Principia Iturbide a descubrir sus proyectos ulteriores


Llegamos
a la época memorable en que el generalísimo almirante, cansado de sufrir desaires, temiendo cada instante resoluciones del congreso que le despojasen de sus atribuciones y del mando, descubrió en un momento la ambición que inútilmente había querido ocultar desde el principio de sus empresas. Estaba pendiente la discusión de un proyecto de ley, en que se declaraba incompatible el mando del ejército con las funciones del poder ejecutivo que presidía Iturbide, con lo que se intentaba despojarle de una de las dos que entonces ejercía, y que causaba las alarmas de los liberales. En aquella época, aun las más prudentes precauciones parecían ataques dados al gobierno, por el modo con que se presentaban y el aspecto que se las daba. ¿Qué cosa más justa que separar el mando de las armas de las mismas manos encargadas del poder ejecutivo? Con todo, Iturbide veía en esta medida una agresión a sus derechos, y se queja de ella en sus memorias. Para hablar con documentos incontestables, debería transcribir en este lugar las actas del congreso y los papeles de aquella época; pero no siendo mi  ánimo escribir por ahora más que un ensayo o breves memorias de aquel tiempo, copiaré lo que el mismo Iturbide dijo, y después pronunciaré mi juicio, que vale tanto como el de uno de los principales actores en aquellos sucesos. He aquí lo que escribía:

    (18 de mayo de 1822.) Este día memorable a las diez de la noche, el pueblo y la guarnición de México me proclamaron emperador. El aire resonaba en aquellos momentos con los gritos de viva Agustín I. Inmediatamente, y como si todos los habitantes estuviesen animados de los mismos sentimientos, aquella vasta capital se vio iluminada, los balcones se cubrieron de cortinas, y se ocuparon de los más respetables habitantes, que oían repetir con gozo las aclamaciones de la multitud que llenaba las calles, con especialidad las que estaban cercanas a la casa que yo ocupaba. Ni un solo ciudadano expresó la menor desaprobación, prueba evidente de la debilidad de mis enemigos y de la unanimidad de la opinión pública en mi favor. No hubo accidente ni desorden de ninguna especie. Mi primer deseo fue el de presentarme y declarar mi determinación de no ceder a los votos del pueblo. Si me abstuve de hacer esto, fue únicamente porque me pareció prudente deferir a los consejos de un amigo que estaba en aquellos momentos conmigo. Apenas tuvo tiempo para decirme. "Se considerará  vuestro no consentimiento como un insulto, y el pueblo no conoce límites cuando está  irritado. Debéis hacer este nuevo sacrificio al bien público; la patria está  en peligro: un rato más de indecisión por vuestra parte, bastaría para convertir en gritos de muerte estas aclamaciones". Conocí que era necesario resignarse a ceder a las circunstancias, y empleé toda esta noche en calmar el entusiasmo general y en persuadir al pueblo y a las tropas, que me permitiesen tiempo para decidirme, y entre tanto prestar obediencia al congreso. Me mostré muchas veces para arengar, y escribí una corta proclama que se distribuyó la mañana del 19, en la cual expresaba los mismos sentimientos que en mis arengas. Convoqué la regencia, reuní los generales y oficiales de graduación, y al mismo tiempo instruí al presidente del congreso de lo que pasaba, invitándole a reunir en el momento los diputados en sesión extraordinaria. La regencia fue de sentir que yo debía ceder a la opinión pública; los oficiales superiores del ejército añadieron también que aquélla era su opinión unánime; que era necesario que yo aceptase, y que yo no tenía facultad para obrar conforme a mis deseos, pues había consagrado mi existencia a la patria; que sus privaciones y sufrimientos serían inútiles, si yo persistía en mi negativa; y que habiéndose comprometido por mí, y prestádome una obediencia ciega [nótense estas palabras], tenían derecho a exigir condescendencia por mi parte. En seguida redactaron una representación al congreso, pidiéndole tomara en consideración este asunto importante. Este documento fue firmado también por el hombre que ejerció después las funciones de presidente de la reunión, de donde emanó el acta de Casa Mata [habla del general Echávarri], y por uno de los actuales miembros del poder ejecutivo [habla del general Negrete].

    El congreso se reunió al día siguiente. El pueblo llenaba las galerías y las entradas del salón; sus aclamaciones no cesaban sino para comenzar de nuevo; se advertía una alegre agitación sobre todos los semblantes; los discursos de los diputados eran interrumpidos por manifestaciones de impaciencia de la multitud. Muy difícil es obtener orden en semejantes momentos; pero una discusión tan importante lo requería, y a fin de conseguirlo, el congreso me invitó a concurrir a su sesión. Se nombró una diputación para comunicarme esta resolución. Al principio me negué a este paso, fundado en que el congreso se iba a ocupar de cosas que me concernían personalmente, y que se podría mirar mi presencia como un obstáculo a la libertad de los debates, y a la expresión de la libre voluntad de cada miembro. Sin embargo, la diputación y varios oficiales generales consiguieron su objeto de decidirme a aceptar la invitación, y me dirigí al momento al lugar en que estaba reunido el congreso. Era casi imposible pasar por las calles; ¡tan llenas estaban de los habitantes de la capital! El pueblo desunció mis caballos y tiró de mi coche hasta el palacio del congreso, haciendo resonar el aire con las más vivas aclamaciones. Al entrar en la sala en que estaban juntos los diputados, el pueblo llevó sus aclamaciones hasta el entusiasmo, y salían de todas partes.

    La cuestión de mi nombramiento se discutió inmediatamente, y ni un solo diputado se opuso a mi elevación al trono. La excitación que manifestó un corto número, provino de que no creían bastante amplios sus poderes para resolver esta cuestión, les parecía que era necesario consultar a las provincias, y pedirlas una adición a los poderes que habían acordado a sus diputados, u otros nuevos aplicables a aquel solo caso. Yo apoyé esta opinión, porque me ofrecía una ocasión de buscar un modo evasivo para no aceptar una dignidad que yo renunciaba de todo mi corazón. Pero la mayoría expresó una opinión contraria, y fui elegido por sesenta votos contra quince. Los miembros de la minoría no me rehusaron sus sufragios; se limitaron simplemente a expresar su opinión de que se consultase a las provincias, porque no se creían con poderes amplios. Me declararon al mismo tiempo que sus comitentes estarían de acuerdo con la mayoría, y pensarían que lo que se había hecho era bajo todos aspectos ventajoso al bien público. Jamás vio México un día señalado por una satisfacción más completa; y todas las clases de sus habitantes la manifestaron del modo menos equívoco. Volví a mi casa lo mismo que había ido al congreso; mi coche era llevado por el pueblo, y una multitud de ciudadanos a mi rededor me felicitaban y daban testimonios de la alegría que experimentaban al ver cumplidos sus votos.

    La noticia de estos acontecimientos se trasmitió a las provincias por correos extraordinarios, y las respuestas que llegaron sucesivamente, no sólo expresaban, sin excepción de una sola ciudad, la aprobación de lo que se había hecho, sino aun añadían que aquello era puntualmente lo que deseaban, y que hubieran expresado sus votos mucho tiempo antes, si no se hubiesen considerado como impedidos de hacerlo por el plan de Iguala y tratado de Córdoba que habían jurado. Recibí también las felicitaciones de un hombre que mandaba un regimiento y ejercía un grande influjo sobre una porción considerable del país. Me decía que su satisfacción era tan grande, que no podía disimularla; pero que había tomado disposiciones para proclamarme en caso de que no se hubiese verificado en México. [Esto hace alusión a D. Antonio López de Santa-Anna.]

Los lectores han visto cómo refiere Iturbide este hecho. Daré algunas pinceladas a este cuadro, y la verdad aparecerá  desnuda; la verdad, que si siempre es interesante en la historia, lo es mucho más en la relación de los sucesos que han de influir notablemente en la suerte futura de un gran pueblo.

Hemos visto al general Iturbide en choque abierto con el congreso, y a una mayoría de esta asamblea preparando diariamente decretos para disminuir sus facultades. Las logias escocesas hacían progresos igualmente en las provincias que en la capital, y el primer artículo de su fe era hacer la guerra de todos modos al héroe de Iguala. Los antiguos insurgentes, ese partido numeroso que hizo por tantos años la guerra a los españoles, eran también enemigos de este jefe. Los españoles todos, las familias conexionadas con éstos, los abogados jóvenes, todos éstos le eran poco adictos, y aunque la masa de la nación le estaba agradecida, era muy dudoso si lo quería para monarca. En la noche del 18 de mayo, la plebe de los barrios de México, excitada por individuos que después fueron muy marcados, se juntó desde las ocho de la noche, y dirigiéndose hacia la casa del señor Iturbide, gritaba: Viva Agustín I ¡Viva el emperador! Se disparaban al mismo tiempo varios tiros, algunos con bala, y muchas casas se iluminaron, por simpatía y adhesión unas, y por temor otras. Los generales adictos a Iturbide coadyuvaron, y no faltaron cuerpos que se acalorasen en esta causa. Los enemigos de éste se acobardaron, y temieron ser víctimas aquella misma noche. Habían visto a Iturbide cruel e inexorable cuando hizo la guerra a los insurgentes, y temían que armado ahora de un poder absoluto resucitase su antigua ferocidad, y tomase una venganza ruidosa y sanguinaria. El sistema de lenidad que había adoptado este caudillo y seguido constantemente desde su nueva carrera, no les daba suficientes garantías para lo sucesivo. Debemos decir, en obsequio de la verdad, que jamás desmintió por ningún acto de crueldad las protestas que había hecho de respetar la sangre de los conciudadanos. Mas un hombre que se ha hecho temible por actos de severidad, es siempre considerado como capaz de repetir los mismos actos. Todos aquellos, pues, que habían hecho oposición a las pretensiones de Iturbide, temblaron aquella noche, y algunos vinieron a buscar asilo en mi casa. México estaba en el terror por parte de éstos, y en la exaltación y tumulto por la de los partidarios del héroe. La plebe ya se sabe la que es.

Estaba de presidente del congreso D. Francisco Cantarines, que había sucedido a D. Juan Orbegozo en esta plaza, y pertenecía como él al partido de la oposición. Iturbide llamó al presidente del congreso, y le manifestó la necesidad que había de reunir la sesión, en lo que convino Cantarines sin ninguna dificultad. Los repiques de campanas, los tiros de fusilería y cohetes, la gritería de cuarenta mil léperos o lazaronis, las patrullas de tropas, todo formaba un laberinto, una confusión que no podía dar lugar a pensar con libertad. El congreso se reunió a las siete de la mañana; pero faltaron muchos diputados, que no consideraron deber concurrir a un acto, en que no se podía hablar ni votar con libertad. D. Francisco Antonio Tarrazo, D. Pedro Tarrazo, D. Manuel Crescencio Rejón, D. Fernando del Valle, D. José María Sánchez, D. Joaquín Castellanos, D. Juan Rivas Vértiz, D. José María Fagoaga, D. Francisco Sánchez de Tagle, D. Hipólito Odoardo y otros no concurrieron por la razón expresada. La discusión dio principio a las diez en presencia de Iturbide como se ha dicho. En los bancos de los diputados estaban mezclados oficiales, frailes y otras gentes que, juntamente con los de las galerías, gritaban: ¡Viva el emperador y mueran los traidores! ¡El emperador o la muerte! Varios diputados del partido de Iturbide pidieron, por una proposición firmada, que se procediese a elegirle emperador. Algunos se opusieron, y tuvieron bastante energía para subir a la tribuna y exponer las razones en que se fundaban; pero sus voces eran sofocadas por los gritos amenazadores de las galerías, y los diputados se veían obligados a descender en medio de los insultos y silbidos de una plebe que faltaba a todos los miramientos debidos al congreso. Iturbide, es verdad que hacía esfuerzos por mantener el orden, y procurar acallar a aquellos forajidos; mas el remedio era levantar la sesión, o por mejor decir, no haberla abierto. Pero ¿cómo había de tomarse semejante medida, cuando se quería sacar de la sorpresa y violencia una elección que después hubiese quizá sido imposible? Si como Iturbide dice en sus memorias, renunciaba de corazón a este malhadado imperio, ¿cómo consintió en que se hiciese aquella violencia al congreso? ¿Por qué la autorizó él mismo? ¿Creía de buena fe lo que le decía su ministro Herrera, de que el pueblo le sacrificaría si no aceptaba la corona? ¿Es posible que él mismo estuviese persuadido de que ni un solo diputado se opuso a su elevación al trono, como asegura en sus memorias, cuando sabía, y hemos visto, que la mayoría del congreso le era contraria? Lo cierto es, que no hubo libertad en aquel acto, y que fue únicamente obra de la violencia y de la fuerza.

No es esto decir que la nación no hubiera nombrado en aquellas circunstancias emperador a D. Agustín de Iturbide mejor que a otro alguno. Las ideas republicanas estaban en su cuna: todos parecían contentos con una monarquía constitucional. Cuando D. Lorenzo de Zavala, diputado por la provincia de Yucatán, salió para el congreso de México, circuló una nota a varios ayuntamientos proponiendo tres cuestiones: 1ª Qué forma de gobierno debería sostener en el congreso. 2ª En el caso de ser monárquico, qué familia sería la mejor para gobernar. 3ª Si se debería pedir y sancionar la tolerancia religiosa. ¿Quién creería que ni un solo ayuntamiento contestase más que el que se sujetase al plan de Iguala? Una de estas corporaciones hizo contra él una exposición al generalísimo Iturbide, porque había tenido la osadía de hacer aquellas cuestiones importantes. Tal era en lo general el estado del país. De consiguiente, no hubiera sido antinacional la elección de Iturbide para el trono, si se hubiese hecho por otros medios, después de conocer la nación que la familia llamada había faltado por su parte, y que los mexicanos se hallaban libres del pacto contraído al tiempo de hacerse la independencia. Yo por mi parte, hablando de buena fe, no sé qué era lo que más convenía a una nación nueva, que no tenía ni hábitos republicanos, ni tampoco elementos monárquicos. Todos debían ser ensayos o experimentos, hasta encontrar una forma que fuese adaptable a las necesidades y nuevas emergencias de la nación. Las cuestiones abstractas de gobiernos han causado en los estados americanos más males que las pasiones mismas de sus jefes ambiciosos.

No es extraño que las provincias felicitasen al nuevo monarca, si se considera lo que he dicho, y mucho más si se reflexiona que aquellas provincias eran representadas por ayuntamientos o diputaciones provinciales presididas por los jefes militares que dependían del nuevo emperador, que lo esperaban todo de él, y que no eran los órganos legítimos de la voluntad de los ciudadanos. Los habitantes de las provincias oyeron el advenimiento de Iturbide al trono, como un suceso que no les tocaba, como una sustitución de una familia en lugar de otra; y es natural que el sentimiento de nacionalidad hablase en favor del hijo del país. Si Iturbide en lugar de mendigar del congreso existente los sufragios para el imperio, hubiese apelado a la nación haciendo una nueva convocatoria, llamando diputados propietarios; o dueños de algún capital, y sujetando su elección a un escrutinio de esta nueva asamblea, que estuviese autorizada con poderes de sus comitentes ad hoc, quedando entre tanto con el mando en una especie de dictadura, es más que probable que se hubiera ratificado su elección y marchado en armonía con el nuevo congreso. Pero los medios de que se valió, y la absurda conducta de mantener el mismo congreso que había recibido la humillación de verse obligado a elegirle emperador, fueron las principales, causas de su caída. El terror subsistió por algunos días. En este intervalo, los agentes de la nueva dinastía hacían proposiciones que eran aprobadas al momento, para hacer la corona hereditaria, y declarar príncipes los parientes del nuevo monarca. La familia imperial existía; pero estaba como aislada en medio de un vasto océano. No había alta nobleza, no había aquella aristocracia que forma como los escalones al trono, y le sirve de sostén y de apoyo. Las monarquías en Europa se encuentran aclimatadas por la serie de siglos que cuentan, por los hábitos contraídos de veneración y respeto a los nombres históricos de que están llenos los anales de los pueblos cultos, por las relaciones diplomáticas, por las ceremonias y empleados de palacio, por los edificios mismos en que habitan los reyes. ¿Qué debe parecer en las Américas una familia real que necesita comenzar, para tener algún prestigio, creando esos adminículos, que si existen en el día es solamente por su antigüedad, y que sería ridículo pensar en hacerlos nacer en un tiempo como el nuestro? ¿En dónde tomar esos chambelanes, esos maestros de ceremonias, esos grandes cancilleres, esos caballerizos, y tantos otros personajes, cuyos nombres son desconocidos en nuestros diccionarios políticos? Y esa cámara hereditaria, esa nobleza cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos feudales, ¿cómo darle existencia? Estamos viendo que Napoleón, con todo su poder, con toda su gloria, no ha podido hacer un solo noble cuyo origen no lleve consigo la nota de su reciente fecha, a pesar de hablar en favor de éstos los hechos inmortales de Marengo, Austerlitz, Jena, Tilsit, y el nombre mágico del conquistador de Europa; ¿qué hubiera hecho sin la antigua nobleza que llamó a su lado?

Iturbide estaba, pues, como desairado, y todo parecía una comedia. Hablando de la imposibilidad que en su opinión había para que se pudiese establecer en México un gobierno republicano, dice en sus memorias, que esos amantes de teorías no consideran que en el orden moral como en el físico todo debe marchar lentamente, y que no estaba suficientemente ilustrado el país para aquella forma de gobierno. ¿No se le podía decir que este principio era más aplicable a su monarquía? En efecto, nada se había hecho y ya teníamos un emperador y una nueva dinastía. Desde un fantasma de guardias de corps hasta el trono había un intervalo inmenso que llenar: existía un vacío que hacía conocer y sentir lo poco natural de aquella posición. Se querían imitar las cortes de Europa, así como después se han querido imitar los Estados Unidos. ¡Parodias ridículas, cuya duración sólo depende del momento en que se conoce la extravagancia!. El tratamiento de Majestad, las genuflexiones de Madrid, el favoritismo, la camarilla, las libreas, hasta la unción prestada de los reyes de Francia y emperadores de Austria, todo esto había; pero lo había tan desairado, tan desaliñado, tan desnudo, tan cómico, que parecía que en cada acto, en cada paso, en cada ceremonia se ponían los representantes a recordar su papel. Se veía la estampa que representaba a Napoleón con sus vestidos imperiales, para que el sastre hiciese otros iguales; para que Iturbide tuviese la misma actitud, es decir, esa actitud inmóvil que tienen los cuadros. Se suscitaban cuestiones muy serias sobre los óleos, y se hubiera dado la mitad de las rentas de la corona para obtener una parte del de la redoma de S. Remigio. ¿Podía subsistir semejante establecimiento? Los más reservados y discretos se burlaban de esta farsa, en la que no veían más que un empeño temerario en querer trasplantar a América instituciones y ceremonias, cuya veneración en otras partes no puede venir sino de la tradición y de la historia. Pero no era solamente esa ausencia de elementos monárquicos la que oponía obstáculos a la creación de un trono vestido a la antigua como quería Iturbide. La tendencia de las naciones cultas de Europa a sacudir los hábitos e instituciones feudales; esa lucha entablada entre el pueblo y la aristocracia; esa guerra entre los partidarios de la libertad y los patronos de los abusos, presentada a los americanos en las obras clásicas que circulan entre sus manos, les hacían y hacen entender, que nada hay más absurdo que intentar levantar en las nuevas naciones esos edificios góticos, mientras en la Europa se trabaja constantemente en hacer desaparecer hasta sus vestigios. Los habitantes de los nuevos estados de América no conocen esos hábitos de respeto a la nobleza, ni las diferentes jerarquías creadas por las emergencias de la Europa bárbara. Destruido el sistema de terror, que era el principal resorte del gobierno colonial, era un delirio intentar reorganizar la sociedad sobre los modelos de los pueblos viejos del antiguo continente. Iturbide, imitando las ceremonias y ritos reales de Madrid o Saint-Cloud, no causó más ilusión que si hubiese tratado de representar el papel de Ulises o de Agamenón. Tan extrañas eran para los mexicanos unas como otras; y quizá el régimen patriarcal hubiera tenido más partidarios.

Los que querían el bien efectivo del país no disputaban acerca del nombre, sino sobre la forma que se daría al gobierno y la dirección que tomarían los asuntos. Lamentaban la ceguedad de los partidos, que se hacían la guerra por nombres y por personas; querían garantías individuales, y sus consecuencias, que son: libertad de imprenta, libertad de cultos y gobierno representativo; querían que no se imitase a ningún país servilmente, ni se fuesen a copiar sus instituciones y tomar prestadas sus leyes; que las que se formasen naciesen de las necesidades, de las costumbres, de las relaciones y circunstancias de la nueva patria; querían que se rompiesen todas las cadenas que debieron desaparecer al hacerse la independencia; que esas tropas permanentes, instrumento de los tiranos bajo diferentes denominaciones, se retirasen a las costas o fronteras; que los ciudadanos obrasen bajo las inspiraciones de su interés social y no bajo el imperio de las bayonetas; que se retirase ese aparato militar de las casas o palacios de los supremos poderes, y no temiesen estos mismos ser el juguete de la fuerza armada. Esto querían; pero esto era muy difícil, muy arduo. ¿Qué se hubiera hecho entonces de esa multitud de nuevos legisladores, que venían de los colegios con sus conocimientos a la europea, y lo que es todavía peor, sin las luces que al menos se adquieren en el antiguo continente con una educación cuidada y aplicación constante? Jóvenes que acababan de leer las malas traducciones que llegaban a América de MM. B. Constant, de C. Filangieri, de Desttut de Tracy: abogados eclesiásticos que habían hecho sus estudios en esos colegios o universidades en que, como he dicho, no se enseñaba nada de sólido; éstos eran, y no podían ser otros los legisladores, consejeros, jueces y ministros. Iturbide y sus cortesanos se habían propuesto por modelo la corte de Napoleón y sus decretos: los borbonistas querían y quieren un vástago de la familia de Borbón, que consideran como una tabla de naufragio en la tempestad que agita aquellos países; los republicanos han echado mano de las voces, fórmulas, instituciones de un país vecino, manteniendo sin embargo los fueros y privilegios del clero y del ejército, la religión romana con intolerancia de otra alguna, y los abusos que nacen de estos principios destructores de su figurada república. Pero aún no es tiempo de hablar de esta materia. Iturbide, sus ministros y favoritos, tenían por modelo como he dicho a Napoleón. Los Cien días, el Memorial de Santa Helena, las Memorias del emperador; éstas eran las obras que dirigían la política del nuevo gabinete; éstas el manual de los cortesanos. El congreso se había trazado una línea, se había propuesto su modelo; éste eran las cortes de España y su constitución. ¿Qué debería resultar de esta marcha? Un funesto desenlace. Por supuesto se creó, a imitación de la España constitucional, un consejo de Estado nombrado como en la península por el congreso y el rey; un tribunal supremo de justicia, que ocasionó acaloradas disputas entre el poder ejecutivo y el congreso, acerca de quién debería nombrar estos magistrados. Aunque se habían retirado del congreso algunos diputados y no asistían a las sesiones, no por eso influían menos en las resoluciones de esta asamblea. Iturbide encontró una oposición obstinada, un sistema organizado de contradicción en que se estrellaban todos sus proyectos. Es verdad que el congreso había publicado una proclama en 21 de mayo, en la que reconocía la utilidad y necesidad de la elección de este caudillo para el trono; pero en este mismo documento, escrito sin fuego, sin solidez, sin coherencia, se notan estas palabras:

    El congreso se disponía a comenzar de una manera grave y solemne la discusión de una cuestión tan importante; pero los gritos del pueblo, aumentándose a cada instante, la asamblea se convenció de la necesidad de tomar en consideración la dignidad y los derechos imprescriptibles de la nación mexicana, la que si había sido bastante generosa para ofrecer el trono a la familia reinante de España, estaba lejos de imaginar que semejante oferta se hubiese rechazado con menosprecio.


Aunque subsistía el miedo; pero sea la existencia de un suceso que todos habían presenciado, sea un artificio de parte del autor de esta proclama, lo cierto es que tres días después se consignó en ella la violencia que había obligado a la asamblea a obrar de aquel modo.

La guerra más atroz que se hacía a Iturbide era la de escasearle los recursos. No había ningún arreglo en la hacienda ni se presentaban ningunos medios de ponerlo. Las contribuciones estaban enormemente disminuidas como hemos visto, y los gastos se habían aumentado como era natural. El comercio se hacía cada vez más lánguido, por haber cesado las entradas de buques de la península, y aún no se había restablecido el giro con las naciones extranjeras, que apenas comenzaban a tentar muy pequeñas especulaciones. Muy pocos buques llegaban a las costas de México, y los ingresos se habían disminuido por esta escasez hasta una mitad. Muchos españoles salían con sus caudales, y los que quedaban en el país tenían entorpecidos sus giros. ¿Cómo podía ser de otra manera con la conducta seguida por el gobierno español, que declaraba a los mexicanos en estado de rebelión? Algunos buques españoles llegaban al castillo de Ulúa, y desembarcando allí sus efectos, pagaban los derechos al jefe español que lo mandaba, y se introducían después de contrabando en la plaza de Veracruz. Las minas no se trabajaban. Las más ricas habían quedado inutilizadas después de la anterior revolución, y no existían capitales para volverlas a poner en giro. Los antiguos insurgentes se presentaban todos los días pidiendo empleos, pensiones, indemnizaciones y recompensas por sus pasados servicios. No es fácil concebir cuántas ambiciones grandes y pequeñas era necesario satisfacer para no hacer descontentos. Todos los que habían tomado el título de generales, de coroneles, de oficiales, de intendentes, de diputados; todos los que habían perdido sus bienes defendiendo la causa de la independencia, por destrucción o confiscaciones hechas por el gobierno español; los que estaban inutilizados para trabajar por heridas recibidas; en fin, la mitad de la nación pedía, y el gobierno del emperador, en lugar de halagar a estos patriotas, manifestaba sus antipatías personales sin miramiento. Escaseces por una parte y exigencias por otra; ésta era la situación financiera de aquel gobierno. De consiguiente los diputados estaban sin dietas, y la miseria de algunos era tanta que no tenían para sacar sus cartas del correo. Los empleados no eran pagados con exactitud, y las tropas mismas, a pesar de que ésta era la principal atención de la administración, sufrían atrasos en sus pagas. Esta situación era muy desventajosa para un hombre que tenía que luchar contra el congreso y contra los españoles, que no podían perdonar a Iturbide haberse puesto a la cabeza de los independientes, y contribuido tanto al buen éxito de esta causa. Uno de los primeros cuidados del gobierno del señor Iturbide luego que se le eligió emperador, fue enviar a los Estados Unidos del Norte un ministro plenipotenciario, para que promoviese el reconocimiento de la independencia de México y de la nueva dinastía imperial. D. Manuel Zozaya, encargado de esta importante misión, partió para aquella república en julio o agosto de 1822, con D. Anastasio Torrens como secretario. El gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, así como tenían simpatías fuertes para reconocer la independencia de los nuevos estados americanos y entrar en relaciones con ellos, sentían repugnancia al ver establecida una forma de gobierno monárquica. No se apresuraron, pues, a hacer el reconocimiento en el mismo año, aunque sea un principio de su derecho público el reconocer todos los gobiernos de hecho. Mas no pudieron disimular su disgusto al ver levantarse en un país vecino una monarquía, cuyos principales apoyos serían un ejército formidable y el influjo del clero, elementos corrosivos para los países libres y republicanos. El ministro mexicano fue acogido con distinción, y recibió todos los testimonios de afecto privado que eran compatibles con la política adoptada con respecto a México. En el año siguiente veremos al ministro Clay presentarse en el seno de la asamblea, pidiendo en nombre del presidente de los Estados Unidos M. Adams, el reconocimiento liso y llano de la independencia de México, a pesar de las protestas y esfuerzos del ministro español Anduaga. La escena había variado, y México no era ya gobernado por un monarca.

Por el mes de julio llegó a México el Dr. D. Servando de Mier, escapado del castillo de S. Juan de Ulúa, en donde le tuvo prisionero el general Dávila. Estaba nombrado diputado por su provincia, y entró desde luego a ejercer sus funciones, aunque siendo religioso dominico no era legal su nombramiento. Este eclesiástico había adquirido cierta celebridad por sus padecimientos, y por algunos escritos indigestos que había publicado en Londres sobre la revolución de Nueva España. Desde el momento de su llegada a México se declaró públicamente enemigo de Iturbide, contra cuya elevación al trono había ya manifestado sus opiniones desde que pisó el territorio. No faltaron quienes dijeron que Dávila le había dejado en libertad, con el objeto de lanzar este elemento más de revolución entre los mexicanos. En efecto, por tal debe reputarse a este hombre, cuya actividad era igual a su facundia y osadía. Hablaba del emperador con tanto desacato, ponía tan en ridículo su gobierno, que el tolerarle hubiera sido un principio de destrucción más entre tantos como existían. Declamaba en el congreso, en las plazas, en las tertulias, y predicaba sin embozo provocando la revolución contra la forma adoptada. En este mismo tiempo tuvo noticia Iturbide que en casa de D. Miguel Santa María, ministro plenipotenciario de Colombia, se reunían varias personas para formar un plan de revolución, cuyo objeto era el de proclamar la república. Los individuos que componían esta junta eran el mismo padre Mier, D. Luis Iturribaria, D. Anastasio Cerecero, el general D. Juan Pablo Anaya, y el mismo Santa María. No podía tener duda Iturbide de la existencia de este proyecto, porque dos individuos, llamados uno Oviedo y otro Luciano Velázquez, servían de espías aparentando tomar una parte activa en la conspiración. En realidad el plan era ridículo, y no podía comprometer la seguridad del gobierno, por la clase y número de personas, que no pasaban de ocho o diez. Pero Iturbide deseaba pretextos u ocasiones para dar un golpe de Estado, y esta circunstancia se los proporcionó. Se advertirá la torpeza que en esta ocasión manifestó su imbécil ministerio, lo que quizá contribuyó más que otra cosa a la caída del emperador y de la monarquía.

El 26 de agosto de 1822 por la noche, expidió órdenes el gobierno para que fuesen arrestados los diputados Fagoaga, Echenique, Obregón, Carrasco, Tagle, Lombardo, D. Carlos Bustamante, D. Servando de Mier; Echarte, D. Pablo Anaya, D. Francisco Tarrazo, D. José del Valle, D. Juan Mayorga, Zebadúa, D. José Joaquín Herrera, además de varios otros ciudadanos, entre ellos el general Parres, D. Anastasio Cerecero, D. Agustín Gallegos y otros. La prisión de un número considerable de representantes de la nación era una novedad que debía alarmar a los amantes de la libertad y del orden. Era de presumirse que el gobierno tendría causas muy graves para haber dado un paso tan importante, y que no querría incurrir en la inmensa responsabilidad que produciría el cargo de atacar las opiniones de los diputados, que es en el sistema representativo una de las bases esenciales de la constitución. Unos opinaban que no podía dejar de existir una vasta conspiración, que amenazaba no solamente las instituciones, sino la independencia misma de la nación; otros creían que Iturbide había fraguado o fingido creer la conspiración para destruir a sus enemigos. Los unos y los otros se equivocaban. Una sombra de conspiración existía en los acalorados cerebros del padre Mier, D. Anastasio Cerecero, D. Juan Pablo Anaya, el ministro de Colombia Santa María y un tal Iturribaria; pero aunque los datos que el gobierno tenía eran suficientes para proceder contra éstos, desde luego aparecía que la prisión de los demás diputados era una notoria injusticia y un acto de venganza por odio contra sus personas y opiniones, o un proyecto para eliminar de la asamblea legislativa aquellos diputados que habían manifestado más oposición a sus pretensiones. Las intrigas del ministerio fueron inútiles, así como los esfuerzos del poder para implicar en la causa de conspiración a más personas que las referidas, y era tan notoria la injusticia de este acto, después que se pasaron algunos días, que muy pocos dejaron de pronunciarse contra el gobierno que lo había cometido. No solamente se acusaba la arbitrariedad en la medida; pero se reflexionaba sobre el atentado cometido contra diputados cuyo crimen era el haber expresado con libertad sus opiniones en la tribuna. De consiguiente se veía oprimido en el seno mismo del congreso nacional el ejercicio de la facultad más esencial en los órganos de la voluntad del pueblo. D. Lorenzo de Zavala publicó entonces una traducción del tratado de garantías individuales de M. Daunou, y denunció desde el congreso a la nación, que aquel gobierno era arbitrario y despótico.