CERRO GORDO17

EN LAS fortificaciones de Cerro Gordo (dice), los ingenieros estuvieron acordes sobre la necesidad de fortificar el de la Atalaya, por donde podía penetrar el enemigo y flanquear la posición; así lo manifestaron al general en jefe, pero éste insistió en que no era necesario, fundándose en su conocimiento del terreno, lo que expresaba diciendo: ni los conejos suben por ahí. Algunos generales, por insinuación de los mismos ingenieros y otros por su propio cálculo, repitieron igual súplica a Santa Anna, quien se negó de nuevo enojándose y profiriendo estas expresiones: los cobardes en ninguna parte se consideran seguros, lo que produjo el disgusto que debía esperarse; así fue que el abandono de este cerro y el peligro que por él se corría, no hubo quien lo ignorara en el ejército, y todos procuraban adivinar las razones que para este proceder tendría el general Santa Anna, no hallando otras que su excesivo amor propio, que lo hace creer que sabe más que todos, y no sufre observaciones ni oye consejos de ninguna especie.  

El día 17 atacaron los enemigos, mientras abrían caminos, que dirigían a flanquear la izquierda, y preparaban dos piezas de artillería de grueso calibre, que la noche de ese día subieron al mismo cerro que se había dejado sin defensa, y que los enemigos, sin ser conejos, habían tomado. El general Santa Anna mandó por extraordinario partes oficiales y cartas particulares, al gobierno y al gobernador de la fortaleza de Perote, avisando en los primeros un triunfo, y anunciando en las segundas una completa victoria y la derrota total del ejército enemigo, si éste, como lo indicaban sus movimientos, daba el ataque general al siguiente día, encargando que no se celebrara este triunfo hasta que fuera el parte de haber sido por completo; advertencia prudente pues consistió el triunfo en que los enemigos habían tomado el referido cerro, y nuestro general en jefe no lo sabía. En la misma carta pedía con urgencia al general Gaona bala rasa, cartuchería de cañón y botes de metralla. Cuando se recibió en Perote esta noticia, que fue en la madrugada del día 18, no faltó quien pronosticara que todo se habría perdido antes de las veinticuatro horas de principiado el siguiente ataque, fundándose en cálculos de nuestros ingenieros y en informes particulares de prácticos en el terreno; y en efecto, por lo que supimos el día 19, el enemigo rompió sus fuegos a las cinco y media de la mañana del día 18, desde el cerro tomado el día anterior, y antes de las siete se presentó por los puntos que comprendió el ataque al cerro principal fortificado, y a las siete y media, avisado Santa Anna por el general don Francisco Pérez de la pérdida del cerro, del abandono de la batería baja y de estar cortada la retirada, emprendió su escape con él. El señor Canalizo y el mayor general suponemos que corrieron antes que Santa Anna, porque a éste lo alcanzó en el camino del Chico doña Josefa Fiallo, la que habiendo salido a pie de Corral Falso, ya había dejado en huida en los llanos del Encero al general Canalizo con la caballería, y continuando a pie para el Chico, no hubiera podido alcanzar al general en jefe, si éste no hubiera salido de Cerro Gordo después de la fuga de la caballería. Lo cierto es que los enemigos tomaron el cerro, que defendieron bizarramente sin ser reforzados los veteranos; que los guardias nacionales de Zacapoastla y de otros puntos y el 11 de infantería se batieron muy bien; que las baterías bajas fueron abandonadas, siendo lo más vergonzoso que los cañones quedaron cargados, y que tres mil setecientos hombres mandados por los generales Díaz de la Vega, Noriega, Pinzón, Pavón y Jarero se rindieron a discreción, porque el último no quiso como querían los demás, que así lo han dicho, abrirse paso batiéndose, y no hubo uno que lo matara.

Don Valentín Canalizo emprendió su fuga, porque le avisó el general Stáboli que todo estaba perdido, y sólo esperó ver cosa de cien voluntarios que venían por el camino, para poner en carrera cerca de tres mil caballos, que sólo recibieron por retaguardia dos tiros de piezas de montaña. Don Lino Alcorta, mayor general, estaba situado a muy larga distancia del peligro, en una casita de palma, en compañía del señor Gil y de dos frailes mercedarios, capellanes de caballería, cuyos individuos tuvieron lugar de salvar con tranquilidad sus equipajes. El general moderno don Benito Zenea, estuvo durante el ataque cuidando la retaguardia del ejército a una legua de Jalapa.

Conocerán nuestros lectores que, faltando los tres jefes principales, porque abandonaron el campo de la acción, era preciso que todo se perdiera; siendo notable que de estos tres jefes, sólo el primero corrió algún peligro de haber sido prisionero. Ésta es la causa porque el suceso de Cerro Gordo fue como un relámpago, sin que bastaran a contener a los soldados los buenos jefes que quedaban abajo, porque aquellos creían que el enemigo había tomado la retaguardia por una traición. A las nueve y media, ya había en Jalapa algunos generales y jefes de los que más lucen las fajas y presillas, contando lo que no habían visto, y como quiera que los infantes fugitivos que alcanzaron a la caballería que había hecho alto cerca de Jalapa dijeron que en su seguimiento venía el enemigo (que aún estaba a dos leguas), se dio la orden de reunión en la segunda línea y para allá continuó la huida; pero cuando llegaron a ésta, ya no había en ella cañones, porque el general don Gregorio Gómez los había inutilizado y puéstose en precipitada fuga a las primeras noticias verbales que tuvo de la derrota; y así fue necesaria nueva orden de reunión en Perote, para donde el día 19 marchó el general Canalizo con los restos del ejército, hasta entonces reunidos entre este punto y las Vigas; porque todos marchaban a su voluntad, sin orden ni jefes que obedecer, pues tenía que comer el que podía procurárselo. El enemigo tomó pacífica posesión de Jalapa el día 20.

Omitiendo reflexiones sobre la conducta de don Gregorio Gómez, diremos que la noticia de la derrota de Cerro Gordo se supo en la fortaleza de Perote el 18 en la tarde, por un extraordinario que mandó el referido don Gregorio, con un oficio en estos términos: "Todo se ha perdido en Cerro Gordo, todo, todo, y como no tengo gente con qué defender este punto, remítame usted inmediatamente la cabria y carros para desmontar los cañones y conducirlos a esa", a cuyo oficio contestó el general don Antonio Gaona que ya iban caminando los carros con la cabria, pero que salvaba toda clase de responsabilidad por el abandono de aquel punto; y en efecto puso inmediatamente en camino lo que se le pedía, pero inútilmente, porque el general Gómez, sin esperarlo, tiró los cañones abandonando el punto, antes que la cabria estuviese a la tercera parte del camino, y tomó el rumbo de Perote, adonde regresaron los carros.

Apenas amaneció el día 19, el pueblo de Perote empezó a ver llegar dispersos generales, jefes, oficiales y soldados; algunos de ellos levemente heridos. Las casas y los mesones se llenaron, de modo que no se podía averiguar ni lo que pasaba. A las tres de la tarde, el general Canalizo llamó al gobernador de la fortaleza y le ordenó "la evacuase enteramente en el resto del día", con cuya orden regresó Gaona a las cuatro; dispuso que sus hijos, don Antonio, que estaba allí, y don Maximiliano que acababa de llegar con Canalizo, se pusieran en camino para Puebla en aquel momento; lo que verificaron en buenos caballos. La referida orden produjo un movimiento general extraordinario en la fortaleza, cuya guarnición se componía de doscientos nacionales de Tlapacoya, Jalacingo y Perote, veinticinco artilleros, cincuenta enfermos, como treinta mujeres y unos ciento cincuenta presidiarios y sentenciados, algunos de ellos al último suplicio.

Grande era la confusión y el desorden: parecía que se huía de un incendio y que sólo se pensaba en salvarse; a las cinco montó a caballo el gobernador y se fue; poco después lo hizo el mayor de la plaza con su familia, y sucesivamente los demás; a las nueve de la noche no había en la fortaleza más que cuatro personas y el general Morales, todas las puertas abiertas, y ni una luz: tanto movimiento, miedo y confusión en tan pocas horas, había cambiado en un profundo silencio y soledad. Cerca de las once de la noche vinieron a la fortaleza los jefes de ingenieros Robles y Cano, y el teniente de zapadores don Manuel Fuentes, que se acostaron a la luz de la luna en los canapés de la casa del gobernador, porque en el pueblo no había dónde hospedarse.

"Ayer —dice el articulista de Veracruz —, a mediodía las fuerzas mexicanas, o a lo menos una gran parte de ellas, se rindieron a nuestro ejército. Los prisioneros fueron cinco generales, muchos oficiales subalternos y cinco mil soldados.

"A eso de las once de la mañana una parte de la división al mando del general Twiggs consiguió tomar la altura de Cerro Gordo, y entonces, el enemigo pidió un parlamento, que dio por resultado la rendición de todas sus tropas con sus armas, menos el general en jefe don Antonio López de Santa Anna, que como tiene de costumbre consiguió escaparse, y se escapó también la caballería en número de tres mil hombres."18

La posición de Cerro Gordo es tan fuerte como podía haberla hecho la naturaleza unida al arte, y si ustedes la viesen tendrían por imposible que se hubiese rendido. El Cerro Gordo, que es el punto más elevado de los de defensa, domina el camino de Jalapa por dos o tres millas, y una artillería de calibre habría bastado no sólo para contener a un ejército por muchos años, sino para impedirle enteramente el paso. La importancia de este punto se conocerá bien pronto, y se tomó la posición; pero sin que el jefe mexicano se escapara caminando muchas millas por el camino de Jalapa.

Al mismo tiempo que se atacaba este punto se atacaban otros tan fuertes situados más cerca de nuestro campo, y sobre tres alturas adyacentes una a otra, y cada uno dominando las demás, fueron objetos de otros tantos ataques, y el haberlos tomado fue obra de los voluntarios; el del centro de estos fuertes se prolonga más que los otros, y como fue el objeto principal del asalto, nuestras tropas al avanzar tuvieron que sufrir el fuego de la izquierda, de la derecha y del centro, y prudentemente avanzaron sin tirar un tiro hasta que estaban a cosa de cuarenta varas de los cañones, y en ese momento, la muerte se soltó con tanta furia que nuestros hombres fueron arrojados de su posición con gran pérdida, y los que les secundaron sufrieron un gran número de muertos y heridos. Antes que los voluntarios tuvieran tiempo de renovar su ataque, el enemigo se había rendido porque había perdido su posición favorita de Cerro Gordo. Tomándolo todo en consideración, éste ha sido un gran combate, y una gran victoria calculada para brillar entre las primeras que nuestras tropas hayan obtenido en México. Los mexicanos no podrán ya decir como decían en Veracruz que los batimos desde lejos y con una superior artillería, porque aquí sólo se emplearon las más pequeñas armas, y se hizo contra fuerza superior, y en una posición en que la naturaleza les había proporcionado toda especie de ventajas para la defensa.

El soldado americano pelea con el corazón y con el alma en la causa de la patria, y la fuerza que pudiera detenerlo, se podía gloriar como de un milagro.19

Las fuerzas mexicanas en la altura del Cerro Gordo, fueron el 3o. y 4o. ligeros, el 3o. y 5o. de línea. 6 piezas de artillería, y el número competente de caballería. Murieron allí don Ciriaco Vázquez, general de división, y el coronel Obando, comandante de artillería. Nuestra fuerza consistía en el 2o, 3o. y 7o. regimientos de infantería, los rifleros de a caballo y la batería de Steptoe. El capitán Mason de los rifleros fue herido gravemente y perdió la pierna izquierda. Lo fue igualmente el teniente coronel del 7o. de infantería. El capitán Patten fue herido en la mano. El día 11 fue herido Jabas al subir el cerro.

En la cima de Cerro Gordo la escena fue verdaderamente horrible. Desde el camino de Jalapa a cualquier punto que se dirigiese la vista, se veían cadáveres del enemigo, al punto de poderse decir sin exageración que cubrían todo el camino hasta la altura. Hay cosa de cien varas de terreno plano en la cima del cerro, y allí se reunieron todos los heridos de una y otra parte. Al lado de un americano estaba un mexicano, y nuestros cirujanos los asistían sin más preferencia que la que exigía la gravedad. Nuestras partidas de peones recogían los heridos de todos los puntos, y los llevaban a la altura. En el costado que da hacia el río en donde la división del general Twiggs dio la carga, hubo muchos heridos de los nuestros y del enemigo, porque éste hizo una resistencia desesperada; pero luego que cedieron precipitándose en dispersión hacia abajo del cerro, fue el momento en que más sufrieron porque recibían las balas por detrás. La carga dada en Cerro Gordo fue uno de esos cálculos fríos y determinados que caracterizan al soldado americáno.20 Nuestra victoria fue completa. Los enemigos que escaparon fueron seguidos en todas direcciones por nuestros perseguidores, y algunos fueron cogidos.21 El general Twiggs que los siguió después de haber tomado Cerro Gordo, llegó a tres millas de Jalapa, y no encontrando fuerza enemiga se acampó allí en la anoche, y ahora está en la ciudad.

El hablar con la franqueza que lo hacemos es para algunos un delito, porque los aduladores del que manda son los patriotas furibundos que respiran sangre y muerte, y gritan guerra encerrándose en sus casas, sin conocer el peligro, sin arriesgarse para nada, ni servir más que para procurar medios de hacer fortuna. Entre estos hombres, cualquiera que no piense como ellos es un pícaro, y el pueblo, que ignora lo que pasa, acata inocentemente a algunos de estos personajes, porque andan despacio y con gravedad, y con semblante serio, que hablan poco y muy despacio, en tono sentencioso, nunca se quitan el sombrero para saludar, y si lo hacen es solamente inclinando un poco la cabeza con aire de protección; ¿qué harían estos hombres para defender a su patria, si se quedaran mudos? La servirían como ciertos guerrilleros del estado de Puebla que no han hecho mal alguno a los enemigos, y mucho a los pasajeros mexicanos, y que han convertido en especulación el patriotismo, favoreciendo en lugar de impedir la entrada de víveres a la ciudad, mediante la contribución que cobran de un peso por cada carga de maíz, etc. Sólo en nuestro estado se ha hostilizado al enemigo !Sólo nosotros hacemos la guerra, y nosotros solos sufrimos por ella!

Las autoridades militares han hostilizado a los pueblos con pretexto de la guerra, y ahora las autoridades civiles los hostilizan también con el mismo motivo. Los pueblos no tienen ya voluntad propia, y mucho menos una sola voluntad; porque a fuerza de azotes se están volviendo positivistas, que es una cosa nueva para los mayores de cuarenta y siete años de edad, y que ya no la pueden aprender. Este mal, con la experiencia adquirida, ha cundido a los estados internos del norte, y es la causa porque aquellos piensan tanto en sus conveniencias locales; porque después de muchos años de sacrificar sus intereses particulares por el bien común, no han recibido otra recompensa que la indiferencia y el abandono del gobierno general: así lo decían con fecha 8 de abril, en el Boletín de México.

Los estados de Chihuahua, Durango, Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, Zacatecas, Nuevo México, Sonora y California tienen hoy intereses distintos a los que prevalecen en los estados de Jalisco, Morelia, Querétaro, Guanajuato, San Luis y México; y lo mismo sucede respecto de éstos con los de Puebla, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Tabasco y Yucatán: los primeros tienen tendencias opuestas a las de los segundos, y los últimos propenden a separar su poder, su industria agrícola, su riqueza marítima, su perseguido comercio, sus estériles sacrificios, su despreciado valor y generosidad, del egoísmo, ambición, robo y revoluciones de los segundos, constituidos, sin derecho alguno, en árbitros de la suerte de todos, en foco de todos los males y en centro de todas las revoluciones.

Seguir la marcha del siglo no será cosa difícil para la juventud, que es la que entre nosotros ha de resolver el problema de su porvenir: volver atrás a la positiva abyección, aunque con halagüeñas teorías, ni pueden ni quieren los hijos de la libertad, y no les faltará valor para resistirlo. Los males de nuestra sociedad tienen remedio; pero no ciertamente retrocediendo de sus bellas esperanzas. La inmoralidad no ha emanado de los pueblos, sino de nuestros gobernantes: un gobierno justo puede moralizar pronto a sus subordinados.

La paz y la abundancia traen en pos de sí orden, felicidad e ilustración; y al contrario, a todo Estado violento le siguen desórdenes y desgracias; y la privación de lo necesario origina corrupción e inmoralidad. Ninguno a quien le falta lo preciso para cubrir las necesidades de la vida, puede ser feliz ni pacífico. Y ¿cómo podremos persuadimos que un pueblo desunido, y por consiguiente débil, puede producir los resultados de la unión que constituye la fuerza? ¿Cómo esperar que intereses contrarios y largo tiempo combatidos entre sí hoy se amalgamen con nuevos sacrificios para producir al fin el mismo mal de que se quejan? Si los pueblos que ya tienen el desengaño de no esperar bien alguno que no sea debido a sus propios esfuerzos no dan señales de querer combatir los trabajos, fatigas, peligros y privaciones de la campaña con aquellos que sólo han sabido perder, ¿quién podrá figurarse que en el caso de aceptar la situación a que aquellos los han reducido, y decidirse a pelear, no lo harán por sí solos y por su bien particular no más? ¿En qué razón se fundaría la idea de forzarlos a combatir contra su voluntad? ¿Querrán los pueblos, en este caso, contribuir a la creación de otro ejército que los oprima, los empobrezca y tenga a la nación en revoluciones continuas, y en una guerra extranjera no sepa ganar una sola victoria y huya, desamparando a los pueblos y gritándoles: "Defendeos vosotros mientras yo descanso, y dadme más gente para rehacer al que todo lo trastorna y todo lo consume"? Los pueblos desde ahora dicen: "Tú que nos has consumido todas las rentas sin provecho alguno; tú por quien hemos hecho tantos sacrificios; t� que de servidor, con nuestra propia sangre, te convertiste en nuestro señor, el mal que por tanto tiempo nos hiciste se ha vuelto contra ti: ahora conocerás que el soldado sale del pueblo, y que sin pueblo no hay ejército, y cuando te haga renacer, serás más fiel, más moral y más útil, sabrás respetar al que te paga, y no harán traición ni dejarás de obedecer al que te mande. Para que no me creas injusto, escucha, ejército, los recuerdos que hago de tus servicios. Desde la Independencia hasta la fecha has consumido quinientos millones: ¡qué ricos seríamos si así no hubiera sido! Tú solo has consumido el producto de las rentas de la nación, y por ti hemos padecido mil trastornos, y se ha derramado mucha sangre, casi toda inocente, sin que supiera por lo que peleaba. Desde aquella fecha has obedecido ciegamente la voz de cualquier caudillo que con cualquier pretexto te ha guiado a derrocar gobiernos, a disolver congresos, a cambiar personas, a trastornar las cosas, a contrariar las leyes, a sofocar la opinión y a ser en fin el único aprovechado del botín de las revoluciones, sin dar jamás cuentas a la nación de lo recibido y lo gastado. En los pronunciamientos militares siempre has invocado las leyes y has tomado la voz del pueblo. que ha sufrido hasta esta burla, siendo siempre el paciente, y mirando que en su nombre y por su salud, de la que ni siquiera se ha quejado, lo dejabas en cueros, cogiéndote su caudal para medicinas que ni tomaba, ni necesitaba, ni había solicitado. Estos pronunciamientos los has hecho siempre con la seguridad de ganar un premio, que, cuando menos, era el empleo inmediato; y por el contrario, los pueblos, a su vez, como en 1844, ganando pierden, porque son estériles sus sacrificios, y quedan expuestos a la venganza militar. Los militares, ya defiendan al gobierno y a las leyes, o ya los ataquen, todos ganan iguales, y algunos con el vencido y el vencedor, porque el gobierno, para contar con la fidelidad, tiene que comprarla, y premia antes de caer a los que le defienden; lo mismo que premia la infidelidad, después de triunfar el que lo ataca".

El ejercicio en la campaña de Texas marchó victorioso hasta San Jacinto, y allí perdió todo lo ganado, todo lo gastado, todas las esperanzas de la patria y, por último, el Estado entero, tan sólo por salvar la vida de un hombre, que no supo morir como un valiente, y se prostituyó hasta el grado de dar él mismo la orden de retirada, que el ejército no debió obedecer. ¿Cuántos millones importaron estas pérdidas, los donativos, las contribuciones, los subsidios y tantos caudales que se han perdido sin fruto alguno, en el abismo que todo lo absorbe, y tantas vidas sacrificadas en el Álamo y demás puntos? Y todo esto junto que se apreció en menos de la vida de un prisionero, ¿no pesará nada en la consideración del general Santa Anna, que a cada paso nos echa en cara sus ponderados servicios, demasiado recompensados y sin que él lo haya agradecido?

En Veracruz, unos cuantos marinos de la escuadra francesa sorprendieron la plaza; pusieron en fuga a la guarnición, se hicieron dueños de la ciudad y de sus baluartes, clavaron los cañones y se retiraron llevándose una piecesita de campaña; en cuyo tiempo, sabedor Santa Anna de que se retiraban, porque se lo avisó don Francisco Orta, que lo fue a buscar al Matadero, en donde estaba, vino a la ciudad sin. encontrar un enemigo hasta llegar al muelle: allí fue herido por la metralla de nuestro mismo cañón, en los momentos ya de irse las lanchas. Esta derrota nuestra, esta huida vergonzosa, ¿quién la pagó sino el pobre pueblo que tuvo que abandonar sus hogares, que desde entonces le presentan a cada paso un hueso, al que casi se ha pretendido que se le rinda adoración?

En la batalla de Angostura, el solo nombre de triunfo con que adornó su parte el general Santa Anna, costo a la nación más de dos millones de pesos gastados en alistarse para ir a ella, dos mil muertos y heridos, seis mil dispersos, otros tantos fusiles perdidos, más los que quedaron en el campo, mil empleos de paga dados en premio, muchas bandas verdes, una retirada en desorden, precipitada y desastrosa, el abandono a fuerzas inferiores, del campo y de muchos heridos, no haber obtenido ventaja alguna conocida, y haber sufrido el general en jefe, que en público y por la imprenta, lo trataran de embustero, con desdoro de su carácter como jefe, y de su honor como militar; porque le han probado con datos incontestables que mentía.

Esto es lo principal de este parte, pues lo demás contiene burletas contra Santa Anna y dicharachos de gente ruin y baladí. La pérdida de Scott fue grandísima, no se atrevió a fijarla, pero se puede asegurar que en dos acciones como ésta se queda sin ejército.

La juventud estudiosa ha tomado parte en el armamento, pues en la Universidad están todas las tardes haciendo ejercicios los practicantes de medicina y jurisprudencia, se aman mutuamente, y se emulan en la gloria.

Desde la madrugada del día 20 principió a ponerse en marcha el resto del ejército con mulas de carga y carros: a las nueve de la mañana vino a la fortaleza el general don Antonio Castro, con unos trescientos dragones, que se llevaron el tabaco y naipes que allí había depositados, y mil pesos que en el registro que hicieron halló escondidos un sargento, se los quitó un capitán y se fue con ellos no se sabe dónde. La plata labrada y ornamentos pertenecientes a la capilla de la fortaleza los remitió el comisario al cura de Perote el 19 al mediodía. Los enfermos mandó por ellos el alcalde, a quien le suplicaron hiciera esta caridad, para que no quedaran abandonados. Los presidiarios, no teniendo quien les impidiera la salida, se fueron todos, llevándose cada uno lo que pudo coger. Los criminales, incluso los sentenciados a la última pena, salieron custodiados por los nacionales de Jalacingo, cuyo alcalde por no tener con qué mantenerlos los puso en libertad.

Quedaron en el pueblo de Perote el general Landero con su familia, el general Durán con su esposa, y el teniente coronel de artillería Velázquez; este último para hacer entrega de la fortaleza, según él mismo nos dijo después. Landero se fue al pueblo de Altotonga, Durán a un pueblo de la sierra, y Velázquez a Puebla. Los enemigos tornaron posesión de la fortaleza el día 24, admirados que se les hubiera abandonado de aquel modo: pronto metieron en ella gran cantidad de víveres, parque en abundancia y unos trescientos hombres de guarnición. A las diez del día 20, aún no acababan de salir los restos del ejército del pueblo de Perote, porque allí como en el camino no había más orden ni arreglo de marcha que la voluntad y posibilidad de cada uno, así es que desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche estuvieron llegando a Tepeyahualco, donde hubo muchas dificultades para encontrar alimento. Desde este punto hasta Nopalucan se caminó en dispersión, llegando cada uno cuando podía: en este pueblo alcanzamos a los generales Canalizo, Alcorta, Gaona, Juvera, Arteaga, Zenea y otros, y como cuarenta coroneles, jefes y oficiales: allí recibió Canalizo un extraordinario del gobierno que buscaba al general Santa Anna, de quien se ignoraba el paradero, aunque se sabía que estaba vivo, porque había despedido sobre su marcha a varios ayudantes que lo siguieron. Abiertos los pliegos por el segundo en jefe, en la suposición que vendrían órdenes relativas al ejército, se halló que el gobierno decía a Santa Anna que el revés sufrido no debía desanimarlo, confiando en su genio creador, su valor acreditado, sus talentos, actividad y pericia, etc.: que reuniría nuevamente un ejército brillante, con el que contendría y castigaría al osado enemigo, para lo cual debía contar con los grandes recursos de la nación, pues la patria todo lo esperaba de él, etcétera, etcétera.

No ha dicho lo mismo el gobierno, ni cosa que se le parezca, a otros generales cuando han perdido, porque no es lo mismo ser juez en causa propia que en causa ajena.

Antes de llegar a Puebla recibió el general Canalizo órdenes de Santa Anna para que protegiera la fortaleza de Perote, y el general Gaona para que se sostuviera en la referida fortaleza, mientras que podía auxiliarlo (después de que lo auxiliaran a él) poniéndole entretanto en el mejor estado de defensa. Desde Huatusco u Orizaba, dictaba estas medidas, llamando cuartel general al lugar de su fuga, un general en jefe que ignoraba la suerte y situación del resto de su ejército, que fugitivo también no supo de él en cuatro días, ni tenía órdenes anteriores para la conducta que debía observar en caso de derrota; cuando el general Santa Anna sabía, de una manera positiva, que el general Gaona no tenía pólvora para un solo tiro de cañón, y cuando el mismo Santa Anna en su parte al gobierno con fecha 22 en Orizaba, le dice que el enemigo, aprovechando su triunfo, se propone seguir hasta la capital, y que él estaba providenciando organizar una fuerza para poder hostilizarlo por su retaguardia. ¿Acaso se proponía este general ir a tomar Veracruz, o con menos fuerza que la derrotada, o atacar al enemigo que lo había vencido, y que suponía que podría detenérselo el general Canalizo en las cercanías de Perote, mientras él le buscaba la retaguardia entre este punto y Jalapa? Inconcebible parece tanta contradicción, tanta ignorancia en documentos oficiales de un hombre, que ya como general en jefe, ya como presidente debiera cuidarse de no mentir tan descaradamente, engañando de este modo estudiado a la nación entera.

Aunque nos abstenemos de comentar este parte porque nos avergonzamos de que un general en jefe no lo sepa hacer mejor, no podemos menos que indignarnos de los olvidos voluntarios y las ideas manifestadas en el referido documento. ¿Se olvida Santa Anna que la nación sabía, y él mismo había dicho con jactancia, la fuerza que tenía en Cerro Gordo? ¿Por qué la disminuye ahora, hasta el grado que cada compañía podía tener un general que la mandara? ¿Por qué culpa del funesto resultado a los guardias nacionales solamente? ¿Por qué aumenta el número de los enemigos a más del duplo, cuando los que lo atacaron ni igualaban con mucho la fuerza que él tenía? ¿Por qué, en fin, después de derrotado, nos dice que los pueblos están aturdidos, que él está admirado, y que son necesarias severas y ejecutivas providencias? ¿No conoce Santa Anna que a los pueblos no les agrada que los amenacen cuando triunfa y los culpen y regañen cuando pierden, y mucho menos que los burle, con decir: ya he mandado órdenes a Canalizo para que con una pequeña parte de los derrotados me detengan por Perote a los que nos han vencido, mientras que el gobierno me auxilia a mí, y yo puedo ir a hostilizar al enemigo por la retaguardia? ¿Qué, ha creído el señor Santa Anna que somos unos idiotas? Continuemos con el ejército y los sucesos posteriores.

Desde que llegaron a Puebla los primeros fugitivos de Cerro Gordo, esta ciudad se puso en consternación; las madres y parientes de los soldados del batallón de los Libres, y de los que fueron en la brigada de Arteaga, salieron al camino a esperar a sus deudos y a informarse de la suerte de los que aún llegaban; y como quiera que los primeros que regresaron a sus casas dijeron tantas mentiras, la consternación se convirtió en espanto; los cuentos que circulaban aumentaron el terror, y principiaron a salir muchas familias. Las monjas, a cuyos recintos llegaban estas noticias exageradas, estaban reducidas a la aflicción más amarga, rezando continuamente para que Dios las librara de la calamidad que se aguardaba. Los frailes y cofradías, en lugar de predicar en favor de la defensa de la patria induciendo al pueblo a que se defendiera, lo estimulaba a hacer oración y penitencia; y conducían por las calles en solemnes procesiones cargando cruces, medallas y escapularios, a cuatro o cinco mil hombres, que hubieran hecho mejor en cargar cada uno su fusil.

Éste era el estado de la ciudad de Puebla cuando llegó allí el resto de nuestro ejército. El gobierno dio órdenes a Canalizo para que se pusiera inmediatamente a las del general en jefe, que se hallaba en Orizaba, de quien las recibió para que al momento marchase con todas las tropas a San Andrés Chalchicomula, extrañándole, agriamente, que no hubiese obedecido sus órdenes anteriores de defender Perote, cuyo oficio contestó Canalizo en el mismo tono, extrañando al general en jefe otros procederes suyos.

Desde el primer general hasta el último soldado de los que entraron a Puebla, hablaban de Santa Anna en los términos más deshonrosos, protestando los primeros que no volverían a servir bajo sus órdenes; pero sólo fueron protestas de nuestros militares, por lo que después se ha visto.

Salieron las tropas para San Andrés, desmoralizadas y de muy mala gana, habiendo recibido en Puebla cuarta parte de paga, y llevando para Santa Anna 21 000 pesos en plata; porque desde que hizo alto en Orizaba no cesó de pedir dinero al gobierno, diciéndole que diariamente se duplicaba la fuerza que tenía, y que muy pronto presentaría otro ejército mayor que el perdido en Cerro Gordo; sumando todas las cantidades que le mandaron, las que recibió de Orizaba y Puebla, y el producto del maíz que vendió del Obispado, que en quince días había recibido para los pocos soldados que tenía, doce mil pesos; ésta fue la miseria con que luchó, según dijo al Congreso en el escrito que presentó para renunciar a la presidencia.

Después de la salida de las tropas para San Andrés, llegaron a Puebla los prisioneros de Cerro Gordo, generales Pinzón y Noriega, y oficiales de marina don Blas Godines y don Sebastián Holzinger, quienes confirmaron algunos noticias importantes, y entre ellas, que muchos cajones de nuestro parque en Cerro Gordo contenían cartuchos de instrucción sin balas, y otros con tierra en lugar de pólvora y balas de diversos calibres.22

El general Bravo, que estaba en Puebla de comandante general, publicó una proclama invitando al pueblo a tomar las armas; pero éste manifestó el mayor desaliento, emigrando temeroso de que le forzaran a defender la ciudad, para lo que manifiestamente ninguna voluntad tenía.  

En Cerro Gordo, su parte y la carta particular del falso triunfo del 17 costó a la nación, el día siguiente, cuarenta piezas de artillería, todo el parque, trenes, víveres, dinero y vestuarios que allí tenía; mil quinientos muertos, heridos y dispersos; seis mil fusiles perdidos, la rendición a discreción de cinco generales con tres mil setecientos hombres que entregaron las armas, la deshonra de una división de casi tres mil caballos que huyeron a escape con el segundo en jefe, el mayor general, quince generales, cuarenta jefes y ciento cincuenta oficiales que apenas descansaron hasta Puebla, la fortaleza de Perote que se abandonó al enemigo con otras cuarenta piezas de artillería, cuatro morteros y todo lo que había en sus almacenes, y un espacio de cincuenta y dos leguas que se le dejó libre, cosa que no han hecho ni los argelinos. Todo esto, hasta los que no son veracruzanos capitulados, lo saben en Veracruz, y lo tienen a deshonra.23

En Amozoc, el estruendo del tercer tiro de cañón del enemigo puso en huida a dos mil dragones mandados por Santa Anna, que continuó su fuga hasta México, con la infantería que había en Puebla, abandonando esta ciudad y el camino hasta México. ¿Qué más has hecho, ejército, te preguntarán los pueblos? ¿Para qué más nos has servido que redundara en provecho nuestro, general Santa Anna? Y tú dirás: "He derrotado un imperio y fundado una república, deshice ésta dejándole el nombre, proclamé una federación y la cambié en un gobierno central, mandé luego a mi capricho, lo perdí todo con el pueblo en 1844, y ahora lo quiero ganar todo engañándole y castigándolo después porque me desterró". Tan grandes méritos y servicios merecen ya descanso; los pueblos te lo dan, lo que te falte que hacer ellos lo harán solos, y ni aun necesitarán de ese otro ejército de treinta mil empleados en rentas, propagadores de la fe, defraudadores de la esperanza y sanguijuelas de la caridad pública; hijos reconocidos del general que paga tan bien a sus servidores con los caudales de la nación.

Si este general pródigo de lo ajeno hubiera mandado en Veracruz durante el asedio, él habría calificado de heroica la defensa de esta plaza, y de héroes a su guarnición, premiándolos con un empleo como a los de Angostura, México y Cerro Gordo; pero los que murieron en esta defensa no han merecido ni un pobre responso de los mexicanos, ya que no exequias lujosas como las que se han hecho a las víctimas de la guerra civil, ni los heridos y pobres de esta plaza han recibido una prueba de afecto y de compasión de sus hermanos del interior, ni los arruinados han oído decir que los particulares, el gobierno, ni el Congreso, se hayan condolido de su desgracia. Los consuelos que han recibido son injurias; la justicia que se les ha hecho, agravios; y las gracias que se les han dado, ultrajes de Santa Anna y desprecios del gobierno, que ni los partes de nuestros generales han querido publicar. Cada uno pone la mano en su pecho y dice para sí: la conducta del gobierno desde antes del bloqueo, la del ejército en general y particularmente de los que se hallaban en México; la de muchos generales, jefes y oficiales que no eran de la guarnición sacrificada; la del Congreso general, la de las legislaturas de los estados, menos la de Puebla; y por último, la del general Santa Anna con los veracruzanos en este último conflicto, nos están diciendo: Ninguno de vosotros es considerado como mexicano, ninguno fuera de su estado y del de Puebla ha hallado fraternidad ni simpatías, aunque habéis contribuido más que ninguno a los cargos públicos, y en las calamidades fuisteis los que más habéis sufrido. Veracruz siempre ha perdido; franco y generoso, siempre ha dado; fiel y valiente, siempre se ha batido, y hoy tiene el sentimiento de decir que ninguno ha agradecido su proceder, ni ha compadecido sus emigraciones, sus quebrantos y desgracias. Hasta los mismos hijos del estado, cuando han vestido el uniforme del ejército, o subido a México a ocupar destinos del gobierno, en general se han convertido en azote cruel de Veracruz. México es el centro de las intrigas y de las maldades; es la vorágine de la República que absorbe cuanto ella produce; ese México lleno de los vicios de las cortes y sin conocer ninguna de sus virtudes, ese soñado señor de la nación, que sin antecedente ni mérito alguno, ha querido juzgarse él solo la República, y ha logrado embriagar a cuantos han gobernado, para persuadirlos de que su catálogo político no debía extenderse fuera de los suburbios de aquella ciudad, si no era para avasallar a ella los demás pueblos; por eso es que hace algún tiempo se le mira como a un padrastro y no como a un padre, y se le culpa como causa del abandono con que el gobierno ve a los estados, dejándolos entregados a sus solos recursos, para sangrarlos como y cuando le pluguiese.

¿Qué ha hecho esa corrompida capital en las guerras extranjeras? En la de 1829, preparar traidoramente la caída del general Guerrero; en 1838, concurrir a los espectáculos y olvidar a Veracruz que estaba atacada y no merecía un solo recuerdo de favor, aunque sí muchas promesas; en la presente... ¡vergüenza causa decirlo!, reñir por gobernar, llenarse de cieno levantando estandartes revolucionarios, en vez de volar en busca del invasor que pisaba el suelo sagrado de la patria... Ésta es virtud que México no conoce.

En México no hay ya más que corrupción, y de allí se trasmite a los demás estados, por conductores magnéticos, que son los malos militares y los malos empleados del gobierno; los que Veracruz ha llamado hombres de la Revolución, del robo y de las traiciones. ¡Veracruz! piensa en ti! ¡nadie pelea como tú! ¡nadie da como tú! ¡nadie se sacrifica ni sufre como tú, y a nadie se ultraja como a ti!24

l7 Cuéntase de un hombre a quien otro le hizo la mala obra de darle una fuerte paliza; quejóse con un amigo suyo de lo mal parado que había quedado, llenóse de furor, y exclamó como consolándose: "Pero estoy bien vengado... ¿Pues qué le ha hecho usted —le preguntó su amigo—, que ha conseguido un triunfo?" "¿Qué?... Que le he pegado una pedrada a su perro, que le hice dar tres vueltas," Pásanos aquí otro tanto, consolándonos con referir las desgracias que tuvo el enemigo que de nada nos aprovecharon.

18 Achicáa compaé. Dijo un andaluz a otro muy ponderativo. Achicáa.

19 La causa de los mexicanos era de la patria, la de sus enemigos, era el robo, rapiña y conquista de un país ajeno, envidiado por las riquezas.

20 Alabaos Coles, uno no hay quien os alabe

21 ¡Mentira!

22 Sobre esto hablan después y con escándalo.

23 Esto hizo el general a quien los puros proclaman generalísimo y dictador... Conozcámoslos

24 Ésta es una descripción demasiado dura, pero en su mayor parte justa y exacta. Desde al año de 1821, al establecerse la federación, no faltaron departamentos que llamaron a México la prostituida Babilonia, y la experiencia posteriormente confirmó este concepto. La obra de su regeneración no es obra de los hombres, lo es de Dios: la vamos a ver, y el realizarla costará grandes sacrificios que producirán un cambio de gobierno. En conclusión, lo hasta aquí dicho prueba que Santa Anna es un fenómeno de la especie humana, al mismo tiempo que prueba la sabiduría en lo malo que tienen los Estados Unidos, pues supieron escoger al hombre más a propósito para realizar sus miras de destrucción de la República Mexicana. Yo entiendo que aun ellos mismos han quedado absortos al ver que Santa Anna ha excedido sus esperanzas.