1. DESAFÍO DE PARIS

Ya en orden de combate, los teucros a la zaga
de sus jefes desfilan con largo vocerío
y alboroto de pájaros. Tal cuando las amaga
el tupido aguacero y las espanta el frío,
las grullas se levantan por los cielos y huyen
y sobre la corriente del Océano gruyen,
y en cuanto asoma el día, llevan a los pigmeos
el estrago y la muerte. En cambio los aqueos,
prontos a sostenerse unos a otros, van
atesorando mudos su belicoso afán. 

Tal como anubla el Noto la cima levantada
—cuita de los pastores, júbilo del ladrón
a quien más que la noche cubre la cerrazón—
y apenas se ve el trecho que alcanza una pedrada,
así lanzando el polvo en denso nubarrón
las tropas presurosas cubrieron la llanada. 

Y no bien los ejércitos llegaban al contacto,
de las filas troyanas se destacó en el acto
—echada por los hombros la piel de leopardo,
corvo arco, espada al cinto, en los puños el par
de astiles que arma el bronce, y como un dios gallardo—,
Alejandro, ofreciéndose a duelo singular
con cuantos enemigos lo quieran enfrentar. 

Según él adelanta con arrogante paso,
remeda Menelao, de Ares favorito,
al hambriento león que encuentra muerto acaso
a un gran ciervo ramoso o un silvestre cabrito
y cébase en su cuerpo y alegre lo devora,
cérquenlo perros ágiles o denodados mozos.
La presencia del pérfido su odio reaviva,
del deiforme Alejandro ve llegada la hora,
el ansia del castigo lo anonada de gozo,
y sin soltar las armas del carro se derriba. 
Mas apenas advierte Alejandro el divino
que salva Menelao los grupos delanteros,
su corazón flaquea, quiere huir al destino;
y al pavor que le infunde el valeroso Atrida,
ceja y desaparece junto a sus compañeros,
entre la turba intrépida buscando una salida,
como el que en la espesura descubre una serpiente
y tembloroso y lívido recula de repente. 

Héctor, que todo ha visto, le gritaba furioso:
—¡Oh miserable Paris, mujeriego y hermoso
y falso! ¡Más valdría que no hubieras nacido
o hubieras muerto célibe sin verte convertido
en vergüenza y oprobio para toda tu gente!
¡Cómo van a reírse los crinados aqueos,
que te juzgaban príncipe y capitán valiente,
al ver que sólo esconden tu porte y tus arreos
un pecho pusilánime! Y siendo tú quien eres
¿fuiste quien se arrojó en los raudos veleros,
llevando a tus iguales por mundos extranjeros,
y a la mujer más bella de todas las mujeres
desde un país remoto trajiste secuestrada,
hoy nuera venerada, linaje de guerreros,
mas daño de tu padre, tu pueblo y tu ciudad,
anzuelo de enemigos, premio a tu liviandad?
¿No aguardas a pie firme a ese brote de Ares,
por ver de quién disfrutas la floreciente esposa?
¡Qué valdrán cuando caigas los dones singulares
de Afrodita, tu cítara, tu cabellera undosa!
¡Cuán tímidos los teucros, pues no te han lapidado,
con túnica de piedras vistiendo tu maldad,
por los daños innúmeros que tú les has causado! 

Y respondió Alejandro, igual a una deidad:
—Héctor, tu increpación es merecida y justa,
pero te arrastra el mismo coraje que te enciende,
pues tu inflexible ánimo es la segur que hiende
el tronco y da más ímpetu a la mano robusta
para cortar las tablas de las embarcaciones.
Mas no por ser intrépido quieras echarme en cara
los dones que Afrodita de oro me depara,
que ni son desdeñables tan exquisitos dones,
ni se escogen al gusto los divinos presentes.
Lucharé frente a frente, cedo a tus intenciones:
de uno y otro bando haz apartar la gente,
y Menelao y yo a solas decidamos
de Helena y sus riquezas quién ha de ser el amo.
Queden para el que triunfe y sea más valiente,
y recobren —jurada la armonía y la paz—
los troyanos, sus fértiles campiñas, y los otros,
el suelo del Argólide, criadora de potros,
y de Acaya y sus lindas mujeres el solaz. 

Héctor, al escucharlo, se interpone radiante
entre los dos ejércitos. La lanza a medio astil,
da el alto a los troyanos que paran al instante.
Los crinados aqueos en actitud hostil
ya van sobre él con dardos y piedras y saetas,
y el rey Agamemnón a tiempo los aquieta
clamando a grito herido:
—¡No tiréis, detenéos
hijos de los aqueos! ¡Héctor del refulgente morrión
se nos acerca para parlamentar! 

Dijo, y logra frenarlos y a todos acallar.
Y Héctor, puesto delante y en medio de los frentes: 
—¡Oíd, teucros y aqueos de las grebas lucientes!
Nos ofrece Alejandro, por quien vino la guerra,
que depuestas las armas en la nutricia tierra
del uno y otro bando, él solo y el ardido
Menelao disputen a Helena y sus riquezas.
Queden en la mansión del que haya vencido
por su mayor braveza, y todos los demás
juraremos el pacto de armonía y de paz. 

Todos callan atónitos. Y Menelao, atento
siempre a la voz de guerra
: —Oídme ahora —exclama—,
que de dolor transido mi corazón se inflama:
De argivos y troyanos ya es mucho el sufrimiento;
si es de Paris la culpa y si la ofensa es mía,
que entre los dos escojan la muerte y el destino
y acabe cuanto antes tan largo desatino.
Para el Sol y la Tierra traigan la ofrenda pía
—una cordera parda y un cándido cordero—,
y brindemos los dánaos al Zeus verdadero
una tercera víctima. Que al punto se apersone
Príamo, y nuestros votos él mismo los sancione;
no sea que sus hijos, vanos y desleales,
transgredan las promesas prestadas al Cronión.
Son mudables los jóvenes; los viejos son cabales,
el ayer y el mañana miden con atención
y a una y otra mano dan la justa porción. 

Así dijo. Gozábanse aqueos y troyanos
el término entreviendo de la enconada guerra.
Paran brutos y carros, y echando pie a tierra,
dejan caer las armas, unos de otros cercanos
y a muy corta distancia una y otra legión.
Manda Héctor dos heraldos a la ciudad de Ilión
por Príamo y las víctimas, y al punto el pregonero
Taltibio, a una orden del rey Agamemnón,
corre a las naves cóncavas en busca de un cordero.
Índice Anterior Siguiente