XII

El desengaño (sirva esto de ejemplo), respecto de una vocación a la que convergieron, durante largo tiempo, nuestras energías y esperanzas, es, sin duda, una de las más crueles formas del dolor humano. La vida pierde su objeto; el alma, el polo de idealidad que la imantaba; y en el electuario amarguísimo de esta pena hay, a un tiempo, algo de la de aquel a quien la muerte roba su amor, y de la de aquel otro que queda sin los bienes que ganó con el afán de muchos años, y también de la de aquel que se ve expulsado y proscripto de la comunión de los suyos. El suicidio de Gros, el de Leopoldo Robert, y el que en su Chatterton idealizó Alfredo de Vigny, son imágenes trágicas de esta desesperación; la que, otras veces, concluye por diluir y desvanecer su amargura en el desabrimiento de la vida vulgar.

Y sin embargo, una vocación que fracasa para siempre, sea por lo insuperable de la dificultad en que tropieza el desenvolvimiento de la aptitud, sea por vicio radical de la aptitud misma, suele ser, en el plan de la Naturaleza, sólo una ocasión de variar el rumbo de la vida sin menguar su intensidad ni su honor. Con frecuencia el hado que forzó a la voluntad a abandonar el rumbo que, prometiendo gloria, seguía, ha puesto con ello el antecedente y la condición necesaria de más alta gloria. Pero aunque no entren en cuenta casos semejantes, yo me inclino a pensar que pocas veces puede tenerse por irreparable en absoluto el fracaso de una vocación, si por irreparable ha de entenderse que no sufre ser compensado con la manifestación de una capacidad, más que mediana, en otro género de actividad; ni siquiera cuando el alma ve extenderse ante sí vasto horizonte de tiempo y dispone aún de poderosas fuerzas de reacción. Difícil es que conozcamos todo lo que calla y espera, en lo interior de nosotros mismos. Hay siempre en nuestra personalidad una parte virtual de que no tenemos conciencia. Una vocación poderosa que ha ejercido durante mucho tiempo el gobierno del alma, reconcentrando en sí toda la solicitud de la atención y todas las energías de la voluntad, es como luz muy viva que ofusca otras más pálidas, o como estruendo que no deja oír muchos leves rumores. Si la luz o el estruendo se apagan, los hasta entonces reprimidos dan razón de su existencia. Aptitudes latentes, disposiciones ignoradas, tienen así la ocasión propicia de manifestarse, y a menudo se manifiestan, en el momento en que pierde su ascendiente la vocación que prevalecía; tanto más cuanto que las mismas condiciones que constituyen una inferioridad sin levante para determinado género de actividad, suelen ser estímulos y superioridades con relación a otro. Rara será el alma donde no exista, en germen o potencia, capacidad alguna fuera de las que ella sabe y cultiva; como raro es el cielo tan nebuloso que jamás la puesta del sol haga vislumbrar en él una estrella, y rara la playa tan callada que nunca un rumor suceda en ella al silencio del mar.

Yo llamaría a estas disposiciones latentes que inhibe aquella que está en el acto y goza de predilección: las reservas de cada espíritu. Quiero mostrarte cómo la necesidad de buscar nuevo motivo de acción, que hace recobrarse nuestro ánimo después de la muerte de una vocación querida, manteniéndolo en vela y atento a los llamados que pueden venir del seno de las cosas, excita, con redentora eficacia, tales capacidades ocultas, hasta sustituir (y en más de un caso sustituir ventajosamente) la aptitud cuya pérdida se deplora como irreparable infortunio.