LA HISTORIA de la República Restaurada (que continúa hasta la historia de la República Revolucionaria) tiene sus héroes; Benito Juárez, de levita y la única y justísima sentencia; el general Zaragoza, de quevedos y valor indomable; Porfirio Díaz, el que alguna vez fue un indio aguerrido y un republicano leal. Esos héroes pertenecen a la historia de piedra y son poco más que estampas patrióticas o estatuas más o menos desafortunadas. Su victoria les quitó la condición humana y los convirtió en ídolos del culto a la patria.
¿Dónde están los hombres que lucharon esa guerra en que la República triunfó sobre el Imperio? Quizá haya que buscarlos del lado de malogrado Imperio mexicano. El emperador Maximiliano, gracias a su derrota, puede ser un espíritu noble de estrella quebrantada, un idealista de alta honra que sólo se mintió a sí mismo, cortesano valiente y miedoso, como todos los valientes de veras. Maximiliano se vuelve loco y se cumple la sentencia trágica. "Los dioses comienzan por enloquecer a los que quieren perder". Como no tiene una patria que presidir desde algún Olimpo Ejecutivo. Maximiliano pude ser un hombre con defectos, circustancias, sentimientos.
Si se conoce la historia de Maximiliano el hombre, quizá también pudiera conocerse la de Juárez. Se sabría entonces que la historia de México es una historia de espíritu y de sangre, de vicios y virtudes, debilidad y fortaleza. Saber que hombres como nosotros hicieron este país quizá sirva para rescatar nuestra historia del legajo de aguachirle, de papel maché y una sola meta; avanzar siempre hacia un futuro promisorio.
Este libro es un texto de un libro mayor, Maximiliano y Carlota (Fondo de Cultura Económica, 1944), publicado en 1924 por un aristócrata adicto a la recién vencida corte de los Austria. La humanidad de Maximilano puede provenir de la sensibilidad noble del conde Corti, que acaso quiso escribir su propia historia en la historia de otro hombre en otra tierra que también fue vencido por las masas de cosa pública.
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