Hay momentos en la vida en que nos vemos obligados a a frontar una situación extrema. No sea en estos casos violento e inexorable el político. Una ruptura, por ejemplo, si es brusca, súbita, trae su cortejo de lamentos, reproches y aun dicterios. Evítense estas escenas desagradables; la violencia no sea nunca usada por el hombre de mundo y por el político. Dejemos que haga su labor el tiempo.
El tiempo lo amansa y lo suaviza todo. Es nuestro amigo y es nuestro enemigo. Cuando el ardor de la mocedad rebulle en nuestra sangre todo lo que queremos hacer súbitamente, y a cada paso decimos que somos partidarios de las situaciones despojadas, terminantes. Pero van pasando los años; vamos viendo lo que es el mundo; un dulce sosiego ha caído sobre nuestros nervios; se han realizado ya algunas ilusiones de nuestra juventud, y entonces nos percatamos de lo que vale el tiempo y de lo que puede hacer él en la vida.
Yo y tiempo contra otros dos, decían un gran monarca. El tiempo lo borra y hace olvidar todo; entre los más formidables odios, él pone una muralla que se va paulatinamente espesando. No hay entusiasmo ni amor que resista el tiempo. El tiempo lo hace todo sin ruido, sin clamores, sin conmociones, lenta, dulcemente. Situaciones y conflictos que parecían abrumadores e irresolubles el tiempo los ha ido fundiendo y resolviendo poco a poco. Los hombres se hubieran esforzado vanamente ante los conflictos; hubieran invocado al destino, hubieran plañido y derramado lágrimas de dolor. El tiempo ha ido pasando gota a gota por la clepsidra eterna y evitando lágrimas y plañidos.
No sea nunca brutal y violento el político. No se amedrente tampoco en las situaciones difíciles. Si de afrontar en el acto una situación crítica hubieren de seguirse clamores, enemistades, daños y odios, deje que dulcemente el tiempo haga su obra. El tiempo es nuestro amigo y nuestro enemigo; él lo disuelve y resuelve todo; él todo lo amansa, lo esfuma, lo dulcifica.
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