paladares de medio Londres", dijo el viajero.

Otro fen�meno muy importante es el crecimiento de los mercados urbanos regionales y la apertura, en 1884, del Ferrocarril Central Mexicano. Para dar de comer a los trabajadores de las nuevas f�bricas y a los empleados de los numerosos comercios establecidos fue necesario que las haciendas incrementaran su producci�n de ma�z, trigo, frijol, carne y leche. El ferrocarril, por su parte, revolucion� los transportes y abri� la posibilidad de vender productos agr�colas y ganaderos en ciudades a las que antes no se ten�a acceso. Las mulas y los carromatos, que tardaban varios d�as en ir de una ciudad a otra y que por lo mismo volv�an incosteable la transportaci�n de productos que corr�an el peligro de echarse a perder, fueron sustituidos por los vagones de los trenes, que en cuesti�n de horas comunicaban la ciudad de Aguascalientes con las de Le�n, Quer�taro, San Luis Potos� y muchas otras.

Todo ello propici� la relativa modernizaci�n de la agricultura. Miguel Vel�zquez de Le�n, el propietario de la hacienda de Pabell�n, introdujo nuevas semillas, logr� la aclimataci�n de nuevas especies de ganado tra�das de Europa y mecaniz� los campos. Adem�s, aprovechando su formaci�n de ingeniero, mont� un laboratorio e hizo un seguimiento muy acucioso de muchos fen�menos relacionados con la agricultura, como los �ndices de precipitaci�n pluvial y la evoluci�n de la temperatura ambiente. Pablo de la Arena, por su parte, due�o de la hacienda El Saucillo, anunciaba en 1908 que acababa de perforar un pozo artesiano que daba 1600 litros de agua por minuto y que en el cultivo de sus tierras se empleaban arados de vapor o tractores, los primeros que hubo en Aguascalientes.


Índice generalAnteriorÍndice de capítuloSiguiente