Cuando salga de la Corte y vaya a provincias, sus admiradores y amigos le recibirán efusivamente; acaso toque una música en la estación; la casa donde él pare se llenará de gente; lo rodearán un compacto grupo de correligionarios cuando marche de una parte a otra; él tendrá que estrechar muchas manos, Hablará todo el día con unos y con otros; soreirá a todos; tendrá que decir frases de ingenio; se mostrará en todos los instantes cordial y decidor.
Sepa el político en tales circunstancias desentenderse algún momento de esta corte de admiradores y amigos que le rodean; a su alrededor ellos han formado una atmósfera, una muralla que le impide ver en su normalidad, en su verdad, el pueblo o el país que visita. Así por las mañana, bien temprano, o en alguna otra ocasión, él dejará la casa con sigilo, se apartará de la fiesta y se irá, bien solo o bien en compañía de un buen amigo, a visitar y escudriñar el pueblo o la tierra adonde ha llegado. Entrará él en las casas de los humildes; hablará con lo oficiales o artesanos; interrogará respecto a sus vidas, a sus necesidades, a sus planes y a sus ideas sobre la marcha de los negocios públicos. Si ellos no lo conocieran y hablaren con toda libertad, la visita podrá serle muy fructuosa; si, conociéndolo, tuviera el temor o encogimiento de expresarse con espontaneidad, esfuércese con su sencillez, con su cortesía, con su afabilidad, con su llaneza, en hacer desaparecer todo reparo.
Después de estos escudriños y salidas puede volver a sumergirse en el ambiente artificioso de los agasajos y las fiestas; él sabrá a qué atenerse respecto al país que visita, y, aparte de esto, tales escapadas habrán esparcido su ánimo y le habrán tonificado y dado ánimos para continuar en la fatigosa labor de sonreír a unos y otros, de estrechar manos y de proferir cosas frívolas.
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