Alejandro

Habiéndonos propuesto escribir en este libro la vida de Alejandro, por la muchedumbre de sus hazañas, una sola cosa advertimos y rogamos a los lectores, y es que si no las referimos todas, ni aun nos detenemos con demasiada prolijidad en cada una de las más celebradas, sino que cortamos y suprimimos una gran parte, no por esto nos censuren y reprendan. Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para probar las costumbres, que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman, para retratar las semejanzas del rostro, aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates.

Que Alejandro era por parte de padre heráclida, descendiente de Carano, y que era eácida por parte de madre, convienen todos. Dícese que, iniciado Filipo en Samotracia juntamente con Olimpia, siendo todavía jovencito, se enamoró de ésta, que era niña, huérfana de padre y madre; y que se concertó su matrimonio, tratándolo con el hermano de la misma, llamado Arumba. Parecióle a la esposa que antes de la noche en que se reunieron en el tálamo nupcial, habiendo tronado, le cayó un rayo en el vientre, y que del golpe se encendió mucho fuego, el cual, dividiéndose después en llamas que se esparcieron por todas partes, se disipó. Filipo algún tiempo después de celebrado el matrimonio tuvo un sueño, en. el que le pareció que sellaba el vientre de su mujer y que el sello tenía grabada la imagen de un león. Los demás adivinos no creían que aquella visión significase otra cosa, sino que Filipo necesitaba de una vigilancia más atenta en su matrimonio; pero Aristandro Temiseo dijo que aquello significaba estar Olimpia encinta, pues lo que está vacío no se sella; y que lo estaba de un niño valeroso y parecido en su índole a los leones. Viose también un dragón que, estando dormida Olimpia, se le enredó al cuerpo; de donde provino, dicen, que se amortiguase el amor y cariño de Filipo, que escaseaba el reposar con ella; bien fuera por temer que usara de algunos encantamientos y maleficios contra él, o bien porque tuviera reparo en dormir con una mujer que se había ayuntado con un ser de naturaleza superior. Todavía corre otra historia acerca de estas cosas, y es que todas las mujeres de aquel país, de tiempo muy antiguo estaban iniciadas en los misterios órficos y en las orgías de Baco, y siendo apellidadas clodonas y mimalonas, hacían cosas parecidas a las que ejecutan las edónidas y las tracias, habitantes del monte Hemo; de donde había provenido el que el verbo triscar se aplicase a significar sacrificios abundantes y llevados al exceso. Pues ahora Olimpia, que imitaba más que las otras este fanatismo y las excedía en el entusiasmo de tales fiestas, llevaba en las juntas báquicas unas serpientes grandes domesticadas por ella, las que saliéndose muchas veces de la hiedra y de la zaranda mística y enroscándose en los tirsos y en las coronas, asustaban a los concurrentes.

Dícese, sin embargo, que habiendo enviado Filipo a Querón Megalopolitano a Delfos después del ensueño, le trajo del Dios un oráculo, por el que le prescribía que sacrificara a Amón y le venerara con especialidad entre los dioses; y es también fama que perdió un ojo por haber visto, aplicándose a una rendija de la puerta, que el Dios se solazaba con su mujer en forma de dragón. De Olimpia refiere Eratóstenes que al despedir a Alejandro en ocasión de marchar al ejército le descubrió a él solo el arcano de su nacimiento y le encargó que se portara de un modo digno de su origen; pero otros aseguran que siempre miró con horror semejante fábula, diciendo: "¿Será  posible que Alejandro no deje de calumniarme ante Juno?" Nació, pues, Alejandro en el mes Hecatombeon, al que llaman los macedonios Loon, en el día sexto, el mismo en que se abrasó el templo de Diana Efesina; lo que dio ocasión a Hegesias Magnesio para usar de un chiste, que hubiera podido por su frialdad apagar aquel incendio; porque dijo que no era extraño haberse quemado el templo estando Diana ocupada en asistir al nacimiento de Alejandro. Todos cuantos magos se hallaron a la sazón en Éfeso, teniendo el suceso del templo por indicio de otro mal, corrían lastimándose los rostros y diciendo a voces que aquel día había producido otra gran desventura para el Asia. Acababa Filipo de tomar a Potidea cuando a un tiempo recibió tres noticias: que había vencido a los ilirios en una gran batalla por medio de Parmenión; que en los juegos olímpicos había vencido con caballo de montar, y que había nacido Alejandro. Estaba regocijado con ellas como era natural y los adivinos acrecentaron todavía más su alegría, manifestándole que niño nacido entre tres victorias sería invencible.

Las estatuas que con más exactitud representan la imagen de su cuerpo son las de Lisipo, que era el único por quien quería ser retratado; porque este artista figuró con la mayor viveza aquella ligera inclinación del cuello al lado izquierdo y aquella flexibilidad de ojos que con tanto cuidado procuraron imitar después muchos de sus sucesores y de sus amigos. Apeles, al pintarle con el rayo, no imitó bien el color, porque lo hizo más moreno y encendido, siendo blanco, según dicen, con una blancura sonrosada, principalmente en el pecho y en el rostro. Su cutis expiraba fragancia y su boca y su carne toda despedían el mejor olor: el que penetraba su ropa, si hemos de creer lo que leemos en los Comentarios de Aristoxeno. La causa podía ser la complexión de su cuerpo, que era ardiente y fogosa, porque el buen olor nace de la cocción de los humores por medio del calor, según opinión de Teofrasto; por lo cual los lugares secos y ardientes de la tierra son los que producen en mayor cantidad los más suaves aromas; y es que el sol disipa la humedad de la superficie de los cuerpos, que es la materia de toda corrupción; y a Alejandro lo ardiente de su complexión lo hizo, según parece, bebedor y de grandes alientos. Siendo todavía muy joven se manifestó ya su continencia, pues con ser para todo lo demás arrojado y vehemente, en cuanto a los placeres corporales era poco sensible y los usaba con gran sobriedad; cuando su ambición mostró desde luego una osadía y una magnanimidad superiores a sus años. Porque no toda gloria le agradaba, ni todos los principios de ella como a Filipo, que cual si fuera un sofista, hacia gala de saber hablar elegantemente, y que grababa en sus monedas las victorias que en Olimpia había alcanzado en carro; sino que a los deudos de su familia, que le hicieron proposición de si quería aspirar al premio en el estadio (porque era sumamente ligero para la carrera), les respondió que sólo en el caso de tener reyes por contendedores. En general parece que era muy indiferente a toda especie de combates atléticos, pues que costeando muchos certámenes de trágicos, de flautistas, de citaristas y aun de los rapsodistas o recitadores de las poesías de Homero, y dando simulacros de cacerías de todo género y juegos de esgrima, jamás de su voluntad propuso premio del pugilato o del pancracio.

Tuvo que recibir y obsequiar, hallándose ausente Filipo, a unos embajadores que vinieron de parte del rey de Persia, y se les hizo tan amigo con su buen trato y con no hacerles ninguna pregunta de muchacho, o que pudiera parecer frívola, sino sobre la distancia de unos lugares a otros, sobre el modo de viajar, sobre el rey mismo, y cuál era su disposición para con los enemigos, y cuál la fuerza y poder de los persas, que se quedaron admirados y no tuvieron en nada la célebre sagacidad de Filipo, comparada con los conatos y pensamientos elevados del hijo. Cuantas veces venía noticia de que Filipo había tomado alguna ciudad ilustre o había vencido en alguna memorable batalla, no se mostraba alegre al oírla, sino que solía decir a los de su edad: "¿Será  posible, amigos, que mi padre se anticipe a tomarlo todo y no nos deje a nosotros nada brillante y glorioso en que podamos acreditarnos?", pues que no codiciando placeres ni riquezas, sino sólo virtud y gloria, le parecía que cuanto más le dejara ganado su padre, menos le quedaría a él que vencer; y creyendo por lo mismo que en cuanto se aumentaba el Estado, en otro tanto decrecían sus hazañas, lo que deseaba era no riquezas, ni regalos ni placeres, sino un imperio que le ofreciera combates, guerras y acrecentamiento de gloria. Eran muchos, como se deja conocer, los destinados a su asistencia, con los nombres de nutricios, ayos y maestros; a todos los cuales les presidía Leónidas, varón austero en sus costumbres y pariente de Olimpia; pero como no gustase de la denominación de ayo, sin embargo de significar una ocupación honesta y recomendable, era llamado por todos los demás, a causa de su dignidad y parentesco, nutricio y director de Alejandro; y el que tenía todo el aire y aparato de ayo era Lisímaco, natural de Acarnania; el cual, sin embargo de que consistía toda su crianza en darse a sí mismo el nombre de Fénix, a Alejandro el de Aquiles y a Filipo el de Peleo, agradaba mucho con esta simpleza y tenía el segundo lugar.

Trajo un tesaliano llamado Filoneico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos; y habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció  áspero y enteramente indómito sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradóle a Filipo y dio orden de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente: "¡Qué caballo pierden —dijo— sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!" Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: "Increpas —le replicó— a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo"; a lo que contestó: "Éste ya se ve que lo manejaré mejor que nadie". "Si no salieres con tu intento —continuó el padre—, ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?" "Pagaré —dijo— el precio del caballo." Echáronse a reír, y convenidos en la cantidad, marchó al punto a donde estaba el caballo, tomóle por las riendas, y volviéndolo lo puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por su sombra que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó, usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo y que besándole en la cabeza luego que se apeó: "Busca hijo mío —le dijo— un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes".

Observando que era de carácter flexible y de los que no pueden ser llevados por la fuerza, pero que con la razón y el discurso se le conducía fácilmente a lo que era decoroso y justo, por sí mismo procuró más bien persuadirle que mandarle; y no teniendo bastante confianza en los maestros de música y de las demás habilidades comunes para que pudieran instruirle y formarle, por exigir esto mayor inteligencia y ser, según aquella expresión de Sófocles, "Obra de mucho freno y mucha maña , envió a llamar al filósofo de más fama y más extensos conocimientos, que era Aristóteles, al que dio un honroso y conveniente premio por su enseñanza; porque reedificó de nuevo la ciudad de Estagira, de donde era natural Aristóteles, que el mismo Filipo había asolado; y restituyó a ella a los antiguos ciudadanos, fugitivos o esclavos. Concedióles para la escuela y para sus ejercicios el bosque inmediato a Mieza, donde aun ahora muestran los asientos de piedra de Aristóteles y sus paseos defendidos del sol. Parece que Alejandro no sólo aprendió la ética y la política, sino que tomó también conocimiento de aquellas enseñanzas graves, reservadas a las que los filósofos llaman con nombres técnicos acroamáticas y epópticas y que no comunican a la muchedumbre. Porque habiendo entendido después de haber pasado ya al Asia que Aristóteles había publicado en sus libros algunas de estas doctrinas, le escribió, hablándole con desenfado sobre la materia, una carta de que es copia la siguiente: "Alejandro a Aristóteles, felicidad. No has hecho bien en publicar las doctrinas acroamáticas: porque ¿en qué nos diferenciamos de los demás, si las ciencias en que nos has instruido han de ser comunes a todos?, pues yo más quiero sobresalir en los conocimientos útiles y honestos que en el poder. Dios te guarde". Aristóteles, para acallar esta noble ambición, se defendió acerca de estas doctrinas diciendo que no debía tenerlas por divulgadas, aunque las había publicado; pues en realidad su Tratado de metafísica no era útil para aprender e instruirse, habiéndolo escrito desde luego para servir como de índice o recuerdo a los ya adoctrinados.

Tengo por cierto haber sido también Aristóteles quien principalmente inspiró a Alejandro su afición a la medicina; pues no sólo se dedicó a la teórica, sino que asistía a su amigos enfermos y les prescribía el régimen y medicinas convenientes, como se puede inferir de sus cartas. En general, era naturalmente inclinado a las letras, a aprender y a leer; y como tuviese a la Iliada por guía de la doctrina militar, y aun le diese este nombre, tomó corregida de mano de Aristóteles la copia que se llamaba "la Iliada de la caja", la que con la espada ponía siempre debajo de la cabecera, según escribe Onesícrito. No abundaban los libros en Macedonia, por lo que dio orden a Hárpalo para que se los enviase; y le envió los libros de Filisto; muchas copias de las tragedias de Eurípides, de Sófocles y de Esquilo, y los ditirambos de Telestes y de Filoxeno. Al principio admiraba a Aristóteles y le tenía, según decía él mismo, no menos amor que a su padre, pues si de uno había recibido el vivir, del otro el vivir bien; pero al cabo del tiempo se resfrió con él, no hasta el punto de ofenderle en nada, sino que al no tener ya sus obsequios el calor y viveza que antes, daba muestras de aquella indisposición. Sin embargo, el amor y deseo de la filosofía que aquél le infundió ya no se borró nunca de su alma, como lo atestiguan el honor que dispensó a Anaxarco, los cincuenta talentos enviados a Jenócrates y el amparo que en él hallaron Dandamis y Calano.

Hacía Filipo la guerra a los bizantinos cuando Alejandro no tenía más que diez y seis años; y habiendo quedado en Macedonia con el gobierno y con el sello de él, domó a los medos que se habían rebelado, tomóles la capital, de la que arrojó a los bárbaros, y repoblándola con gente de diferentes países, le dio el nombre de Alejandrópolis. En Queronea concurrió a la batalla dada contra los griegos, y se dice haber sido el primero que acometió a la cohorte sagrada de los tebanos; y todavía en nuestro tiempo se muestra a orillas del Cefiso una encina antigua llamada de Alejandro, junto a la que tuvo su tienda; y allí cerca está  el cementerio de los macedonios. Filipo, con estos hechos, amaba extraordinariamente al hijo, tanto que se alegraba de que los macedonios llamaran rey a Alejandro y general a Filipo; pero las inquietudes que sobrevinieron en la casa con motivo de los amores y los matrimonios de éste, haciendo en cierta manera que enfermara el reino a la par de la unión conyugal, produjeron muchas quejas y grandes desavenencias, las que hacía mayores el mal genio de Olimpia, mujer suspicaz y colérica que procuraba acalorar a Alejandro. Hízolas subir de punto Atalo en las bodas de Cleopatra, doncella con quien se casó Filipo, enamorado de ella fuera de su edad. Era tío de ésta Atalo y, embriagado, en medio de los brindis exhortaba a los macedonios a que pidieran a los dioses les concedieran de Filipo y Cleopatra un sucesor legítimo del reino. Irritado con esto Alejandro: "¿Pues qué —le dijo—, mala cabeza, te parece que yo soy bastardo?", y le tiró con la taza. Levantóse Filipo contra él desenvainando la espada, pero por fortuna de ambos con la cólera y el vino se le fue el pie y cayó; y entonces Alejandro exclamó con insulto: "¡Éste es, macedonios, el hombre que se preparaba para pasar de la Europa al Asia, y pasando ahora de un escaño a otro ha venido al suelo!" De resultas de esta indecente reyerta, tomando consigo a Olimpia y estableciéndola en el Epiro, él se fue a habitar en el Ilirio. En esto, Demarato de Corinto, que era huésped de la casa y hombre franco, pasó a ver a Filipo; y como después de los abrazos y primeros obsequios le preguntase éste cómo en punto a concordia se hallaban los griegos unos con otros: "!Pues es cierto —le contestó—que te está  a ti bien, oh Filipo, el mostrar ese cuidado por Grecia, cuando has llenado tu propia casa de turbación y de males!" Vuelto en sí Filipo con esta advertencia, envió a llamar a Alejandro, y consiguió atraerle por medio de las persuasiones de Demarato.

Tenía veinte años cuando se encargó del reino, combatido por todas partes de la envidia y de terribles odios y peligros, porque los bárbaros de las naciones vecinas no podían sufrir la esclavitud y suspiraban por sus antiguos reyes; y en cuanto a la Grecia, aunque Filipo la había sojuzgado por las armas, apenas había tenido tiempo para domarla y amansarla; sino que no habían hecho más que variar y alentar sus cosas, las había dejado en gran inquietud y desorden por la novedad y falta de costumbre. Temían los macedonios este estado de negocios; y eran de opinión de que respecto de la Grecia debía levantarse enteramente la mano, sin tomar el menor empeño, y de que a los bárbaros que se habían rebelado se les atrajese con blandura, aplicando remedio a los principios de aquel trastorno; pero Alejandro, pensando de un modo enteramente opuesto, se decidió a adquirir la seguridad y la salud con la osadía y la entereza, pues que si se viese que decaía de ánimo en lo más mínimo, todos vendrían a cargar sobre él. Por tanto, a las rebeliones y guerras de los bárbaros les puso prontamente término, corriendo con su ejército hasta el Istro; y en una gran batalla venció a Sirmo, rey de los tribalios. Como hubiese sabido que se habían sublevado los tebanos, y que estaban de acuerdo con los atenienses, queriendo acreditarse de hombre, al punto marchó con sus fuerzas por las Termópilas, diciendo que pues Demóstenes le había llamado niño mientras estuvo entre los ilirios y tribalios, y muchacho después en Tesalia, quería hacerle ver ante los muros de Atenas que ya era hombre. Situado, pues, delante de Tebas, dándoles tiempo para arrepentirse de lo pasado, reclamó a Fénix y Protites y mandó echar pregón ofreciendo impunidad a los que mudaran de propósito; pero reclamando de él a su vez los tebanos a Filotas y Antipatro, y echando el pregón de que los que quisieran la libertad de la Grecia se unieran con ellos, dispuso sus macedonios a la guerra. Pelearon los tebanos con un valor y un arrojo superiores a sus fuerzas, pues venían a ser uno para muchos enemigos; pero habiendo desamparado la ciudadela llamada Cadmea las tropas macedonias que la guarnecían, cayeron sobre ellos por la espalda, y envueltos perecieron los más en este último punto de la batalla. Tomó la ciudad, la entregó al saqueo y la asoló; principalmente por esperar que asombrados e intimidados los griegos con semejante calamidad, no volvieran a rebullirse; pero también quiso dar a entender que en esto se había prestado a las quejas de los aliados; porque los focenses y platenses acusaban a los tebanos. Hizo, pues, salir a los sacerdotes, a todos los huéspedes de los macedonios, a los descendientes de Píndaro y a los que se habían opuesto a los que decretaron la sublevación; a todos los demás los puso en venta, que fueron como unos treinta mil hombres, siendo más de seis mil los que murieron en el combate.

En medio de los muchos y terribles males que afligieron a aquella desgraciada ciudad, algunos tracios quebrantaron la casa de Timoclea, mujer principal y de admirable conducta; y mientras los demás saqueaban los bienes, el comandante, después de haber insultado y hecho violencia al ama le preguntó si había ocultado plata u oro en alguna parte. Confesóle que sí, y llevándole solo al huerto le mostró el pozo, diciendo que, al tomarse la ciudad, había arrojado allí lo más precioso de su caudal. Acercóse el tracio, y cuando se puso a reconocer el pozo, habiéndosele aquélla puesto detrás, lo arrojó; y echándole encima muchas piedras, acabó con él. Lleváronla los tracios atada ante Alejandro; y desde luego que se presentó apareció una persona respetable y animosa, pues seguía a los que la conducían sin dar la menor muestra de temor o sobresalto. Después, preguntándole el rey quién era, respondió ser hermana de Teágenes, el que había peleado contra Filipo por la libertad de los griegos y había muerto de general en la batalla de Queronea. Admirado, pues, Alejandro de su respuesta y de lo que había ejecutado; la dejó en libertad a ella y a sus hijos.

A los atenienses los admitió a reconciliación; aun en medio de haber hecho grandes demostraciones de sentimiento por el infortunio de Tebas; pues teniendo entre manos la fiesta de los Misterios, la dejaron por aquel duelo, y a los que se refugiaron a Atenas les prestaron todos los oficios de humanidad; mas con todo, bien fuese por haber saciado ya su cólera como los leones, o bien porque quisiese oponer un acto de clemencia a otro de suma crueldad y aspereza, no sólo los indultó de todo cargo, sino que los exhortó a que atendiesen al buen orden de la ciudad, como que había de tomar el imperio de la Grecia, si a él sobrevenía alguna desgracia; y de allí en adelante se dice que le causaba sumo disgusto aquella calamidad de los tebanos, por lo que se demostró muy benigno con los demás pueblos; y lo ocurrido con Clito entre los brindis de un festín, y la cobardía en la India de los macedonios, por la que en cuanto estuvo de su parte dejaron incompleta su expedición y su gloria; fueron cosas que las atribuyó siempre a ira y venganza de Baco. Por fin, de los tebanos que quedaron con vida, ninguno se le acercó a pedirle alguna cosa que no saliera bien despachado, y esto es lo que hay que referir sobre la toma de Tebas.[...]

Congregados los griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sínope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneto; y así hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole en seguida si se le ofrecía alguna cosa, "muy poco —le respondió—; que te quites del sol". Dícese que Alejandro con aquella especie de menosprecio quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de  ánimo, que, cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: "Pues yo a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes". Quiso prepararse para la expedición con la aprobación de Apolo; y habiendo pasado a Delfos, casualmente los días en que llegó eran nefastos, en los que no es permitido dar respuestas; y con todo, lo primero que hizo fue llamar a la sacerdotisa; pero negándose ésta y objetando la disposición de la ley, subió donde se hallaba y por fuerza la trajo al templo. Ella entonces, mirándose como vencida por aquella determinación, "eres invencible, ¡oh joven!", dijo; lo que, oído por Alejandro, dijo que "ya no necesitaba otro vaticinio, sino que había escuchado de su boca el oráculo que apetecía". Cuando ya estaba en marcha para la expedición aparecieron diferentes prodigios y señales, y entre ellos el de que la estatua de Orfeo en Libetra, que era de ciprés, despidió copioso sudor por aquellos días. A muchos les inspiraba miedo este portento; pero Aristrando los exhortó a la confianza, "pues significa —dijo— que Alejandro ejecutar  hazañas dignas de ser cantadas y aplaudidas, las que por tanto darán mucho que trabajar y que sudar a los poetas y músicos que hayan de celebrarlas".

Componíase su ejército, según los que dicen menos, de treinta mil hombres de infantería y cinco mil de caballería; y los que más le dan hasta treinta y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos; y para todo esto dice Aristóbulo que no tenía más fondos que setenta talentos, y Duris que sólo contaba con víveres para treinta días; mas Onesícrito refiere que había tomado a crédito doscientos talentos. Pues con todo de haber empezado con tan pequeños y escasos medios, antes de embarcarse se informó del estado que tenían las cosas de sus amigos, distribuyendo entre ellos a uno un campo, a otro un terreno y a otro la renta de un caserío o de un puerto. Cuando ya había gastado y aplicado se puede decir todos los bienes y rentas de la corona, le preguntó Pérdicas: "Y para ti, oh Rey, ¿qué es lo que dejas?" Como le contestase que las esperanzas, "¿pues y nosotros —repuso— no participaremos también de ellas los que hemos de acompañarte a la guerra?" Y renunciando Pérdicas la parte que le había asignado, algunos de los demás amigos hicieron otro tanto; pero a los que tomaron las suyas o las reclamaron, se las entregó con largueza; y con este repartimiento concluyó con casi todo lo que tenía en Macedonia. Dispuesto y prevenido de esta manera, pasó el Helesponto, y bajando a tierra en Ilión, hizo sacrificio a Minerva y libaciones a los héroes. Ungió largamente la columna erigida a Aquiles, y corriendo desnudo con sus amigos alrededor de ella según es costumbre, la coronó, llamando a éste bienaventurado porque en vida tuvo un amigo fiel y después de su muerte un gran poeta. Cuando andaba recorriendo la ciudad y viendo lo que había de notable en ella, le preguntó uno si quería ver la lira de Paris, y él respondió que ésta nada le importaba y la que buscaba era la de Aquiles, con la que cantaba este héroe los grandes y gloriosos hechos de los varones esforzados.

En esto, los generales de Darío habían reunido muchas fuerzas, y como las tuviesen ordenadas para impedir el paso del Gránico, debía tenerse por indispensable el dar una batalla para abrirse la puerta del Asia, si se había de entrar y dominar en ella; pero más temían la profundidad del río y la desigualdad y aspereza de la orilla opuesta, a la que se había de subir peleando; y a algunos los detenía también cierta superstición relativa al mes, por cuanto en el Daisio era costumbre de los reyes de Macedonia no obrar con el ejército; pero a esto ocurrió Alejandro mandando que se contara otra vez el mes Artemisio. Oponíase de otro lado Parmenión a que se trabara combate, por estar ya adelantada la tarde; pero diciendo Alejandro que se avergonzaría el Helesponto si habiéndole pasado temieran al Gránico, se arrojó al agua con trece hileras de caballería, y marchando contra los dardos enemigos y contra sitios escarpados defendidos con gente armada y con caballería, arrebatado y cubierto en cierta manera de la corriente, parecía que más era aquello arrojo de furor y locura que resolución de un buen caudillo. Mas él seguía empeñado en el paso, y llegando a hacer pie con trabajo y dificultad en lugares húmedos y resbaladizos por el barro, le fue preciso pelear al punto en desorden y cada uno separado contra los que les cargaban, antes que pudieran tomar formación los que iban pasando; porque les acometían con grande algazara, oponiendo caballos a caballos y empleando las lanzas, y cuando éstas se rompían, las espadas. Hiriéndose muchos contra él mismo, porque se hacía notar en la adarga y en el penacho del morrión que caía por uno y otro lado, formando como dos alas maravillosas en su blancura y en su magnitud; y habiéndole arrojado un dardo que le acertó en el remate de la coraza, no quedó herido. Sobrevinieron a un tiempo los generales Resaces y Espitrídates, y hurtando el cuerpo a éste, a Resaces armado de coraza le tiró un bote de lanza, y rota ésta, metió mano a la espada. Batiéndose los dos, acercó por el flanco su caballo Espitrídates, y poniéndose a punto, le alcanzó con la azcona de que usaban aquellos bárbaros, con la cual le destrozó el penacho, llevándose una de las alas; y el morrión resistió con dificultad el golpe, tanto que aun penetró la punta y llegó a tocarle en el cabello. Disponíase Espitrídates a segundar; pero le previno Clito el mayor, pasándole de medio a medio con la lanza; y al mismo tiempo cayó muerto Resaces herido de Alejandro. En este conflicto, y en lo más recio del combate de la caballería, pasó la falange de los macedonios y vinieron a las manos una y otra infantería; pero los enemigos no se sostuvieron con valor ni largo rato, sino que se dispersaron y huyeron, a excepción de los griegos estipendarios, los cuales, retirados a un collado, imploraban la fe de Alejandro; pero éste, acometiéndolos el primero, llevado más de la cólera que gobernado por la razón, perdió el caballo pasado de una estocada por los ijares (era otro, no el Bucéfalo); y allí cayeron también la mayor parte de los que perecieron en aquella batalla, peleando con hombres desesperados y aguerridos. Dícese que murieron de los bárbaros veinte mil hombres de infantería y dos mil de caballería. Por parte de Alejandro dice Aristóbulo que los muertos no fueron entre todos más que treinta y cuatro, de ellos nueve infantes. A éstos mandó que se les erigiesen estatuas de bronce, las que trabajó Lisipo. Dio parte a los griegos de esta victoria, enviando en particular a los atenienses trescientos escudos de los que se cogieron, y haciendo un cúmulo de los demás despojos, hizo poner sobre él esta ambiciosa inscripción: "Alejandro, hijo de Filipo, y los griegos, a excepción de los lacedemonios, de los bárbaros que habitan el Asia". De los vasos preciosos, de las ropas de púrpura y de cuantas preseas ricas tomó de las de Persia, fuera de muy poco, todo lo demás lo remitió a la madre.

Produjo este combate una gran mudanza en los negocios, favorable a Alejandro; tanto que con la ciudad de Sardis se le entregó en cierta manera el imperio marítimo de los bárbaros, poniéndose a su disposición los demás pueblos. Sólo le hicieron resistencia Halicarnaso y Mileto, las que tomó por asalto, y sujetando todo el país vecino a una y otra, quedó perplejo en su ánimo sobre lo que después emprendería; pensando unas veces que sería lo mejor ir desde luego en busca de Darío y ponerlo todo a la suerte de una batalla; y otras que sería más conveniente dar su atención a los negocios e intereses del mar, como para ejercitarse y cobrar fuerzas, y de este modo marchar contra aquél. Hay en la Licia, cerca de la ciudad de Janto, una fuente de la que se dice que entonces mudó su curso y salió de sus márgenes, arrojando sin causa conocida de su fondo una plancha de bronce, sobre la cual estaba grabado en caracteres antiguos que cesaría el imperio de los persas, destruido por los griegos. Alentado con este prodigio, se apresuró a poner de su parte todo el país marítimo hasta la Fenicia y la Cilicia. Su incursión en la Panfilia sirvió a muchos historiadores de materia pintoresca para excitar la admiración y el asombro, diciendo que como por una disposición divina aquel mar había tomado el partido de Alejandro, cuando siempre solía ser inquieto y borrascoso y rara vez dejaba al descubierto los escondidos y resonantes escollos situados al pie de sus escarpadas y pedregosas orillas; a lo que alude Menandro, celebrando cómicamente lo extraordinario del mismo suceso:



Esto va a lo Alejandro, dicho y hecho:
si a alguien busco, comparece luego,
sin que nadie le llame; si es preciso
dirigirme por mar a cierto punto,
el mar se allana y facilita el paso.



Mas el mismo Alejandro en sus cartas, sin tener nada de esto a portento, dice sencillamente que anduvo a pie la montaña llamada Clímax y que la atravesó partiendo de la ciudad de Fasílide, en la cual se detuvo muchos días; y que en ellos, habiendo visto en la plaza la estatua de Teodecto, que era natural de la misma ciudad y había muerto poco antes, fue a festejarla bien bebiendo después de la cena, y derramó sobre ella muchas coronas, tributando como por juego esta grata memoria al tratado que con él había tenido a causa de Aristóteles y de la filosofía.

Después de esto sujetó a aquellos de los pisidas que le hicieron oposición y puso bajo su obediencia la Frigia; y tomando la ciudad de Goridio, que se dice haber sido corte del antiguo Midas, vio aquel celebrado carro atado con corteza de serbal y oyó la relación allí creída por aquellos bárbaros, según la cual el hado ofrecía al que desatase aquel nudo el ser rey de toda la Tierra. Los más refieren que este nudo tenía ciegos los cabos enredados unos con otros con muchas vueltas y que, desesperado Alejandro de desatarlo, lo cortó con la espada por medio, apareciendo muchos cabos después de cortado; pero Aristóbulo dice que le fue muy fácil el desatarlo, porque quitó del timón la clavija que une con éste el yugo, y después fácilmente quitó el yugo mismo. Desde allí pasó a atraer a su dominación a los paflagonios y capadocios; y habiendo tenido noticia de la muerte de Memnón, que siendo el jefe más acreditado de la armada naval de Darío había dado mucho en qué entender y puesto en repetidos apuros al mismo Alejandro, se animó mucho más a llevar sus armas a las provincias superiores de la Persia. En esto, ya Darío bajaba de Susa muy engreído con la muchedumbre de sus tropas, pues traía seiscientos mil hombres, y confiado en su sueño, que los magos explicaban más bien según lo que aquél deseaba que según lo que él indicaba en realidad. Porque le pareció que discurría gran resplandor por la falange de los macedonios, que le servía Alejandro, adornado con la estola que llevaba el mismo Darío cuando era correo del rey; y que después, habiendo entrado Alejandro al bosque del templo de Belo, desapareció; en lo cual, a lo que parece, significaba el Dios que brillarían y resplandecerían las empresas de los macedonios, y que Alejandro dominaría en el Asia como había dominado Darío, habiendo pasado de correo a rey, pero que en breve tendrían término su gloria y su vida.

Diole todavía a Darío más confianza el graduar de tímido a Alejandro, al ver que se detenía mucho tiempo en la Cilicia; pero su detención provenía de enfermedad, que unos decían había contraído con las grandes fatigas, y otros que por haberse bañado en las agua heladas de Cidmo. De todos los demás médicos, ninguno confiaba en que podría curarse, sino que reputando el mal por superior a todo remedio, tem¡an que, errada la cura, habían de ser calumniados por los macedonios; pero Filipo de Acamania, aunque se hizo cargo de lo penosa que era aquella situación, llevado sin embargo de la amistad y teniendo como afrenta el no peligrar con el que estaba de peligro, asistiéndole y cuidándole hasta no dejar nada por probar, se determinó a emplear las medicinas y le persuadió al mismo Alejandro que tuviera sufrimiento y las tomara, procurando ponerse bueno para la guerra. En esto, Parmenión le escribió desde el ejército, previniéndole que se guardara de Filipo, porque había sido seducido por Darío con grandes dones y el matrimonio de su hija, para quitarle la vida. Leyó Alejandro la carta sin mostrarla a ninguno de los amigos y la puso bajo la almohada. Llegada la hora, entró Filipo con los amigos, trayendo la medicina en una taza; diole Alejandro la carta, y al mismo tiempo tomó la medicina con grande  ánimo y sin que mostrase ninguna sospecha; de manera que era un espectáculo verdaderamente teatral el ver al uno leer y al otro beber, y que después se miraron uno a otro, aunque de muy diferente manera; porque Alejandro miraba a Filipo con semblante alegre y sereno, en el que estaban pintadas la benevolencia y la confianza; y éste, sorprendido con la calumnia, unas veces ponía por testigos a los dioses y levantaba las manos al cielo, y otras se reclinaba sobre el lecho exhortando a Alejandro a que estuviera tranquilo y confiara en él. Porque el remedio al principio parecía haber cortado el cuerpo, postrando y abatiendo las fuerzas hasta hacerle perder el habla y quedar muy apocados los sentidos, sobreviniéndole luego una congoja; pero Filipo logró volverle pronto, y restituyéndole las fuerzas, hizo que se mostrase a los macedonios, que se mantuvieron siempre muy desconfiados e inquietos mientras que no vieron a Alejandro.

Hallábase en el ejército de Darío un fugitivo de Macedonia y natural de ella llamado Amintas, el que no dejaba de tener conocimientos del carácter de Alejandro. Éste, viendo que Darío iba a encerrarse entre desfiladeros en busca de Alejandro, le proponía que permaneciese donde se encontraba, en lugares llanos y abiertos, habiendo de pelear contra pocos con tan inmenso número de tropas; y como le respondiese Darío que temía no se anticiparan a huir los enemigos y se le escapara Alejandro: "Por eso, oh rey —le repuso—, no paséis pena, porque él vendrá  contra vos, o quizá  viene ya a estas horas". Mas no cedió por esto Darío, sino que; levantando el campo, marchó para la Cilicia, y al mismo tiempo Alejandro marchaba contra él a la Siria; pero habiendo en la noche apartádose por yerro unos de otros, retrocedieron. Alejandro, contento con que así le favoreciese la suerte para salirle a aquél al encuentro entre montañas, y Darío para ver si podría recobrar su antiguo campamento y poner sus tropas fuera de gargantas, porque ya entonces reconoció que, contra lo que le convenía, se había metido en lugares que por el mar, por las montañas y por el río Píndaro que corre en medio, eran poco a propósito para la caballería, y que le obligaban a tener divididas sus fuerzas, estando por tanto aquella posición muy en favor de los enemigos, que eran en corto número. La fortuna, pues, le preparó este lugar a Alejandro; pero él por su parte procuró también ayudar a la fortuna, disponiendo las cosas del modo mejor posible para el vencimiento, pues siendo muy inferior a tanto número de bárbaros, no sólo no se dejó envolver, sino que extendiendo su ala derecha sobre la izquierda de aquéllos, llegó a formar semicírculo y obligó a la fuga a los que tenían al frente, peleando entre los primeros, tanto que fue herido de una cuchillada en un muslo, según dice Cares, por Darío, habiendo venido ambos a las manos; pero el mismo Alejandro, escribiendo a Antipatro acerca de esta batalla, no dijo quién hubiese sido el que lo hirió, sino que había salido herido de una cuchillada en un muslo, sin que hubiese tenido la herida malas resultas. Habiendo conseguido una señalada victoria con muerte de más de ciento y diez mil hombres, no acabó con Darío, que se le había adelantado en la fuga cuatro o cinco estadios, por lo cual, habiendo tomado su carro y su arco, se volvió y halló a los macedonios cargados de inmensa riqueza y botín que se llevaban del campo de los bárbaros, sin embargo de que éstos se habían aligerado para la batalla y habían dejado en Damasco la mayor parte del bagaje. Habían reservado para el mismo Alejandro el pabellón de Darío, lleno de muchedumbre de sirvientes, de ricos enseres y de copia de oro y plata. Desnudándose, pues, al punto de las armas, se dirigió sin dilación al baño, diciendo: "Vamos a lavarnos el sudor de la batalla en el baño de Darío"; sobre lo que uno de sus amigos repuso: "No a fe mía, sino de Alejandro, porque las cosas del vencido son y deben llamarse del vencedor". Cuando vio las cajas, los jarros, los enjugadores y los alabastros, todo guarnecido de oro y trabajado con primor, percibió al mismo tiempo el olor fragante que de la mirra y los aromas despedía la casa, y habiendo pasado desde allí a la tienda, que en su altura y capacidad y en todo el adorno de alfombras, de mesas y de aparadores era ciertamente digna de admiración, vuelto a los amigos: "En esto consistía — les dijo—, según parece, el reinar".

Al tiempo de ir a la cena se le anunció que entre los cautivos habían sido conducidas la madre y la mujer de Darío y dos hijas doncellas, las cuales, habiendo visto el carro y el arco de éste, habían empezado a herirse el rostro y a llorar, teniéndole por muerto. Paróse por bastante rato Alejandro, y mereciéndole más cuidado los afectos de estas desgraciadas que los propios, envió a Leonata con orden de decirles que ni había muerto Darío ni debían temer de Alejandro, porque con Darío está  en guerra por el imperio; pero a ellas nada les faltaría de lo que, reinando aquél, se entendía corresponderles. Si este lenguaje pareció afable y honesto a aquellas mujeres, todavía en las obras se acreditó más de humano con las cautivas, porque les concedió dar sepultura a cuantos persas quisieron, tomando las ropas y todo lo demás necesario para el ornato de los despojos de guerra; y de la asistencia y honores que disfrutaban nada se les disminuyó y aun percibieron mayores rentas que antes; pero el obsequio más loable y regio que de él recibieron unas mujeres ingenuas y honestas, reducidas a la esclavitud, fue el no oír ni sospechar ni temer nada indecoroso, sino que les fue lícito llevar una vida apartada de todo trato y de la vista de los demás, como si estuvieran no en un campamento de enemigos, sino guardadas en templos y relicarios de vírgenes; y eso que se dice que la mujer de Darío era la más bien parecida de toda la familia real, así como el mismo Darío era el más bello y gallardo de los hombres, y que las hijas se parecían a los padres. Pero Alejandro, teniendo, según parece, por más digno de un rey el dominarse a sí mismo que vencer a los enemigos, ni tocó a éstas, ni antes de casarse conoció a ninguna otra mujer fuera de Barsene, la cual, habiendo quedado viuda por la muerte de Memnón, había sido cautivada en Damasco. Había recibido una educación griega, y siendo de índole suave e hija de Artabazo, tenida en hija del rey, fue conocida por Alejandro, a instigación, según dice Aristóbulo, de Parmenión, que le propuso se acercase a una mujer bella y que unía a la belleza el ser de esclarecido linaje. Al ver Alejandro a las demás cautivas, que todas eran aventajadas en hermosura y gallardía, dijo por chiste: "¡Gran dolor de ojos son estas persianas!" Con todo, oponiendo a la belleza de estas mujeres la honestidad de su moderación y continencia, pasaba por delante de ellas como por delante de imágenes sin alma, de unas estatuas.

Escribióle en una ocasión Filoxeno, general de la armada naval, hallarse a sus órdenes un tarentino llamado Teodoro, que tenía de venta dos mozuelos de una belleza sobresaliente, preguntándole si los compraría; y se ofendió tanto, que exclamó muchas veces ante sus amigos en tono de pregunta: "¿Qué puede haber visto en mí Filoxeno de indecente e inhonesto para hacerse corredor de semejante mercadería?" Reprendió  ásperamente a Filoxeno en una carta, mandándole que enviara noramala a Teodoro con sus cargamentos. Mostróse también enojado al joven Agnón, que le escribió tener intención de comprar en Corinto a Gróbilo, mozo allí de grande nombradía, para presentárselo; y habiendo sabido que Darnón y Timoteo, macedonios de los que servían a las órdenes de Parmenión, habían hecho violencia a las mujeres de unos estipendiarios escribió a Parmenión dándole orden de que, si eran convencidos, los castigara de muerte como fieras corruptoras de los hombres; hablando de sí mismo en esta carta en las siguientes palabras: "Porque no se hallará  que yo haya visto a la mujer de Darío ni que haya querido verla, ni dar siquiera oídos a los que han venido a hablarme de su belleza". Decía que en dos cosas echaba de ver que era mortal: en el sueño y en el acceso a mujeres, pues de la misma debilidad de la naturaleza provenía el sentir el cansancio y las seducciones del placer. Era asimismo muy sobrio en cuanto al regalo del paladar, lo que manifestó de muchas maneras y también en las respuestas que dio a Ada, a la que adoptó por madre y la declaró reina de Caria, porque como ésta, para agasajarle, le enviase diariamente muchos platos delicados y exquisitas pastas, y finalmente los más hábiles cocineros y pasteleros que pudo encontrar, le dijo que para él todo aquello estaba de más porque tenía otros mejores cocineros puestos por su ayo Leónidas, que eran, para el desayuno, salir al campo antes del alba, y para la cena comer muy poco entre día. "Él mismo —decía— reconoce mis cofres y mis guardarropas para ver si la madre me ha puesto cosas de regalo y de lujo."

Aun respecto del vino era menos desmandado de lo que comúnmente se cree; y si parecía serlo más bien que por largo beber era por el mucho tiempo que con cada taza se llevaba hablando; y aun esto cuando estaba muy de vagar, pues cuando había que hacer, ni vino, ni sueño, ni juego alguno, ni bodas, ni espectáculo, nada había que, como a otros capitanes, le detuviese; lo que pone de manifiesto su misma vida, pues que habiendo sido tan corta, está  llena de muchas y grandes hazañas. Cuando no tenía qué hacer se levantaba y lo primero era sacrificar a los dioses y tomar el desayuno sentado; después pasaba el día en cazar, o en ejercitar la tropa, o en despachar los juicios militares, o en leer. De viaje, si no había de ser largo, sin detenerse se ejercitaba en tirar el arco, o en subir y bajar a un carro que fuese corriendo. Muchas veces se entretenía en cazar zorras y aves, como se puede ver en sus diarios. En el baño, y mientras iba a él y a ungirse, examinaba a los encargados de las provisiones y de la cocina sobre si estaba en su punto todo lo relativo a la cena, yendo siempre a cenar tarde y después de anochecido. Su cuidado y esmero en la mesa era extraordinario sobre que a todos se les sirviese con igualdad y diligencia. La bebida se prolongaba, como hemos dicho, por la demasiada conversación, porque siendo para el trato en todas las demás dotes el más amable de los reyes, sin que hubiese gracia que le faltase, entonces se hacía fastidioso con sus jactancias y soberbia militar, llegando a dar ya en fanfarrón y a ser en cierto modo presa de los aduladores, que echaban a perder aun a los más modestos convidados, porque ni querían confundirse con los aduladores, ni quedarse más cortos en las alabanzas, siendo lo primero bajo e indecoroso, y no careciendo de riesgo lo segundo. Después de haber bebido se lavaba y se iba a recoger, durmiendo muchas veces hasta el mediodía; y aun alguna se llevó el día entero durmiendo. En cuanto a manjares, era muy templado, de manera que cuando por mar le traían frutas o pescados exquisitos, distribuyéndolos entre sus amigos, era muy frecuente no dejar nada para sí. Su cena, sin embargo, era siempre opípara; y habiéndose aumentado el gasto en proporción de sus prósperos sucesos llegó por fin a diez mil dracmas; pero aquí paró, y ésta era la suma prefijada para darse a los que hospedaban a Alejandro.

Habiéndole presentado una cajita, que pareció la cosa más preciosa y rara de todas a los que recibían las joyas y demás equipajes de Darío, preguntó a sus amigos qué sería lo más preciado y curioso que podría guardarse en ella. Respondieron unos una cosa y otros otra, y él dijo que en aquella caja iba a colocar y tener defendida la Iliada, de lo que dan testimonio muchos escritores fidedignos.

Los favores que en los apuros y dificultades de este viaje (al templo de Amón) recibió del Dios le ganaron a éste más confianza que los oráculos dados después; o por mejor decir, por ellos se tuvo después en cierta manera más fe en los oráculos. Porque, en primer lugar, el rocío del cielo y las abundantes lluvias que entonces cayeron disiparon el miedo de la sed, y haciendo desaparecer la sequedad, porque con ella se humedeció la arena y quedó apelmazada, dieron al aire las calidades de más respirable y más puro. En segundo lugar, como confundidos los términos por donde se gobernaban los guías, hubiesen empezado a andar perdidos y errantes, por no saber el camino, unos cuervos que se les aparecieron fueron sus conductores, volando delante y acelerando la marcha cuando los seguían, y parándose y aguardando cuando se retrasaban. Pero lo maravilloso era, según dice Calístenes, que con sus voces y graznidos llamaban a los que se perdían por la noche, trayéndolos a las huellas del camino. Cuando pasado el desierto llegó a la ciudad, el profeta de Amón le anunció que le saludaba de parte del Dios como de su padre, a lo que él le preguntó si se había quedado sin castigo alguno de los matadores de su padre. Repásole el profeta que mirara lo que decía, porque no había tenido un padre mortal; y entonces él, mudando de lenguaje, preguntó si se había castigado a todos los matadores de Filipo; y en seguida, acerca del imperio, si le concedería el dominar a todos los hombres. Habiéndole también dado el Dios favorable respuesta y asegurándole que Filipo estaba completamente vengado, le hizo las más magníficas ofrendas, y a los hombres allí desfinados los más ricos presentes. Esto es lo que en cuanto a los oráculos refieren los más de los historiadores; y se dice que el mismo Alejandro, en una carta a su madre, le significó haberle sido hechos ciertos vaticinios arcanos, los que a ella sola revelaría a su vuelta. Algunos han escrito que queriendo el profeta saludarle en griego con cierto cariño diciéndole "hijo mío", se equivocó por barbarismo en una letra, poniendo una s por una n; y que a Alejandro le fue muy grato este error, por cuanto se dio motivo a que pareciera le había llamado hijo de Júpiter, porque esto era lo que resultaba de la equivocación. Dícese así mismo que habiendo oído en el Egipto al filósofo Psamón, lo que principalmente coligió de sus discursos fue que todos los hombres son regidos por Dios, a causa de que la parte que en cada uno manda o impera es divina; y que él todavía opinaba más filosóficamente acerca de estas cosas, diciendo que Dios es padre común de todos los hombres; pero adopta especialmente por hijos suyos a los buenos.

En general, con los bárbaros se mostraba arrogante y como quien estaba muy persuadido de su generación y origen divino; pero con los griegos se iba con más tiento en divinizarse; sólo una vez escribiendo a los atenienses cerca de Samos les dijo: "No soy yo quien os entregó esta ciudad libre y gloriosa, sino que la tenéis habiéndola recibido del que entonces se decía mi señor y padre", queriendo indicar a Filipo. En una ocasión, habiendo venido al suelo herido de un golpe de saeta y sintiendo demasiado el dolor: "Esto que corre, amigos —dijo—es sangre, y no licor sutil, como el que fluye de los almos dioses", y otra vez, como habiendo dado un gran trueno se hubiesen asustado todos, el sofista Anaxarco, que se hallaba presente, le preguntó: "Y tú, hijo de Júpiter, ¿no haces algo de esto?" Y él, riéndose: "No quiero —le dijo— infundir terror a mis amigos, como me lo propones tú, el que desdeñas mi cena porque ves en las mesas pescados, y no cabezas de sátrapas". Y era así la verdad, que Anaxarco, según se cuenta, habiendo enviado el rey a Hefestión unos peces, prorrumpió en la frase que se deja expresada, como teniendo en poco y escarneciendo a los que con grandes trabajos y peligros van en pos de cosas brillantes, sin que por eso en el goce de los placeres y de las comodidades excedan a los demás ni en lo más mínimo. Se ve, pues, por lo que se deja dicho, que Alejandro dentro de sí mismo no fue seducido ni se engrió con la idea de su origen divino, sino que solamente quiso subyugar con la opinión de él a los demás.

Siendo por naturaleza dadivoso, creció en él la liberalidad a proporción que creció su poder; y ésta iba siempre acompañada de afabilidad y benevolencia, que es como los beneficios inspiran una verdadera gratitud. Haremos memoria de algunas de sus dádivas. Aristón, general de los peones, había dado muerte a un enemigo; y mostrándole la cabeza, "entre nosotros, oh rey —le dijo—, este presente se recompensa con vaso de oro"; y Alejandro, sonriéndose, "vacío —le contestó—, y yo te lo doy lleno de buen vino, bebiendo antes a tu salud". Guiaba uno de tantos macedonios una acémila cargada de oro de que se había ocupado al rey; y como ésta se cansase, tomó él la carga y la llevaba a cuestas. Viole Alejandro sumamente fatigado, y enterado de lo que era, cuando iba a dejarla caer, "no hagas tal —le dijo— sino sigue tu camino llevándola hasta tu tienda para ti". En general, más se incomodaba con los que no recibían sus beneficios, que con los que le pedían; y a Foción le escribió una carta en que le decía que no le tendría en adelante por amigo si desechaba sus favores. A Serapión, uno de los mozos que jugaban con él a la pelota, no le dio nunca nada porque no pedía; y en una ocasión, puesto éste en el juego, alargaba la pelota a los demás, y diciéndole el Rey: "Y a mí ¿no me la alargas?" "Si no la pides...", le respondió, con lo que se echó a reír y le hizo un gran regalo. Pareció que se había enojado con Protea, uno de los decidores y bufones, que no carecía de gracia; rogábanle por él los amigos, y el mismo Protea se presentó llorando y les dijo que estaba aplacado; mas como éste repusiese, "¿y no empezarás, oh rey, a darme de ello alguna prenda...?", mandó que le dieran cinco talentos. Cuánta hubiese sido su profusión en repartir dones y gracias a sus amigos y a los de su guardia lo manifestó Olimpia en una carta que le escribió. "De otro modo —le decía—, sería de aprobar que hicieses bien a tus amigos y que te portases con esplendor, pero ahora, haciéndolos otros tantos reyes, a ellos les proporcionas que tengan amigos, y a ti el quedarte solo." Escribíale frecuentemente Olimpia por este mismo término, y estas cartas tenía cuidado de reservarlas; sólo una vez, leyendo juntamente con él Hefestión, pues solía tener esta confianza, una de estas cartas que acababa de abrir, no se lo prohibió, sino que se quitó el anillo y le puso a aquél el sello en la boca. Al hijo de Maceo, aquel que gozaba de la mayor privanza con Darío teníendo una satrapía, le dio con ella otra mayor; mas éste la rehusó diciendo: "Antes, oh rey, no había más que un Darío, pero tú ahora has hecho muchos Alejandros". A Parmenión, pues, le dio la casa de Bagoas, en la que se dice haberse encontrado en muebles de Susa hasta mil talentos. Escribió a Antipatro que se rodeara de guardias, pues había quien le armaba asechanzas. A la madre le dio y envió muchos presentes; pero nunca le permitió mezclarse en el gobierno ni en las cosas del ejército; y siendo de ella reprendido, llevó blandamente la dureza de su genio; y una vez habiendo leído una larga carta de Antipatro, en que trataba de ponerle mal con ella, "no sabe Antipatro —dijo— que una sola lágrima de una madre borra miles de cartas".

Habiendo visto que cuantos tenía a su lado se habían entregado enteramente al lujo y al regalo, haciendo excesivos gastos en todo lo relativo a sus personas, tanto que Agnón de Teyo llevaba clavos de plata en los zapatos, Leonato se hacía traer del Egipto con camellos muchas cargas de polvo para los gimnasios, Filotas había hecho para la caza toldos que se extendían hasta cien estadios; y eran más los que para ungirse y para el baño usaban de mirra que de aceite, llegando hasta el extremo de tener mozos únicamente destinados a que les rascasen y conciliasen el sueño, los reprendió suave y filosóficamente, diciendo maravillarse de que hombres que habían sostenido tantos y tan reñidos combates se hubieran olvidado de que duermen con más gusto los que trabajan que los que están ociosos, y de que no vieran, comparando su método de vida con el de los persas, que el darse al regalo es lo más servil y abatido, y el trabajar lo más regio y más propio de los que han de mandar:
"Fuera de que, ¿cómo cuidará por sí un caballo o acicalará la lanza y el morrión el que rehúsa poner mano en la cosa más preciada que tiene, que es su propio cuerpo?, ¿no sabéis que el fin que en vencer nos proponemos es el no hacer lo que hacen los vencidos?" Tomó, pues, desde entonces con más empeño el atarearse y darse malos ratos en la milicia y en la caza, de manera que un embajador de Lacedemonia, que se halló presente cuando dio fin de un terrible león, "muy bien, oh Alejandro —le dijo—, lidiar con un león sobre el reino". Esta cacería la dedicó Cratero en Delfos, haciendo esculpir en bronce la imagen del león, la de los perros, la del rey en actitud de haber postrado al león, y la del mismo Cratero que le asistía, de las cuales unas fueron obra de Lisipo y otras de Leocares.

Alejandro, pues, ejercitándose y excitando al mismo tiempo a los demás a la virtud, se exponía a todo riesgo; pero sus amigos, queriendo ya gozar y regalarse por la riqueza y el lujo, llevaban mal las marchas y las expediciones, y poco a poco llegaron hasta murmurar y hablar mal de él. Sufríalo al principio benigna y suavemente, diciendo que era muy de reyes el que se hablara mal de ellos cuando hacían bien. Y en verdad que aun los menores favores que dispensaba a sus amigos eran siempre indicio de lo que los apreciaba y quería honralos; de lo que añadiremos algunos ejemplos. Escribió a Peucestas quejándose de que, maltratado por un oso, le había escrito a otros y a él no se lo había participado; "pero ahora —le decía—, dime cómo te hallas, y si es que te abandonaron algunos de los que le acompañaban en la caza, para que lleven su merecido". A Hefestión, que se hallaba ausente con motivo de ciertas comisiones, le escribió que estando entreteniéndose con un Igneun, Cratero había caído sobre la lanza de Perdicas y se había lastimado los muslos. Habiendo sanado Peucestas de cierta enfermedad, escribió al médico Alexipo, dándole las gracias. Hallábase Cratero enfermo, y habiendo tenido una visión entre sueños, hizo sacrificios por él y le mandó que los hiciese. Al médico Pausanias, que quería dar eléboro a Cratero, le escribió, ya oponiéndose y ya dándole reglas sobre el modo de administrar aquella medicina. A los primeros que le dieron parte de la deserción y fuga de Hárpalo, que fueron Efialtes y Ciso, los hizo aprisionar, como que le levantaban una calumnia. Empezó a dar licencia para retirarse a su casa a los inválidos y ancianos; y habiéndose Euruloco de Egea puesto a sí mismo en la lista de los enfermos, como después se descubriese que ningún mal tenía y confesase que amaba a Telesipa y se había propuesto acompañarla en su regreso por mar, preguntó qué clase de mujer era ésta, y habiéndole informado que era una cortesana de condición libre, "pues me tendrás, oh. Euruloco —le dijo—, por amador contigo: mira si podremos persuadirla con dones o con palabras, puesto que es mujer libre".

Cuando iba a invadir la India, como viese que el ejército arrastraba grande carga en pos de sí y era difícil de mover por la gran riqueza de los despojos, al mismo amanecer, estando ya listos los carros, quemó primero los suyos y los de sus amigos y después mandó que se pusiera fuego a los de los macedonios, orden que pareció más dura y terrible en sí que no en su ejecución, porqué mortificó a muy pocos; y antes bien los más, recibiéndola con entusiasmo y con demostraciones de aclamación y júbilo, repartieron las cosas que son más precisas entre los que las pidieron, y las restantes las quemaron y destrozaron, encendiendo con esto en el ánimo de Alejandro mayor arrojo y confianza. Era ya entonces fiero e inexorable en el castigo de los culpados, de manera que habiendo constituido a Menandro, uno de sus amigos, gobernador de un fuerte, porque no quería quedarse le quitó la vida, y habiéndose rebelado los bárbaros, por sí mismo atravesó con una saeta a Orsodates. Sucedió por entonces que una oveja parió un cordero que tenía en la cabeza la figura y color de una tiara y la forma también de unos testículos a uno y otro lado, lo que abominó Alejandro como mala seña y se hizo purificar por unos babilonios que al efecto acostumbraba a llevar consigo, sobre lo cual dijo a sus amigos que no era por sí mismo por quien se había sobresaltado, sino por ellos, no fuera que un mal genio, faltado él, trasladara el poder a un hombre cobarde y oscuro. Mas otra señal buena que sobrevino luego borró esta mala impresión de desaliento, y fue que un macedonio, jefe de la tapicería, llamado Proxeno, allanando el sitio en que había de ponerse la tienda del rey junto al río Oxo, descubrió una fuente de un licor continuo y untuoso, y a lo primero que sacó se encontró con que era un aceite limpio y claro, sin diferenciarse de esta sustancia ni en el olor ni en el sabor, conviniendo además con ella en el color brillante y en la untuosidad; y esto en el país que no producía aceite. Dícese, pues, que el agua del Oxo es también muy blanda y que pone crasa la piel de los que en él se bañan. Ello es que Alejandro se alegró extraordinariamente con esta señal, como se demuestra por lo que escribió a Antipatro, poniéndola entre los mayores favores que del Dios había recibido. Los adivinos teníanla por pronóstico de una expedición gloriosa, pero trabajosa y difícil, porque el aceite ha sido dado a los hombres por Dios para remedio de sus fatigas.

Fueron, pues, muchos los peligros que corrió en aquellos encuentros, y graves las heridas que recibió, pero el mayor mal le vino a su expedición de la falta de los objetos de necesidad y de la destemplanza de la atmósfera. Por lo que a él respecta, hacía empeño en contrarrestar a la fortuna con la osadía, y al poder con el valor, pues nada le parecía ser inaccesible para los osados, ni fuerte y defendido para los cobardes. Dícese, por tanto, que teniendo sitiado el castillo de Sisímetres que era una roca muy elevada e inaccesible, como ya los soldados desconfiasen, préguntó a Oxuartes qué hombre era en cuanto al ánimo Sisímetres, y respondiéndole éste que era el más tímido de los mortales: "Eso es decirme— repuso— que puedo tomar la roca, pues que el que manda en ella no es fuerte". Tomóla, pues, con sólo intimidar a Sisímetres. Mandó contra otra igualmente escarpada a los más jóvenes de los macedonios, y saludando a uno que se llamaba Alejandro: "A ti te toca —le dijo— el ser valiente, aunque no sea más que por el nombre". Peleó efectivamente aquel joven con gran denuedo; pero pereció en la acción, lo que causó a Alejandro gran pesadumbre. Ponían los macedonios dificultad en acometer a la fortaleza llamada Misa, por estar bañada de un río profundo, y estando presente, ''¿pues miserable de mí —dijo— no he aprendido a nadar?", y teniendo ya el escudo embrazado se disponía a pasar. Detuvo la acción por venir a él con ruegos embajadores de la ciudad sitiada, los cuales ya desde luego se maravillaron, viéndolo sobre las armas sin ningún acompañamiento. Trajéronle después un almohadón, y tomándole, mandó que se sentara en él el más anciano de aquéllos, que se llamaba Acufis. Admirado más éste todavía con tales muestras de benignidad y humanidad, le preguntó qué harían para que los tuviese por amigos, y como respondiese que lo primero era nombrarle a él mismo por caudillo y príncipe de todos, y lo segundo enviarle en rehenes ciento de los mejores, echándose a reír Acufis: "Mucho mejor mandaré — le repuso— enviándote los más malos que los mejores".

Dícese de Taxiles que poseía en la India una porción no menor que el Egipto en extensión, y abundante y fértil como la que más, y que siendo hombre de gran seso, saludó a Alejandro y le dijo: "¿Qué necesidad tenemos, oh Alejandro, ni de guerras ni de batallas entre nosotros, si no vienes a quitarnos ni el agua ni el alimento necesario, que son las únicas cosas por las que, a los hombres les es forzoso pelear? Por lo que hace a los demás que se llaman bienes y riquezas, si soy mejor que tú, estoy pronto a hacerte bien, y si valgo menos, no rehúso mostrarme agradecido, recibiéndolo de ti". Complacido Alejandro y alargándole la diestra: "Pues qué, ¿piensas —le dijo— que con tales expresiones y tal bondad nuestro encuentro ha de ser sin contienda? Ten entendido que nada adelantas, porque yo contenderé y pelearé contigo a fuerza de beneficios, a fin de que no parezcas mejor que yo". Recibiendo, pues, muchos dones y dando muchos más, por fin le hizo el presente de mil talentos en dinero, con lo que disgustó en gran manera a los amigos, pero hizo que muchos de los bárbaros se le mostraran menos desafectos. Los más belicosos entre los de la India pasaban por soldada a defender con ardor las ciudades y le causaban grandes daños. Habiendo, pues, hecho treguas con ellos en una de éstas, cogiéndolos después en el camino cuando se retiraban, les dio muerte a todos; y entre sus hechos de guerra, en los que siempre se condujo justa y regiamente, éste es el único que puede tenerse por una mancha. No le dieron los filósofos menos en qué entender que éstos, indisponiendo contra él a los reyes que se le habían unido y haciendo que se rebelaran los pueblos libres, por lo que le fue preciso ahorcar a muchos.

Formó entonces Alejandro el proyecto de ir desde allí a ver el mar exterior, y construyendo muchos transportes y lanchas navegaba con sosegado curso por el río. Mas no por eso era el viaje descansado y sin peligro, pues saltando en tierra y acometiendo a las ciudades, lo iba sujetando todo. Sin embargo, entre los llamados malios, que se dice son los más belicosos de la India, estuvo en muy poco el que no pereciese. Porque a saetazos retiró a aquellos habitantes de la muralla, y puestas las escalas, subió a ella el primero; pero habiéndose roto la escala, colocados los bárbaros al pie del muro, le causaron desde abajo diferentes heridas; mas él, sin embargo de tener muy poca gente consigo, tuvo el arrojo de dejarse caer en medio de los enemigos, quedando por fortuna de pie, y habiendo recibido gran sacudimiento las armas, les pareció a los bárbaros que un resplandor y apariencia extraordinaria discurría por delante de él. Así, al principio huyeron y se dispersaron; pero al verle con sólo dos escuderos, corrieron de nuevo a él, y algunos, aunque se defendía, le herían de cerca con espadas y lanzas; y uno que estaba algo más lejos le disparó del arco una saeta con tal fuerza y rapidez, que pasando la coraza se le clavó en las costillas junto a la tetilla. Cedió el cuerpo al golpe, y aun se trastornó algún tanto, y el tirador acudió al punto sacando el alfanje que usan los bárbaros; pero Peucestas y Limneo se pusieron delante, y siendo heridos ambos, éste murió; pero Peucestas se sostuvo, y Alejandro dio muerte al bárbaro. Había recibido muchos golpes, y herido por fin con un mazo junto al cuello, tuvo que apoyarse en la muralla, quedándose mirando a los enemigos. Acudieron en esto los macedonios y, recogiéndole ya sin sentido, le llevaron a su tienda; y al principio en el ejército corrió la voz de que había muerto. Sacáronle, no sin gran dificultad y trabajo, el cabo de la saeta, que era de madera, con lo que pudo desatarse, aunque también a mucha costa, la coraza, descubriendo así la herida y hallando que la punta había quedado clavada en uno de los huesos, la cual se dice tenía tres dedos de ancho y cuatro de largo. Al sacársela tuvo desmayos, en los que creyeron se quedara; pero luego se restableció. Aunque había salido del peligro, quedó todavía muy débil, y tuvo que pasar bastante tiempo guardando dieta y medicinándose; mas habiendo un día sentido a la parte de fuera a los macedonios alborotados e inquietos por el deseo de verle, poniéndose una ropa salió adonde estaban. Sacrificó después a los dioses, y volviendo a embarcarse y dar la vela, sujetó nuevas regiones y muchas ciudades.

Vinieron a su poder diez de los filósofos gimnosofistas, aquellos que con sus persuasiones habían contribuido más a que Sabas se rebelase, y que mayores males habían causado a los macedonios. Como tuviesen fama de que eran muy hábiles en dar respuestas breves y concisas, les propuso ciertas preguntas oscuras, diciendo que primero daría la muerte al que más mal respondiese, y así después por orden a los demás, intimando al más anciano que juzgase. Preguntó al primero si eran más en su opinión los vivos o los muertos, y dijo que los vivos, porque los muertos ya no eran. Al segundo, cuál cría mayores bestias, la tierra o el mar, y dijo que la tierra, porque el mar hacía parte de ella. Al tercero, cuál es el animal más astuto, y respondió: aquel que el hombre no ha conocido todavía. Preguntado el cuarto con qué objeto había hecho que Sabas se rebelase, respondió: con el deseo de que viviera bien, o muriera malamente. Siendo preguntado el quinto cuál le parecía que había sido hecho primero, el día o la noche, respondió que el día precedió a ésta en un día, y añadió, viendo que el rey mostraba maravillarse, que siendo enigmáticas las preguntas, era preciso que también lo fuesen las respuestas. Mudando, pues, de método, preguntó al sexto cómo lograría ser uno el más amado entre los hombres, y respondió: si siendo el más poderoso, no se hiciese temer. De los demás, preguntado uno cómo podría cualquiera de hombre hacerse Dios, dijo: si hiciese cosas que al hombre es imposible hacer; y preguntado otro de la vida y la muerte cuál podía más, respondió que la vida, pues que podía soportar tantos males. Preguntado el último hasta cuánto le estaría bien al hombre el vivir, respondió: hasta que no tenga por mejor la muerte que la vida. Convirtióse entonces al juez mandándole que pronunciase, y diciendo éste que habían respondido a cuál peor, repuso Alejandro: "Pues tú morirás el primero, juzgando de esa manera"; a lo que le replicó: "No hay tal, oh rey, a no ser que tú te contradigas, habiendo dicho que moriría el primero el que peor hubiese respondido".

Dejó, pues, ir libres a éstos, habiéndoles hecho presentes; y a los que teniendo también nombradía vivían de por sí, envió a Onesícrito para que les dijera fueran a verle. Era Onesícrito filósofo de los de la escuela de Diógenes el Cínico, y dice que Galano le mandó con desdén y ceño que se quitara la túnica y escuchara desnudo sus lecciones, pues de otro modo no le dirigiría la palabra, aunque viniera de parte de Júpiter; pero que Dandamis le trató con más dulzura; y habiéndole oído hablar de Sócrates, Pitágoras y Diógenes, había dicho que le parecían hombres apreciables, aunque a su entender habían vivido con sobrada sumisión a las leyes. Otros son de opinión no haber dicho Dandamis más que esto: "¿Pues con qué motivo ha hecho Alejandro un viaje tan largo para venir aquí?"; y de Galano alcanzó Taxiles que fuera a ver a Alejandro. Su nombre era Esfines; pero como saludaba a los qué la hablaban en lengua india diciendo Calé, en lugar de Dios te guarde, los griegos le llamaron Galano. Dícese que se presentó a Alejandro este emblema y ejemplo del poder y la autoridad; que fue poner en el suelo una piel de buey seca y tostada, y pisando uno de los extremos, comprimida en aquel punto, se levantó por todas las demás partes; hizo lo mismo por todo alrededor y el suceso fue igual, hasta que puesto en medio la detuvo, y quedó llana y dócil; queriendo con esta imagen significar que el imperio debía ejercerse principalmente sobre el medio y centro del reino, y no haberse ido Alejandro a tanta distancia.

En Persia lo primero que ejecutó fue hacer a las mujeres el donativo de dinero, porque acostumbraban los reyes cuantas veces entraban en Persiadar una moneda de oro a cada una, por lo cual se dice que algunos iban allá pocas veces, y que Oco no hizo este viaje ni siquiera una, desterrándose por mezquindad de su patria. Descubrió al cabo de poco el sepulcro de Ciro, y hallando que había sido violado, dio muerte al que tal insulto había cometido, sin embargo de que era de los peleos, y no de los menos principales, llamado Polímaco. Habiendo leído la inscripción, mandó que se grabara en caracteres griegos, y era en esta forma: "Hombre, quienquiera que seas, y de dondequiera que vengas, porque de que has de venir estoy cierto, yo soy Ciro, que adquirí a los persas el imperio; no codicies, pues, esta poca tierra que cubre mi cuerpo". Cosa fue ésta que puso muy triste y pensativo a Alejandro, haciéndole reflexionar sobre aquel olvido y aquella mudanza. Allí Galano, habiendo sufrido algunos días una incomodidad de vientre, pidió que se le levantara una pira, y llevado a ella a caballo, hizo plegarias a los dioses y libaciones sobre sí mismo, ofreciendo a los macedonios que se hallaban presentes, y los exhortó a que aquel día lo pasaran alegremente y en la embriaguez con el rey, diciendo que a éste lo vería dentro de poco tiempo en Babilonia. Luego que así les hubo hablado se reclinó y se cubrió con la ropa, y no hizo el menor movimiento al llegarle el fuego, sino que manteniéndose en la misma postura en que se había recostado, se ofreció a sí mismo en víctima, según el rito patrio de los sofistas de aquel país. Esto mismo hizo muchos años después otro indio de la comitiva de César en Atenas, y hasta el día de hoy se muestra su sepulcro, que se llama el sepulcro del Indio.

Agolpábansele en tanto los prodigios, porque al león más grande y más hermoso de los que había criado, un asno doméstico le acometió y lo mató de una coz. Habiéndose desnudado para ungirse, se puso a jugar a la pelota; y los jóvenes que con él jugaban, al ir después a tomar la ropa, vieron sentado en el trono sin decir palabra a un hombre adornado con la diadema. y la estola regia. Púsosele en juicio y a cuestión de tormento para saber quién era, y por mucho tiempo estuvo sin articular nada; mas vuelto con dificultad en su acuerdo, dijo que se llamaba Dionisio y era natural de Mesena; que traído allí por mar con motivo de cierta causa y acusación, había estado en prisión mucho tiempo, y que muy poco antes se le había aparecido Serapis, le había quitado las prisiones, y conduciéndole a aquel sitio, le había mandado tomar la estola y la diadema, sentarse y callar.

Cuando esto oyó Alejandro, lo que es del hombre aquél dio fin, como los agoreros se lo proponían; pero decayó de ánimo y de esperanzas con respecto a los dioses, y empezó a tener a todos los amigos por sospechosos. Temía principalmente de parte de Antipatro y sus hijos, de los cuales Iolas era su primer escanciador y Casandro hacía poco que había llegado, y habiendo visto a unos bárbaros hacer el acto de adoración, como hombre que se había criado al estilo griego y nunca había visto cosa semejante, se echó a reír desmandadamente, de lo que Alejandro concibió grande enojo y asiéndole por los cabellos le dio de testeradas junto a la pared. En otra ocasión queriendo Casandro hablar contra unos que acusaban a Antipatro, le interrumpió, y "¿qué dices? —le preguntó—, ¿crees tú que hombres que no hubieran recibido ningún agravio habían de haber andado tan largo camino para calumniar?", y replicándole Casandro que esto mismo era señal de que calumniaban, tener tan lejos la redargución y el convencimiento, se echó a reír Alejandro, y "estos mismos son —le dijo— los sofismas de Aristóteles para argüir por uno y por otro extremo; tendréis que sentir, como se averigüe que les habéis agraviado en lo más mínimo". Dícese, por fin, que fue tal y tan indeleble el miedo que se infundió en el ánimo de Casandro, que largos años después, cuando ya reinaba en Macedonia y dominaba la Grecia, paseándose en Delfos y viendo las estatuas, al poner los ojos en la imagen de Alejandro se quedó repentinamente pasmado, y se le estremeció todo el cuerpo, de tal manera que con dificultad pudo recobrarse del susto que aquella vista le causó.

Luego que Alejandro cedió a los temores religiosos, quedó con la mente perturbada de terror y espanto, y no había cosa tan pequeña, como fuese desusada y extraña, de que no hiciese una señal y un prodigio, con lo que el palacio estaba siempre lleno de sacerdotes, de expiadores y de adivinos. Si es, pues, abominable cosa la incredulidad y menosprecio en las cosas divinas, es también abominable por otra parte la superstición que como el agua se va siempre a lo más bajo y abatido, y llena el ánimo de incertidumbre y de miedo, como entonces el de Alejandro. Mas, sin embargo, habiéndosele traído ciertos oráculos de parte del Dios acerca de Hefestión, poniendo término al duelo, volvió de nuevo a los sacrificios y los banquetes. Dio, pues, un gran convite a Nearco, y habiéndose bañado ya, como lo tenía de costumbre, para irse a acostar, a petición de Medio marchó a su casa a continuar la cena; y habiendo pasado allí en beber el día siguiente, empezó a sentirse con calentura, no al apurar el vaso de Hércules, ni dándole repentinamente un gran dolor en los lomos, como si lo hubieran pasado con una lanza, porque éstas son circunstancias que creyeron algunos deber añadir inventando este desenlace trágico y patético, como si fuera el de un verdadero drama. Aristóbulo dice sencillamente que le dio una fiebre ardiente con delirio, y que teniendo una gran sed, bebió vino, de lo que le resultó ponerse frenético y morir en el día 30 del mes Daisio.

En el diario se hallan así descritos los trámites de la enfermedad: en el día 18 del mes Daisio se acostó en el cuarto del baño por estar con calentura. Al día siguiente, después de haberse bañado, se trasladó a su cámara y lo pasó jugando a las tablas con Medio. Bañóse a la tarde otra vez, sacrificó a los dioses, y habiendo cenado, tuvo de nuevo calentura aquella noche. El 20 se bañó e hizo también el acostumbrado sacrificio, y habiéndose acostado en la habitación del baño, se dedicó a oír a Nearco la relación que le hizo de su navegación y del grande Océano. El 21 ejecutó lo mismo que el anterior, y habiéndose enardecido más, pasó mala noche, y al día siguiente fue violenta la calentura. Trasladóse a la gran pieza del nadadero, donde se puso en cama, y trató con los generales acerca del mando de los regimientos vacantes, para que los proveyeran, haciendo cuidadosa elección. El 24, habiéndose arreciado más la fiebre, hizo sacrificio, llevado al efecto al altar, y de los generales y caudillos mandó que los principales se quedaran en su cámara, y que los comandantes y capitanes durmieran a la parte de afuera. Llevósele al traspalacio, donde el 25 durmió algún rato; pero la fiebre no se remitió. Entraron los generales, y estuvo aquel día sin habla, y también el 26; de cuyas resultas les pareció a los macedonios que había muerto, y dirigiéndose al palacio gritaban y hacían amenazas a los más favorecidos de Alejandro, hasta que al fin les obligaron a abrirles las puertas; y abiertas que les fueron, llegaron de uno en uno en ropilla hasta la cama. En aquel mismo día, Pitón y Seleuco, enviados a consultar a Serapis, le preguntaron si llevarían de allí a Alejandro, y el Dios les respondió que lo dejarán donde estaba; y el 28 por la tarde murió.

Las más de estas cosas se hallan así escritas al pie de la letra en el diario; y de que se le hubiese envenenado nadie tuvo sospecha por lo pronto, diciéndose solamente que habiéndosele hecho una delación a Olimpia a los ocho años, dio muerte a muchos, y que aventó las cenizas de Iolas, entonces ya muerto, por haber sido el que le propinó el veneno. Los que dicen que Aristóteles fue quien aconsejó esta acción a Antipatro, y que también proporcionó el veneno, designan a un tal Agnotemis como divulgador de esta noticia, habiéndosela oído referir al rey Antígono, y que el veneno fue una agua fría y helada que destilaba de una piedra cerca de Nonacris, la que recogían como rocío muy tenue, reservándola en un vaso de casco de asno, pues ningunos otros podían contenerla, sino que los hacía saltar por su nimia frialdad y aspereza. Pero los más creen que ésta relación del veneno fue una pura invención, teniendo para ello el poderoso fundamento de que habiendo altercado entre sí los generales por muchos días, sin haberse cuidado de dar sepultura al cuerpo, que permaneció expuesto en sitio caliente y no ventilado, ninguna señal tuvo de semejante modo de destrucción, sino que se conservó sin la menor mancha y fresco. Quedó Rojana encinta, por lo que los macedonios la trataban con el mayor honor, y ella, como se hallaba envidiosa de Estatira, la engañó por medio de una carta fingida con el objeto de hacerla venir; y llegado que hubo, le quitó la vida y también a la hermana; y los cadáveres los arrojó a un pozo, y después lo cegó; siendo sabedor de ello Pérdicas, y cómplice y auxiliador. Porque ésté alcanzó desde luego gran poder, llevando consigo a Arrideo, como un depositario y guarda de la autoridad real, pues que había sido tenido en Filina, mujer de baja estirpe y pública, y no tenía cabal el juicio por enfermedad no natural o que le hubiese venido por sí sin causa, sino que habiendo manifestado, según dicen, una índole agradable y buena disposición siendo todavía niño, después Olimpia le hizo enfermar con hierbas y le perturbó la razón.