VI. REMEDIAR LA INADVERTENCIA

Estaban una tarde en un huerto los Reyes Católicos don Fernando y donña Isabel; se hallaba con ellos muchos caballeros y damas de la corte; para solazarse y pasar el rato idearon un juego. Había en el huerto una higuera que tenía muy pocos higos maduros; convinieron todos en que cada uno cogiese un higo y lo comiese, pero con la condición de que no lo habían de tentar antes, sino que el higo sobre que pusieren la mano fuera a la boca sin remisión, estuviese verde o maduro. Como había en la higuera muchos higos aneblados, la mayor parte de los circunstantes se engañaban y tenían que apencar con un higo desabrido, sin jugo y sin azúcar. Estando el concurso en este juego, acertó a entrar en el huerto Hernando del Pulgar, cronista de sus Majestades. Propusierón el pasatiempo, y él se acercó al árbol para coger un higo. Pero como apenas lo hubo tentado sintiera que se hallaba asaz verde, retiró prestamente los dedos y dijo sonriendo: "Enderézate"

Hernando del Pulgar fue en esta ocación muy agudo. Cuando vio que había errado el negocio, quiso él dar a entender con esa palabra que no había sido su propósito coger el higo, sino enderezarlo. Sepa a su imitación el político corregir a tiempo la inadvertencia. Se ha dicho que no es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe enmendar. Ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una repuesta agria a quien no la merece: corrijamos a tiempo con afabilidad y cortesía nuestro desavío. Sucederá también que, fundados en falsos razonamientos, obremos como no debimos obrar; venga inmediatamente una rectificación cauta y discreta de nuestra conducta. La pasión, la ira, el despecho, puede llevarnos a extremos que no estén de acuerdo con nuestra ecuanimidad; sepamos encontrarles un pretexto, una justificación, una lógica, y esforcémonos en seguida con actos justos, sosegados, dignos, en borrar del ánimo de las gentes el mal efecto producido.

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