Una vez logrado el capelo de cardenal, el duque de Lerma siguió asistiendo a Palacio. Pero su estrella se había eclipsado. El duque que no se inmuta por los desaires y desdenes que recibía. Tenía un gran espíritu. Contemplaba sin estremecerse su caída lenta. Ya soplaban otros vientos en el mundo, y eran otros los hombres que gobernaban.
Un día, hallándose la Corte en El Escorial, llamó el rey al prior y le dijo: "Iréis al duque y le diréis que, atendido lo mucho que he estimado siempre su casa y persona, he venido en otorgarle lo que tantas veces y con tanto encarecimiento me ha pedido para su quietud y descanso, y que así podrá retirarse a Lerma o a Valladolid cuando quisiere".
El prior repitió al duque las palabras del rey; el duque vio llegada la desgracia temida, pero no se inmutó. Fingió una serena conformidad. En seguida dio orden a sus criados para que arreglesen el viaje, y pidió permiso al rey para ir a despedirse. Cuando estuvo ante él le dijo humildemente, con suaves palabras: "De trece años, señor, entré en este palacio, y hoy se cumplen cincuenta y tres empleados en este diseño, pocos para mi deseo, muchos para lo que permite el desengaño, a que debemos ofrecer, ya que no todo, siquiera alguna parte de la vida". Dicho esto, besó la mano del rey le abrazó tiernamente, y le dijo que le tenía en la misma estimación que antes.
Se dice que en la partida el duque de lerma, durmió una noche en Guadarrama, y que el rey aquella noche ironía o deferencia le envió los papeles de la consulta diaria y un venado que aquel día había muerto. S
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