9.—Lola, jolongo, llorando en el balcón . Nos embarcamos.
10.—Salimos del Cabo.—Amanecemos en Inagua.—Izamos velas.
11.—Bote. Salimos a las 11. Pasamos (4) rozando a Maisí, y vemos la farola. Yo en el puente. A las 7 1/2, oscuridad. Movimiento a bordo. Capitán conmovido. Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema seguido. Paquito Borrero y el General ayudan a popa. Nos ceñimos los revólvers. —Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras (La Playita, al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último, vaciándolo. Salto. Dicha grande. Viramos el bote, y el garrafón de agua. Bebemos Málaga. Arriba por piedras, espinas y cenegal. Oímos ruido, y preparamos, cerca de una talanquera. Ladeando un sitio, llegamos a una casa. Dormimos cerca, por el suelo.
12.—A las 3 nos decidimos a llamar. Blas. Gonzalo, y la Niña.— José Gabriel, vivo, va a llamar a Silvestre.—Silvestre dispuesto.—Por repechos, muy cargados, salimos a buscar a Mesón, al Tacre.—(Záguere).—En el monte claro esperamos, desde la 9, hasta las 2.—Convenzo a Silvestre a que nos lleve a Imía.—Seguimos por el cauce del Tacre.—Decide el General escribir a Fernando Leyva, y va Silvestre. Nos metemos en la cueva, campamento antiguo, bajo un farallón, a la derecha del río. Dormimos: hojas secas: Marcos derriba: Silvestre me trae hojas.
13.—Viene Abraham Leyva, con Silvestre cargado de carne de puerco, de cañas, de buniatos, del pollo que manda la Niña. Fernando ha ido a buscar el práctico.—Abraham, rosario al cuello. Alarma; y preparamos, al venir Abraham, a trancos. Seguía Silvestre con la carga; a las 11.—De mañana nos habíamos mudado a la vera del río, crecido en la noche, con estruendo de piedras que parecía de tiros.—Vendrá práctico. Almorzamos. Se va Silvestre. Viene José a la una con su yegua. Seguiremos con él.—Silbidos y relinchos: saltamos: apuntamos: sin Abraham.—Y Blas.—Por una conversación de Blas supo Ruenes que habíamos llegado, y manda a ver, a unírsenos. Decidimos ir a encontrar a Ruenes al Sao del Nejesial.—Saldremos por la mañana. Cojo hojas secas para mi cama.—Asamos buniatos.
14.—Día mambí.—Salimos a las 5. A la cintura cruzamos el río, y recruzamos por él: bayás altos a la orilla. Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina, majagua de cuba, y cupey, de piña estrellada. Vemos, acurrucada en un lechero, la primera jutía. Se descalza Marcos y sube. Del primer machetazo la degüella: "Está aturdida"; "Está degollada". Comemos naranja agria, que José coge, retorciéndolas con una vara: "¡qué dulce!". Loma arriba: Subir lomas hermana hombres. Por las 3 lomas llegamos al Sao del Nejesial: lindo rincón, claro en el monte, de palmas viejas, mangos y naranjas. Se va José.—Marcos viene con el pañuelo lleno de cocos. Me dan la manzana. Guerra y Paquito de guardia. Descanso en el campamento, César me cose el tahalí. Lo primero fue coger yaguas, tenderlas por el suelo. Gómez con el machete, corta y trae hojas, para él y para mí. Guerra hace su rancho; cuatro horquetas: ramas en colgadizo: yaguas encima: Todos ellos, unos raspan coco, Marcos, ayudado del General, desuella la jutía. La bañan con naranja agria, y la salan. El puerco se lleva la naranja, y la piel de la jutía. Y ya está la jutía en la parrilla improvisada, sobre el fuego de leña. De pronto hombres: "¡Ah hermanos!" Salto a la guardia. La guerrilla de Ruenes, Félix Ruenes, Galano, Rubio, los 10.—Ojos resplandecientes. Abrazos. Todos traen rifle, machete, revólver. Vinieron a gran loma. Los enfermos resucitaron. Cargamos. Envuelven la jutía en yagua. Nos disputan la carga. Sigo con mi rifle y mis 100 cápsulas, loma abajo. Tibisial abajo. Una guardia. Otra. Ya estamos en el rancho de Tavera, donde acampa la guerrilla. En fila nos aguardan vestidos desiguales, de camiseta algunos, camisa y pantalón otros, otros chamarreta y calzón crudo: yareyes de pico: negros, pardos, dos españoles.—Galano, blanco. Ruenes nos presenta. Habla erguido el General. Hablo. Desfile, alegría, cocina, grupos. En la nueva avanzada: volvemos a hablar. Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre guardias, me cuelga el General mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera. Dormimos, envueltos en las capas de goma. ¡Ah!, antes de dormir, viene, con una vela en la mano, José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel. Y nos pusimos a la miel ansiosos. Rica miel, en panal.—Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella. El lugar se llama Vega de la [ ].
15.—Amanecemos entre órdenes. Una comisión se mandará a Las Veguitas,
a comprar en la tienda española. Otra al parque dejado en el camino. Otra a
buscar práctico. Vuelve la comisión con sal, alpargatas, un cucurucho de dulce,
tres botellas de licor; chocolate, ron y miel. José viene con puercos. La comida.—Puerco
guisado con plátanos y malanga.—De mañana, frangollo, el dulce de plátano
y queso, y agua de canela y anís, caliente.—Viene, a [...]
1
Chinito Columbié; montero, ojos malos: va halando de su perro amarillo: Al caer
la tarde, en fila la gente, sale a la cañada el General, con Paquito Guerra
y Ruenes. "¿Nos permite a los 3 solos?" Me resigno mohíno: ¿Será algún peligro?
Sube Ángel Guerra llamándome, y al capitán Cardoso. Gómez, al pie del monte,
en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido,
que, aparte de reconocer en mí al delegado, el Ejército Libertador, por él su
jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General. Lo abrazo. Me abrazan
todos.—A la noche, carne de puerco con aceite de coco, y es buena.
16.—Cada cual con su ofrenda,—buniato, salchichón, licor de rosa,
caldo de plátano.—Al mediodía, marcha loma arriba, río al muslo, bello
y ligero bosque de pomarrosas; naranjas y caimitos. Por abras tupidas y mangales
sin fruta llegamos a un rincón de palmas, [...] 2
dos montes ruiseños.—Allí es el campamento. La mujer, india cobriza de
ojos ardientes, rodeada de 7 hijos, en traje negro roto, con el pañuelo de toca
atado a lo alto por las trenzas, pila café. La gente cuelga hamacas, se echa
a la caña, junta candela, traen caña al trapiche, para el guarapo del café.
Ella mete la caña, descalza.—Antes, en el primer paradero, en la casa
de la madre e hijona espantada, el General me dio a beber miel, para que probara
que luego de tomarla se calma la sed.—Se hace ron de pomarrosa.—Queda
escrita la correspondencia de Nueva York y toda la de Baracoa.
17.—La mañana en el campamento.—Mataron res ayer, y al salir el
sol, ya están los grupos a los calderos. Domitila, ágil y buena, con su pañuelo
egipcio, salta al monte, y trae el pañuelo lleno de tomates, culantro y orégano.
Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapo y hojas. Muelen
un mazo de cañas. Al fondo de la casa, la vertiente [...]
3
cargada de cocos y plátanos, de algodón y tabaco silvestre: al fondo, por el
río, el cuajo de potreros; por los claros, naranjos: alrededor los montes, redondos
y verdes: y el cielo 4
azul arriba, con sus nubes blancas, y una paloma [...] 5
en la nube.—Libertad 6
en lo azul.—Me entristece la impaciencia.—Saldremos mañana.—Me
meto la Vida de Cicerón en el bolsillo en que llevo 50 cápsulas. Escribo
cartas.—Prepara el General dulce de raspa de coco con miel. Se arregla
la salida para mañana. Compramos miel al ranchero de los ojos azorados y la
barbija: primero, 4 reales por el galón, luego, después del sermón regala dos
galones. Viene Jaragüita,Juan Telésforo Rodríguez,—que ya
no quiere llamarse Rodríguez, porque ese nombre llevaba de práctico de los españoles,y
se va con nosotros. Ya tiene mujer. Al irse, se escurre.—El Pájaro,
bizambo y desorejado, juega al machete; pie formidable; le luce el ojo como
marfil donde da el sol en la mancha de ébano.—Mañana salimos de la casa
de José Pineda:—Goya, la mujer.—(Jojó Arriba).
18.—A las 9 1/2 salimos. Despedida en fila.—Gómez lee las promociones.—El sargento Pto. Rico dice: "Yo muero donde muera el general Martí". Buen adiós a todos, a Ruenes y a Galano, al capitán Cardoso, a Rubio, a Dannery, a José Martinez, a Ricardo Rodríguez. Por altas lomas pasamos 6 veces el río Jobo.—Subimos la recia loma de Pavano, con Pomalito en lo alto, y en la cumbre la vista de naranja de China. Por la cresta subimos, y a un lado y otro flotaba el aire leve veteado de manaca. A lo alto, de mata a mata colgaba, como cortinaje, tupido, una enredadera fina, de hoja menuda y lanceolada. Por las lomas, el café cimarrón. La pomarrosa bosque. En torno, la hoya, y más allá los montes azulados, y el penacho de nubes. En el camino a los Calderos,—de Ángel Castro—decidimos dormir, en la pendiente. A machete abrimos claro. De tronco a tronco tendemos las hamacas: Guerra y Paquito por tierra. La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde: aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinuda; vuelan despacio en torno las animitas; entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son y alma; a las hojas?¿qué danza de almas de hojas?.—Se nos olvidó la comida: cominos salchichón, y chocolate, y una lonja de chopo asado.—La rosa se secó a la fogata.—
19.—Las 2 de la madrugada. Viene Ramón Rodríguez, el práctico, con Ángel: traen hachos y café.—Salimos a las 5, por loma áspera. A los Calderos, en alto. El rancho es nuevo, y de adentro se oye la voz de la mambisa: "Pasen sin pena, aquí no tienen que tener pena". El café enseguida con su miel por dulce: ella seria, en sus chancletas, cuenta, una mano a la cintura y por el aire la otra, su historia de la guerra grande: murió el marido, que de noche pelaba sus puercos para los insurrectos, cuando se lo venían a prender: y ella rodaba por el monte, con sus tres hijos a rastro, "hasta que este buen cristiano me recogió, que aunque le sirva de rodillas nunca le podré pagar". Va y viene ligera; le chispea la cara: de cada vuelta trae algo, más café, culantro de Castilla, para que "cuando tengan dolor al estómago por esos caminos, masquen un grano y tomen agua encima": trae limón. Ella es Caridad Pérez y Piñó.—Su hija Modesta, de 16 años, se puso zapatos y túnico nuevo para recibirnos, y se sienta con nosotros, conversando sin zozobra, en los bancos de palma de la salita. De las flores de muerto, junto al cercado, le trae Ramón una, que se pone ella al pelo. Nos cose. El general cuenta "el machetazo de Caridad Estrada en el Camagüey". El marido mató al chino denunciante de su rancho, y a otro: a Caridad le hirieron por la espalda; el marido se rodó muerto: la guerilla huyó: Caridad recoge a un hijo al brazo, y chorreando sangre, se le va detrás: "¡si hubiera tenido un rifle[!]" Vuelve, llama a su gente, entierran al marido, manda por Boza: "¡vean lo que han hecho!" Salta la tropa: "¡queremos ir encontrar a ese capitán[!]" No podía estar sentado el campamento.—Caridad enseñaba su herida.Y siguió viviendo, predicando, entusiasmando en el campamento.—Entra el vecino dudoso Pedro Gómez y trae de ofrenda café y 1 gallina.—Vamos haciendo almas.—Valentín, el español que se le ha puesto a Gómez de asistente, se afana en la cocina.—Los 6 hombres de Ruenes hacen su sancocho al aire libre.—Viene Isidro, muchachón de ojos garzos, muy vestido, con sus zapatos orejones de vaqueta: ése fue el que nos apareció donde Pineda, con un dedo recién cortado: no puede ir a la guerra: "tiene que mantener a 3 primos hermanos". A las 2 1/2, después del chubasco por lomas y el río Guayabo, al mangal, a 1 legua de Imía.—Allí Felipe [Dom], el alcalde de Imía.—Juan Rodríguez nos lleva, en marcha ruda de noche, costeando vecinos, a cerca del alto de la Yaya.
la marcha con velas a las 3 de la mañ [ ]
20.—De allí Teodoro Delgado, al Palenque: monte pedregroso, palos amargos y naranja agria: alrededor, casi es grandioso el paisaje: vamos cercados de montes, serrados, tetudos, picados: monte plegado a todo el rededor: el mar al sur. A lo alto, paramos bajo unas palmas. Viene llena de cañas la gente. Los vecinos: Estévez, Fromita, Antonio Pérez, de noble porte, sale a San Antonio. De una casa nos mandan café, y luego gallina con arroz. Se huye Jaragüita. ¿Lo azoraron? ¿Va a buscar a las tropas? Un montero trae de Imía la noticia de que han salido a perseguirnos por el Jobo. Aquí esperaremos, como lo teníamos pensando, el práctico para mañana.—Jaragúa, cabeza cónica; un momento antes me decía que quería seguir ya con nosotros hasta el fin. Se fue a la centinela, y se escurrió. Descalzo. ladrón de monte, práctico español: la cara angustiada, el hablar ceceado y chillón, bigote ralo, labios secos, la piel en pliegues, los ojos vidriosos, la cabeza cónica. Caza sinsontes, pichones, con la liria del lechugo. Ahora tiene animales, y mujer. Se descolgó por el monte. No lo encuentran. Los vecinos le temen.—En un grupo hablan de los remedios de la nube en los ojos: agua de sal,—leche del ítamo, "que le volvió la vista a un gallo",—la hoja espinuda de la romerilla bien majada,"una gota de sangre del primero que vio la nube". Luego hablan de los remedios para las úlceras:—la piedra amarilla del río Jojó, molida a polvo fino, el excremento blanco y pelado del perro, la miel del limón:—el excremento, cernido, y malva.- Dormimos por el monte, en yaguas.— Jaragúa, palo fuerte.
21.—A las 6 salimos con Antonio, camino de San Antonio.—En el camino nos detenemos a ver derribar una palma, a machetazos al pie, para coger una colmena, que traen seca, y las celdas llenas de hijos blancos. Gómez hace traer miel, exprime en ella los pichones, y es leche muy rica. A poco, sale por la vereda el anciano negro y hermoso, Luis González, con sus hermanos, y su hijo Magdaleno, y el sobrino Eufemio. Ya él había enviado aviso a Perico Pérez, y con él, cerca de San Antonio, esperaremos la fuerza. Luis me levanta del abrazo. Pero ¡qué triste noticia! ¿Será verdad que ha muerto Flor? ¿el gallardo Flor?: que Maceo fue herido en traición de los indios de Garrido: que José Maceo rebanó a Garrido de un machetazo. Almorzábamos buniato y puerco asado cuando llegó Luis: ponen por tierra,en un mantel blanco, el casabe de su casa. Vamos lomeando a los charrascales otra vez, y de lo alto divisamos al ancho río de Sabanalamar, por sus piedras lo vadeamos, nos metemos por sus cañas, acampamos a la otra orilla.—Bello, el abrazo de Luis, con sus ojos sonrientes, como su dentadura, su barba cana al rape, y su rostro, espacioso y sereno, de limpio color negro. Él es padre de todo el contorno; viste buena rusia, su casa libre es la más cercana al monte. De la paz del alma viene la total hermosura a su cuerpo ágil y majestuoso.—De su tasajo de vaca y sus plátanos comimos mientras él fué al pueblo, y a la noche volvió por el monte sin luz, cargado de vianda nueva, con la hamaca al costado, y de la mano el cataure de miel lleno de hijos.—Vi hoy la yaguama, la hoja fénica, que estanca la sangre y con su mera sombra beneficia al herido: "machuque bien las hojas, y métalas en la herida, que la sangre se seca". Las aves buscan su sombra.—Me dijo Luis el modo de que las velas de cera no se apagasen en el camino, y es empapar bien un lienzo, y envolverlo apretado al rededor, y con eso la vela va encendida y se consume menos cera.—El médico preso, en la traición a Maceo,¿no será el pobre Frank? ¡Ah,—Flor!.—
22.—Día de espera impaciente. Baño en el río, de cascadas y hoyas y grandes piedras, y golpes de cañas a la orilla. Me lavan mi ropa azul, mi chamarreta. A mediodía vienen los hermanos de Luis, orgullosos de la comida casera que nos traen: huevos fritos, puerco frito y una gran torta de pan de maíz. Comemos bajo el chubasco, y luego de un macheteo, izan una tienda, techada con las capas de goma. Toda la tarde es de noticias inquietas: viene desertado de las escuadras de Guantánamo un sobrino de Luis, que fue a hacerse de arma, y dice que bajan fuerzas: otro dice que de Batiquirí.donde está de teniente el cojo Luis Bertot, traidor en Bayamohan llegado a San Antonio dos exploradores, a registrar el monte. Las escuadras, de criollos pagados, con un ladrón feroz a la casa, hacen la pelea de España, la única pelea temible en estos contornos. A Luis, que vino al anochecer, le llegó carta de su mujer: que los exploradores,y su propio hermano es uno de ellos, van citados por Garrido, el teniente ladrón, a juntársele a La Caridad, y ojear a todo Cajuerí; que en Vega Grande y los Quemados y en muchos otros pasos tienen puestas emboscadas.—Dormimos donde estábamos, divisando el camino.—Hablamos hoy de Céspedes y cuenta Gómez la casa de portal en que lo halló en Las Tunas, cuando fue, en mala ropa, con quince rifleros a decirle cómo subía, peligrosa, la guerra desde Oriente. Ayudantes pulcros, con polanias.—Céspedes: kepis y tenacillas de cigarro. La guerra abandonada a los jefes, que pedían en vano dirección, contrastaba con la festividad del cortejo tunero. A poco, el gobierno tuvo que acogerse a Oriente."No había nada, Martí", ni plan de campaña, ni rumbo tenaz y fijo.—Que la sabina, olorosa como el cedro, da sabor, y eficacia medicinal, al aguardiente.—Que el té de yagruma,de las hojas grandes de la yagruma,es bueno para el asma.—Juan llegó, de las escuadras, vio muerto a Flor, muerto con su bella cabeza fría, y su labio roto, y dos balazos en el pecho: el 10 lo mataron. Patricio Corona, errante once días de hambre, se presentó a los Voluntarios.—Maceo y 2 más se juntaron con Moncada.—Se vuelven a las casas los hijos y los sobrinos de Luis.—Ramón, el hijo de Eufemio, con su suave tez achocolatada, como bronce carmíneo, y su fina y perfecta cabeza, y su ágil cuerpo púber,—Magdaleno, de magnífico molde, pie firme, caña enjuta, pantorrilla volada, muslo largo, tórax pleno, brazos graciosos, en el cuello delgado la cabeza pura, de bozo y barba crespa: el machete al cinto, y el yarey alón y picudo.—Luis duerme con nosotros.
23.—A la madrugada, listos; pero no llega Eufemio, que debía ver salir a los exploradores, ni llega respuesta de la fuerza. Luis va ver y vuelve con Eufemio. Se han ido los exploradores. Emprendemos marcha tras ellos. De [nuestro] campamento de 2 días, en el Monte de la Vieja salimos, monte abajo, luego. De una loma al claro donde se divisa, por el sur , el palmar de San Antonio, rodeado de jatiales y charrascos, en la hoya fértil de los cañadones, y a un lado y otro montes, y entre ellos el mar. Ese monte, a la derecha, con un tajo como de sangre, por cerca de la copa, es doña Mariana; ése, al sur, alto entre tantos, es el Pan de Azúcar. De 8 a 2 caminos, por el jatial espinudo, con el pasto bueno, y la flor roja y baja del guisaso de tres puyas: tunas, bestias sueltas. Hablamos de las escuadras de Gómez, cuando la otra guerra.—Gómez elogia el valor de Miguel Peréz: "dio un traspiés, lo perdonaron, y él fue leal siempre al gobierno": "en un yagua recogieron su cadáver: lo hicieron casi picadillo": "eso hizo español a Santos Pérez".Y al otro Pérez, dice Luis, Policarpo.—le puso las partes de antiparras."Te voy a cortar las partes", le gritó en pelea a Policarpo"Y yo a ti las tuyas, y te las voy a poner de antiparras: y se las puso".—"Pero¿por qué pelean contra los cubanos esos cubanos? Ya veo que no es por opinión, ni por cariño imposible a España." "Pelean esos puercos, pelean así por el peso que les pagan, un peso al día menos el rancho que les quitan. Son los vecinos malos de los caseríos, o los que tienen un delito que pagar a la justicia, o los vagabundos que no quieren trabajar, y unos cuantos indios de Batiquirí y de Cajuerí". Del café hablamos, y de los granos que lo sustituyen: el platanillo y la boruca. De pronto bajamos a un bosque alto y alegre, los árboles caídos sirven de puente a la primer poza, por sobre hojas mullidas y frescas pedreras, vamos, a grata sombra, al lugar de descanso: el agua corre, las hojas de la yagruma blanquean el suelo, traen de la cañada a rastras, para el chubasco, pencas enormes, me acerco al rumor, y veo entre piedras y helechos, por remansos de piedras finas y alegres cascadas, correr el agua limpia. Llegan de noche los 17 hombres de Luis, y él, solo, con sus 63 años, una hora adelante: todos a la guerra: y con Luis va su hijo.
24.—Por el cañadón, por monte de Acosta, por el mucaral de piedra roída, con sus pozos de agua limpia en que bebe el sinsonte, y su cama de hojas secas, halamos, de sol a sol, el camino fatigoso. Se siente el peligro. Desde el Palenque nos van siguiendo de cerca las huellas. Por aquí pueden caer los indios de Garrido. Nos asilamos en el portal de Valentín, mayoral del ingenio Santa Cecilia.—Al Juan fuerte, de buena dentadura, que sale a darnos la mano tibia, cuando su tío Luis lo llama al cercado:"Y tú ¿por qué no vienes?""¿Pero no ve cómo me come el bicho?"El bicho,la familia. ¡Ah, hombres alquilados,—salario corruptor! Distinto, el hombre propio, el hombre de sí mismo.¿Y esta gente?¿Qué tiene que abandonar?¿La casa de yaguas, que les da el campo, y hacen con sus manos?¿Los puercos, que pueden criar en el monte? Comer, lo da la tierra: calzado, la yagua y la majagua: medicina, las yerbas y cortezas; dulce, la miel de abeja.—Más adelante , abriendo hoyos para la cerca, el viejo barbón y barrigudo, sucia la camiseta y el pantalón a los tobillos,—y el color terroso, y los ojos viboreznos y encogidos:"¿Y Uds., qué hacen?"."Pues aquí estamos haciendo estas cercas".—Luis maldice, y levanta el brazo grande por el aire. Se va a anchos pasos, temblándole la barba.
25.—Jornada de guerra.—A monte puro vamos acercándonos, ya en las
garras de Guantánamo hostil en la primer guerra, hacia Arroyo Hondo. Perdíamos
el rumbo. Las espinas nos tajaban. Los bejucos nos ahorcaban y azotaban. Pasamos
por un bosque de jigüeras, verdes, pegadas al tronco desnudo, o al ramo 7
ralo. La gente va vaciando jigüeras, y emparejándoles la boca. A las once ,
redondo tiroteo. Tiro graneado, que retumba; contra tiros velados y secos. Como
a nuestros mismos pies es el combate; entran, pesadas, tres balas, que dan en
los troncos. "¡Qué bonito es un tiroteo de lejos!", dice el muchachón agraciado
de San Antonio,—un niño. "Más bonito es de cerca", dice el viejo.
Siguiendo nuestro camino subimos a la margen del arroyo. El tiroteo se espesa;
Magdaleno, sentado contra un tronco, recorta adornos en su jigüera nueva. Almorzamos
huevos crudos, un sorbo de miel y chocolate de "La Imperial" de Santiago de
Cuba.—A poco, las noticias: dos vienen del pueblo. Y ya han visto entrar
un muerto, y 25 heridos: Maceo vino a buscarnos, y espera en los alrededores:
a Maceo, alegremente. Dije en carta a Carmita:—"En el camino mismo del
combate nos esperaban los cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo,
los caballos que han tomado a la guardia civil: se abrazan y nos vitorean: nos
suben a caballo y nos calzan la espuela: ¿cómo no me inspira horror la mancha
de sangre que vi en el camino? ¿ni la sangre a medio secar, de una cabeza que
ya está enterrada, con la cartera que le puso de descanso un jinete nuestro?
Y al sol de la tarde emprendimos la marcha de victoria, de vuelta al campamento.
A las 12 de la noche habían salido, por ríos y cañaverales y espinares, a salvarnos:
acababan de llegar, ya cerca, cuando les cae encima el español: sin almuerzo
pelearon las 2 horas, y con galletas engañaron el hambre del triunfo: y emprendían
el viaje de 8 leguas, con tarde primero alegre y clara, y luego, por bóvedas
de púas, en la noche oscura. En fila de uno a uno iba la columna larga. Los
ayudantes pasan, corriendo y voceando. Nos revolvemos, caballos y de a pie ,
en los altos ligeros. Entra al cañaveral, y cada soldado sale con una caña de
él. (Cruzamos el ancho ferrocaril: oímos los pitazos del oscurecer en
los ingenios: vemos, al fin del llano, los faros eléctricos). "Parese la columna,
que hay un herido atrás". Uno hala su pierna atravesada, y Gómez lo monta a
su grupa. Otro herido no quiere: "No, amigo: yo no estoy muerto". Y con la bala
en el hombro sigue andando. ¡Los pobres pies, tan cansados! Se sientan, rifle
al lado , al borde del camino: y nos sonríen gloriosos. Se oye algún ay, y más
risas y el habla contenta. "Abran camino", y llega montado el recio Cartagena,
teniente coronel que lo ganó en la guerra grande, con un hachón prendido de
cardona, clavado como una lanza, al estribo de cuero. Y otros hachones, de tramos
en tramos. O encienden los arbóles secos, que escaldan y chisporrotean, y echan
al cielo su fuste de llama y una pluma de humo. El río nos corta. Aguardamos
a los cansados. Ya están a nuestro alrededor, los yareyes en la sombra. Ya es
es la última agua, y del otro lado el sueño. Hamacas, candelas, calderadas,
el campamento ya duerme: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto
al machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule.—Ahora hurgo el
jolongo, y saco de él la medicina para los heridos. Cariñosas las estrellas,
a las 3 de la madrugada. A las 5, abiertos los ojos, Colt al costado, Machete
al cinto, espuela a la alpargata, y a caballo".—Murió Alcil Duvergié,
el valiente: de cada fogonazo, su hombre: le entró la muerte por la frente:
a otro, tirador, le vaciaron una descarga encima: otro cayó, cruzando temerario
el puente.—¿Y adónde, al acampar, estaban los heridos? Con trabajo los
agrupo, al pie del más grave, que creen pasmado, y viene a andas en una hamaca,
colgando de un palo. Del jugo del tabaco, apretado a un cabo de la boca, se
le han desclavado los dientes. Bebe descontento un sorbo de
marrasquino ¿Y el agua, que no viene, el agua de las heridas, que al fin traen
en un cubo turbio?—La trae fresca el servicial Evaristo Zayas, de Ti Arriba.—¿Y
el practicante, dónde está el practicante que no viene a sus heridos?
Los otros se quejan, en sus capotes de goma. Al fin llega, arrebujado en una
colcha, alegando calentura.Y entre todos, con Paquito Borrero de tierna ayuda,
curamos la herida de la hamaca, una herida narigona, que entró y salió por la
espalda: en una boca cabe un dedal, y una avellana en la otra: lavamos, iodoformo,
algodón fenicado. Al otro,en la cabeza del muslo entró y salió. Al otro que
se vuelve de bruces, no le salió la balla de la espalda: allí está, al salir,
en el manchón rojo e hinchado: de la sífilis tiene el hombre comida la nariz
y la boca: al último, boca y orificio también en la espalda: tiraban, rodilla
en tierra, y el balazo bajo les atravesó las espaldas membrudas. A Antonio Suárez,
de Colombia, primo de Lucila Cortés, la mujer de Merchán, la misma herida. Y
se perdió a pie, y nos halló luego.—
26.—A formar, con el sol. A caballo, soñolientos. Cojea la gente, aún no repuesta. Apenas comieron anoche. Descansamos, a eso de las 10, a un lado y otro del camino. De la casita pobre envían de regalo una gallina al "general Matias",—y miel. De tarde y noche escribo,a New York, a Antonio Maceo, que está cerca, e ignora nuestra llegada; y la carta de Manuel Fuentes al World, que acabé con lápiz sobre la mano, al alba. A ratos ojeé ayer el campamento tranquilo y dichoso: llama la corneta, traen cargas de plátanos al hombro: mugen las reses cogidas, y las degüellan. Victoriano Garzón, el negro juicioso de bigote y perilla, y ojos fogosos, me cuenta, humilde y ferviente, desde su hamaca, su asalto triunfante al Ramón de las Yaguas: su palabra es revuelta e intensa, su alma bondadosa, y su autoridad natural: mima, con verdad, a sus ayudantes blancos, a Mariano Sánchez y a Rafael Portuondo; y si yerran en un punto de disciplina, les levanta el yerro. De carnes seco, dulce de sonrisa: la camisa azul, y negro el pantalón: cuida, uno a uno, de sus soldados.—José Maceo, formidable, pasea el alto cuerpo: aún tiene las manos arpadas, de la maraña del pinar y del monte, cuando se abrió en alas la expedición perseguida de Costa Rica, y a Flor lo mataron, y Antonio llevó a dos consigo, y José quedó al fin solo, hundido bajo la carga, moribundo de frío en los pinos húmedos, los pies gordos y rotos: y llegó, y ya vence.
27.—El campamento al fin, en la estancia de Filipinas. Atiendo enseguida al trabajo de la juridición: Gómez, escribe junto a mí, en su hamaca.—A la tarde, Pedro Pérez, el primer sublevado de Guantánamo: de 18 meses de escondite, salió al fin, con 37, seguido de muerte, y hoy tiene 200. En el monte, con los 17 de la casa, está su mujer, que nos manda la primer bandera. ¡Y él, sirvió a España en las escuadras, en la guerra grande! Lealtad de familia a Miguel Pérez.—Apoyado en su bastón, bajo de cuerpo, con su leontina de plata, caídas las patillas pocas por los lados del rostro enjuto y benévolo, fue, con su gente brava, a buscar a Maceo en vano por todo Baracoa, en los dientes de los indios: su jipijapa está tinto de purpura, y bordada de mujer es la trenza de color de su sombrero, con los cabos por la espalda.—Él no quiere gente a caballo, ni monta él ni tiene a bien los capotes de goma, sino la lluvia pura, sufrida en el silencio.
28.—Amanezco al trabajo. A las 9 forman, y Gómez, sincero y conciso, arenga: Yo hablo al sol. Y al trabajo. A que quede ligada esta fuerza en el espíritu unido: a fijar, y dejar ordenada, la guerra enérgica y magnánima: a abrir vías con el norte, y servicio de parque: a reprimir cualquier intentona de pertubar la guerra con promesas. Escribo la circular a los jefes, a que castiguen con la pena de traición la intentona.—la circular a los hacendados,—la nota de Gómez a las fincas,—cartas a amigos probables,—cartas para abrir el servicio de correo y parque,—cartas para la cita a Brooks,—nota al gobierno inglés, por el cónsul de Guantánamo, incluyendo la declaración de José Maceo sobre la muerte, casual, de un tiro escapado a Corona, de un marino de la goleta Honor, en que vino la expedición de Fortune Island,—instrucciones a José Maceo, al que se nombra Mayor General,—nota a Ruenes, invitándole a enviar el representante de Baracoa a la Asamblea de Delegados del pueblo cubano revolucionario—para eligir el gobierno que deba darse la revolución,—carta a Masó.—Vino Luis Bonne, a quien se buscaba, por sagaz y benévolo, para crearme una escolta. Y de ayudante trae a Ramón Garriga y Cuevas, a quien de niño solía yo agasajar, cuando lo veía travieso o desamado en New York, y es manso, afectuoso, lúcido y valiente.
29.—Trabajo, Ramón queda a mi lado. En el ataque de Arroyo Hondo un flanco nuestro, donde estaba el hermano de un teniente criollo, mató al teniente, en la otra fuerza.—Se me fue, con su hijada, Luis González. "Ese rostro quedará estampado aquí." Y me lo decía con el rostro celeste.
30—Trabajo.—Antonio Suárez, el colombiano, habla quejoso y díscolo:
que desatendido, que coronel.—Maceo, alegando operación urgente, no nos
esperará. Salimos mañana.
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