"La historia es, de todas las ciencias, la que se acerca más a la vida. En esta relación indestructible con la vida reside para la historia su debilidad y su fuerza. Hace variables sus normas, dudosa su certidumbre; pero, al mismo tiempo, le da su universalidad, su importancia, su gravedad." Estas palabras de Huizinga tienen, sin duda, valor universal; pero yo las considero aplicables a España más que a ningún otro país. En España la historia está tan íntimamente unida a la vida, que nuestras producciones históricas más valiosas son las que se han escrito al filo de los hechos, las que han nacido de una visión directa, de una vivencia de los acontecimientos relatados.
Es frecuente que el erudito español, al elaborar una historia de tipo alto, científico, de base documental y libresca, fracase en su empeño. Nos bastará, a este respecto, con recordar lo ocurrido en la crónica oficial de Indias. En cambio, cualquier testigo o actor de hechos destacados suele tener entre nosotros una capacidad, una fuerza plástica en la descripción, una viveza y exactitud en el detalle, que no creo hayan sido alcanzadas en la producción historiográfica de otros países.
En nuestro suelo han abundado las obras históricas. La crónica medieval tenía por objeto relatar los hechos de los reyes, según nos lo dice la de Alfonso XI, modelo del género en opinión de Fueter. En efecto, a partir de Alfonso X, cada monarca español tiene una o varias crónicas dedicadas al relato de los hechos de su reinado, cuyos autores no siempre son conocidos.
En el siglo XV,
cuando decae el poder real bajo los débiles monarcas de la casa de Trastamara, pasan a ser asunto de las crónicas no sólo las acciones del rey, sino también las de los nobles. Y así, al lado de la crónica de don Enrique III surgirá la magnífica de don Pero Niño, conde de Buelna, espejo de caballeros; frente a la de don Juan II, la de su privado don Álvaro de Luna; junto a las de Enrique IV, la del condestable Miguel Lucas de Iranzo, favorito del monarca, la de don Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, y otras. Reyes y nobles desfilan en la estupenda galería de retratos que son las Generaciones y semblanzas de Pérez de Guzmán.
También aparece ya en el siglo XV,
en nuestra patria el libro
de viajes, representado por las deliciosas Andanças de Pero Tafur, caballero
de noble familia andaluza que, aprovechando las treguas con los moros granadinos,
hace un viaje a los Santos Lugares y recorre diversos países. Pero Tafur, cuya
obra se prestaba al relato de todo género de estupendos prodigios, nos dirá:
"Yo uve buena información de la cibdat de Damasco, pero, pues non la vi, déxolo
para quien la vido".
En pleno Renacimiento, reinando los reyes católicos, cuando la historia trata de elevar su nivel imitando los modelos de la antigüedad clásica con lo cual lo único que consigue es inundar el relato de discursos farragosos, como ocurre en la crónica de Hernando del Pulgar, surge un magnífico representante del relato directo, de tipo popular, en Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios. No desdeñará éste decirnos que escribe el libro a instancias de una abuela suya.
Yo, el que estos capítulos de memorias escribí, siendo de doce años, leyendo en un registro de mi abuelo difunto, que fué escribano público en la villa de Fuentes, de la encomienda mayor de León, donde yo nací, hallé unos capítulos de algunas cosas hazañosas que en su tiempo habían acaecido, y oyéndolas leer mi abuela viuda, su mujer, siendo en casi senitud, me dijo "Hijo, y tú, ¿por qué no escribes así las cosas de ahora como están ésas? Pues no hayas pereza de escribir las cosas buenas que en tus días acaecieren, porque las sepan los que después vinieren, y maravillándose desque las lean, den gracias a Dios".
Ni omitirá que la reina Isabel se tiró de los pelos al saber la actitud de rebeldía en que estaba colocado el arzobispo de Toledo don Alonso Carrillo. "Y el arzobispo con mal seso le envió a decir a la reina que supiese certificadamente que si allá iba, que entrando ella en Alcalá por una puerta, que él se iría huyendo por la otra. Y como esto supo la reina estando oyendo misa, la misa acabada, obo tanto enojo, que echó mano a los cabellos." El alba de una nueva España apuntará en las notas sencillas de una canción infantil.
Después que se comenzaron las guerras en Castilla entre el rey don Enrique e los caballeros de sus reinos, e antes que el rey don Fernando casase con la reina doña Isabel, se decía un cantar en Castilla, que decían las gentes nuevas, a quien la música suele aplacer, a muy buena sonada: "Flores de Aragón, dentro en Castilla son". E los niños tomaban pendoncitos chiquitos, y caballeros en cañas, jineteando decían:"!Pendón de Aragón, pendón de Aragón!" E yo lo decía y dije más de cinco veces. Pues bien podemos decir aquí, según la experiencia que adelante se siguió: Domine, ex ore infantium et lactantium perfecisti laudem...
Sin abandonar este tono familiar escribe Bernáldez páginas insuperables sobre la toma de Granada, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América. Sobradamente conocida es su semblanza de Cristóbal Colón.
Mientras en España hace estragos la tendencia historiográfica erudita, que nos da enrevesados relatos de la vida del Gran Capitán, textos latinos sobre la de Cisneros y multitud de esbozos y acopios de materiales para la de Carlos V, se vuelca y desborda en América el español iletrado, con su gozoso afán de contemplar escenarios nunca vistos y de realizar hazañas descomunales. Ahora ya no son reyes ni nobles quienes llevan a cabo los hechos heroicos, sino cualquier caudillo o soldado de expedición conquistadora, y en consonancia cambia el nivel social de temas y autores de crónicas. Fernández de Oviedo precisa que se trata de un hecho típicamente español.
Rara cosa y presçioso don de la natura, y no visto en otra nación alguna tan copiosa y generalmente concedida como a la gente española; porque en Italia, Francia y en los más reinos del mundo, solamente los caballeros son especial o naturalmente exercitados e dedicados a la guerra, o los inclinados e dispuestos para ella; y las otras gentes populares e los que son dados a las artes mecánicas e a la agricultura e gente plebea, pocos dellos son los que se ocupan en las armas o las quieren entre los extraños. Pero en nuestra nación española no paresçe sino que comúnmente todos los hombres della nasçieron principal y especialmente dedicados a las armas y a su exerçicio, y les son ellas e la guerra tan apropiada cosa, que todo lo demás les es açessorio, e de todo se desocupan de grado para la milicia. Y desta causa, aunque pocos en número, siempre han hecho los conquistadores españoles en estas partes lo que no pudieron aver hecho ni acabado muchos de otras nasçiones.
Es un extranjero Friedericiquien nos dice que no hay en ningún país cantidad tan grande de soldados cronistas como en el nuestro. Característico es en ellos el desprecio por la erudición libresca, si bien procuran exhibir ingenua y repetidamente la poca que poseen. Representante genuino de esta actitud es Gonzalo Fernández de Oviedo, quien a cada paso dice no sirven de nada la elegancia del estilo y la erudición si no se ha vivido lo que se quiere relatar. Sus ataques se dirigen contra Pedro Mártir, cronista palatino, que escribió sus Decadas de Orbe Novo sin moverse de España. "Quanto más que [los autores pasados] no como experimentadores, como nuestros españoles, buscando el mundo, sino como especuladores, estándose quedos, hablan a su beneplácito."
Las quales [las materias de estos libros] no he sacado de dos mil millares de volúmenes que haya leído, como en el lugar suso alegado Plinio escribe... pero yo acumulé todo lo que aquí escribo de dos mil millones de trabajos y nesçessidades e peligros en veinte e dos años e más que ha que veo y experimento por mi persona estas cosas.
Frases como éstas saltan de continuo en las páginas de Oviedo.
Si en el fondo Oviedo sentía temor al pensar que su cultura era insuficiente,
mayor lo había de sentir el capitán Bernal Díaz del Castillo, uno de los guerreros
que más se distinguieron en la conquista de México. Él mismo nos dice que dejó
de escribir su crónica cuando llegó a sus manos la de Gómara, el capellán de
Cortés. Sin embargo, felizmente para nosotros, reanudó el trabajo al convencerse
de las falsedades en que incurría el clérigo panegirista del caudillo. Bernal
Díaz adopta frente a Gómara la misma actitud que Oviedo frente Pedro Mártir.
Y aunque su obra ofrece calidades estupendas y únicas, la posteridad no ha hecho
justicia a sus méritos, dando por bueno el juicio adverso de Antonio de Solís,
el cronista del siglo XVII
que, amparado en la maravilla de su
prosa, ha dado la versión clásica del relato de la conquista de México por los
españoles. Solís dice lo siguiente de la obra de Bernal:
Passa hoy por historia verdadera, ayudándose del mismo desaliño y poco adorno de su estilo para parecerse a la verdad y acreditar con algunos la sinceridad del escritor; pero aunque le assiste la circunstancia de aver visto lo que escrivió, se conoce de su misma obra que no tuvo la vista libre de passiones para que fuesse bien governada la pluma: muéstrase tan satisfecho de su ingenuidad como quexoso de su fortuna; andan entre sus renglones muy descubiertas la embidia y la ambición; y paran muchas vezes estos afectos destemplados en quexas contra Hernán Cortés, principal héroe de esta historia, procurando penetrar sus designios para deslucir y enmendar sus consejos; y diziendo muchas vezes como infalible, no lo que ordenava y disponía su capitán, sino lo que murmuraban los soldados; en cuya república hay tanto vulgo como en las demás, siendo en todas de igual peligro que se permita el discurrir a los que nacieron para obedecer.
Los juicios de los historiadores sobre la crónica de Bernal suelen limitarse a insistir en lo dicho por Solís, y todos hablan de la rudeza de estilo, de la soberbia, e incluso de la animosidad contra Cortés de nuestro cronista. Todo ello es inexacto. El estilo de Bernal es difícilmente superable en fuerza descriptiva y en la gracia de la narración. Tiene el sentido del detalle preciso, para lo cual le ayuda una memoria sorprendente. Si a Alonso de Grado, un capitán de quien Cortés estaba quejoso, lo ponen dos días en un cepo, Bernal nos dará la noticia, añadiendo: "Acuérdome que olía la madera de aquel cepo como a sabor de axos o çebollas". Preocupado por el logro de la veracidad máxima, no juzga indignos de su relato los detalles más menudos. Nunca se olvida de contar las gradas que tienen los templos."E luego nos baxamos las gradas abaxo, y como eran çiento y catorze, e algunos de nuestros soldados estavan malos de buvas o humores, les dolieron los muslos del abaxar." Tampoco escapan a su atención los montones de calaveras.
Acuérdome que tenían una plaça, adonde estavan unos adoratorios, puestos tanto rimeros de calaberas de muertos, que se podian contar, segud el concierto como estavan puestas, que al paresçer serían más de çient mill; y en otra parte de la placa estavan otros tantos remeros de çancarrones, huesos de muertos, que no se podían contar.
Sin embargo, estos detalles menudos, por vivos y sabrosos que sean, no bastan para hacer de Bernal un gran artista. Su pluma conserva la exactitud y el brío cuando se trata de relatos amplios, y lo mismo describe las peripecias de un combate que el barullo del gran mercado mexicano o el género de vida de Moctezuma.
Véase una escena tomada al azar:
Y después destas pláticas nos dixeron por señas que fuésemos con ellos a su pueblo, y estuvimos tomando consejo si iríamos o no, y acordamos con buen conçierto de ir muy sobre aviso. Y lleváronnos a unas casas muy grandes, que heran adoratorios de sus ídolos, y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras; y alderredor de uno como altar, lleno de gotas de sangre muy fresca, y en otra parte de los ídolos, tenían unos como a manera de señales de cruzes, y todo pintado, de lo cual nos admiramos de cosa nunca vista ni oída. Y según paresçió, en aquella sasón avían sacrificado a sus ídolos çiertos indios para que les diesen victoria contra nosotros; y andavan muchas indias riéndose y holgándose, y al pareçer muy de paz; y como se juntavan tantos indios, temimos no hubiese alguna sagalagarda como la pasada de Cotoche. Y estando desta manera, vinieron otros muchos otros indios, que traían muy roínes mantas, cargados de carrizos secos, y los pusieron en un llano; y luego tras éstos vinieron dos esquadrones de indios flecheros, con lanças y rodelas y hondas y piedras, y con sus armas de algodón y puestos en conçierto, y en cada esquadrón su capitán, los cuales se apartaron poco trecho de nosotros. Y luego en aquel instante salieron de otra casa, que hera su adoratorio de ídolos, diez indios que traían las ropas de mantas de algodón largas que les davan hasta los pies, y heran blancas, y los cabellos muy grandes llenos de sangre rebuelta con ellos, que no se pueden desparzir ni aun peinar si no se cortan; los quales los indios eran sacerdotes de ídolos, que en la Nueva España comúnmente se llamavan papas, y ansí los nombraré de aquí en adelante. Y aquellos papas nos traxerón sahumerios, como a manera de resina, que entre ellos llaman copal; y con brazeros de barro llenos de axcuas nos comencaron a sahumar, y por señas nos dizen que nos vamos de sus tierras antes que a aquella leña que allí tienen junta se ponga fuego y se acabe de arder; si no, que nos darán guerra y matarán. Y luego mandaron pegar fuego a los carrizos, y se fueron los papas sin más no hablar. Y los que estaban apercebidos en los esquadrones para nos dar guerra comencaron a silvar y a tañer sus bozinas y a tabalejos.
Después de leer trozos como éste no se concibe el juicio adverso de un historiador de la talla de Prescott: "Los méritos literarios de la obra son de índole muy humilde, como podría esperarse de la condición del escritor". Y es Prescott también quien nos habla de la vulgar vanidad de Bernal, que irrumpe con ostentación verdaderamente cómica en cada página de su obra. Extraña idea debía tener de la naturaleza humana el gran historiador norteamericano si, según él, hechos como la conquista de México no pueden engendrar orgullo en quienes los realizan. Los conquistadores tienen una conciencia plena de la perspectiva histórica de sus actos, y frases como éstas son frecuentes en Bernal:
Y a lo que, señores, dezís, que jamás capitán romano de los muy nombrados an acometido tan grandes hechos como nosotros, dizen verdad. E agora y adelante, mediante Dios, dirán en las istorias que desto harán memoria mucho más que de los antepasados.
¿Qué honbres á avido en el mundo que osasen entrar quatroçientos soldados, y aun no llegamos a ellos, en una fuerte çibdad como es México, qu´es mayor que Veneçia, estando apartados de nuestra Castilla sobre más de mil y quinientas leguas, y prender a un tan gran señor, y hazer justiçia de sus capitanes delante dél?.
Si lo que se discute es la participación personal de nuestro cronista en la gran empresa, deben leerse los últimos capítulos de su libro, en especial la estupenda "Memoria de las batallas y encuentros en que me he hallado". Bien podía decir quien tales hechos tenía en su haber, sin que le tachemos de vanidad vulgar:
Y entre los fuertes conquistadores mis compañeros, puesto que los hubo muy esforzados, a mí me tenían en la cuenta dellos, y el más antiguo de todos. Y digo otra vez que yo, yo, y yo dígolo tantas vezes, que yo soy el más antiguo, y lo he servido como muy buen soldado a Su Majestad.
La actitud de Bernal frente a Cortés y la relación en que estaban los soldados con su capitán nos plantean un problema sumamente delicado. Nada menos que el de la relación entre individuo genial y masa. Solís lo resolvió de un golpe con las palabras antes mencionadas, con su tesís aristocrática. Y, sin embargo, las expediciones de conquista bien pueden hacernos pensar que la verdad es otra, que quienes en ellas participaban jugaban un papel muy distinto al de un soldado de fila en nuestros días, que había de contarse con ellos para las más graves decisiones. Esto rebaja la grandeza señera y destacada del caudillo y convierte a la masa en agente principal de la epopeya. Es el pueblo mismo quien la lleva a cabo, es la masa misma dotada de calidades extraordinarias y únicas. En las páginas de Bernal palpita de continuo este aliento de todos, con el impulso hacia una meta común:
Aquí es donde dize el coronista Gómora que quando mandó Cortés barrenar los navíos, que no osava públicar a los soldados que quería ir a México en busca del gran Montezuma. No pasa como dize, pues, ¿de qué condiçión somos los españoles para no ir adelante y estarnos en parte que no tengamos provecho e guerras?
Y estando en aquella villa (Veracruz), sin tener en qué entender, más de acabar de hazer la fortaleza, que todavía se entendía en ella, diximos a Cortés todos los más soldados que se quedase aquello qu'estava hecho en ella para memoria, pues estava ya para enmaderar . Y que avía ya más de tres meses qu'estávamos en aquella tierra, a que sería bueno ir a ver qué cosa era el gran Montezuma y buscar la vida y nuestra ventura.
Según Bernal, Cortés reunía en consejo a sus capitanes y soldados distinguidos siempre que se trataba de tomar alguna resolución importante: "Acordó nuestro capitán de entrar en consejo con ciertos capitanes e algunos soldados que sabía que le tenían buena voluntad, porque demás de ser muy esforçados heran de buen consejo, porque ninguna cosa hazía sin primero tomar sobr'ello nuestro paresçer". No debe extrañarnos esto, si recordamos que al plantearse las expediciones los propios soldados podían influir en la designación del jefe: "Y todos los más soldados que allí nos hallamos dezíamos que bolviese el mesmo Joan de Grijalva, pues hera buen capitán, y no avía falta en su persona y en saber mandar". Vargas Machuca nos confirma este estado de cosas en su Malicia y descripción de las Indias: "El soldado deve reconocer esta obligación, siendo humilde a los mandatos de su caudillo, cosa que el soldado de Indias guarda bien mal, con aquella arrogancia de que sabe tanto como su caudillo, y que siendo práctico no ha menester quien le govierne, y fiados en esto hazen mil yerros dignos de castigo".
Animosidad hacia Cortés, Bernal no la tuvo nunca . "Nunca capitán fué obedescido con tanto acato y puntualidad en el mundo, nos dice. Y nos advierte que se limitará a llamar a Cortés por su nombre, sin más títulos, porque el solo nombre de Cortés supera a todos los elogios:
E puesto que fué tan valeroso y esforçado y venturoso capitán, no le nombraré de aquí en adelante ninguno destos sobrenombres de valerosos, ni esforçado, ni marquez del Valle, sino solamente Hernando Cortés; porque tan tenido y acatado fué en tanta estima el nombre de solamente Cortés, ansí en todas las Indias como en España, como fué nombrado el nombre de Alejandre en Maçedonia, y entre los romanos Julio César u Pompeyo y Cepión, y entre los cartagineses Aníbal, y en nuestra Castilla a Gonçalo Hernández, el Gran Capitán. Y el mesmo valeroso Cortés se holgava que no le pusiesen aquellos sublimados ditados, sino solamente su nombre.
Lo que ocurre es que Bernal traza de Cortés una silueta viva, nos da un hombre de carne y hueso, y no un personaje de tragedia académica. Que en sus páginas Cortés, sin perder su calidad heroica, se purga, y se ríe y les da bromas a los indios. Que no emplea un lenguaje solemne, sino llano y popular. "Y Cortés dixo que no podía reposar, que cabra coxa no tenga siesta, que él quería ir en persona con los soldados que consigo traía." Y Cortés les respondió, medio enojado, que valía más morir por buenos, como dizen los cantares, que bivir deshonrados." Tampoco dejará Bernal de decirnos cómo en los repartos de botín eran Cortés y sus capitanes quienes se llevaban la parte del león, especialmente al distribuir las indias cautivas, dejándoles a los pobres soldados las viejas y feas, En noticias de este tipo pensaba sin duda el grave Solís cuando escribía: " ...ni gastar el tiempo en las circunstancias menudas, que o manchan el papel con lo indecente o le llenan de lo menos digno, atendiendo más al volumen que a la grandeza de la historia".
Creo que nadie compartiría hoy esa opinión. La grandeza de la historia está, precisamente, en que sus personajes sean hombres y no dioses. Y Solís, que calzaba el coturno a Cortés, no podía ignorar que el calzado usado por el caudillo y sus soldados en la conquista era la alpargata.
Donde más se ha destacado la importancia de la obra de nuestro cronista es en América, especialmente en México y Guatemala. El historiador mexicano Carlos Pereyra ha escrito páginas caldeadas por la admiración acerca de la obra de Bernal. Y, sin embargo, es un mexicano, Genaro García, el editor de la crónica de Bernal, quien hace un nuevo cargo a nuestro autor. Dice de él que rebaja a los indios y encumbra a los españoles más de lo debido "por vía de contraste, o tal vez para debilitar un tanto el interés que pudieran despertar en los lectores". Que esto es inexacto nos lo demuestra una lectura atenta de las páginas de Bernal. Admira nuestro cronista grandemente las virtudes guerreras de los mexicanos. Habla con enorme respeto y cariño de Moctezuma y de sus calidades de gran señor. Quiere a sus encomendados y se alegra al oír que hablan de ser buenos cristianos.
La conducta de los conquistadores era más humana que la de cualquier tropa colonial de nuestros días. Bien lo prueba la expedición de castigo de Gonzalo de Sandoval a un pueblo sujeto a Texcoco:
Hallóse allí aquel pueblo mucha sangre, de los españoles que mataron, por las paredes, con que abían roçiado con ella a sus ídolos; y también se halló dos caras que avían desollado, y adobado los cueros como pellejos de guantes, y las tenían con sus barvas, puestas y ofrecidas en uno de sus altares. Y asimismo se halló cuatro cueros de cavallos curtidos muy bien adereçados, que tenían sus pelos, e con sus herraduras, y colgadas a sus ídolos en el su cu mayor. Y hallóse muchos vestidos de los españoles que avían muerto, colgados y ofrescidos a los mismos ídolos. Y también se halló en un mármol de una casa, adonde los tuvieron presos, escrito con carbones: "Aquí estubo preso el sin ventura Juan Yuste, con otros muchos que traía en mi compañia". Este Juan Yuste era un hidalgo de los de cavallo, que allí mataron, y de las personas de calidad que Narváez avía traído. De todo lo cual el Sandoval y todos sus soldados ovieron manzilla y les pesó; más, ¿qué remedio avía ya que hazer, sino usar de piedad con los de aquel pueblo, pues se fueron huyendo, y no aguardaron, y llevaron sus mugeres e hijos? Y algunas mugeres que se prendían, lloraban por sus maridos y padres. Y biendo esto el Sandoval, con quatro prinçipales que prendió, y con todas las mugeres, a todos los soltó, y enbió a llamar a los del pueblo, los quales vinieron y le demandaron perdón.
He hablado antes de un proceso de democratización en las crónicas, proceso
que más se refiere al asunto que a la manera de estar escritas. Mayor popularismo,
más estilo directo hay en las primeras crónicas reales que en las de los nobles
de nuestro siglo XV.
La tendencia culta que se había mezclado armoniosamente
con la popular en Pero Lopéz de Ayala en menor grado en Alonso de Palencia,
rompe abiertamente con esta última a partir de los días renacentistas de los
reyes católicos. La oposición renacentista entre el vulgo y el sabio se hace
irreductible en la historiografía. y mientras el pretendido vulgo se abre camino
a su manera, produciendo la flora espléndida de las crónicas de indias, que
culmina en la obra de Bernal, los sabios penisulares se pierden en sus acopios
de materiales y en los afeites de su prosa. Solamente el contacto directo de
los hechos vivificará relatos como los de Hurtado de Mendoza y Mármol Carvajal
sobre la guerra con los moriscos de Granada. La preocupación por la forma, tan
acusada en estos dos autores, llevará en nuestro siglo XVII
al
extremo de que no se hace historia, sino tratados sobre la manera de escribirla,
en los que se discuten las cualidades y dotes en que se debe poseer el historiador
Cabrera de Córdoba, Fray Jerónimo de San José. El barroquismo retorcerá
los hechos en busca de interpretaciones y sentencias morales. Eruditos de la
talla de Nicolás Antonio abrirán el camino a las rebuscas del siglo XVII.
Pero la historiografía popularista ya no levantará cabeza. Quedó enterrada
en América, con los soldados que la escribieron.
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