Si el marqués de Siete Iglesias fue el león fuerte, desdeñoso magnífico, que muere sin un gemido como en la fábula, el duque de Lerma fue la vulpeja artera, hábil, vigilante sigilosa. Conocía a los hombres; tenía una gran astucia. Dice Quevedo en sus Grandes anales de quince días que habiéndose enojado con él una vez el rey, el duque, para precaverse de su ira, "en una noche mudó tres camas en diferentes casas".
Pocos políticos habrán gozado de tanto poder como el duque de Lerma. Gobernó durante veintidos años la monarquía española; el rey renunció en él toda iniciativa y todo mando. Con todo esto, tuvo que desplegar una gran energía y una consumada habilidad para luchar contra poderosos rivales. Luchó contra su propio hijo, el duque de Uceda, a quien él había encumbrado y metido en Palacio; contra su antiguo confesor, fray Luis de Aliaga, a quien también él había hecho confesor del rey; contra el conde de Olivares, que tanto poder había de adquirir luego y que entonces comenzaba su carrera política.
Poco a poco, sin embargo, se fue eclipsando su estrella. En Palacio se iban cansando de él; el rey ya no le distinguía y favorecía como antes; los palaciegos tramaban conspiraciones contra él. El duque entonces, viendo que su suerte iba declinando y que tal vez peligrase su vida en el fracaso como acontenció luego con don Rodrigo Calderón, ideó , para guarecerse en la caída, un recurso que a un historiador ha parecido "bien extraño". El duque de Lerma negoció secretamente con la Santa Sede un capelo, y según frase de otro cronista "de la noche a la mañana salió por la corte vestido de cardenal".
En los tiempos presentes los reyes no pueden quitar la vida a sus ministros; lo que a éstos puede sucederles es que la masa popular, la opinión que es hoy el verdadero tirano, les suma en la injusticia y en el olvido. Tenga siempre, pues, presente el político el momento de su desgracia,. Si es rico y de conciencia delicada, el ejercicio de los negocios públicos puede costarle su fortuna. Sea cauto y no la gaste toda; reserve al menos una parte de ella para cuando las fuerzas le falten y llegue le momento de la retirada, o para cuando habiendo llegado al mundo nuevos aires, nuevos procedimientos, nuevas ideas, él se sienta inútil, o, lo que es peor, sin serlo, lo repute por inútil la muchedumbre.
Sepa también, mientras le duren las fuerzas y el valimiento, sostener y fomentar la amistad de unos pocos y buenos amigos. No estime a los que le adulan; tenga la abnegación de sobreponerse a sí mismo y de tolerar que en el seno de la confianza le sea dicha la verdad. Estos pocos amigos, que no estarán cerca de él por codicia de las mercedes, sino por amor a su persona, le seguirán en la adversidad, en el olvido, en la decadencia, y le confortarán y alentarán.
La corta fortuna que haya salvado y estos amigos fieles serán para él lo que el capelo de cardenal fue para Lerma.
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