Un capítulo aparte merecen nuestras compañeras en la vida; más bien tendríamos que escribir un tratado especial. La mujer es el encanto y es el desasosiego del mundo. Conózcalas bien el político; sepa sus picardihuelas y malicias; ámelas, muéstrese siempre afable y generosos con ellas. Pero no se enfrasque en pasiones violentas, desenfrenadas; guste ligeramente de ellas; retócelas sin poner en ello un gran empeño. La energía de nuestros nervios y de nuestros músculos es una sola; si la ponemos en una parte; no podemos ponerla en otra; una obra de ciencia, las operaciones del Gobierno, los tráfagos de la industria exigen una perseverancia, una energía y un cuidado que no podemos debilitar ni amenguar un solo momento; un hombre que quiere estar a la vez en las disoluciones del amor y en el estudio es posible que, si su fortaleza es grande, salga con bien. Esto podrá durar más o menos años; a la postre, él verá, por la vejez premetura, por los achaques, por el decaimiento inesperado, que no se puede tener impunemente una vela encendida por los dos cabos.
No quiere esto decir que debemos huir y esquivar el trato de nuestras compañeras; nada hay más agradable; busquémoslas siempre que podamos; platiquemos con ellas. Si ella tienen alguna displicencia para nosotros, si nos muestran algún enojo, si nos dirigen reproches, seamos tolerantes y sobrepongámos a nosotros mismos. El político debe estar al corriente de estos dolores súbitos de cabeza que nuestras compañeras sienten al tiempo de sentarnos a la mesa; conocerá con qué intención se hace el elogio caluroso de un compañero; sabrá qué alcance tienen estas resignaciones, entremezcladas de algún suspiro, con que nuestras mujeres parece que nos recriminan. Domine y ate sus nervios el político; duélase de estas neuralgias, desganas y suspiros; procure consolar con blandas palabras a su mitad, y si él viera que no tiene fuerza para esta obra, auséntese con cortesía, y que el oxígeno del campo y de la calle y la charla de los amigos le conforten.
Sea tolerante con ellas cuando se muestren irascibles, y retócelas sin empeñarse cuando sean propicias. Sobre todo,que no haya en ningún momento ni la más pequeña violencia. Hacer llorar a una mujer es como hacer llorar a un niño. Que haya dulzura, un ánimo constante, un buen humor...
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