Era la catástrofe. Como se ha dicho, la situación militar del imperio era muy desfavorable. Realmente el imperio sólo dominaba ya en las ciudades de México, Puebla, Veracruz y Querétaro. Todo el resto del país estaba en manos del enemigo o, por lo menos se encontraba indefenso a su merced. Miramón, después de su derrota, unió el resto de sus tropas con las del general Castillo, que se había destacado del grueso de sus fuerzas, y llegó a Querétaro. El general imperial Mejía acababa de tener algunos encuentros victoriosos con el juarista Carbajal y se había retirado también a aquella ciudad. Además llegaron allí el general Méndez, con su brigada, y Olvera, un partidario del imperio, con sus guerrilleros, de suerte que de este modo se habían reunido unos 9 000 hombres de tropas imperiales, aunque, naturalmente, de valor combativo muy desigual. El general Porfirio Díaz avanzó hacia Puebla, que estaba defendida por una guarnición de 2 500 hombres; sólo algunos miles defendían la ciudad de México. Los generales juaristas Escobedo, con 12 000 soldados, Corona, con 8 000 y Riva Palacio, con 7 000, sin preocuparse demasiado de la corte de México, avanzaron, al principio separados, contra las principales fuerzas imperiales que se encontraban reunidas en Querétaro. Recibían excelentes informes del propio campo imperial y, guiándose por ellos, dirigieron primero las operaciones militares de sus ejércitos allí donde se encontraban las mayores fuerzas imperiales, pensando que, después de haberlas vencido, la capital y el poder en todo el país caerían por sí mismos en sus manos. Este éxito final debía esperarse también teniendo en cuenta la cantidad de fuerzas, pues, en conjunto, los imperiales disponían de, aproximadamente, 12 000 soldados, en tanto que los juaristas, contaban, por lo menos, de 50 000 a 60 000 hombres, número que aumentaba de continuo. Claro que el valor combativo de las tropas jusistas era también muy vario y por eso se podían esperar de ambos lados sorprendentes resultados que podían hacer variar fácil y rápidamente el cuadro que ofrecían las cifras. Los conservadores confiaban esto y en la fama militar de sus jefes para el caso que tuviesen que decidir las armas.
El general Márquez fue puesto al lado del emperador, como hombre de confianza de los conservadores, con la misión de llevarlo de México a Querétaro. La partida fue fijada para el 12 de febrero, pero tuvo que ser aplazada para el día siguiente porque el ministerio conservador, a pesar de todas sus jactanciosas promesas, no había conseguido reunir ningún dinero y cuando partieron sólo pudieron, con todos los esfuerzos, poner a disposición, del emperador de 50 a 60 000 pesos.
Así como la emperatriz había emprendido su viaje a Europa al 13 de un mes, también Maximiliano se puso en camino hacia Querétaro el día 13. ¡Qué coincidencia incluso para aquellas personas no supersticiosas! Al amanecer y en secreto, partió inesperadamente la columna compuesta de una fuerza de unos 15 000 hombres y 18 cañones, a la cual se unieron el emperador y el general Márquez. Estaba formada de las más variadas tropas. En sus líneas iban pocos europeos, la mayoría franceses. Todos las demás tropas europas permanecieron en México.
Un coronel, el príncipe Felix Salm-Salm, al cual el emperador había prohibido también que lo acompañase, supo, sin embargo, con un hábil pretexto, ser destinado cerca del general Vidaurri que iba en la columna y un día después de la partida apareció entre la fuerza con gran admiración del emperador.
Salm había abandonado en su juventud el ejército alemán por cuestiones de deudas, se marchó a América y, buscando aventuras de todas clases, ingresó en el ejército de la Unión, participando en la Guerra de Secesión con singular valentía. En sus correrías, este hombre, que anhelaba la acción y la aventura y que siempre estaba dispuesto al duelo y a la lucha, conoció a una joven y hermosa artista ecuestre de origen francés cuyo carácter se parecía al de Salm. Se casaron y la antigua artista se convirtió en una respetada y sensata princesa y en una buena esposa. El emperador Maximilano había seguido los consejos de los políticos de no llevar con él a ningún europeo, pero, interiormente, echaba de menos el trato con ellos y por eso se alegró de que Salm hubiese encontrado la manera de ir con él.
La marcha hacia Querétaro no se realizó sin pequeñas escaramuzas. Los juaristas destacaron secciones de exploración. Cada vez que se producía un combate con ellas, el emperador, sin reparar en el peligro, se apresuraba a acudir al punto amenazado. Sabía que no hay nada que anime más a los soldados que ver compartir sus peligros a su jefe supremo. Maximiliano se exponía en todas partes donde podía; su sentido del honor y su innata caballerosidad hacían que en toda ocasión fuese a la primera línea. Estas cualidades debían determinar hasta el fin la actitud de Maximiliano. Una orden del ejército anunció que el emperador había tomado el mando supremo y el nombramiento del general Márquez como jefe del estado mayor.
El 19 de febrero llegó el emperador con su columna a Querétaro. La ciudad, comprendiendo las tropas, tenía aproximadamente 4 000 habitantes y está emplazada en un valle regado por un riachuelo y rodeado por una cadena de colinas. La ciudad es muy llana y extensa. Sólo la parte este, en donde se halla un convento llamado "de la Cruz", una especie de ciudadela con casas de maciza construcción, se encuentra en el cerro de la Cruz y domina el resto de la ciudad. Numerosas iglesias la animan. Al este del pueblo, aislado por completo, se levanta el cerro de Las Campanas. Desde él se ofrece una espléndida vista sobre Querétaro y sus encantadores alrededores y desde allí se podía ver muy bien qué trampa tenía que ser la ciudad para un ejército que, por el reducido número de sus tropas, no estaba en condiciones de guarnecer las colinas, sin fortificar, que en amplio círculo rodean la ciudad. Pero no habían sido razones militares las que habían hecho elegir la ciudad. El partido conservador consideró siempre a Querétaro, que también era una importante ciudad comercial, como su baluarte.
Un grandioso recibimiento se preparó al emperador. Sabiendo muy bien lo sensible que era Maximiliano para tales manifestaciones, los conservadores recurrieron a todos los medios para hacer la entrada en Querétaro lo más brillante posible. Masas humanas, cordones de tropas, discursos de salutación, servicios religiosos, nada faltaba. Los generales Mejía y Miramón que, a pesar de algunas derrotas, gozaban de gran fama militar, dieron la bienvenida al emperador. Todo esto no dejó de producir impresión sobre Maximiliano. Conmovido, escribió al presidente del Consejo Lares, a México, que el entusiasmo con que miles de personas habían cantado el himno, el desfile de las tropas y sus delirantes manifestaciones de alegría le emocionaron hondamente. La alegría, decía, había sido sincera y no comedia. Pero en seguida, al final de la carta, aparecía la amarga realidad. Se necesitaba dinero para pagar la soldada a estas valientes tropas y Lares debía conseguirlo a toda costa.
Además de las preocupaciones económicas agobiaba también al emperador la discordia entre sus generales. Allí estaban el leal y valiente Miramón, que en un tiempo, fue presidente de la República, un hombre todavía joven, de 36 años de edad, con gran fama militar, pero en realidad, de escaso talento como general; después Mejía que durante 25 años había servido fielmente a la causa de los conservadores, muy amado por sus paisanos, los indios de la Sierra Gorda, era sencillo y valiente, pero cruel como todos los indios y, al mismo tiempo, de gran talento militar. Márquez era el tipo de jefe de partido mexicano, sin escrúpulos, astuto, calculador, falso intrigante y de tal modo comprometido que no podía esperar ninguna piedad de sus adversarios. Por último, el valiente y enérgico Méndez, que llegó a Querétaro con sus tropas el 23 de febrero y que tampoco estaba exento de crueldad, pero que, por lo demás, era un soldado leal y sencillo y un conservador convencido.
Éstas eran con Maximiliano las cinco "M" mágicas de la tragedia de Querétaro que estaban a la cabeza de un ejército de 8 000 hasta 9 000 hombres . Era difícil subordinarlos entre sí. En particular entre Márquez y Miramón había una enconada enemistad. Maximiliano trató de orillar las dificultades reservándose para él, como hemos dicho, el mando supremo, poniendo a Márquez a la cabeza del estado mayor, dando el mando de la infantería a Miramón, el de la caballería a Mejía y a Méndez el de la reserva. De esta manera esperaba Maximiliano evitar las desavenencias, pero en esta forma puso a su lado al menos leal.
Entre los jefes subalternos que habían venido con Maximiliano se destacaba el coronel López, que parecía un oficial europeo, de bella figura, agradables facciones y finos modales, siempre magníficamente montado y muy acicalado. Desde la llegada del emperador en el año de 1864 pertenecía a su séquito, durante el primer viaje de los emperadores había cabalgado al lado de la ventanilla de la diligencia y con su irreprochable conducta se ganó la simpatía de Maximiliano. No era querido entre sus compañeros; sin embargo, Bazaine lo apreciaba y, al parecer porque López era pariente de su esposa, le otorgó la cruz de oficial de la legión de honor.
En un consejo de guerra que se celebró el 24 de febrero se trató de la situación militar y financiera. Los consejos de guerra se convocan la mayoría de las veces cuando falta el jefe capaz de dirigir un ejército y carece de la energía necesaria para adoptar una decisión. Ya decía Federico el Grande que cuando muchos se reúnen y "deliberan" siempre se impone la mayoría, esto es, los tontos y los débiles. Miramón aconsejó un ataque enérgico y rápido, como en realidad convenía dada la situación; Márquez, por el contrario, defendió, con éxito, la opinión de que era demasiado arriesgado salir de Querétaro con aquellas tropas tan poco entrenadas y aconsejó dejar que se concentrase el ejército enemigo sin molestarlo, para, después, con el ejército imperial bien organizado caer sobre él y aniquilarlo "de un solo golpe". Pero no eran sólo las divergencias de opinión entre los generales y la agobiadora penuria de dinero lo que producía un efecto paralizador, sino también la secreta intención del emperador de, apoyado en su ejército reunido en Querétaro, lograr, mediante negociaciones directas con Juárez, una inteligencia y una reconciliación de los partidos. Con esta intención y, por supuesto, sin resultado, ya había sido enviado Bournouf a entrevistarse con Porfirio Díaz. A pesar de todo, el emperador tenía todavía esperanzas en el restablecimiento de la paz bajo un gobierno formado de acuerdo entre él y Juárez.
En el consejo de guerra se decidió traer de la capital, como refuerzos, a los regimientos europeos, pero, de un modo muy significativo, no les llegó la orden porque no era agradable a los conservadores de la corte.
Maximiliano encargó ahora a un agente, de nombre Antonio García, ponerse en contacto con Juárez, pero el presidente evitó toda negociación, decidido a resolver la situación con la punta de bayonetas. Trató de entretener a Maximiliano porque los ejércitos republicanos marchaban separadamente hacia Querétaro y, por el momento, el ejército que tenía reunido el emperador era superior a cada una de las columnas republicanas. Maximilano se hallaba todavía obsesionado por la idea del congreso que ya hacía tiempo se había probado que era una utopía. La situación financiera se hacía más amenazadora de día en día; como no se recibía dinero de la capital no se sabía cómo se iba a pagar la soldada del ejército y cubrir los gastos corrientes de todas clases cuyo importe se acumulaba. 30 000 pesos era todo lo recibido de México y esto apenas si llegó para cinco días. Las cartas de Maximiliano a México pidiendo dinero eran cada día más apremiantes. El ministro Sánchez Navarro recibió el encargo de dar prisa a la comisión a la que estaba confiada la venta de los caballos, coches imperiales, etc., para que, por lo menos, se pudiesen pagar los sueldos a la servidumbre. Pero en Querétaro sólo quedó el recurso de empréstito forzoso entre los habitantes. Sólo estos podían proporcionar el dinero indispensable para continuar la resistencia.
Entre tanto, los cuerpos de Escobedo y de Corona, que aún avanzaban separados, se acercaban a la ciudad. Escobedo fue nombrado general en jefe del ejército republicano. Este general tenía un exacto conocimiento del país por haber sido "arriero", esto es, pequeño empresario y conductor de los carros de transporte, tirados por las largas filas de mulas, dificíles de guiar y a veces peligrosos, que son usuales en México. Pero Escobedo en situaciones difíciles era tenido más bien por indeciso y débil, aunque de ningún modo, por cruel. Pertenecía, como todos los generales mexicanos que estaban a la cabeza de grandes masas de tropas, al número de aquellos que siempre abrigaban la esperanza de llegar a la presidencia. De 40 años de edad, con gran barba negra, tenía un aspecto severo y adusto, así como el general Corona, cuya energía era elogiada en todo el ejército republicano. Escobedo, como todos los demás jefes recibió la rigurosa orden de proceder sin consideraciones, incluso con crueldad, contra los partidarios que todavía tenía el emperador, para quitar a todo el mundo el deseo de ponerse a su lado.
Maximiliano hubiese tenido la posibilidad de lanzarse por sorpresa sobre uno de los dos cuerpos; pero al mismo tiempo que se imponían todas las privaciones de una campaña, que instalaba su cuartel general en el Cerro de las Campanas y allí dormía al aire libre tapado con una manta y durante el día insepeccionaba incansablemente sus tropas, vacilaba en adoptar la decisión de emprender una acción liberadora y dejaba pasar el precioso tiempo, siempre con la esperanza de llegar a un convenio con los liberales.Todavía no se había extinguido en su alma la idea de la reconcilación, de agrupar a todos los partidos, con la cual había pisado por primera vez suelo de México. La innata bondad de su carácter le impedía comprender, a pesar de todas las amargas experiencias hechas, que el odio de los partidos, en todas partes, pero sobre todo en México, no conoce ninguna razón.
Así Escobedo y Corona tuvieron tiempo de unirse con toda tranquilidad ante Querétaro y de rodear la cuidad con unos 25 000 hombres. Entre los generales liberales se destacaban, además, Régules, Treviño, Riva Palacio y Aureliano Rivera, este último un antiguo cochero de casa señorial. Las tropas tenían un valor combativo muy desigual; en parte estaban mal equipados algunas unidades de infantería llevaban como única vestimenta una camisa y unos amplios pantalones de lana y sandalias, carecían de abundantes municiones, de suerte que, a menudo no podían aprovechar bien la capacidad de fuego de sus buenos fusiles norteamericanos. Su número era sólo suficiente para guarnecer con una línea muy débil las alturas que rodeaban al pueblo sin poder, sin embargo, mantener suficientes reservas detrás de ellas. Así las fuerzas sitiadas tenían la posibilidad de realizar con éxito salidas de la ciudad.
Desde el 6 de marzo la ciudad estaba rodeada, si bien las tropas sitiadoras sólo formaban una débil cortina que era muy fácil de romper en todas partes. Pero para quitar las ganas a los defensores de la ciudad de ponerse en comunicación con el exterior mediante enlaces, los juaristas, si alguno de estos hombres caía en sus manos, lo colgaban sin piedad en el árbol más próximo. En los lugares por los que había que pasar para ir a México, se encontraban, con el cráneo destrozado y colgados con un lazo por los pies, desgraciados soldados imperiales que habían caído en poder de los guerrilleros. Este espectáculo debía intimidar a la población y produjo el efecto que se buscaba.
En los primeros días del cerco el emperador esperaba imediatamente un ataque de los sitiadores y mantuvo preparadas sus tropas, pero no ocurrió nada. Como a la larga el campamento al aire libre en el Cerro de las Campanas se hizo incómodo y la fuerza principal de los sitiadores se encontraba en el norte y en el oeste de la ciudad, el emperador trasladó su cuartel general al convento de la Cruz.
Al día siguiente Escobedo lanzó su primer ataque. Realizando una diversión contra el Cerro de las Campanas, dirigió su ataque principal contra el puente situado al norte de la ciudad y contra el mismo convento. Pero el enemigo fue rechazado con grandes pérdidas. El príncipe Salm se distinguió en este combate por su valentía y se apoderó él solo de un cañon. El emperador Maximiliano permaneció tranquilo conservando la sangre fría. A las tres de la tarde, Escobedo suspendió esta tentativa que le costó grandes pérdidas y que sólo le proporcionó la posesión de la colina de San Gregorio, que estaba situada más cerca de la ciudad. El emperador montó a cabello y se trasladó a las primeras líneas embriagándose con las entusiastas aclamaciones de tropas de "Viva el emperador", sin reparar en que cada vez que resonaba este grito el enemigo cubría de balas el lugar de donde procedía.
En el campo juarista, el fracasado ataque produjo una depresión moral que, si hubiese sido aprovechada por la guarnición imperial lanzando un contraataque, hubiese tenido graves consecuencias para el ejército de Escobedo. En lugar de esto se recurrió, de nuevo, a un consejo de guerra, en el cual la proposición de Salm de pasar al ataque fue rechazada. Así se dio nuevo tiempo a las tropas de Escobedo para rehacerse. A pesar de todo, la victoria lograda fortaleció la confianza de Maximiliano y en las cartas que escribió a México expresaba su viva alegría. Al mismo tiempo renovaba el ruego al ministro de la casa imperial de que le enviase el dinero de la lista civil que hacía tiempo que debía haber sido pagado, pues todavía no había recibido el anunciado pago de marzo de 10 000 pesos y no sabía cómo cubrir las necesidades más elementales de su casa.
En el consejo de guerra se decidió reconquistar, por lo menos, la colina de San Gregorio, pero hubo que suspender de nuevo el ataque porque la mañana del 17 de marzo, para la cual estaba fijado, las tropas se situaron demasiado tarde en las posiciones de partida. Lo mismo sucedió tres días más tarde cuando estaba planeado un ataque por sorpresa contra un transporte enemigo de víveres. Entre tanto, empezaron a faltar las provisiones y el forraje, y los depósitos de municiones disminuían con tanta rapidez que hubo que pensar en adoptar enérgicas medidas para poner fin a esta situación, a la larga insostenible.
El 20 de marzo fue convocado de nuevo un consejo de guerra. Las decisiones fueron dificultadas por el hecho de que precisamente Querétaro, que había sido elegido como punto central, se encontraba alejado de gran línea de comunicación que sale de México y, pasando por Puebla, llega hasta el puerto de Veracruz. Puebla estaba muy amenazada por Porfirio Díaz. Si la ciudad caía, uno de los puntos más importantes de esta línea se encontraría en manos del enemigo y con ello desaparecía la última posiblidad de mantenerse en comunicación con el mundo exterior y, además, se perdían los ingresos de la aduana de Veracruz, fuente de recursos que después de la retirada de los franceses, prometía de nuevo ser muy productiva.
Entre tanto, el general Márquez intrigaba cerca del emperador; su puesto de jefe del estado mayor no le gustaba. Se encontraba a disgusto en la sitiada ciudad donde, en medio de tantos prestigiosos generales y personalidades, no podía obrar tan libre e independientemente como volviendo a México. Así, pues, persuadió al emperador de que sus ministros conservadores en la capital eran unas "viejas comadres", de que faltaba allí un general enérgico y cicunspecto que impidiese el orden y que trajese ayuda financiera y militar al ejército que luchaba en Querétaro, el cual hasta ahora había estado abandonado por completo. Márquez convenció también a los generales Mejía y Miramón prometiéndoles refuerzos que él mismo traería de México. Además, hizo ver al emperador que sólo el establecimiento de una dictadura y el nombramiento de un leal general, con lo que se refería a sí mismo, como presidente del Consejo podía todavía a última hora dar un giro favorable a las cosas.
Cuando Márquez hubo convencido de lo ventajoso de su plan a todos los participantes en el consejo de guerra, se reunió éste, no asistiendo Maximiliano "para no impedir la libertad de las decisiones". El emperador, teniendo conciencia de no poder él mismo tomar ninguna resolución, puso su suerte en manos de los otros, pero tenía el deseo de que el consejo no abandonase Querétaro y de que encontrase algún medio que ofreciese aún alguna probabilidad de lograr el triunfo final. De los generales mexicanos presentes en el consejo, Méndez se abstuvo de opinar, Castillo y Vidaurri aconsejaron la continuación de la defensa, lo mismo que Mejía, que propuso, además, el plan de atacar más tarde tan pronto como llegasen los refuerzos. Márquez y Miramón se adhirieron a este plan y aconsejaron realizar, por el momento, pequeños ataques para el mejoramiento general del ejército sitiado.
De acuerdo con esto se propuso al emperador enviar al general Márquez a México con 1 000 soldados de caballería. Márquez debía primero establecer el orden en la capital y después, con toda la guarnición de México y todos los refuerzos disponibles, atacar por la espalda al enemigo que se encontraba sitiando Querétaro. Estas proposiciones coincidían por entero con el modo de ver del emperador. Lleno de alegría, nombró a Márquez lieutenant de l'empire, le dio los más amplios poderes, a su propuesta destituyó a la mayoría de los ministros y le confió la formación de un nuevo gabinete. En una palabra, entregó por entero la dirección de los asuntos a manos de aquel general que, anteriormente, cuando llegó a México, había enviado, para alejarlo del país por miedo a su ambición y a su espírtu de intriga, a los Santos Lugares y a Constantinopla. ¡En tan poco tiempo supo Márquez ganar de nuevo tan por entero la confianza del emperador! Esta confianza de Maximiliano que, de todos modos, podía ser seguida con la misma rapidez por la más profunda desconfianza, era una de sus debilidades y le produjo graves daños durante toda su vida. Maximiliano razonó su proceder diciendo que, por el momento, la cuestión militar era la de mayor importancia, por lo que tenía que conceder los más amplios poderes al "excelente y activo" Márquez.
Esta vez Márquez había pensado en todas las posibilidades. Sabía que Maximiliano en los últimos tiempos buscaba adrede los lugares expuestos al fuego enemigo y en los combates estaba a menudo en primera línea. Podía, pues, suceder que, de repente, cayese muerto o fuese hecho prisionero. Márquez trató de asegurarse para este caso y en efecto, de convencer al emperador de que firmase un documento que, en cierto modo, representaba un testamento político. Márquez, Teodosio Lares y Lacunza eran nombrados regentes con el encargo de convocar el congreso constituyente. De esta manera trataban el general y sus compañeros de asegurarse ellos y no parecía serles del todo desagradable la idea de que la persona del emperador quedase eliminada del gobierno de México. Maximiliano era sólo una carta en el juego de estos aventurados políticos.
El emperador aprovechó la ocasión para dar a Márquez cartas para la capital. Una de ellas, dirigida a Sánchez Navarro, contenía disposiciones sobre la propiedad particular, sus objetos de plata y otros de valor que todavía no habían sido vendidos y que estaban confiados a Fischer y a Schaffer, para el caso de que el nuevo regente no considerase segura la ciudad de México. El emperador pedía de nuevo, con apremio, dinero. Como el gobernador del palacio de Miramar le había escrito hablándole de dificultades económicas, Maximiliano le pedía una exacta rendición de cuentas y lo exhortaba a hacer ahorros en todas partes. Por último, suspendía la pensión de Schertzenlechner, pues se había enterado de que se dedicaba en Europa a propalar noticias calumniosas.
Maximiliano dirigió algunas líneas aclaratorias al padre Fischer sobre la misión del general Márquez, que iba a México a imponer el orden entre las viejas comadres del ministerio, a levantar la moral y, al mismo tiempo, a apoyar y proteger a los verdaderos amigos del emperador. "Como, decía en la carta, en el curso de las combinaciones militares puede suceder que México careciese en absoluto, por algún tiempo, de la protección del ejército, si tal caso llegase, Márquez llevará consigo junto a las tropas a usted, Schaffer y Günner." A continuación Maximiliano ordenaba a Fischer que, en este caso, entregase los objetos de su propiedad privada a la embajada inglesa o bien a la austriaca, pero que se llevase los libros, las listas de conderaciones y... el vino de Borgoña. "Que Dios lo acompañe terminaba la carta aquí, a pesar de todas las dificultades, estamos contentos y con buen ánimo y sólo nos molesta mucho el proceder de las débiles y viejas pelucas de México que de puro miedo y vileza cometen abierta traición. Espero que nos veamos pronto y alegremente."
En Querétaro el emperador descubrió muchas mañas del padre y se enteró también de que el rumor según el cual el eclesiástico era padre de varios niños correspondía a la realidad, pero en esta situación todo le era igual y ya no juzgó el hecho con demasida severidad. De la mejor gana hubiese tenido con él a Fischer y se hubiese alegrado de ver a su lado un europeo más que se interesase por su situación, pues, por lo demás, ya estaba acostumbrado a estar rodeado de personajes dudosos.
En la noche del 22 al 23 de marzo, al mismo tiempo que la guarnición de Querétaro hacía una salida en sentido contrario, Márquez abandonó la sitiada ciudad con 1200 de los mejores jinetes. El general con sus fuerzas logró, de un modo muy significativo, después de un insignificante tiroteo, romper, sin sufrir bajas, el cerco de los sitiadores, y el 27 de marzo llegó a México.
Mientras que de este modo los defensores eran debilitados, el ejército sitiador se fortalecía con la llegada de refuerzos, alcanzando el número de 40 000 hombres, frente a los cuales, deducidas las bajas, sólo quedaban ya 7 000 imperiales. La proporción, según esto, era de 1 a 5 en favor de los republicanos, y el resultado, si no llegaban refuerzos, indudable.
Pero Maximiliano tenía ahora de nuevo una esperanza a la cual se podía aferrar: la vuelta del general Márquez con grandes refuerzos. Esta esperanza alimentó sus ilusiones en el tiempo que siguió a la partida del general. Este pensamiento sostuvo al emperador, cuyo estado de salud había mejorado a principio del sitio, pero que, ahora, bajo el efecto de las excitaciones, de las preocuciones, de los esfuerzos y de la alimentación que cada día era más deficiente, empeoró sensiblemente. La fiebre y la disentería atacaron a Maximiliano y debilitaron su organismo, que ya de sí era poco resistente.
Entre tanto, en Europa abrigaban temores por la persona del emperador. El ministro autriaco de Relaciones Exteriores, el barón von Beust, encargó a Metternich, el 5 de marzo, que preguntase en París si Maximiliano se encontraba en seguridad. Le decía que había que proteger a Maximiliano de eventuales represalias de sus adversarios e insistía en recibir seguridades formales de Napoleón a este respecto. El embajador fue en seguida a visitar a Napoleón, el cual lo recibió al punto y dijo que era natural que diese todo género de garantías si el emperador partía con las tropas francesas. Pero después de que éstas abandonasen México no podía, por desgracia, hacer nada por él. Como era un hecho conocido que Maximiliano después de la partida de las tropas francesas se alejó 40 kilometros de la capital y se puso a la cabeza de las guerrillas, tendría que sufrir las consecuencias de su proceder, que, sin duda, no carecía de grandeza, pero que entrañaba peligros de los cuales Francia difícilmente podía preservarlo. Metternich fue todavía una segunda vez a las Tullerías para rogar a Napoleón que estuviese al tanto de los sucesos para proteger a aquel hombre a quien había colocado en medio de miles de peligros.
Pero fue inútil. Ahora que las tropas francesas habían abandonado México, Napoleón se encontraba impotente ante los acontecimientos que allí se desarrollaban.
También el embajador austriaco en Washington, el barón Wydenbruck, empezó a inquietarse. Había recibido una carta alarmante de Cincinnati del capitán de estado mayor austrico Federico Hotze, el cual al partir el cuerpo de voluntarios se quedó en México, se había negado a ser jefe del estado mayor de general Márquez y ahora quería volver de nuevo al ejército austriaco. El capitán, en el afán de ayudar a Maximiliano en la medida de sus fuerzas, decía que se trataba de asegurar su vida, quizás de ahorrar al mundo un drama sangriento y a la familia imperial de Viena un gran dolor. Pedía a Wydenbruck que rogase a Seward que interviniese, y él, Hotze, se ofrecía a entregar personalmente una carta a Juárez. Hotze fue durante un año comandante del estado de Oaxaca, país natal del presidente y allí estableció amistosas relaciones con cercanos parientes de Juárez. Así, pues, esperaba poder llevar a cabo con éxito esta misión.
Wydenbruck fue a visitar a Seward y consiguió que éste escribiese el 7 de abril al embajador de la Unión acreditado cerca de Juárez y que residía en Nueva Orléans, L. D. Campbell, diciéndole que, teniendo en cuenta el precedente del fusilamiento en masa de franceses hechos prisioneros en Zacatecas, exhortase a Juárez a que, en el caso de que conquistase Querétaro y cogiese prisionero al emperador, procediese con él como se conducen las naciones civilizadas con los prisioneros de guerra. Además el 14 de abril el barón Wydenbruck recibió la orden de von Beust de solicitar la intervención del gobierno norteamericano cerca de Juárez para que la persona del emperador Maximiliano fuese respetada.
La conducta de Maximiliano, que sin duda demostraba valentía personal, despertó simpatía en la Unión; por eso la gestión de Seward fue saludada con aprobación general. Pero Juárez cuidaba también, frente a la Unión, del mantenimiento de su independencia. Contestó evasivamente, si bien con cortesía, a la nota de embajador Campell que, por otra parte, llegó a su poder con gran retraso. Entre tanto, los juaristas realizaron el 24 de marzo un fuerte ataque contra Querétaro que la guarnición rechazó con verdadero heroísmo. Pero las fuerzas sitiadas gastaron muchas municiones en el combate y sufrieron grandes pérdidas, de suerte que la victoria debilitó mucho a los defensores.
El general Méndez, que no se llevaba nada bien con Miramón, instó al príncipe Salm a que persuadiese al emperador de que debía abandonar Querétaro, ya que aquí sólo se podía perder la vida y el honor. Pero Salm, que se había convertido en compañero inseparable del emperador, era más optimista y constantemente le infundió ánimo. Además de su amistad con Salm, el emperador frecuentaba ahora mucho el trato con López y a menudo iba acompañado sólo por él a las numersosas visitas que hacía a las líneas. Los soldados, que no estaban acostumbrados a ver a sus jefes supremos en sus líneas, sentían verdadera emoción por la conducta del emperador y por el interés que demostraba por ellos preguntándoles si recibían su soldada y su rancho. Su afecto personal hacia el monarca crecía de día en día y dondequiera que Maximiliano aparecía resonaba el grito de "Viva el emperador", de tal modo que, por último, los grandes tuvieron que prohibir los vivas porque atraían la atención del enemigo hacia el punto donde se encontraba el emperador.
Cuando el 30 de marzo Maximiliano reunió cierto número de generales, oficales y soldados para repartir medallas en premio al valor, de pronto el general Miramón, que era el más caracterizado, se destacó de la fila y acercándose al emperador le prendió en el pecho, en nombre del ejército, la misma insignia que él otorgaba ahora a sus soldados, pués él la merecía más que ningún otro.
La escena conmovió mucho al emperador. Las manifestaciones de calurosa simpatía personal, el reconocimiento de su valor, de su nobleza y de su pundonor podían emocionarlo hasta las lágrimas. Así sucedió también esta vez. Un vivo sentimiento de felicidad lo invadió y le hizo olvidar, por un momento, las miles de penas y preocupaciones y hasta lo serio de la situación.
El 1º de abril los sitiados realizaron la salida que Miramón había propuesto para reconquistar la colina de San Gregorio. Pero no tuvo éxito, tuvieron que lamentar graves pérdidas y, además, el proceder cruel del enemigo, que remató a los heridos que cayeron en su poder y echó sus cadáveres al río para que siguiendo la corriente atravesaran la ciudad, produjo un efecto desmoralizador entre la guarnición imperial.
Ahora se acercaba el día en el cual Márquez había prometido llegar a Querétaro con refuerzos. Pero no llegó y tampoco se recibieron noticias suyas; de pronto se extendió en la ciudad el rumor de que había sido derrotado y de que ésta era de su larga tardanza. Al mismo tiempo los víveres y las municiones se hacían cada vez más escasos. Maximiliano empezó a dudar de la fidelidad del general.
A pesar de todas estas inquietudes, el 10 de abril, aniversario del recibimiento de la comisión mexicana en Miramar y de la aceptación de la corona, se celebró solemnemente en Querétaro. Tres años habían transcurrido desde aquel día, y ninguno de aquellos que entonces protestaron su adhesión al emperador estaban ahora a su lado. Las tropas del país que, según le dijeron, le habían suplicado con insistencia, por medio de aquellos representantes, que viniese a México y que se hiciese cargo de su gobierno, le tenían cercado a él y a los últimos adherentes de un partido sin fuerza, en una pequeña ciudad. El mariscal de Napoleón y los franceses, en los cuales tanto confiaba Maximiliano, habían desaparecido de la escena, los emperadores franceses le habían retirado su apoyo. Éste era el resultado de tres años de constantes y bien intencionados esfuerzos de los que ya había caído víctima la emperatriz Carlota. Los bellos discursos que fueron cambiados en la fiesta no podían velar los sombríos colores del cuadro. La necesidad del momento hizo que muy pronto se olvidaran las fiestas.
La enemistad entre Miramón y Méndez se manifestaba cada vez más. Méndez afirmaba que Miramón traicionaba al emperador, que sus consejos conducirían a la catástrofe. Trató de convencer a Salm, cuya creciente intimidad era observada por todo el mundo. Pero como cuenta Fürstenwürther, Salm no se preocupaba en lo más mínimo del porvenir y por esto no era el indicado para exponer al emperador lo serio de la situación. El "novísimo consejero" del emperador, como se le llamaba desconfiadamente en el ejército imperial, aunque en el fondo un aventurero, era, sin embargo, un hombre valiente y leal. Su valor y su adhesión resistieron todas las pruebas. Maximiliano, que poseía una fina comprensión para el verdadero afecto y simpatía personales, en las últimas semanas de su vida se unió al príncipe con sincera amistad. Salm comunicó al emperador todo lo que Méndez le había dicho; su consejo era que el emperador debía encargarle prender a Miramón y depués, con Mejía y él (Méndez), romper el cerco marchando hacia las montañas de Sierra Gorda, donde tendría de nuevo manos libres. Si no se hacía esto, se podía contar, decía Méndez, con que todos serían fusilados. Maximiliano no tomó en serio la proposición, creía que Méndez veía demasiado negro, todavía no estaba todo perdido. El plan le parecía que tenía una apariencia demasiado grande de fuga.
El emperador se había decidido, por el contrario, a enviar a México, primero a Mejía, y, cuando éste enfermó a su hombre de confianza Salm, para ver qué es lo que pasaba. Salm debía exponer a Márquez el estado de necesidad en que se encontraba la guarnición de Querétaro que, desde hacía seis días, comía carne de caballo, exigir de él una respuesta dentro de las 24 horas y volver con toda la caballería. Maximiliano le dio incluso poderes para, en caso necesario detener a Márquez y hacer saber al conde Khevenhüller, así como a los demás jefes de las tropas europeas, que sólo debían obedecer sus órdenes. Maximiliano no perdía aún la esperanza de llegar a una solución mediante negociaciones con Juárez u otros liberales. De nuevo insistía en aquellas instrucciones que le dio a Salm en que no se retiraría voluntariamente si no podía trasmitir su mandato a un congreso legalmente constituido. Maximiliano persistía aún ahora en su anterior idea, aunque ésta ya había sido refutada por la fuerza de los acontecimientos. Así había sucedido en un tiempo, antes de la aceptación de la corona, con la condición del apoyo de Inglaterra, así también con el concordato con la confianza en Napoleón y, ahora, con el congreso nacional. "Si la gente es terca y es díficil a hacer algo, yo soy todavía más terco y es más difícil disuadirme de mis propósitos." Sí, en verdad, estas palabras del diario de Maximiliano durante su viaje a España no eran palabras vanas, en la realidad obraba de acuerdo con ellas y esto causó su perdición.
El 17 de abril Salm debía abrise paso por entre las líneas enemigas, parece que fue traicionado y su propósito fue comunicado al enemigo. Por dondequiera que el príncipe intentó salir tropezó con fuertes contiguientes de infantería. Esto dijo él, otros afirmaban que Miramón le indicó apostar los puntos más guarnecidos por el enemigo, porque quería que Márquez volviese. Sea ello lo que fuere, Salm abandonó el plan de salir de Querétaro.
El emperador estaba visiblemente decepcionado, pero aún tenía esperanzas en que Márquez llegase o en que Salm lograse más tarde atravesar las líneas enemigas. Cada vez sentía más afecto hacia él, lo destinó al cuartel general y lo nombró su ayudante de campo.
Entre tanto, las privaciones aumentaban. Hasta el emperador recibía diriamente sólo un pequeño trozo de pan de unas monjas que lo fabricaban en un cercano convento empleando la harina de las hostias. Pronto aparecieron entre las tropas graves síntomas de descomposición. Un número de oficiales, capitaneados por un general, llegó incluso a dirigir una petición al general Mejía solicitando que se emprendiesen negociaciones con el enemigo para capitular. Aunque en seguida fueron detenidos los cabecillas, se temía que el movimento se extendiese con el creciente empeoramiento de la situación. A la larga tampoco podían remediar mucho los pequeños y numerosos recursos empleados por el emperador como la concesión de medallas, el otorgamiento de nombres a cada una de las unidades del ejército y otras medidas por el estilo. Sin embargo, la gran mayoría de la guarnición seguía valiente y leal al lado del empeardor y si llegaba de México la esperada ayuda todavía, según la opinión de Maximiliano, se podía salvar todo. Pero mal andaban las cosas con el esperado apoyo de Márquez.
Cuando el emperador envió al general Márquez a México, dio la mayor importancia a la pronta vuelta del mismo a Querétaro, pero también se habló de Puebla y los amplios poderes del general no excluían que se considerarse autorizado para, primero, dar un rápido golpe contra las fuerzas de Porfirio Díaz, que atacaba a Puebla, y, después, cumplir el resto de su misión. Si esto salía bien, podía emplear para liberar a Querétaro no sólo una parte de la guarnición de México, sino también una considerable parte de la de Puebla.
Y, en efecto, el 30 de marzo partió Márquez, si bien haciendo marchas muy lentas, con la fuerza principal de México en dirección a Puebla. Cuando el general Porfirio Díaz se enteró de la llegada del general Márquez, se decidió a intentar el 2 de abril un ataque general contra Puebla para ocupar la ciudad antes de la llegada de las tropas que iban a levantar el sitio. El ataque tuvo éxito y el general Noriega, que no sospechaba la próxima llegada de las tropas de auxilio, rindió las armas el 4 de abril a Porfirio Díaz. Al enterarse de esto Márquez ordenó la vuelta a México. La mala noticia se extendió como un reguero de pólvora entre sus tropas. Sólo los europeos, para los cuales no era posible pasarse al lado del partido liberal, perseveraron valientemente en la defensa de la causa imperial. Porfiro Díaz se dirigió en seguida con todas sus fuerzas contra Márquez. Cuando de 10 de abril su vanguardia alcanzó a la columna imperial que se retiraba y cuyos cañones a consecuencia de las dificultades del terreno no podían seguir adelante, se produjo tal pánico entre las líneas imperiales que la columna se dispersó casi por completo. Los artilleros cortaron las cuerdas de los tiros, saltaron sobre los caballos y se pusieron en fuga. El propio Márquez abandonó sus tropas y volvió a México acompañado de algunos jinetes. Gracias, únicamente, a la valentía del coronel von Kodolitsch y de sus húsares que hicieron cara al enemigo que acosaba a las fuerzas imperiales en su huida, los restos de la columna pudieron llegar a México, donde la derrota produjo la más profunda impresión. Aunque en la ciudad no se daban noticias claras sobre la situación y también se propagaban informes oficiales favorables sobre la situación de Querétaro, en todos los círculos se daba ya por perdida la causa imperial.
Maximiliano se enteró de la derrota del general Márquez primero por rumores, el 22 de abril, pero mantuvo en secreto la noticia ante la población y el ejército. El mismo día apereció un parlamentario de los liberales; exigía la capitulación y declaraba que al emperador le sería concedida libertad para partir. Miramón rechazó estas proposiciones y quiso entablar una discusión política dirigida contra Juárez, pero el parlamentario se negó a escucharle. Maximiliano no quería tomar en consideración negociaciones en las cuales sólo se daban garantías para su persona, pero no para la seguridad de sus partidiarios. Así fracasaron las negociaciones y la lucha continuó.
Todavía debía acreditarse una vez más el valor de los imperiales y su ímpetu de ataque aumentado por el entusiasmo que sentía por la persona del emperador Maximiliano. Miramón cedió, por fin, a las numerosas instancias que le hacían de romper el cerco de los sitiadores con un gran ataque y salir de la trampa en que se encontraban. El ataque fue fijado para el 27 de abril por la mañana y debía dirigirse primero contra las colinas del cementerio que dominaban el suroeste de la ciudad. El primer ataque tuvo más éxito del esperado. Las líneas enemigas fueron rotas y arrolladas; se tomaron 21 cañones, muchas banderas y se hicieron numerosos prisioneros. El enemigo huyó de todo el lugar del ataque. Con trabajo tuvo Escobedo que buscar refuerzos en todas partes y lanzar a la lucha sus mejores tropas, entre ellas el regimiento "Supremos poderes", una especie de guardia. Pero para esto tuvieron que pasar varias horas que Miramón, si hubiese tenido serias intenciones de abandonar Querétaro, hubiese debido aprovechar. Pero después del triunfo obtenido el general estaba convencido de que también se podía obtener al victoria quedándose en Querétaro.
El emperador, que, lleno de alegría por la victoria, acudió presuroso junto a las tropas, se dejó convecer por Miramón. El triunfo obtenido fortaleció su confianza en el joven general, pero éste no lo aprovechó bien y dio tiempo a Escobedo para reparar la pérdida de las alturas. Fue una victoria estéril, a pesar de que, según las declaraciones de los jefes del ejército liberal, su situación aquel día fue, durante cierto tiempo, muy crítica.
Cuando el 1º y 2 de mayo los ataques tuvieron poco éxito sólo fatigaron excesivamente a la agotada guarnición, el emperador empezó también a perder la confianza en la afirmación de Miramón, que decía que las líneas enemigas podían ser rotas y se podía salir de Querétaro cuando se quisiese. Sólo entonces empezó a prevalecer el criterio del general Méndez que consideraba inútiles los pequeños combates y aconsejaba concentrar todas las fuerzas y realizar un gran ataque para romper las líneas y salir de Querétaro. El emperador rechazó las súplicas que le hicieron repetidas veces para que se abriese camino con una escolta, diciendo siempre que su honor militar le impedía alejarse del lado de sus leales.También Slam se adhirió a los ruegos que le hacían a Maximiliano para que se pusiese en seguridad, y cuando, al fin, el emperador empezó a pensar en serio en este plan, pidió que sus generales redactasen un documento que lo justificase ante el juicio de la historia, al que daba más valor que a su vida.
Entre tanto, había comprendido bien la seriedad de la situación. Los víveres y las municiones desaparecían, hacía ya tiempo que no se podían esperar refuerzos, su estado de salud empeoraba de día en día, su voz se hacía cada vez más melancólica e inquieta. El emperador estaba cansado de la larga lucha, sus nervios ya no soportaban más las constantes excitaciones, ansiaba el fin, la tranquilidad y la paz. Pero no veía ninguna salida y sólo anhelaba una bala piadosa. Ya en el ataque del 27 abril, al que siguió un contraataque del enemigo, Maximiliano se expuso repetidas veces de manera audaz y alocada, y sólo, por fin, los insistentes ruegos de su séquito consiguieron sacarlo de la zona más peligrosa. Pero, ahora, en los primeros días de mayo se veía claramente: el emperador buscaba la muerte. Durante horas enteras permancía en sitios donde poco antes habían caído soldados; acongojado, recorría incansablemente las líneas sin escuchar las súplicas de Salm que le pedía que no se expusiese. El emperador creía que si él caía no esperaría a la ciudad y a sus habitantes una suerte tan triste como si él la abandonaba. Su felicidad matrimonial estaba destrozada, en la patria sólo le esperaban cosas desagradables, estaba cansado de la lucha y no tenía ninguna ambición, ninguna esperanza.
La situación de la ciudad se hacia cada vez peor. El acueducto fue cortado por el enemigo, la población sufría amarga necesidad y la falta de soldada y de aprovisionamiento hacía que la guarnición, reducida a 5 000 hombres, vacilase en su fidelidad; hubo incluso oficiales y soldados franceses que servían en el ejército imperial que ofrecieron al general Escobedo pasarse a sus fuezas y prestar en ellas sus servicios. Pero sólo encontraron una despreciativa repulsa. En aquellos días, el coronel López se acercaba cada vez más el emperador y despertaba de nuevo en él la creencia de que todavía podía llegarse a una inteligencia con Juárez y con los liberales. López comprendió que las cosas no podían continuar como iban, que todos, y con todos él mismo, estarían perdidos si, a última hora, no se encontraba una solución pacífica. Pero el coronel mantuvo el más estricto secreto sobre sus planes. Nadie del séquito del emperador sabía nada e incluso frente al emperador el coronel hacía sólo insinuaciones misteriosas sobre la posibilidad de entenderse con el enemigo y obtener un perdón general para todos. Es probable, aunque no está demostrado, que también los liberales, por medio de un intermediario, hubiesen hecho a López indicaciones en este sentido.
Por último, comprendieron todos los generales y el propio emperador que ya no había tiempo que perder si se quería intentar la salida. A propuesta de Miramón se eligió el 10 de mayo para realizarla. Pero en el último momento nuevas dudas surgieron en el ánimo del emperador; Maximiliano vacilaba quizás, movido por las vanas ilusiones que en él despertaba López. De nuevo convocó para el 14 de mayo un consejo de guerra que debía decidir las disposiciones definitivas. Ya la noche antes el coronel López había estado en el campo enemigo y había comenzado sus negociaciones.
El consejo de guerra decidió que la salida se realizase a las 12 de la noche del 14 al 15. Para evitar traiciones, el lugar del ataque debía fijarse a las 10 de la noche. Aunque Mejía rogó que se hiciese un nuevo aplazamiento de 24 horas, se hicieron todos los preparativos para la salida. Hacia las 11 de la noche, López apareció en las habitaciones del emperador y permaneció solo con él en conversación confidencial. En esta ocasión, Maximiliano otorgó al coronel la medalla de valor y le rogó que, en el caso de que en las horas decisivas que se aproximaban no pudiese evitar caer en manos del enemigo, de un balazo lo librase de la vida. Al parecer, López en esta conversación despertó en Maximiliano la esperanza de que, mediante negociaciones, lograría llegar a un convenio honroso para el emperador y su ejército e indulgente para la ciudad y la población. Quizás creía entonces todavía el propio López en tales vanas promesas que le hicieron del lado liberal.
Así, pues, el emperador dio de nuevo contraorden y dispuso que la salida se realizase en la noche del 15 al 16. Poco después de la conversación con Maximiliano el coronel López se trasladó al cuartel general de Escobedo. Fue recibido como el día anterior y llevado ante el comandante de jefe. Éste había comprobado en su primera conversación con López la desesperada situación de los sitiados que ya le era conocida por numerosas declaraciones de evadidos, y teniendo en cuenta esta situación adoptó una actitud intransigente. Parece que ya se habló sólo de capitulación incondicional y que, por último, se amenazó también personalmente a López si no se pasaba al lado de los liberales y les entregaba el convento de La Cruz, cuya guarnición mandaba como jefe de la brigada de la reserva imperial. Pero en caso de que López accediese a las demandas que se le hacían, se le garantizaba su seguridad y libertad personales y, probablemente, le fueran ofrecidas otras ventajas.
López no pudo resistir estas amenazas y promesas. Traicionó a su emperador y aceptó la propuesta de Escobedo. Pero López sentía cierta piedad y simpatía personal por Maximiliano que, durante toda la duración de su gobierno, lo había colmado de bondades, aunque el coronel ya una vez, bajo el gobierno de Santa Anna, fue expulsado del ejército mexicano por deshonrosa conducta. Así, parece que López rogó a Escobedo que se dejase escapar al emperador. El general pensó entonces que la captura del emperador sería un gran compromiso para Juárez y que éste quizás le agradecería si, sin dar su consentimiento expreso, dejaba huir a Maximiliano. Por eso, sin hacer ninguna promesa formal, Escobedo parece que dio a entender a López que él debía cuidarse de que el emperador no cayese en manos de los republicanos, que no se le pondría ningún obstáculo en el camino, siempre que López, como había prometido, entregase todos los demás a manos de los liberales.
López se declaró conforme y se trasladó al punto al convento de La Cruz para hacer sus preparativos. Confió el plan a uno de sus subordinados, a un tal Jablonski, y cuidó de que los centinelas que podían molestar fuesen alejados y de que los cañones fuesen quitados de los accesos a la ciudad.
Entre tanto, Escobedo dio la orden de prepararse con todo secreto para, a la tres de la mañana, ocupar el convento de La Cruz y la ciudad. A esta hora el coronel López volvió al campo liberal y, con el general liberal Méndez, su coronel Gallardo y algunos ayudantes, se puso a la cabeza de la columna destinada a la ocupación de Querétaro.
Cuando la columna llegó a la línea imperial el traidor se dio a conocer a los centinelas que aún quedaban; éstos bajaron las armas y fueron hechos prisioneros. De igual manera fue sorprendido el resto de los centinelas, de tal modo que los juaristas llegaron al cuartel general imperial sin haber disparado un solo tiro.
El emperador, que después de la partida del coronel López permaneció levantado hasta la una de la mañana, se acostó pero no pudo dormir a causa de la excitación. A las dos y media de la mañana le atacó un cólico tan fuerte que hizo despertar al médico de cámara, doctor Basch, el cual permaneció una hora entera a su lado. Sólo entonces pudo el emperador dormir un corto sueño.
A las cuatro y media de la mañana, el coronel López, poco depués de haber guiado las mejores tropas del enemigo, los "Supremos poderes", hasta el cuartel general imperial, entró en la habitación del príncipe Salm y grito con cara descompuesta: "¡De prisa, salve usted la vida del emperador, el enemigo está ya en La Cruz!" Después, sin dar más explicaciones, cerró violentamente la puerta y se marchó presuroso. Parecido aviso recibió el secretario particular de Maximiliano, don José Blasio, del cómplice de López, teniente coronel Jablonski. Blasio se trasladó en seguida a las habitaciones de Maximiliano, al que despertó y le informó rápidamente de la situación. Lleno de confusión y pálido como un muerto a consecuencia de la mala noche, pero relativamente tranquilo, el emperador se levantó y se vistió. Mientras Blasio partía a toda prisa para dar por todas partes la voz de alarma, llegó el doctor Basch. El emperador ya estaba vestido y había cogido su sable para defenderse. Cuando Maximiliano bajaba la escalera llegó el prícipe Salm, en su excitación agarró al monarca por el brazo izquierdo y exclamó: "¡Majestad, no hay un minuto que perder, el enemigo está ahí!".
El emperador, acompañado por cuatro hombres, salió del portal de la casa, cuando, de pronto, los soldados juaristas le cerraron el camino. Entonces aparecieron el coronel López y el Jefe liberal coronel Gallardo, reprendieron a los saldados y les dijieron: "Éstos pueden pasar, son simples ciudadanos".
Con esto, Gallardo cumplía, evidentemente, la promesa hecha a López de posibilitar la fuga de Maximiliano. Pero el emperador no se preocupaba por su propia seguridad, sino por la suerte de sus dos leales compañeros de armas Miramón y Mejía, que mandó buscar para decirles que se trasaldaba al Cerro de las Campanas y que debían seguirle con el mayor número posible de tropas. Maximiliano rechazó, además, el ofrecimiento que le hacían de mostrarle un lugar seguro donde ocultarse. En la hora del peligro no quería esconderse.
Cuando más adversa se hacía su suerte, más se crecía la figura del emperador. Su pundonor, su orgullo le dictaban todas sus acciones. Admirados, pero también llenos de inquietantes presentimientos, sus leales le siguieron al Cerro de las Camapanas.
Entre tanto, en la ciudad reinaba una enorme confusión. Por todas partes habían penetrado los liberales y las tropas imperiales se rendían o se pasaban al enemigo. De repente, en el aire matinal del brillante y hermoso día que amanecía resonaron todas las campanas de la ciudad. Era la señal de victoria de los juaristas. Por todos lados se oía cantar a coro la canción satírica alusiva a la emperatriz, "Mamá Carlota". Las lágrimas asomaron a los ojos de Maximiliano. Entre tanto, oficiales y jinetes de los imperiales se reunían en el cerro alrededor de su soberano. Miramón al intentar ofrecer resistencia había sido herido en la cara y yacía en casa de un amigo. Mejía, por el contrario, acudió el cerro. De todas partes avanzaban ya tropas enemigas contra el grupo imperial apostado en la colina. Maximiliano se dirigió a Mejía preguntándole si había todavía una posibilidad de abrise camino. Mejía hizo un desesperado movimiento con la mano y dijo que era imposible.
"Salm, dijo el emperdor a su fiel ayudante, ahora una bala liberadora". Pero las balas respetan a aquel que las busca y alcanzan demasido fácilmente al que huye de ellas. El emperador no murió en el campo de batalla como había deseado y tuvo que apurar el cáliz hasta la heces.
Maximiliano se volvió todavía dos veces a Mejía preguntándole si ya no había salida; de nuevo tuvo que decir que no el valiente indio. El emperador hizo que su secretario Blasio quemase rápidamente dos pequeños paquetes con importantes documentos, después mandó izar en el cerro la bandera blanca y envió un emisario a Escobedo para decirle que se rendía. Durante este tiempo la colina había sido cercada por el enemigo. En la ciudad el fuego decrecía poco a poco. Apoyado en su sable, Maximiliano esperó con tranquilidad la llegada de un jefe enemigo que se aproximaba a la cabeza de su estado mayor. Cortésmente se acercó el general Echegaray al emperador y le dijo: "Vuestra Majestad es mi prisionero".
Maximiliano se limitó a asentir con la cabeza, observó que él ya no era emperador, que el acta de su adbicación se encontraba en manos del consejo de Estado y después rogó ser llevado ante el general Escobedo. Tranquilo y dueño de sí mismo, rodeado de un numeroso grupo de oficiales imperiales y republicanos, Maximiliano marchó a caballo al encuentro de Escobedo, que, en aquel momento, se aproximaba seguido de un gran séquito. Sus oficiales rodearon al emperador. Después todos cabalgaron de nuevo al Cerro de las Campanas, donde bajaron de los caballos. Maximiliano desciñó su sable y se lo entregó a Escobedo, que, después de corta vacilación y con visible azoramiento, se lo dio a su ayudante.
Escobedo invitó al emperador a entrar en una tienda de campaña que entre tanto habían levantado. Durante un cierto tiempo los dos hombres estuvieron silenciosos frente a frente, pues el emperador esperaba que Escobedo hiciese uso de la palabra. Como Escobedo no rompía el silencio, el emperador empezó a hablar con voz grave y firme. Hizo constar que ya en marzo había abdicado y rogó que no se derramase más sangre. Pero en el caso de que esto todavía fuese necesario pedía que se fusilase a él y que se satisficiesen con esto. De no ser así, rogaba, ya que sólo tenía el deseo de abandonar México, ser trasladado a cualquier puerto. Pero suplicaba también que se tratase bien a su gente por la lealtad y la valentía que habían demostrado en los tiempos difíciles.
Escobedo respondió evasivamente. Trasmitiría los deseos del emperador a su gobierno. Debía esperar sus decisiones y, hasta entonces, trataría al emperador y a todos sus oficiales y partidarios como prisioneros de guerra. Después de esto Escobedo abandonó a Maximiliano y encargó al general Riva Palacio que llevase al emperador al convento de La Cruz, lo que este general hizo con mucho tacto dando un rodeo. Cuando Maximiliano se desmontó, le regaló su caballo en reconocimeinto por su delicado proceder.
Así, pues, Querétaro había caído después de 71 días de valerosa defensa y el emperador y todos sus leales se encontraban prisioneros. Por todas partes en la ciudad ondeaban al viento las banderas enemigas, pero la población, a pesar de los impuestos agobiadores y de las necesidades de todas clases que tuvo que sufrir durante el sitio, permanecía retraída. El emperador, con el encanto de su personalidad, de su nobleza y de su porte verdaderamente principesco, se había ganado las simpatías de todos los ciudadanos que, también en la desgracia, le permanecieron fieles. Desde la toma de la ciudad, numerosas damas aparecían sólo vestidas de negro. La simpatía de la población se manifestó también en otros detalles. Al ser ocupado el cuartel general, parte de los objetos del emperador, en particular su ropa blanca y sus trajes, fueron robados. El monarca, careciendo por completo de dinero, se vio precisado a rogar a Escobedo que atendiese a su sustento. Tan pronto como se enteraron de esto en la ciudad, las damas le enviaban a diario comidas bien preparadas y lo proveyeron con abundancia de ropa blanca y de todo lo necesario, hasta tal punto que Maximiliano decía bromeando que en toda su vida no había poseído tanta ropa blanca como en su prisión. En los primeros días, las mujeres del mercado de la ciudad enviaron al emperador frutas y legumbres. Un comerciante alemán puso, desinteresantemente, dinero a su disposición.
Escodedo intimó a todos los oficiales imperiales a que se entregasen dentro de las 24 horas, pues, en caso contrario, al ser detenidos serían fusilados. El 15 de mayo, fecha que había agradado a Maximiliano para realizar la salida porque era el día del santo de su madre, no le trajo ninguna suerte. Pero el resultado había que atribuirlo, en último término, al carácter del emperador. Su angustioso miedo de faltar a su honor sacrificando a otros para salvarse a sí mismo, la constante esperanza de que ocurriese algún feliz suceso que diese todavía un giro favorable a los acontecimientos, la poca decisión que siempre busca en otros el consejo, la falta de la energía necesaria cuando, ya una vez en guerra, no existe ninguna consideración, habían hecho que cayese prisionero. La conducta del coronel López fue sólo un episodio que hizo el fin más rápido y que dio al suceso un carácter más trágico del que ya de sí tenía.
Llegado al convento de la Cruz, el dolor por la catástrofe dominó un momento al emperador. Llorando abrazó al leal médico de cámara, doctor Basch. Pero pronto se serenó de nuevo y manifestó que se alegraba de que, por lo menos, no se hubiese derramado mucha sangre. Pero las excitaciones sufridas afectaron su débil constitución. Su padecimiento del vientre se manifestó en forma grave. Sé acostó, pero gozó de poca tranquilidad, pues continuamente llegaban oficiales juaristas que querían satisfacer su curiosidad. Como en atención al estado de salud del emperador era necesario darle otro alojamiento, el 17 de mayo trasladaron a Maximiliano y su séquito del convento de La Cruz al antiguo convento de las monjas Teresitas. Las habitaciones que le dieron estaban desnudas y vacías y sólo después de su llegada llevaron a ellas los muebles más indispensables. Allí se enteró Maximiliano de que el general Méndez, que se ocultó del enemigo, había sido descubierto y fusilado sin trámites. Lo habían querido fusilar por la espalda como traidor, pero, en último momento, se volvió de repente para, como valiente soldado, morir con la mirada dirigida al enemigo. ¡Era el primer ejecutado de las filas imperiales, una inquietante noticia para todos los demás! Pero Méndez había hecho fusilar anteriormente, de acuerdo con aquel desgraciado decreto imperial, a los jefes liberales Artega y Salazar y era evidentemente que, por venganza, procedían de un modo tan duro con él. Se quiso ocultar al emperador el fin del general, pero los juaristas se lo comunicaron.
El mismo día el 19 de mayo la princesa Agnes Salm, esposa del ayudante de campo, llegó a Querétaro procedente de San Luis Potosí. Allí había coincidido con el presidente Juárez y a la noticia de que el emperador y su esposo estaban prisioneros, la valiente y decidida mujer acudió presurosa a la ciudad que acababan de tomar los juaristas. Tenía la peculiar habilidad de introducirse en todas partes y de lograr sus deseos, a lo que ayudaba mucho su nombre y su hermosura. Consiguió también entrevistarse con Escobedo que le dio permiso para visitar a Maximiliano y a su esposo.
Escobedo se encontraba en una difícil situación frente a su augusto prisionero. Si procedía sin consideración o hasta cruelmente con el emperador, incurría ante todo el mundo, en una gran responsabilidad; si se mostraba clemente, podía perjudicar su popularidad y, en consecuencia, poner en peligro las probabilidades que tenía de ocupar la presidencia, a la que aspiraba en secreto. Por eso prefirió, rodeado como estaba de una oficialidad sedienta de la sangre del emperador, dejar a Juárez toda la responsabilidad por la suerte del príncipe prisionero y limitarse a cumplir con escrupulosa exactitud las órdenes del gobierno republicano.
En los primeros días Escobedo hizo una visita al emperador en su prisión. Pero Maximiliano deseaba hablar extensamente con el general sobre la situación. Como entonces no tuvo ocasión para ello, hizo preguntar al general si podía devolverle la vista. Ante la respuesta afirmativa, el emperador, aquella misma tarde, se trasladó en un coche abierto y sin escolta de custodia, sólo acompañado del príncipe y de la princesa Salm, a la hacienda de "La Purísima", situada en la proximidad de la ciudad, donde Escobedo vivía a la sazón. Aquel día se encontraban de visita en casa del general unos parientes suyos, por lo que Escobedo había mandado venir a la hacienda una banda de música. Al llegar Maximiliano, el general se turbó porque, de un lado, creía que podía perder algo de su dignidad si mandaba marchar a la banda y, por otro, temía que Maximiliano considerse la presencia de los músicos como una falta de tacto. Maximiliano rogó al general que le permitiese abandonar el país con todos sus oficiales y tropas europeos, a cambio de lo cual él se comprometía a abdicar y a prometer solemnemente no mezclarse nunca más en los asuntos políticos de México. Además encomendaba a todos los antiguos partidiarios del imperio a la clemencia y al perdón del gobierno republicano. Escobedo se mantuvo reservado frente al emperador y observó en pocas palabras que trasmitiría al presidente Juárez todas sus proposiciones para que él decidiese; después de lo cual Juárez rehusó escuchar los ruegos del emperador. Estaba decidido a hacer sentir la venganza del vencedor al adversario por cuya causa había tenido que huir hasta la más remota frontera de su patria. Por órdenes del presidente, la vigilancia, que al principio era pequeña, fue aumentada y el libre trato de que era objeto, que le permitía, por ejemplo, recibir todas las visitas, se hizo también más severo. Como el oficial responsable de la vigilancia de Maximiliano declaró que el convento de las Teresitas era inapropiado para prisión, se trasladó a Maximiliano al convento de las Capuchinas, donde las habitaciones que les estaban destinadas todavía no habían sido desocupadas. El comandante que mandaba las fuerzas alojadas en aquel convento, un acérrimo enemigo del emperador, le hizo pasar la noche en el antiguo panteón del convento. La noche en tal lugar fue tanto más horrorosa para Maximiliano, cuanto que allí recibió noticias procedentes de la sede del gobierno de Juárez, que tuvieron que amenguar sus esperanzas. Después llevaron a Maximiliano a una celda del convento y Miramón y Mejía ocuparon otras dos adyacentes. Las celdas se mantenían abiertas y delante de cada puerta estaba un centinela. La celda del emperador media seis pies de largo por cuatro de ancho, su suelo era de ladrillo rojo. Un catre, a cuya cabecera colgaba un crucifijo, y una pequeña mesa de caoba con dos candeleros de plata eran sus principales muebles. Otra mesa y algunas sillas completaban el sobrio ajuar. El crucifijo y los candeleros de plata eran un mal agüero, pues en México estos objetos se suelen poner en las celdas de los presos condenados a muerte. Además, Juárez ordenó entre tanto que se iniciase, por el fuero de guerra, un proceso sumario contra el monarca y los generales Miramón y Mejía. Esto cambió por completo el estado del asunto. Los tres prisioneros fueron considerados en lo sucesivo como criminales a los cuales, dada la natualeza de los hechos de que se les acusaba, sólo se les podía aplicar la ley promulgada por Juárez el 25 de enero de 1862. Esta ley, como es sabido, no sólo prohibía bajo pena de muerte a los mexicanos ayudar de cualquier modo a la intervención extranjera en México, sino que también amenazaba con la muerte a todos los extranjeros que cometiesen actos atentatorios contra la independencia de México.
Según parece, López, que era el único oficial imperial que no había sido preso e incluso recibió un pase que le garantizaba absoluta libertad de movimientos, rogó a Maximiliano que lo recibiese. Pero el emperador se negó a volver a ver al hombre que sólo le debía bondades y a cuyo hijo tuvo en la pila bautismal y que le había pagado con una traición. López fue despreciado tanto por los imperiales como por los liberales. Se sirvieron de él como se utiliza a la gente de su jaez y después le hicieron a un lado. Entoces se trasladó a Puebla junto su mujer. Cuando entró en su casa le gritó su joven esposa: "¿Qué ha hecho con nuestro compadre? Si no lo puedes liberar de nuevo, no te volveré a mirar". Abandonó, en efecto, el hogar, se refugió en casa de unos parientes y, más tarde se separó por completo de su marido.
En estos días luchaba en Maximiliano el natural instinto de conservación con el deseo de salvar su honor. Todavía esperaba que Juárez no llegaría a lo irremediable. Le rogó que le concediese un plazo para traer defensores de México y para poder ordenar sus asuntos particulares. En un telegrama solicitaba del "señor presidente" una entevista personal para poder hablar con él, en particular sobre al suerte de México, y declaraba que estaba incluso dispuesto, a pesar de su enfermedad, a trasladarse junto a Juárez. Éste le concedió el deseado plazo, pero le negó la entrevista y le hizo comunicar por Escobedo que todo lo que tuviese que decir debía hacerlo en el curso del proceso.
Un sentimiento de triunfo tenía que animar al indio Juárez ante el hecho de que el orgulloso descendiente de una de las más viejas y presitigiosas casas soberanas de Europa, entre cuyos ascendientes se contaba el opresor de la raza india y vencedor del viejo imperio azteca, Carlos V, le pidiese ahora humildemente una entrevista, a él que procedía de la raza despreciada y avasallada. Ya sólo por esta razón había que esperar clemencia. Además, un encuentro con el emperador tenía que ser muy embarazoso para Juárez, tanto más cuanto que estaba decidido a no tener ninguna indulgencia con su prisionero . Había de quedar demostrado ante todo el mundo qué consecuencias tendría siempre una intervención en los asuntos de México para todos aquellos que emprendiesen tal aventura.
Maximiliano eligió entre los liberales de México dos defensores y, pensado que no podía contar con el apoyo del embajador francés ni con el del austriaco, rogó al representante de Prusia, barón Magnus, que fuese a Querétaro para tratar con él sobre lo que se podía hacer para su salvación. Pero poco días después invitó al barón de Lago que se trasladase a Querétaro. Hasta entonces el barón austriaco se había portado en una forma por completo pasiva.
Entre tanto llegó a Europa la noticia de que el emperador Maximiliano se encontraba prisionero y de que su vida estaba amenzada. Las cortes de Europa se apresuraron a dirigir a Washington la súplica de que conjurase el peligro que amenazaba la vida del emperador. Accediendo a estos deseos, Seward ordenó el 1º de julio al embajador norteamericano cerca de Juárez, que hasta entonces había preferido seguir desde el seguro Nueva Orleáns los sucesos de México, que se trasladase rápidamente junto al presidente Juárez y que defendiese a Maximiliano y a los demás prisioneros de guerra. Pero Campbell mostró pocas ganas de pisar el suelo de México. Primero se entabló un intercambio de telegramas entre él y su superior, el secretario de Estado, sobre qué medios de comunicación debía usar Campbell. Se escribió tanto de un lado a otro, que al fin fue demasido tarde. La conducta de Campbell fue, por lo menos, equívoca. Cuando, por último, el 11 de junio recibió la terminante orden del presidente Johnson de partir al punto para San Luis Potosí, informó que estaba enfermo y dio su dimisión.
Maximiliano no debía, pues, esperar ya nada del extranjero. El instinto de conservación, el deseo del joven príncipe, que apenas contaba 35 años, de poder satisfacer aún su vitalidad y el impulso interior que le animaba realizar acciones grandes, le hizo pensar entonces en el último medio que todavía se le ofrecía; la fuga .
Salm había recurrido varias veces a todo su poder de persuación para inducir al emperador a huir. Sólo ahora logró obtener su consentimiento, con la condición de que Miramón y Mejía participasen en la fuga. Esto era, sin duda, un deseo muy noble, pero hacía tanto más difícil la ejecución del plan, cuanto que en los preparativos hechos hasta entonces sólo se contaba con la persona del emperador. Salm ya había conseguido sobornar con dinero a los oficiales y a los guardias, ahora sólo había que ver si esta gente cumpliría también sus promesas. Nuevas esperanzas de vida se despertaron en Maximiliano; sólo su estado de salud le infundía el temor de no poder soportar bien las fatigas de la fuga. Pero por lo demás ya se veía de nuevo libre y dueño otra vez de sus decisiones. Y, como en los días en que todavía tenía la esperanza de que el gobierno liberal lo dejaría en libertad en la costa, trazó con su secretario planes para el futuro. Después de terminada felizmente la fuga pensaba trasladarse, primero a Londres y después a Miramar para escribir la historia de su reinado; también proyectaba viajes a Nápoles, a Grecia y a Turquía.
Pero mientras hacía tales castillos en el aire se acordó de que había escrito a los embajadores acreditados en México invitándoles a que viniesen a Querétaro. Pero ¿qué dirían estos señores si no lo encontraban ya allí y se enteraban de que el emperador había huido? El refinado sentimiento del honor del emperador no le dejaba un momento de reposo, quizás los embajadores le ayudarían a lograr la libertad sin necesidad de fuga. Quizás sería también mejor no intentarla en absoluto. ¡Qué indigno sería si el emperador de México, cuando se encontrase huyendo, fuese, acaso, alcanzado y traído de nuevo a la prisión! También tenía escrúpulos a causa de su aspecto exterior. La barba rubia y partida que sólo él tenía en México y que era conocida en todas partes, tenía que denunciarle incluso aunque, como se lo aconsejaban, se la atase en la nuca. Pero cortársela no quería, le hubiese sido desagradable aparecer de repente sin barba cuando se encontrase en libertad. Tales escrúplos y otros parecidos preocupaban al emperador. De nuevo se hizo sentir la falta de decisión.
Cuando el 2 junio la fuga debía realizarse la noche siguiente llegó un telegrama anunciando que el embajador prusiano y los dos defensores, de la Torre y Riva Palacio, habían partido de México, Maximiliano decidió quedarse. Hizo llamar a Salm y le dijo que había que aplazar la fuga, unos días más o menos no importaban. En vano se le hizo presente que estaba todo preparado, que los centinelas con los que había que contar ya estaban ganados. Todo fue inútil, siguio negándose. Esto fue tanto más deplorable cuanto que entonces el gobierno liberal hubiese visto quizás con agrado la fuga del emperador, pues medainte ella sería sacado de la situación embarazosa en que se encontraba con Maximiliano prisionero frente a la presión del ejército y de muchos partidarios liberales sedientos de venganza. De esta manera se perdió de nuevo una ocasión favorable.
El 3 de junio llegaron a Querétaro Magnus y los defensores, a los que también siguió Lago. Les fue dado el permiso de visitar a Maximiliano. Los defensores comprendieron al punto que si se iniciaba el proceso, dado el estado del asunto, sólo podía recaer la sentencia de muerte. El 8 de junio se decidieron a partir a San Luis Potosí para ver a Juárez y pedirle clemencia.
En Querétaro, los partidarios del imperio, con el matrimonio Salm a la cabeza, trataron todavía de organizar la fuga. Para ello era necesario ganar a los nuevos jefes militares a los que estaba confiada la vigilancia del emperador, los coroneles Villanueva y Palacios. Se pensó en sobornarlos. Pero no se pudo conseguir el suficiente dinero. Los coroneles se prestaron es difícil decir si sólo en aparencia a en tablar conversaciones. El tiempo apremiaba, pues la primera vista ante el consejo de guerra estaba señalada para el 12 de junio. Maximiliano, como no disponía de dinero en efectivo, giró letras por la cantidad necesaria. Los dos coroneles exigieron que las letras fuesen avaladas por los embajadores europeos y el emperador rogó entonces a Lago que extendiese su firma y que lograse de sus colegas que hiciesen los mismo. Lago hizo presente al emperador que, en su opinión, la fuga no tenía ninguna probabilidad de éxito, ya que los mexicanos jugaban un doble juego y sólo querían comprometerlo a él y a los embajadores. En suma, el embajador mostró un carácter miedoso y muy enérgico y estaba tiernamente procupado por su propia persona.
Muy distinta fue la conducta de la princesa Salm, que se esforzaba, de un modo heroico, en salvar al emperador por todos los medios posibles. Al parecer ya había llegado a un acuerdo con Villanueva. Ahora había que ganar al coronel Palacios. Por la noche le rogó que la acompañase a su casa. Cuando llegaron a su dormitorio trató de inducirlo a participar en el complot mediante la promesa del pago de 100 000 pesos. Como el coronel vacilaba, ella, según parece, fue todavía más lejos. "¿No le basta a usted esta suma? le preguntó. ¡Entonces, coronel, aquí estoy yo!" Y la hermosa princesa empezó a desnudarse. El coronel Palacios, poseído de la mayor turbación corrió a la puerta, que se hallaba cerrada con llave, y declaró que comprometía doblemente su honor y que si no abría al momento la puerta saltaría a la calle por la ventana. La princesa lo tranquilizó, le recordó la palabra de honor que le había dado al principio de la conservación de que no dejaría escapar una sola palabra sobre el asunto, y el coronel la abandonó sin haberle dado una clara respuesta a su proposición.
Entre tanto, el barón de Lago trató con colegas, el italiano Curtopassi y el belga Hooricks, que también habían acudido a Querétaro, sobre el aval de las letras. Los dos coroneles mexicanos pedían, de una manera muy sospechosa, que los embajadores pusiesen también en las letras sus títulos oficiales. Éstos vieron en ello un lazo que se les tendía. En el temor de comprometerse ellos y sus gobiernos, se negaron a estampar su firma e incluso trataron de convencer a Lago de que borrase la firma que ya había extendido. Como Lago vacilaba entre el deber de honor y el temor, uno de los colegas cogió unas tijeras y cortó de la letra la firma de Lago. Maximiliano, que esta vez había pensado en serio en el nuevo intento de fuga, sufrió un amargo desengaño. Vio que los embajadores no podían hacer nada y en la hora decisiva se sintió abandonado.
El nuevo plan de fuga había, en efecto, fracasado. En la noche del 14 de junio, el coronel Palacios se trasladó junto al general Escobedo y le informó de todo lo acaecido. La consecuencia fue que los embajadores y la princesa Salm fueron conminados a abandonar inmediatamente Querétaro. El barón Magnus ya había partido hacia San Luis Potosí para interceder personalmente por Maximiliano cerca de Juárez. Lago ya no pudo siquiera presentar a Maximiliano, para su firma, el codicilo de su testamento y tuvo que llevárselo sin firmar.
Juárez; en una nota al embajador de la Unión, expuso las razones por las que no podían tratar al emperador como un prisionero de guerra y en ella insistía en los responsables de que la guerra civil se hubiese prolongado inútilmente, después de la partida de los franceses, debían ser castigados por ello.
La primera vista del proceso estaba señalada para el día 12. El local en que se iba celebrar era el teatro municipal. Para el tribunal y los acusados estaba destinado el escenario, los oyentes y curiosos ocuparían las butacas y los palcos. La última escena del drama del emperador debía desarrollarse literalmente en un teatro. Esto era demasido para Maximiliano. Declaró que de ninguna manera se presentaría en un escenario. Sólo a viva fuerza lo podrían llevar allí y ofrecería resistencia hasta no poder más. Además, el atormentado emperador alegó su débil estado de salud y, al fin se abstuvieron de arrastrarlo al escenario.
Pero Miramón y Mejía tuvieron que cumplir la orden. La composición del consejo de guerra mostraba ya la sentencia que había que esperar. Un teniente coronel, como presidente, y seis jóvenes capitanes debían administrar justicia a un emperador que acababa de perder el trono, a un antiguo presidente de la República y a un prestigioso general en jefe que había alcanzado innumerables victorias.
La vista de la causa contra Maximiliano ante el consejo de guerra se celebró en su ausencia al mismo tiempo que la de los dos generales. Como base para ella sirvió el acta del interrogatorio a que fue sometido el emperador el 24 de mayo. Maximiliano se había negado a responder a la mayoría de las preguntas alegando que se trataba de cuestiones políticas que no debían ser comprendidas en un proceso de carácter militar, también hizo valer que un consejo de guerra no era competente para juzgarlo. Trece acusaciones le fueron hechas, de las cuales las principales eran que se había prestado a ser el instrumento principal de la intervención francesa y con ellos había atentado contra la paz, la libertad y la independencia de México, que había usurpado la soberanía y había dispuesto por la violencia de la vida, los derechos y los intereses de los mexicanos. Con el bárbaro decreto de 3 de octubre de 1865 había hecho ejecutar a innumerables mexicanos. Por último, se acusaba a Maximiliano de haber continuado la guerra civil incluso depués de la partida de los franceses y, con ello, haber ocasionado enormes desgracias al país.
Después de los acontecimientos de los últimos años, era, naturalmente, fácil dirigir contra los vencidos tal abundancia de acusaciones. Gran número de ellas se hubiesen podido sostener con el mismo derecho contra los liberales si hubiesen sido vencidos. Pero la condena de Maximilano se había convertido en un acto político de la mayor importancia, comparado con el cual su persona no pesaba nada en el ánimo de Juárez. El presidente temía sobre todo ser censurado por sus compatriotas si se mostraba clemente. También podía volver el indultado emperador e intentar de nuevo conquistar la perdida corona, como antiguamente hizo Iturbide. En el campo enemigo se conocía demasiado bien la versatilidad y el incorregible romanticismo del emperador. Se sabía que la derrota sufrida ardería toda la vida en el pundonoroso corazón del emperador como una afrenta a su honor que tenía que ser reparada. Se sabía, también, lo tercamente que se negó a abandonar el país y, dado su carácter, creían que debían prevenirse contra todas las posibilidades. Podía declarar después que todas las promesas que ahora hacía le habían sido arrancadas con amenazas.
La condena del monarca ofrecía, además, al orgulloso indio una ocasión única de dar una bofetada simbólica a todos los monarcas europeos que iba dirigida tanto al principio monárquico en sí mismo como a aquellas naciones europeas que se habían atrevido a intervenir en los destinos de México. Rechazando el deseo de la Unión de indultar a Maximiliano, le podía mostrar también a ésta que se estaba decidido a no consentir tampoco de su parte ningún género de intervención. Así, pues, la muerte de Maximiliano estaba irrevocablemente decidida con independencia de la farsa del consejo de guerra. El barón Magnus, que acudió junto a Juárez, le declaró que, en el caso de que el presidente pusiese en libertad a Maximiliano, el rey de Prusia se brindaba a garantizar, de unión de los demás estados de Europa, la independencia y la libertad de México. Estados Unidos debía adherirse también a esta garantía. Pero este ofrecimiento no fue escuchado. El embajador, con esto, sólo le dio ocasión a Juárez de mostrar claramente su poder. Tampoco produjo ninguna impresión el hecho de que Garibaldi, en su manifiesto a la nación mexicana, de 5 de junio de 1867, en cual la facilitaba por su brillante lucha por la libertad, pidiese el perdón de Maximiliano.
En San Luis Potosí se habían reunido, además, numerosas personas para pedir el indulto de Maximiliano. La incansable princesa Salm se arrodilló ante Juárez y derramando lágrimas le pidió el perdón de Maximiliano. Pero el presidente, aunque conmovido, le respondió.
Me da pena señora, verla arrodillada a mis pies. Pero aunque todos los reyes y reinas de Europa estuvisen en su lugar, yo no podría perdonarle la vida. No soy yo el que se la quita, es mi pueblo y es la ley, y si yo no cumpliese su voluntad, el pueblo se la quitaría y, además, también la mía.
Juárez pronuciaba estas palabras para que las oyese todo el mundo, haciendo resaltar vanidosamente la impotencia de los monarcas de Europa, echaba la culpa de la noble sangre que se iba a derramar, a una colectividad, a un algo impersonal y vago... al pueblo.
Ni los ruegos de una comisión compuesta por 200 mujeres de San Luis, ni desgarradoras súplicas de la mujer de Miramón, que con sus hijitos fue a implorar por la vida de su marido, lograron, ablandar a Juárez . El cruel corazón del descendiente de los aztecas permaneció inexorable, de su parte ya no había que esperar ninguna salvación.
Maximiliano tampoco se hacía ya ninguna ilusión, aunque el instinto de conservación mantenía todavía vivo en su alma un último destello de esperanza. Pero si también esta última esperanza se desvanecía, el mundo, por lo menos, había de ver que un Habsburgo sabía morir erguido y valiente. El sentimiento del honor desarrollado en el carácter del emperador hasta la mayor perfección, se elevó en los últimos días de su vida a grandeza clásica . Aun ahora cuando, por decirlo así, podía observar desde su celda los preparativos del verdugo, pensaba primero en los otros, en aquellos que habían luchado por su causa, que habían estado a su lado y que ahora padecían por ello. "Haga usted todo lo posible escribió al barón Lago para salvar a los oficiales y soldados austriacos que todavía están en México y trasladarlos a Europa".
Apenas había escrito esto, cuando le trajeron la falsa noticia de que su mujer había muerto en Miramar. Con mano temblorosa añadió a la carta al barón de Lago de 15 de junio la siguiente posdata:
Acabo de enterarme de que mi pobre mujer ha sido liberada de sus sufrimientos . Esta noticia, aunque me desgarra el corazón, es, por otra parte, para mí, en el momento presente, un indecible consuelo. Ya sólo tengo un deseo en este mundo y es que mi cadáver sea sepultado al lado de mi pobre mujer, encargo que le doy a usted, querido barón, como representante de Austria
En el consejo de guerra, tres capitanes votaron la pena de muerte y otros tres el destierro perpetuo. Tuvo, pues, que decidir el presidente. El joven teniente coronel tomó ligeramente sobre sí la responsabilidad y se pronunció por la pena de muerte.
El proceso terminó, pues desafortunadamente, ya no no había niniguna posibilidad de fuga, sólo un milagro podía salvar a Maximiliano. Sin haber logrado nada, inconsolable y lleno de la más profunda compasión hacia el emperador, el barón von Magnus volvió a Querétaro de San Luis, adonde había ido, al parecer, "con un crédito ilimitado del barón de Lago, para sobornar a Juárez y al ministro Lerdo".
Maximiliano, a pesar de la enfermedad que le consumía soportaba con serenidad los tormentos de los últimos días. Adoptaba disposiciones sobre el embalsamamiento de su cadáver, sobre su transporte a Europa, y rogó, también, que para la ejecución eligiesen buenos tiradores, que evitasen darle en la cara, pero que hiciesen blanco de un modo seguro y firme. "Pues observaba Maximiliano orgullosamente no está bien que un emperador se revuelque en el suelo en las convulsiones de la muerte".
El médico de cámara estaba casi día y noche a su lado. Con tristeza veía al "muerto viviente" adoptar preparativos para su fin, escribir cartas de despedida y fijar sus últimos desos. El emperador repartió entre sus parientes y amigos los pocos objetos que todavía tenía. La ejecución de la sentencia estaba señalada para el 16 de junio. A las 11 de la mañana apareció un general acompañado por el coronel y una sección de soldados y leyó la sentencia de muerte, lo mismos que a Miramón y a Mejía. A las tres de la tarde debía verificarse la ejecución.
Las últimas horas pasaron rápidamente terminando las cartas, redactando las últimas disposiciones testamentarias y conversando con el sacerdote y con los defensores. Los condenados habían confesado y comulgado. El emperador estaba tranquilo. Sólo el movimiento, peculiar en él, de acariciarse la barba y que hoy realizaba más a menudo que de costumbre, denunciaba la tensión de sus nervios.
Sonaron las tres en el reloj de la torre. Nadie llegaba todavía para llevarse a los condenados, aunque afuera se había escuchado movimiento y voces de mando. Lentamente transcurrían los minutos en torturante espera. Por fin, a las cuatro, apareció el coronel Palacios con un telegrama de San Luis en la mano. Un rayo de esperanza iluminó las pálidas facciones del emperador. Esto sólo podía ser el indulto.
Pero era sólo un aplazamiento por tres días, la única concesión a que se había prestado Juárez. Un profundo desengaño se apoderó del emperador. El aplazamiento le fue terriblemente penoso: si tenía que morir, que lo inevitable ocurriese pronto. Sin embargo, en su interior nació todavía una débil esperanza. Quizás los días o hasta incluso las horas siguientes trajesen buenas noticias. Pero en tanto que en Maximiliano la esperanza sólo asomó débilmente en su corazón, Salm ya lo veía salvado y el propio coronel Palacios y otros liberales consideraban el aplazamiento como el primer paso para el indulto.
El barón de Magnus, con la mejor intención de salvar al emperador decidió dirigirse por telégrafo a Juárez. Empezaba diciendo en su telegrama que como el 16 de junio los condenados ya creían estar próximos a ser ejecutados, moralmente ya se había cumplido la sentencia de muerte. Pues bien, ahora rogaba que no se les hiciese morir una segunda vez.
Conjuro a usted le escribió en nombre de la humanidad y por amor de Dios que ordene que ya no se les fusile y repito a usted, una vez más, que tenga la certeza de que mi soberano, Su Majestad el rey de Prusia, y todos los monarcas de Europa unidos por lazos de sangre con el príncipe prisionero, esto es, su hermano, el emperador de Austria, su prima, la reina de la Gran Bretaña, su cuñado el rey de los belgas y su prima la reina de España, así como los reyes de Italia y Suecia se pondrán de acuerdo para dar a su excelencia el señor Benito Juárez todas las garantías de que ninguno de los prisioneros volverá jamás a pisar el suelo mexicano.
Esto estaba hecho con muy buena intención pero no era hábil hacer ver a Juárez que una sola indicación suya bastaba para, a despecho de todos los monarcas del viejo mundo, privar de la vida al "primo de Europa".
Si el aplazamiento de tres días fue acaso la expresión de la última vacilación del presidente, durante este tiempo Juárez recobró su dureza. El telegrama del embajador prusiano no podía hacerlo vacilar, antes bien tenía que aumentar todavía su deseo de dar a toda Europa una lección. Tampoco la nobleza de Maximiliano conmovió al presidente. El 18 de junio el emperador envió en efecto, un telegrama al gobierno de San Luis en cual pedía el indulto de los generales Mejía y Miramón y expresaba el deseo de ser la única víctima.
Todas las cartas y telegramas fueron contestados en sentido negativo por el ministro Lerdo. El emperador se dispuso a morir, toda esperanza había desaparecido. La conciencia de haber querido siempre el bien, la consideración, que también expuso en su memoria de defensa, de que no se le podía negar la buena fe lo fortalecieron en estas horas difíciles y le dieron fuerzas para enfrentarse heroicamente con su destino. Cuando la noticia de la muerte de la emperatriz fue desmentida, dirigió al gobernador del palacio de Mirarmar una cordial carta de gracias y de despedida, en la cual le rogaba que permaneciese leal y honradamente al lado de su pobre mujer y que le consagrase el mismo afecto que, de un modo tan admirable, había demostrado siempre al emperador. Maximiliano recomendó a su familia las viudas de sus dos compañeros de infortunio y exhortó a Juárez, a que su sangre fuese la última que derramase, a que de aquí en adelante el presidente hiciese reinar el espíritu de reconciliación para dar de nuevo al desgraciado país paz y tranquilidad.
El general Escobedo, al que en una ocasión Mejía había salvado la vida, recordó esto y le prometió emplear toda su influencia para librarlo de su situación. Mejía no cedió en nada a la nobleza de su emperador. Aunque su joven y amada esposa acabada de darle su primer hijo, declaró que sólo aceptaría el indulto en el caso de que el emperador y Miramón fuesen también salvados. Cuando Escobedo le declaró que era incapaz de lograr todo esto, exclamó Mejía: "Bueno, entonces que me fusilen con Su majestad".
La víspera de la ejecución cuando el emperador ya dormía se presentó Escobedo en su celda para despedirse de él. Maximiliano fue despertado, habló algunos minutos con el general, le dio su retrato con su firma y le recomedó que se consagrase siempre al bienestar y a la prosperidad de México.
Así llegó la mañana del 19 de junio de 1867. Radiante se elevó el sol, ni una sola nube manchaba el cielo del amplio valle y en el aire fresco del amanecer una frangancia primaveral invitaba a la vida.
El emperador había dormido tranquilamente hasta las tres de la mañana; entonces se levantó y el padre Soria leyó una misa rezada para él y sus dos compañeros de condena. Los pocos partidarios del emperador que todavía quedaban a su lado vieron profundamente conmovidos cómo estos tres hombres consagrados a la muerte doblaban la rodilla en el sagrado momento de la transubstanciación y recibían la bendición que el sacerdote les daba emocionado. Los testigos de esta escena sollozaban y fue el emperador el que trató de sosegarlos invocando los inescrutables desiginios de la Providencia . Después sacó del dedo su anillo nupcial y se lo entregó al doctor Basch con un rosario y un escapulario que hacía tiempo le había dado su confesor el padre Soria. Basch debía llevar a la archiduquesa Sofía estos objetos con los últimos saludos de su hijo. La pequeña medalla de la virgen que al partir de París le dio la emperatriz Eugenia con el deseo de que le diese suerte, la destinó a la emperatiz de Brasil.
Hasta el último momento pensó el emperador en todos sus allegados. Después, presentándose ante la puerta de las celdas de los dos generales, dijo:
"¿Están ustedes listos, señores? Yo ya estoy dispuesto". Maximiliano abrazó a los dos generales: "Pronto les dijo nos veremos de nuevo en la otra vida". Miramón estaba tranquilo y sereno como el emperador, Mejía debiltado por la enfermedad y por el recuerdo de su joven esposa, apenas si podía tenerse en pie.
El emperador, vestido de civil con traje negro, bajó las escaleras y se detuvo en el último peldaño exclamando: "Qué día más hermoso, siempre había deseado morir en un día como éste".
En seguida subieron a los coches que llevaron a los condenados al lugar de la ejecución, el Cerro de las Campanas. Era el sitio donde fue hecho prisionero el emperador. Un fuerte grupo de tropas de cabellería e infantería acompañaba a los coches, inmediatamente detrás marchaban los pelotones de ejecución. El más profundo silencio reinaba en todas partes por donde pasaba el cortejo. Puertas y ventanas en Querétaro estaban cerradas en señal de duelo, los pocos transeúntes iban vestidos de negro o mostraban caras graves. Se veía llorar a las mujeres que contemplaban a la joven esposa de Mejía que, sollozando, corría tras el cortejo con su niño de pecho en brazos y era detenida por las bayonetas de los soldados al querer agarrarse al coche que coducía a su marido.
Todos los europeos se habían quedado en Querétaro, solo el fiel servidor y cocinero del emperador, Tüdös, siguió a los coches. Nunca había querido creer que las cosas llegasen a tal extremo. "¿Crees ahora que me fusilen?", le preguntó el emperador al abandonar el coche.
Erguido caminó Maximiliano cien pasos colina arriba, a su lado marchaba, también derecho, Miramón; sólo Mejía, casi sin sentido, tuvo que ser arrastrado, poco menos que llevado en brazos. Arriba se encontraban las tropas formando tres lados de un cuadrado, el cuarto lado estaba cerrado por un pequeño muro de piedra. Allí fueron llevados los prisioneros y colocados cara a Querétaro que, apacible, se extendía al sol.
Como sin duda no se estaba seguro de las tropas, se leyó una severa orden según la cual aquel que hiciese el menor movimiento en favor del emperador sería fusilado con él. Los pocos espectadores permanecían silenciosos. El emperador miró a su alrededor como para ver si alguno de sus amigos estaba presente. Su puesto le fue señalado entre los dos generales.
Entonces Maximiliano se volvió hacia Miramón: "General, le dijo, un valiente debe ser honrado por su monarca hasta en la hora de la muerte, permítame, general, que le ceda mi lugar de honor". Con estas palabras hizo que Miramón se pusiese en el centro. Después dirigiéndose a Mejía le dijo: "General, lo que no es compensado en la tierra lo será en el cielo".
Los pelotones destinados a la ejecución se aproximaron. El oficial que debía dar la orden de fuego balbuceó, evidentemente dominado por penosos sentimientos, algunas palabras dirigidas al emperador y que parecían una disculpa. Maximiliano dio las gracias por la compasión que mostraba y añadió: "¡Usted es soldado y debe obecer!" En seguida dio una onza de oro a cada uno de los soldados que estaban frente a él, rogándoles que apuntasen bien. Volviendo a su sitio se secó el sudor de la frente con el pañuelo y se lo dio, con el sombrero, a su fiel Tüdös para que llevase estos objetos a la patria.
Después en español y con voz clara que le pudiesen oír todos los circunstantes pronunció las siguientes palabras:
"Perdono a todos, ruego que también me perdonen a mí y ojalá que mi sangre beneficie al país. ¡Viva México, viva la Independecia!"
Apenas se habían extinguido estas palabras cuando el oficial que mandaba el pelotón bajó el sable, sonaron siete disparos y el emperador Maximiliano, atravesado por cinco balas, cayó al suelo con la cara hacia delante excalamando en voz baja "¡Hombre!" Pequeños estremecimientos mostraban que todavía tenía vida. El oficial que había dado la orden de fuego acudió junto al cuerpo del caído emperador, le dio la vuelta con el sable, y con la punta, sin decir una palabra, indicó el corazón. Un soldado se aproximó y en el lugar indicado disparó a quemarropa un tiro que quemó el traje del emperador y puso fin a su vida.
Después de Maximiliano le tocó a Miramón, el cual erguido rechazó con voz resonante toda inculpación de traición y dio un viva a México y otro al emperador. Mejía sólo pudo gritar débilmente "Viva México, viva el emperador" y en seguida le llegó también el fin a este valiente.
Así cayeron el emperador y sus dos fieles paladines. Amigos y enemigos se descubrieron ante esta manera de morir de un Habsburgo. Siempre había querido sólo lo bueno y lo noble. Por sus errores pagó con su vida. Pero aquellos que lo habían llevado hasta este extremo contemplaban desde lejos y en seguridad el trágico fin de drama...
Lo que vino después fue sólo la disolución de todo lo que antes había sido imperial. Los partidarios de Maximilano abandonaron toda lucha después de su muerte. Márquez supo ponerse en seguridad. En México había mantenido la ficción, incluso cuando ya hacía mucho tiempo que el emperador estaba prisionero, de que su causa saldría victoriosa. Pero en secreto hacia preparativos para salvarse. Algún tiempo más tarde apareció en La Habana.
Juárez entró triunfalmente en la capital. No se recató en ir a ver en Querétaro el cadáver embalsamado de Maximiliano. La dureza y la tenacidad de indio habían triunfado sobre el débil carácter de Maximiliano, impulsado por la ambición y alucinado por ideales. La victoria estaba al lado del presidente, la simpatía, la compasión y hasta la admiración de todos los corazones por tan noble actitud frente a la muerte, al lado de la víctima.
Con la muerte del emperador murió también la idea de fundar en México una monarquía; unicamente Santa Anna, el antiguo pretendiente a la corona, seguía incorregible. Apenas había pasado medio año y ya quería reorganizar de nuevo la causa imperial que al principio apoyó y después abandonó. Ahora "protestaba" de lo mucho que respetaba la memoria del emperador, del gran interés que había tenido por la suerte de la emperatiz. El padre Fischer debía proporcionar armas, municiones y dinero de Europa; él, Santa Anna, dirigiría personalmente la sublevación contra los liberales.
Pero en México ya nadie le tomaba en serio. Juárez siguió de presidente hasta su muerte, acaecida en 1872...
Mientras que en México, en el otro lejano lado del oceáno se consumaba el destino de Maximiliano, en París se vivía en medio de un delirio de grandezas imperiales, se celebraban ostentosas fiestas y se embriagaban con el brillante éxito de la exposición mundial que Napoleón III había organizado en el año 1867, para, mediante esta magnífica exposición, que sobrepujaba en mucho a todas las habidas hasta entonces, borrar un poco los fracasos de la política exterior. París se convirtió en el centro de Europa y hasta del mundo; miles y miles de personas iban en peregrinación a la ciudad del Sena. Numerosos soberanos de Europa, incluso el rey de Prusia y el zar, visitaban París como huéspedes de Napoleón para contemplar en la exposición, preparada por 52 000 expositores, las maravillas del mundo que se mostraban en millares de palacios y quioscos levantados en el campo de Marte.
Al lado de los efectos artísiticos y económicos no se olvidaba el placer. La Archiduquesa de Gerolstein, famosa opereta de Offenbach, trastornaba la cabeza de todo el mundo, los valses de Strauss invitaban al baile, en todas las embajadas, hasta en la austriaca, se daban brillantes fiestas en las cuales se apiñaban los príncipes de todas las grandes naciones de Europa. Ya se sabía que el emperador Maximiliano estaba prisionero, pero México estaba lejos y las alegrías de las fiestas atraían tentadoras en París. No se creía en la seriedad de su situación, y, del mismo modo que en Washington, se trataba todo el asunto con cierta dejadez. Todavía el 17 de junio el secretario de Estado de Relaciones Exteriores, Seward, había dicho en una comida al barón von Wydenbruck refiriéndose a Maximiliano: "Su vida está exactamente tan segura como la mía o la suya".
Sólo un suceso detuvo por un momento la alegría de las fastuosas fiestas de París. A la vuelta de la gran revista de Longchamps, donde Napoleón reunió el 6 de junio sus mejores tropas para dar al zar y, en particular al rey de Prusia una impresionante idea de su poder, un polaco de nombre Berezowski disparó con un revólver contra el coche en que Napelón y el zar volvían de las Tullerías entre las jubilosas y apiñadas masas del pueblo. La sangre fría de un oficial que instintivamente espoleó su caballo interponiéndolo entre el criminal y el coche, salvó la vida del emperador. Napoleón se puso de pie en el coche y voviéndose hacia Alejandro II le dijo: "Sire, hemos estado juntos en el fuego; ahora somos hermanos de armas".
"Nuestros días están en manos de la Providencia", respondió fríamente el zar. Pero pronto se olvidó este incidente y la gente siguió divirtiéndose vistando la magnifica exposición.
Miles de franceses examinaban con interés los cañones gigantes expuestos por la casa Krupp, sin pensar que quizás algún día esta arma sería dirigida contra el pueblo que con tan infantil aturdimiento pasaba a su lado admirándola, sin imaginar que acaso fuese un presagio. No se pensaba en la guerra, pues Napoleón desde 1866 había inscrito en sus banderas el lema de la paz y dirigía su política en un sentido pacífista, naturalmente, por debilidad interior que se ocultaba bajo el brillante ropaje de la exposición mundial.
Desde entonces empezó la decadencia del segundo imperio; las palabras burlonas de Bismarck de que Napoleón era una incapacité méconnue, debían hacerse evidentes para todo el mundo. Con exposiciones y otros actos ostentativos por el estilo se podían encantar durante un cierto tiempo los ojos de Europa con ilusiones de engañosa grandeza, pero las duras realidades no podían ocultarse a la larga.
El zar abandonó París el 11 de junio y el rey Guillermo de Prusia el 14. En estos días los emperadores franceses estaban atormentados por malos presentimientos. Ya el 12 de junio Napoleón hizo manifestaciones a Metternich que demostraban cuánto le agobiaba no poder socorrer a Maximiliano. Él y la emperatriz sentían la responsabilidad en que habían incurrido ante el mundo y su propia conciencia frente a aquel príncipe. Napoleón no sabía qué hacer e hizo rogar al ministro austriaco de Relaciones Exteriores que, en el caso de que tuviese alguna idea de cómo se podía prestar ayuda a Maximiliano, contase incondicionalmente con él. Pero ya era demasido tarde, día tras día pasó el tiempo y el destino de Maximiliano se consumió.
El 30 de junio, Napoleón y la emperatriz iban a repartir solemnemente, en presencia de los príncipes que todavía se encontraban en París, entre ellos el conde y la condesa de Flandes, los premios otorgados a los expositores. La noche antes llegó a Viena un telegrama del embajador austriaco en Washington dando la noticia que el emperador Maximiliano había sido fusilado. A la mañana siguiente la noticia ya apareció en un periódico belga. La emperatriz Eugenia iba a vestirse para ir al festejo cuando le dieron la noticia. Lívida de espanto y a punto de desmayarse corrió presurosa al gabiente de su marido ¿Debía suspender el reparto de los premios? ¿O bien, con el corazón desgarrado, simular ignorancia? Aún había la posibilidad de que la noticia fuese falsa. Los emperadores se decidieron, la solemnidad no debía ser suspendida. Mientras que la emperatriz, con graciosa sonrisa, entregaba a los premiados las medallas de oro y plata, la perseguía el recuerdo del muerto, de cuya suerte se sentía responsable. Con trabajo terminó su misión. Pero apenas llegó a las Tullerías le fallaron las fuerzas y, desmayada, tuvo que ser llevada a su lecho.
Al día siguiente ya no se pudo ocultar más la amarga verdad. Ya había llamado la atención que el acto de reparto de premios los puestos de los príncipes belgas estuviesen vacíos, ahora llegaba de todas partes la confirmación de la terrible noticia. En medio del bullicio de las fiestas, París, de pronto, se vistió de luto. De golpe se vio, incluso por los desapasionados, adónde había llegado la aventura mexicana. Miles de soldados franceses habían perdido la vida, se habían gastado cientos de millones para, finalmente, ver al protegido de Napoleón contra el paredón. Al mismo tiempo se comprendió también que todas las confiadas personas que habían invertido su dinero en los empréstitos mexicanos tendrían ahora que lamentar su pérdida. Estas personas eran, sobre todo, parisienses y, lo que es muy significativo, ¡ni un solo emigrado mexicano! En un santiamén desapareció toda la alegría, las fiestas fueron suspendidas, los huéspedes extranjeros abandonaron la ciudad. Duras críticas se dirigieron contra Napóleon. En todas partes se oía decir que Maximiliano sería para Luis Napóleon lo mismo que el duque de Enghien para Napoleón I. El viejo enemigo de Napoleón, Thiers, se expresó, en una conversación, con una profunda excitación sobre la muerte del emperador Maximiliano: dijo que Napóleon era el único y verdadero autor del crimen y que sobre él recaía toda la resposabilidad. "Ya nunca podría librarse de esta maldición exclamó Thiers este asesinato hará que ahora toda Francia lo desprecie". Thiers en su odio, exageraba, pero supo aprovechar hábilmente el suceso para sus fines. Ahora podía proclamar en el Congreso la razón que siempre le había asistido al prevenir contra la empresa mexicana y al combatirla, incluso cuando el honor y la bandera de Francia estaban hondamente comprometidos. Ahora le era fácil mostrar con este ejemplo lo mucho que Francia necesitaba un control parlamentario.
En Inglaterra, que desde un principio había observado una reserva tan prudente en relación con la empresa mexicana, el retruécano de que el archduke había sido el archdupe de Napóleon, corría de boca en boca. Los periódicos expresaban profunda compasión por Maximiliano y publicaban violentos ataques contra Napoleón. En París se temía hasta por la vida del embajador francés y de todos los francés y de todos los franceses que vivían en México. Además, encima de que Francia ya sentía con bastante amargura el aislamiento político en se encontraba, había que contar también con la pérdida de la amistad del emperador austriaco.
Ya en los primeros días de junio Metternich había tenido conversaciones a propósito de una nueva visita de los emperadores austriacos a París. Esta visita debía verificarse a mediados de julio. Ahora esto era imposible a causa de la muerte de Maximiliano. Beust, que con creciente preocupación observaba los victoriosos avances de Bismarck en el sur de Alemania y como compensación daba gran importancia a una alianza con Francia en las cuestiones de Oriente; Metternich, cuyo trabajo hacía años que estaba dirigido hacia una estrecha colaboración con el imperio francés; finalmente, también Napóleon, que ante el creciente y amenazador poder de Prusia sentía la necesidad de buscar apoyos, todos sintieron por igual que la visita de emperador Francisco José tuviese que ser aplazada.
Napóleon después de haber recibido la confirmación, envió al emperador Francisco José el siguiente telegrama:
La noticia que acabamos de recibir nos ha causado el más profundo dolor. Lamento y admiro al mismo tiempo la energía que ha mostrado el emperador al querer luchar él solo contra un partido que únicamente ha vencido por traición y estoy inconsolable de haber contribuido, con las mejores intenciones, a un resultado tan lamentable. Ruego a Vuestra Majestad que acepte mi más sincero y sentido pésame.
Napóleon.
Napoleon y Eugenia sintieron profundo dolor y serios remordimientos de conciencia. Metternich, que también estaba muy afectado por "el rayo que había caído en medio de las alegres fiestas", informaba que una vez había encontrado a los separadores deshechos en lágrimas. Pero también en los demás círculos de la capital francesa el efecto fue duradero. "Apenas si se puede firmar idea, escribía el príncipe Metternich, de la profunda impresión que causan aquí las noticias de México".
En Austria la consternación fue enorne, no sólo en la corte imperial donde, sobre todo la archiduquesa Sofía apenas si podía serenarse por el dolor que le produjo el asesinato de su hijo, sino también en la población, entre la que Maximiliano siempre había sido muy querido. Todos los que en un tiempo habían prevenido contra la aventura recordaron sus palabras e incluso aquellos que anteriormente aplaudían al emperador ahora decían que habían previsto todo tal como había sucedido.
El emperador Francisco José firmó la respuesta al telegrama de Napóleon, redactada por Beust con expresiones muy amables, y la hizo mandar a París. Napóleon esperó con algún temor la respuesta a su telegrama. Al recibirla se sintió muy tranquilizado y agradeció que Francisco José aliviase su penosa situación con amistosas palabras. En su respuesta expresó de nuevo la honda pena que sentían él y la emperatriz y añadió que nunca hubiese creído que los republicanos mexicanos pudiesen proceder de un modo tan bárbaro e inhumano. También lamentaba que hubiese tenido que ser aplazada la vista a París, que habría estrechado más los lazos que unían a los dos imperios. "Pues hoy escribía se lo repito a Vuestra Majestad con alegría, no hay nada que nos separe y todo debe unirnos más".
En Austria se acogieron con calor estas manifestaciones de Napóleon porque no se deseaba una perturbación de las relaciones con Francia. Por eso también produjeron satisfacción en Viena las indicaciones hechas al mismo tiempo de que Napóleon y Eugenia tenían ahora la intención de hacer, por su parte, una visita a los emperadores austriacos. La piedad tenía que ceder ante la razón de Estado. Sólo la madre de Maximiliano, la archiduquesa Sofía, no podía sobreponerse a su dolor y manifestó que en estos momentos no sería capaz de encontrarse con los emperadores franceses.
La emperatriz Eugenia mostró en esto más comprensión que su marido. Cuando trató con Metternich sobre si la visita debía ser hecha en Viena, se declaró contraria a este plan y dijo:
Para mí será la cosa más penosa del mundo verme frente a un hermano y a una madre a cuyo dolor he contribuido insistiendo en la expedición a México. Si conociese al emperador, a la emperatriz y a la archiduquesa Sofía, hace ya tiempo que hubiese corrido a su lado (je me serais précipitée sur leur mains) para testimoniarles mis sentimientos, sobre los que no pueden engañarse. Pero como no los conozco, temo aparecer demasiado fría o demasiado trágica.
Metternich estaba convencido de que estas palabras de la emperatriz salían del corazón, pero creía también que tenía miedo de ser objeto en Viena de posibles manifestaciones hostiles. Por eso se decidió celebrar la entrevista en Salzburgo, adonde el emperador Francisco José y la emperatriz Elizabeth debían salir al encuentro de los emperadores franceses. La archiduquesa Sofía se negó a emprender el viaje. Veía en Napoleón al hombre que había impulsado a la muerte a su hijo y no hubiese podido resolverse a darle la mano.
Así, el 18 de agosto de 1867, un día de claro sol parecido a aquel en que Maximiliano había marchado a su muerte, los emperadores franceses aparecieron en Salzburgo, la pintoresca ciudad del país de la corona: Eugenia en las más sencilla toilette esforzándose, como cuenta Beust, en "borrarse" ante la deslumbradora belleza de la emperatriz Elizabeth; Napoleón vivo y alegre, nuevamente repuesto de su enfermedad. En los primeros momentos se habló de Maximiliano y de la aflicción producida por su muerte. Pero las cuestiones políticas hicieron pasar pronto a segundo término el penoso recuerdo y se habló de Alemania, de Oriente, de Creta y de mil otras cosas...
El emperador Francisco José había enviado a México al almirante Tegetthoff para traer a la patria los restos mortales de Maximiliano, lo que Juárez trató de aprovechar, aunque en vano, para obtener del emperador de Austria el reconocimiento del nuevo régimen.
En este tiempo el espíritu perturbado de Carlota seguía todavía ensimismado en ambiciosos planes. La monomanía de que la querían envenenar había cedido y ahora soñaba en Miramar que su marido era el "soberano de la tierra", el "soberano del universo". Y entre tanto, el mismo barco en el que un día había partido Maximiliano hacia su lejano imperio con el pecho lleno de miles ilusiones, navegaba ahora rumbo a la patria trayendo a bordo su féretro cubierto con los colores rojo y negro de la bandera de guerra.
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