TERCERA PARTE
de los romances del Cid

Cuando el Cid abandonó sus palacios de Vivar, envió a su mujer, doña Jimena, y a sus hijas, chicas en años, al monasterio de San Pedro de Cardeña, encomendándolas al abad y a los monjes de aquella santa casa. ¿Y quién os podría contar los doloridos llantos que en el claustro de Cardeña hubo a la partida del Campeador? El Cid se alejaba, el último entre toda su mesnada, volviendo atrás la cabeza; Alvar Fáñez le anima: "Aguijemos, señor, ¿dónde está vuestro esfuerzo? Aun todos estos duelos en gozo se tornarán".
   Tan pobre salió el Cid para el destierro, que no tenía con qué mantener su mesnada; se vio obligado a pedir tres mil marcos prestados a los judíos de Burgos Raquel y Vidas, dejándoles en prendas dos arcas cerradas, llenas de arena, como si guardasen tesoros. Confiaba el Cid en Dios y su buena ventura que pronto podría devolver el préstamo, antes que se descubriese el engaño de la prenda.
   Trabajosas fueron las conquistas del desterrado. La España mora acababa entonces de ser invadida por el emperador de los almorávides, el más poderoso príncipe musulmán de entonces; su nombre era bendecido en la oración de cada día sobre mil novecientos púlpitos de las grandes mezquitas de Africa y España; su imperio se extendía más allá del inmenso Sahara: tenía a lo largo siete meses de camino y más de cuatro meses a lo ancho, según contaban las caravanas que lo cruzaban.
   El poderoso rey Alfonso no lograba resistir el empuje de los bien organizados ejércitos almorávides, y era derrotado en Sagrajas, en Jaén, en Consuegra y en Uclés. Sólo el Campeador supo vencer este nuevo poder militar y arrebatarle la posesión de la codiciada ciudad de Valencia, deteniendo desde ella la temible invasión africana. Conquistó también muchos castillos y pueblos de moros, y se hizo grande y rico sobre cuantos señores había en España. Y a cada batalla campal que vencía, el fiel vasallo enviaba a su injusto rey un rico presente de cien caballos enjaezados, con sendas espadas colgadas de los arzones, como muestra del botín cogido al enemigo.

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