Los hombres que están constantemente en público necesitan vigilar mucho sobre sí. Los miran muchos ojos; se comentan sus menores gestos y ademanes; se conjeturan por lo más pequeño detalles estados de espíritu que acaso no existe. La vida de un político eminente es una vida en cierto modo dramática: el público la presencia profundamente interesado. Lo que interesa al público en cada momento es la probabilidad de triunfo o de fracaso. "¿Saldrá con bien de esta empresa este hombre? se preguntan los espectadores. ¿Será para él un tremendo fracaso?"
Medite bien el político la empresa, mejora o reforma que va a cometer; reflexione sobre ello; consulte a personas entendidas en la materia; pida también la opinión quizá la más valiosa de aquellas otras personas que, sin estar versadas en la materia, sin ser eruditas y cultas, tienen experiencia del mundo, se mezclan a las gentes y poseen despejo y dones naturales. Cuando el político haya reflexionado sobre la reforma que prepara, cuando se esté de acuerdo en que es oportuna y beneficiosa, entonces échela al mundo y hágala prosperar con todas sus fuerzas. El tesón debe ser una de las primeras cualidades del político. No abandone nunca la obra que comenzó cerciorado de su pertinencia y utilidad. Trabaje con ahínco por ella; conságrale todo su tiempo y toda su energía: Si sus esfuerzos no logran éxito lisonjero, tiempo vendrá en que será reconocida su buena voluntad y en que todas las miradas se volverán a él en demanda de sus iniciativas.
Sea esto dicho en lo que respecta a las obras importantes del Gobierno. Hay también en la vida diaria del político muchos hechos pequeños, sin mucha trascendencia, en los que es preciso reparar también. Lo que el político debe procurar ante todo es que los espectadores no vean que él duda de sí. La indecisión, la perplejidad, no se deben ofrecer al público; un público que tiene confianza en un hombre, que le está observando, que le ve cómo se lanza a hacer una cosa y que contempla cómo este hombre a mitad de su camino se detiene, mira a todos lados y duda; un público que ve esto, duda también del hombre a quien contempla. Si el político duda de sí ¿cómo no han de dudar los que le miran?
No haya estas perplejidas e indecesiones en el ánimo del político; si las tuviera, sean para él solo; que los espectadores no las advierten. Ante los espectadores, ante el público, ante la muchedumbre, un político debe ser un hombre entero, dueño absoluto de sí, con una idea directriz, con una fuerza que va a su finalidad y sabe vencer todos los obstáculos.
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