La faz serena debe cubrir dolores íntimos. Tenga el político mucho cuidado en esto; sobre ello queremos insistir en otro capítulo. La faz serena debe ocultar nuestros desfallecimientos, nuestras decepciones, nuestras amarguras. Ante el público debemos mostrar siempre un semblante sereno; en la intimidad de nuestro hogar debemos refrenar también nuestra tristeza. Los seres queridos que nos rodean son nuestros compañeros en la vida; participan de nuestros dolores y de nuestra alegrías. Si estamos tristes, si la flicción y la desesperanza nos atormentan, ellos los tiene tanto como nostros. Tengamos cuenta de esto. Y ya que la amargura haya caído sobre nosotros, ¿por qué no hacer que estos seres queridos que nos rodean, que estos amigos, que estos deudos sufran menos de lo que sufrirían si nosotros diéramos rienda suelta a nuestros lamentos? Ha dicho un gran filósofo que en nuestra aflicción tenemos derecho a apoyarnos en nuestros deudos y en nuestros amigos, pero de ningún modo a acosarlos y derribarlos.
Ha habido en nuestra patria en estos tiempos modernos un político que supo ser a este respecto un hombre y un artista. Era ya viejo; los años habían puesto sobre su espíritu un profundo cansancio; había gozado de todos los honores; había contemplado en su país cambios y mudanzas de instituciones y poderes; conocía a los hombres, fatigado y escépticos, sentía escapársele ya la vida. Se hallaba muy enfermo. Pero ni en su semblante ni su gesto dejaba traslucir su dolor íntimo.
Era un estoico sin la tensión de espíritu que el estoicismo supone; era un estoico lleno de bondad, sencillo, espontáneo. Muchas veces, durante los últimos tiempos que vivió, se sentía invalido por un abrumador desfallecimiento; en estos instantes, si se encontraba solo, dejaba desplomarse su cuerpo sobre el asiento. Mas solía ocurrir que en las estancias próximas resonaban pasos de gente que llegaba, y entonces el político se erguía, serenaba su cara, sonreía a los recién llegados y charlaba con ellos amable y jovialmente.
Hasta sus últimos instantes intervino este político en los negocios públicos. En el parlamento se le vio en tanto que la vida se le escapaba afable, sonriente, siguiendo atento las deliberaciones, con su cara fina de hombre sutil, apoyado en su ligero bastón.
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