MAYO

1.— Salimos del campamento, de Vuelta Corba. Allí fue donde Policarpo Pineda, el Rustán, el Polilla, hizo abrir en pedazos a Francisco Pérez, el de las escuadras. Polilla un día fusiló a Jesús: llevaba al pecho un gran crucifijo, una bala le metió todo un brazo de la cruz en la carne: y a la cruz, luego, le descargó los cuatro tiros. De eso íbamos hablando por la mañana, cuando salió el camino, ya en la región florida de los cafetales, con plátanos y cacao, a una mágica hoya, que llaman la Fontina, y en lo hondo del vasto verdor enseña apenas el techo de guano, y al lado, con su flor morada, el árbol de caracolillo. A poco más, el Kentucky, el cafetal de Pezuela, con secaderos grandes de mampostería frente a la casa, y la casa, alegre y espaciosa, de blanco y balcones; y el gran bajo con las máquinas, y a la puerta Nazario Soncourt: mulato fino, con el ron y el jarro de agua en taburete, y vasos. Salen a vernos los Thoreau, de su vistoso cafetal, con las casitas de mampostería y teja: el menor, colorado, de [apuro] y los ojos ansiosos y turbios, tartamudea:—¿Pero podemos trabajar aquí, verdad? podemos seguir trabajando". Y eso no más dice, como un loco.—Llegamos al monte. Estanislao Cruzat, buen montuno, caballerizo de Gómez, taja dos árboles por cerca del pie, clava al frente de cada uno dos horquetas, y otras de apoyo al tronco, y cruces, y varas a lo largo, y ya está el banco. Del descanso corto, a la vereda espesa, en la fértil tierra de Ti-arriba. El sol brilla sobre la lluvia fresca; las naranjas cuelgan de sus árboles ligeros: yerba alta cubre el suelo húmedo: delgados troncos blancos cortan, salteados, de la raíz al cielo azul, la selva verde: se trenza a los arbustos delicados el bejuco: a espiral de aros iguales, como de mano de hombre, caen de tierra de lo alto meciéndose al aire, los cupeyes: de un curujey, prendido a un jobo, bebo el agua clara: chirrían, en pleno sol los grillos.—A dormir, a la casa del "español malo": huyó a Cuba: la casa, techo de zinc y suelo puerco: la gente se echa sobre los racimos de plátanos montados en vergas por el techo, sobre dos cerdos, sobre palomas y patos, sobre un rincón de yucas. Es la Demajagua.

2.—Adelante, hacia Jaragüeta, 8[Nota 8] En los ingenios. Por la caña vasta y abandonada de Sabanilla: va Rafel Portuondo a la casa, a traer las 5 reses: vienen en mancuerna: ¡pobre gente, a la lluvia! Llegamos a Leonor, y ya, desechando la tardía comida, con queso y pan, nos habíamos ido a la hamaca, cuando llega, con caballería de Zefí, 9[Nota 9] el corresponsal del Herald George Eugene Bryson. Con él trabajo hasta la 3 de la mañana.

3.—A las 5, con el coronel Perié, 10[Nota 10] que vino (anoche) 11[Nota 11] a su cafetal de Jaragüeta, en una altura, y un salón, como escenario, y al pie, en vasto cuadro, el molino ocioso, del cacao y café. De lo alto, a un lado y otro, cae, bajando, el vasto paisaje, y dos aguas cercanas, de lechos de piedras en lo hondo, y palmas sueltas y fondo de monte, muy lejano. Trabajo el día entero, en el manifiesto al Herald, y más para Bryson. A la 1, al buscar mi hamaca, veo a muchos por el suelo, y creo que se han olvidado de colgarla. Del sombrero hago almohada: me tiendo en un banco: el frío me echa a la cocina encendida: me dan la hamaca vacía: un soldado me echa encima un mantón viejo: a las 4, diana.

4.—Se va Bryson. Poco después, el consejo de guerra de Masabó. Violó y robó. Rafael preside, y Mariano acusa. Masabó, sombrío, niega: rostro brutal. Su defensor invoca nuestra llegada, y pide merced. A muerte. [Cuando leían la setencia, al fondo, del gentío, un hombre pela caña] Gómez arenga: "Este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano". Masabó, que no se ha sentado, alza con odio los ojos hacia él. Las fuerzas, en gran silencio, oyen y aplauden: "¡Que viva!" Y mientras ordenan la marcha, en pie queda Masabó; sin que se le caigan los ojos, ni en la caja del cuerpo se vea miedo: los pantalones anchos y ligeros, le vuelan sin cesar, como a un viento rápido. Al fin van, la caballería, el reo, la fuerza entera, a un bajo cercano; al sol. Grave momento, el de la fuerza callada, apiñada. Suenan los tiros, y otro más, y otro de remate. Masabó ha muerto valiente."¿Cómo me pongo, coronel?¿De frente o de espalda?" "De frente". En la pelea era bravo.

5.—Maceo nos había citado para Bocucy, adonde no podremos llegar a las 12, a la hora a que nos cita. Fue anoche el propio, a que espere en su campamento. Vamos, con la fuerza toda. De pronto, unos jinetes Maceo, en un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. Salió a buscarnos, porque tiene a su gente de marcha: al ingenio cercano, a Mejorana, va Maspon a que adelanten almuerzo para cien. El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se le ve el gozo y la admiración: el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae vermouth, tabacos, ron, malvasía. "Maten tres, cinco, diez, cartoce gallinas." De seno abierto y chancleta viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde, de yerbas: otra trae ron puro. Va y viene el gentío. De ayudante de Maceo lleva y trae, ágil y verboso. Castro Palomino, Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes,—y una secretaría general:— la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: "¿Pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?" Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo y su representante. Lo veo herido—"lo quiero—me dice—menos de lo que lo quería"—por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros. Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: "Dentro de 15 días estarán con Vds.—y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí".—En la mesa , opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontentó de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba, y ha de andar seis horas. Allí, cerca, están sus fuerzas: pero no nos lleva a verlas: las fuerzas reunidas de Oriente—Rabí, de Jiguaní, [Busto] 12[Nota 12] de Cuba, las de José, que trajimos. A caballo, adios rápido. "Por ahi se van Vds.",—y seguimos, con la escolta mohína; ya entrada la tarde, sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto, a un galpón del camino, donde no desensillamos. Van por los asistentes: seguimos, a otro rancho fangoso, fuera de los campamentos, abierto a ataque. Por carne manda Gómez al [campo] 13[Nota 13] de José: la traen los asistentes. Y así como echados, y con ideas tristes, dormimos.— 14[Nota 14]

7.—De jagua salimos, y de sus mambises viejos y leales, por el Mijial. En el Mijial los caballos comen la piña forastera, de ella, y de cedros hacen tapas para galones. A César le dan agua de hojas de guanábana, que es pectoral bueno, y cocimiento grato. En el camino nos salió Prudencio Bravo, el guardián de los heridos, a decirnos adiós.Vimos a la hija de Nicolás Cedeño, que habla contenta, y se va con sus 5 hijos a su monte de Holguín. Por el camino de Barajagua: "aquí se peleó mucho", "todo esto llegó a ser nuestro"— vamos hablando de la guerra vieja. Allí, del monte tupido de los lados, o de los altos y codos 15[Nota 15] enlomados del camino, se picaba a las columnas, que al fin, cesaron: por el camino se va a Palma y a Holguín. Zefí dice que por ahí trajo él a Martínez Campos, cuando vino a su primer conferencia con Maceo: "El hombre salió colorado como un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero al suelo, y me fue a esperar a media legua". Andamos cerca de Baraguá. Del camino salimos a la sabana de Pinalito, que cae, corta, al arroyo de las Piedras, y tras él, a la loma de La Risueña, de suelo rojo y pedregal, combada como un huevo, y al fondo graciosas cabezas de monte, de extraños contornos: un bosquecillo, una altura que es como una silla de montar, una escalera de lomas. Damos de lleno en la sabana de Vio, concha verde, con el monte en torno, y palmeras en él, y en lo abierto un cayo u otro, como florones, o un espino solo, que da buena leña: las sendas negras van por la yerba verde, matizada de flor morada y blanca. A la derecha, por lo alto de la sierra espesa, la cresta de pinos. Lluvia recia. Adelante va la vanguardia, uno con la yagua a la cabeza, otro con una caña por el arzón o la yagua en descanso, o la escopeta. El alambre del telégrafo se revuelca en la tierra. Pedro pasa, con el portabandera desnudo,—una vara de [ ]: A Zefí, con la cuchara de plomo en la cruz de la bandolera, le cose la escarapela el ala de atrás. A Chacón, descalzo, le relumbra, de la cintura a la rodilla, el pavón del rifle. A Zambrano, 16[Nota 16] que se hala, le cuelga por la cadera el cacharro de hervir. Otro, por sobre el saco, lleva una levita negra. Miro atrás, por donde vienen,de cola de la marcha, los mulos y los bueyes, y las tercerolas de retaguardia, y sobre el cielo gris veo, a paso pesado, tres [ ] y uno, como poncho, lleva por la cabeza una yagua. Por la sabana que sigue, por Hato del Medio, famosa en la guerra, seguimos, con la yerba ahogada del aluvión, al campamento, allá detrás de aquellas pocas reses. "Aquí, me dijo Gómez, nació el cólera, cuando yo vine con doscientas armas y 4 000 libertos, para que no se los llevasen los españoles, y estaba esto cerrado de reses, y mataron tantas, que del hedor se empezó a morir la gente, y fui regando la marcha con cadáveres: dejé en el camino a Tacajó". Y entonces me cuenta lo de Tacajó, el acuerdo entre Céspedes y Donato Mármol. Céspedes, después de la toma de Bayamo, desapareció. Eduardo Mármol, culto y funesto, aconsejo a Donato la dictadura. Félix Figueredo pidió a Gómez que apoyase a Donato, y entrase en lo de la dictadura, a lo que Gómez le dijo que ya lo había pensado hacer, y lo haría, no por el consejo de él, sino para estar dentro, y adentro impedirlo mejor: "Sí, decía Félix, porque a la revolución le ha nacido una víbora". "Y lo mismo era él", me dijo Gómez. De Tacajó 17[Nota 17] envió Céspedes a citar a Donato a conferencia, cuando ya Gómez estaba con él, y quiso Gómez ir primero, y enviar luego recado. Al llegar donde Céspedes, como Gómez se venía con la guardia que halló como a un cuarto de legua, creyó notar confusión y zozobra en el campamento, hasta que Marcano salió a Gómez que le dijo: "Ven acá, dame un abrazo".—Y cuando los Mármoles llegaron, a la mesa de cincuenta cubiertos, y se habló allí de la diferencia, desde las primeras consultas se vio que, como Gómez, los demás opinaban por acatamiento a la autoridad de Céspedes. "Eduardo se puso negro." Nunca olvidaré el discurso de Eduardo Arteaga: "El sol, dijo, con todo su esplendor, suele ver oscurecida su luz, por repentino eclipse; pero luego brilla con nuevo fulgor, más luciente por su pasajero oscurecimiento: así ha sucedido al sol Céspedes". Habló José Joaquín Palma: "¿Eduardo? Dormía la siesta un día, y los negros hacían bulla en el batey. Mandó callar, y aún hablaban. ´¿Ah, no quieren entender?´ Tomó el revólver,—él era muy buen tirador: y hombre al suelo, de 18[Nota 18] una bala en el pecho, Siguió durmiendo".—Ya llegamos, a son de corneta, a los ranchos, y la tropa formada bajo la lluvia, de Quintín Bandera. Nos abraza, muy negro, de bigote y barbija, en botas, capa y jipijapa, Narciso Moncada, el hermano de Guillermo: "¡Ah , sólo que falta un numero!" Quintín, sesentón, con la cabeza metida en los hombros, troncudo el cuerpo, la mirada baja y la palabra poca, nos recibe a la puerta del rancho: arde de la calentura: se envuelve en su hamaca: el ojo, pequeño y amarillo, parece como que le viene de hondo, y hay que asomarse a él: a la cabeza de su hamaca hay un tamboril. Deodato Carvajal es su teniente, de cuerpo fino, y mente de ascenso, capaz y ordenada: la palabra, por afinarse, se revuelve, pero hay en él método, y mando, y brío para su derecho y el ajeno: me dice que por él recibía mis cartas Moncada. Narciso Moncada, verboso y fornido, es de bondad y pompa: "En verbo de licor, no gasto nada"; su hermano está enterrado—"más abajo de la altura de un hombre, con planos de ingeniero—, donde sólo lo sabemos unos pocos, y si yo me muero, otro sabe, y si ése se muere, otro, y la sepultura siempre se salvará"."¿Y a nuestra madre, que nos la ha tratado como si fuera la madre de la patria?" Dominga Moncada ha estado en el Morro tres veces: y todo porque aquel general que se murió la llamó para decirle que tenía que ir a proponerle a sus hijos, y ella le dijo: Mire, general, si yo veo venir a mis hijos por una vereda, y lo veo venir a V. por el otro lado, les grito: "Huyan, mis hijos, que éste es el general español".—A caballo entramos al rancho, por el mucho fango de afuera, para podernos desmontar, y del lodo y el aire viene hedor, de la mucha res que han muerto cerca: el rancho, gacho, está tupido de hamacas. A un rincón, en un cocinazo, hierven calderos. Nos trae café, ajengibre, cocimiento de hojas de guanábana. Moncada, yendo y viniendo, alude al abandono en que dejó Quintín a Guillermo.—Quintín me habla así: "Y luego tuvo el negocio que se presentó con Moncada, o lo tuvo él conmigo, cuando me quiso mandar con Masó, y pedí mi baja". Carvajal había hablado de "las decepciones" sufridas por Bandera. Ricardo Sartorius, desde su hamaca, me habla de Purnio, cuando les llegó el telegrama falso de Cienfuegos para alzarse: me habla de la alevosía con su hermano Manuel, a quien Miró hurtó sus fuerzas, y "forzó a presentarse": "le iba esto",—la garganta.—Vino Calunga, 19[Nota 19] de Masó, con cartas para Maceo: no acudirá a la cita de Maceo muy pronto, porque está amparando una expedición del sur, que acaba de llegar. Se pelea mucho en Bayamo. Está en armas Camagüey. Se alzó el Marqués, y el hijo de Agramonte.—Hiede.

8.—A trabajar, a una altura vecina, donde levantan el nuevo campamento: ranchos de troncos, atados con bejuco, techados con palma.—Nos limpian un árbol, y escribimos al pie.—Cartas a Miró:—de Gómez, como a coronel, seguro de que ayudará "al brigadier Ángel Guerra, nombrado Jefe de Operaciones,"—mía, con el fin de que, sin desnudarle el pensamiento, vea la conveniencia y justicia de aceptar y ayudar a Guerra.—Miró hace de árbitro de la comarca, como coronel. Guerra sirvió los 10 años, y no le obedecería.—Cartas a prominentes de Holguín, y circulares: a Guadalupe Pérez, acaudalado;—a Rafael Manduley, procurador,— a Francisco Frexes, abogado.—En la mesa, sin rumbo, funge el consejo de guerra de Isidro Tejera, y Onofre y José de la O. Rodríguez: los pacíficos dieron parte del terror en que pusieron al vecindario: el capitán Juan Peña y Jiménez,—Juan el Cojo, que sirvió "en las tres guerras", de una pierna sólo tiene el muñon, y monta a caballo de un salto,— oyó el susto a los vecinos, y vio las casas abandonadas, y depone 20[Nota 20] que los tres le negaron las armas, y profirieron amenazas de muerte. El consejo, enderezado de la confusión, los sentencia a muerte. Vamos al rancho nuevo, de alas bajas, sin paredes.—José Gutiérrez, el corneta afable que se lleva Paquito, toca a formación. Al silencio de las filas traen los reos: y lee Ramón Garriga la sentencia, y el perdón. Habla Gómez de la necesidad de la honra en las banderas: "Ese criminal ha manchado nuestra bandera". Isidro que venía llorando, pide licencia de hablar, habla gimiendo, y sin idea: que muere sin culpa, que no lo dejarán morir, que es imposible que tantos hermanos no le pidan el perdón. Tocan marcha. Nadie habla. Él gime, se retuerce en la cuerda, no quiere andar. Tocan marcha otra vez, y las filas siguen, de dos en fondo. Con el reo que implora, Chacón y cuatro rifles, empujándolos. Detrás, solo, sin sus polainas, saco azul y sombrero pequeño, Gómez.—Otros atrás, pocos, Moncada,—que no va al reo, ya en el lugar de muerte, llamando desolado, sacándose el reloj, que Chacón le arrebata, y tira en la yerba. [ ],manda Gómez, con el rostro demudado, y empuña su revólver, a pocos pasos del reo. Lo arrodillan, al hombre espantado, que aún, en aquella rapidez, tiene tiempo, sombrero en mano, para volver la cara dos o tres veces. A dos varas de él, los rifles bajos. "¡Apunten!" dice Gómez: ¡Fuego! Y cae sobre la yerba, muerto.—De los dos perdonados,—cuyo perdón aconsejé y obtuve,— uno, ligeramente cambiado el color pardo, no muestra espanto, sino sudor frío: otro, en sus cuerdas por los codos, está como si aún se hiciese atrás, como si huyese el cuerpo, ido de un lado lo mismo que el rostro, que se le chupó y desencajó.—Él, cuando les leyeron la sentencia, en el viento y las nubes de la tarde, sentados los tres por tierra, con el pie en el cepo de varas, se apretaba con la mano las sienes. El otro, Onofre, oía como sin entender, y volvía la cabeza a los ruidos. "El Brujito", el muerto, mientras esperaba el fallo, escarbaba, doblando, la tierra,—o alzaba de repente el rostro negro, de ojos pequeños, y nariz hundida de puente ancho.—El cepo fue hecho al vuelo: una vara recia en tierra, otra más fina al lado, atada por arriba, y clavada abajo de modo que deje paso estrecho al pie preso.—"El Brujito", decían luego, era bandido de antes: "Puede Vd. jurar, decía Moncada, que deja su entierro de catorce mil pesos".—Sentado en un baúl, en el rancho, alrededor de la vela de cera, Moncada cuenta la última marcha de Guillermo moribundo; cuando iba a la cita con Masó. A la prisión entró Guillermo sano, y salió de ella delgado, caído, echando sangre, en cuajos a cada tos. Un día, en la marcha, se sentó en el camino, con la mano a la frente: "Me duele el cerebro": y echó a chorros la sangre, en cuajos rojos—"estos son de la pulmonía"—decía luego Guillermo revolviéndolos— "y éstos, los negros, son de la espalda". Zefí cuenta, y Gómez, de la fortaleza de Moncada. "Un día, dice, lo hirieron en la rodilla, y se le montó un hueso sobre el otro, así", y se puso al pecho un brazo sobre otro: "No se podía poner los huesos en lugar, y entonces, por debajo de los brazos los colgamos, en aquel rancho más alto que éste, y yo me abracé a su pierna, y con todas mis fuerzas me dejé descolgar, y el hueso volvió a su puesto, y el hombre no dijo palabra". Zefí es altazo, de músculo seco: "y me quedo de bandido en el monte si quieren otra vez acabar esto con infamias". "Una cosa tan bien planificada como ésta, dice Moncada, y andar con ella trafagando".—Se queja él con amargura del abandono y engaño en que tenía a Guillermo, Urbano Sánchez,—Guillermo, ansioso siempre de la compañía blanca: "Le digo que en Cuba hay una división horrorosa". Y se le ve el recuerdo rencoroso en la censura violenta a Mariano Sánchez, cuando en el Ramón de la Yaguas abogó porque se cumpliese al teniente rendido, la palabra de respetarle las armas, y Mariano que se veía con escopeta y a otros más, quería echarse sobre los 60 rifles—"¿Y Vd. quién es, dice N. que le dijo Mariano, para dar voto en esto?"—Y G. expresa la idea de que Mariano "no tiene cara de cubano, por más que V. me diga,—y dispénseme":—Y de que el padre que anda afuera, y mandó al hijo adentro, para estar a la vez en los dos campos.—Mucho vamos hablando de la necesidad de picar al enemigo aturdido, y sacarlo sin descanso a la pelea,—de cuajar con la pelea el ejército revolucionario desocupado,—de mudar campos como éste, de 400 hombres, que cada día aumentan, y comen en paz y guardan 300 caballos, en fuerza más ordenada y activa, que "yo, con mis escopetas y mis dos armas de precisión, sé como armarme", dice Bandera: Bandera, que pasó allá abajo el día, en su hamaca solitaria, en el rancho fétido.

9.—Adiós a Banderas,—a Moncada,—al fino Carvajal, que quisiera irse con nosotros, a los ranchos donde asoma la gente saludando con los yareyes: "¡Dios los lleve con bien, mis hermanos!".—Pasamos, sin que uno solo vuelva a ella los ojos, junto a la sepultura. Y a poco andar, por el hato lodoso, se sale a la sabana, y a unos mangos al fondo: es Baragúa: son los mangos, aquellos dos troncos con una sola copa, donde Martínez Campos conferenció con Maceo. Va de prático un mayaricero que estuvo allí entonces: "Martínez Campos lo fue a abrazar, y Maceo le puso el brazo por delante, así: ahí fue que tiró el sombrero al suelo. Y cuando le dijo que ya García había entrado, viera el hombre cuando Antonio le dijo: '¿Quiere Vd. que le presente a García?'." "García estaba allí , en ese monte: todo ese monte era de cubanos no más. Y de ese lado había otra fuerza, por si venían con traición." De los llanos de la protesta salimos al borde alto, del rancho abandonado, de donde se ve el brazo del río, aún seco ahora, con todo el cauce de yerbal, y los troncos caídos cubiertos de bejuco, con flores azules y amarillas, y luego de un recodo, la súbita bajada:—"¡Ah, Cauto!—dice Gómez—¡cuánto tiempo hacía que no te veía!" Las barrancas feraces y elevadas penden, desgarradas a trechos, hacia el cauce, estrecho aún, por donde corren, turbias y revueltas, las primeras lluvias. De suave reverencia se hincha el pecho, y cariño poderoso, ante el vasto paisaje del río amado. Lo cruzamos, por cerca de una ceiba, y, luego del saludo a una familia mambí, muy gozosa de vernos, entramos al bosque claro, de sol dulce, de arbolado ligero, de hoja acuosa. Como por sobre alfombra van los caballos, de lo mucho de césped. Arriba el curujeyal da al cielo azul, o la palma nueva, o el dagame, que da la flor más fina, amada de la abeja, o la guásima, o la jatía. Todo es festón y hojeo, y por entre los claros, a la derecha, se ve el verde del limpio, a la otra margen, abrigado y espeso. Veo allí el ateje, de copa alta y menuda, de parásitas y curujeyes; el cajueirán, 21[Nota 21] "el palo más fuerte de Cuba", el grueso júcaro, el almácigo, de piel de seda, la jagua de hoja ancha, la preñada güira, el jigüe duro, de negro corazón para bastones y cáscara de curtir, el jubabán, de fronda leve, cuyas hojas, capa a capa, "vuelven raso el tabaco", la caoba, de corteza brusca, la quiebrahacha de tronco estriado, y abierto en ramos recios, cerca de las raíces (el caimitillo y el cupey y la picapica), y la yamagua, que estanca la sangre:—A Cosme Pereira nos hallamos en el camino, y con él a un hijo de Eusebio Venero, que se vuelve a anunciarnos a Altagracia. Aún está en Altagracia, Manuel Venero, tronco de patriotas, cuya hermosa hija Panchita murió de no querer ceder, al machete del asturiano Federicón. Con los Venero era muy íntimo Gómez, que de Manuel osado hizo un temido jefe de guerrilla, y por Panchita sentía viva amistad, que la opinión llamaba amores. El asturiano se llevó la casa un día, y en la marcha iba dejando a Panchita atrás, y solicitándola, y resistiendo ella.—"¿Tu no quieres porque eres querida de Gómez?" Se irguió ella, y él la acabó, con su propia mano.—Su casa hoy nos recibe con alegría, en la lluvia oscura, y con buen café.—Con sus holguineros se alberga allí Miró, que vino a alcanzarnos al camino: de aviso envió a Pancho Díaz, mozo que por una muerte que hizo se fue a asilar a Montecristi, y es práctico de ríos, que los cruza en la cresta, y enlazador, y hoceador de puercos, que mata a machetazos. Miró llega cortés en su buen caballo: le veo el cariño cuando me saluda: él tiene fuerte habla catalana; tipo fino; barba en punta y calva; ojos vivaces. Dio a Guerra su gente, y con su escolta de mocetones subió a encontrarnos.—"Venga, Rafael".—Y se acerca, en su saco de nipe amarillo, chaleco blanco, y jipijapa de ala corta a la oreja, Rafael Manduley, el procurador de Holguín, que acaba de salir al campo. La gente, bien montada, es de muy buena cepa: Jaime Muñoz, peinado al medio, que administra bien, José González, Bartolo Rocaval, Pablo García, el práctico sagaz, Rafael Ramírez, Sargento primero de la guerra, enjuto, de bigotillo negro, Juan Oro, Augusto Feria, alto y bueno, del pueblo, cajista y de letra, Teodorico Torres, Nolasco Peña, Rafael Peña, Luis Jerez, Francisco Díaz, Inocencio Sosa, Rafael Rodríguez,—y Pultarco Artigas, amo de campo, rubio y tuerto, puro y servicial: dejó su casa grande, su bienestar, y "nueve hijos de los diez que tengo, porque el mayor me lo traje conmigo". Su hamaca es grande, con la almohadilla hecha de manos tiernas; su caballo es recio, y de lo mejor de la comarca; el se va lejos, a otra jurisdicción para que de cerca "no lo tenga amarrado su familia": y "mis hijitos se me hacían una piña alrededor, y se dormían conmigo". Aún vienen Miró y Manduley henchidos de su politíca local: a Manduley "no le habían dicho nada de la guerra", a él que tiene fama de erguido, y de autoridad moral: trae espejeras: iba a ver a Masó: "Y yo, que alimentaba a mis hijos científicamente; quién sabe lo que coméran ahora". Miró, a gesto animado y verba bullente, alude a su campaña de 7 años en La Doctrina de Holguin, y luego en El Liberal de Manzanillo, que le pagaban Calvar y Beattie, y donde les sacó las raíces a los "cuadrilongos", a los "astures", a "la malla integrista" Dejó hija y mujer, y ha paseado, sin mucha pelea, su caballería de gente buena por la comarca: Me habla de los esfuerzos de Gálvez, en La Habana, para rebajar la revolución: del grande odio con que Gálvez habla de mí, y de Juan Gualberto: "A Vd., a Vd, es a quien ellos le temen": "a voz en cuello decían que no vendría Vd., y eso es lo que los va ahora a confundir".—Me sorprende, aquí como en todas partes, el cariño que se me muestra, y la unidad de alma, a que no se permitirá condensación, y a la que se desconocerá, y de la que se prescindirá, con daño, o por lo menos el daño de demora, de la revolución, en su primer año de ímpetu. El espíritu que sembré, es el que ha cundido, y el de la Isla, y con él, y guía conforme a él, triunfaríamos brevemene, y con mejor victoria, y para paz mejor. Preveo que, por cierto tiempo al menos, se divorciará a la fuerza a la revolución de este espíritu,—se le privará del encanto y gusto, y poder de vencer, de este consorcio natural,—se le robará el beneficio de esta conjunción entre la actividad de estas fuerzas revolucionarias y el espíritu que las anima.—Un detalle: Presidente me han llamado, desde mi entrada al campo, las fuerzas todas, a pesar de mi pública repulsa, y a cada campo que llego, el respeto renace, y cierto suave entusiasmo de general cariño, y muestras del goce de la gente en mi presencia y sencillez.—Y al acercarse hoy uno: Presidente, y sonreír yo: "No me le digan a Martí Presidente: díganle General: él viene aquí como General: no me le digan Presidente".—"¿Y quién contiene el impulso de la gente, General?"; le dice Miró: "Eso les nace del corazón a todos".—"Bueno: pero él no es presidente todavía: es el Delegado."—Callaba yo, y noté el embarazo y desagrado en todos, y en algunos como el agravio.—Miró vuelve a Holguín, de coronel: no se opondrá a Guerra: lo atacará: hablamos de la necesidad de una persecusión activa, de sacar al enemigo de las ciudades, de picarlo por el campo, de cortarle todas las proveedurías, de seguirle los convoyes. Manduley vuelve también, no muy a gusto, a influir en la comarca que le conoce, a ponérsele a Guerra de buen consejero, a amalgamar las fuerzas de Holguín e impedir sus choques, a mantener el acuerdo de Guerra, Miró y Feria.—Dormimos, apiñados, entre cortinas de lluvia. Los perros, ahítos de la matazón, vomitan la res.—Así dormimos en Altagracia.—En el camino, el único caserío fue Arroyo-Blanco: la tienda vacía: el grupo de ranchos: el ranchero barrigudo, blanco, egoísta, con el pico de la nariz caído entre las alas del poco bigote negro: la mujer, negra: la vieja ciega se asomó a la puerta, apoyada a un lado, y en báculo amarillo el brazo tendido: limpia, con un pañuelo a la cabeza:—"¿Y los pati-peludos matan gente ahora?" Los cubanos no me hicieron nadita a mí nunca,—no, señor.

10.—De Altagracia vamos a la Travesía.—Allí volví a ver, de pronto, a la llegada, el Cauto, que ya venía crecido, con su curso ancho en lo hondo, y a los lados, en vasto declive, los barrancos. Y pensé de pronto, ante aquella hermosura, en las pasiones bajas y feroces del hombre. Al ir llegando, corrió Pablo una novilla, negra, de astas nacientes, y la echan contra un árbol, donde, a vueltas, le van acortando la soga. Los caballos, erguidos, resoplan: les brillan los ojos. Gómez toma del cinto de un escolta el machete, y abre un tajo, rojo, en el muslo de la novilla.—"¡Desjarreten esa novilla!" Uno, de un golpe la desjarreta, y se arrodilla el animal, mugiendo: Pancho, al oír la orden de matar, le mete, mal, el machete por el pecho, una vez y otra: uno, más certero, le entra hasta el corazón; y vacila y cae la res, y de las bocas sale en chorro la sangre. Se la llevan arrastrando.—Viene Francisco Pérez, de buen continente, enérgico y carirredondo, capitán natural de sus pocos caballos buenos, hombre sano y seguro. Viene el capitán Pacheco, de cuerpo pequeño, de palabra tenaz y envuelta, con el decoro y la aplitud abajo: tomó un arria, sus mismos cubanos le maltrataron la casa y le rompieron el burén, "yo no he venido a aspirar, sino a servir a la patria", pero habla sin cesar, y como a medias, de los que hacen, y de los que no hacen, y de que los que hacen menos suelen alcanzar más que el que hace "pero él sólo ha venido a servir a la patria". "Mis polainas son éstas",—las pantorrilas desnudas: el pantalón, a la rodilla, los borceguíes de vaqueta: el yarey, amarillo y púrpura. Viene Bellito, el coronel Bellito de Jiguaní, que por enfermo había quedado acá. Lo adivino leal, de ojo claro de asalto, valiente en hacer y en decir. Gusta de hablar su lengua confusa, en que, en las palabras inventadas, se le ha de sorprender el pensamiento. "La revolución murió por aquella infamia de deponer a su caudillo. "Eso llenó de tristeza el corazón de la gente." "Desde entonces empezó la revolución a volver atrás." "Ellos fueron los que nos dieron el ejemplo",—ellos, "los de la Cámara",—cuando Gómez censura agrio las rebeliones de García, y su cohorte de consejeros: Belisario Peralta, el venezolano Barreto, Bravo y Sentiés, Fonseca, Limbano Sánchez, y luego Collado.—Bello habla dándose paseos, como quien espía al enemigo, o lo divisa, o cae sobre él, o salta de él. "Eso es lo que la gente quiere: el buen carácter en el mando." "No, señor, a nosotros no se nos debe hablar así, porque no se lo aguanto a hombre nacido." "Yo he sufrido por mi patria cuanto haiga sufrido el mejor general." Se encara a Gómez, que lo increpa porque los oficiales dejan pasar a Jiguaní las reses que llevan pase en nombre de Rabí.—"Los que sean, y además, ésa, la orden del jefe, y nosotros tenemos que obedecer a nuestro jefe." "Ya sé que eso está mal, y no debe entrar res; pero el menor tiene que obedecer al mayor." Y cuando Gómez dice: "Pues lo tienen a V. bueno con lo de presidente. Martí no será presidente mientras yo esté vivo":—y en seguida, "porque yo no sé qué le pasa a los presidentes, que en cuanto llegan ya se echan a perder, excepto Juárez, y eso un poco, y Washington",—Bello, airado, se levanta y da dos o tres trancos, y el machete le baila a la cintura: "Eso será a la voluntad del pueblo": y murmura. "Porque nosotros,—me dijo otra vez, acodado a mi mesa con Pacheco,—hemos venido a la revolución para ser hombres, y no para que nadie nos ofenda en la dignidad de hombre."—En lluvias, jarros de café, y plática de Holguín y Jiguaní, llega la noche.—Por noticias de Masó esperamos. ¿Habrá ido a la concertación con Maceo? Miró, a oscuras, roe en la púa una paloma rabiche.—Mañana mudaremos de casa.

11.—A más allá, en la misma Travesía, a casa menos fangosa. Se va Miró, con su gente. Llegamos pronto.—A Rosalío Pacheco, que sirvió en toda la guerra, y fue deportado a España en la chiquita; y allá casó con una andaluza, lo increpa reciamente Gómez.—Pacheco sufre, sentando en la camilla de varas al pie de mi hamaca.—Notas, conversación continua sobre la necesidad de activar la guerra, y el asedio de las ciudades.

12.—De la Travesía a La Jatía, por los potreros, aún ricos en reses, de La Travesía, Guayacanes y La Vuelta. La yerba ya se espesa, con la lluvia continua. Gran pasto, y campo, para caballería. Hay que echar abajo las cercas de alambre, y abrir el ganado al monte, o el español se lo lleva, cuando ponga en La Vuelta el campamento, al cruce de todos estos caminos. Con barrancas como la del Cauto asoma el Contramaestre, más delgado y claro; y luego lo cruzamos y bebemos. Hablamos de hijos: Con los tres suyos está Teodosio Rodríguez, de Holguín: Artigas trae el suyo: con los dos suyos de 21 y 18 años, viene Bellito. Una vaca pasa rápida, mugiendo dolorosa y salta el cercado: despacio viene a ella, como viendo poco, el ternero perdido, y de pronto, como si la reconociera, se enarca y arrima a ella, con al cola al aire, y se pone a la ubre: aún muge la madre.—La Jatía es casa buena, de cedro, y corredor de zinc, ya abandonada de Agustín Maysana, español rico: de cartas y papeles están los suelos llenos. Escribo al aire, al Camagüey, todas las cartas que va a llevar Calunga, diciendo lo visto, anuciando el viaje, al Marqués, a Mola, a Montejo.—Escribo la circular prohibiendo el pase de reses, y la carta a Rabí. Masó anda por la sabana con Maceo, y le escribimos: una semana hemos de quedarnos por aquí, esperándolo.—Vienen tres veteranos de las Villas, uno con tres balazos en el ataque imprudente a Arimao, bajo Mariano Torres,—y el hermano, por salvarlo, con uno: van de compra y noticias a Jiguaní: Jiguaní tiene un fuerte, bueno, fuera de la población, y en la plaza dos tambores de mampostería, y los otros dos sin acabar, porque los carpinteros que antendían la madera desaparecieron:—y así dicen: "Vean cómo están estos paisanos, que ni pagados quieren estarse con nosotros".—Al acostarnos, desde las hamacas, luego de plátano y queso, acabado lo de escribir, hablamos de la casa de Rosalío, donde estuvimos por la mañana, al café a que nos esperaba él, de brazos en la cerca. El hombre es fornido, y viril, de trabajo rudo, y bello mozo, con el rostro blanco ya rugoso, y barba negra corrida.—"Aquí tiene a mi señora", dice el marido fiel, y con orgullo: y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando el café. En casco tiene alzado el cabello por detrás, y de allí le cuelga en cauda: se le ve sonrisa y pena . Ella no quiere ir Guantánamo, con las hermanas de Rosalío: ella quiere estar "donde esté Rosalío".La hija mayor, blanca, de puro óvalo, con el rico cabello corto abierto en dos y enmarañado, aquieta a un criaturín huesoso, con la nuca de hilo, y la cabeza colgante, en un gorrito de encaje: es último parto. Rosalío levantó la finca; tiene vacas, prensa quesos: a lonjas de a libra nos comemos su queso, remojado en café: con la tetera, en su taburete, da leche Rosalío a un angelón de hijo, desnudo, que muerde a los hermanos que se quieren acercar al padre; Emilia, de puntillas, saca una taza de la alacena que ha hecho de cajones, contra la pared del rancho. O nos oye sentada; con sonrisa dolorosa, y alredeor se cuelgan los hijos.—

13.—Esperamos a Masó en lugar abierto, cerca de Rosalío, en casa de su hermano. Voy aquietando: a Bellito, a Pacheco, y a la vez impidiendo que me muestren demasiado cariño. Recorremos de vuelta los potreros de ayer, seguimos Cauto arriba, y Bellito pica espuelas para enseñarme el bello estribo, de copudo verdor, donde, con un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos: el Contramaestre entra allí al Cauto. Allí, en aquel estribo, que da por su fondo a los potreros de La Travesía, ha tenido Bellito campamento: buen campamento: allí arboleda oscura, y una gran ceiba. Cruzamos el Contramaestre, y, a poco, nos apeamos en los ranchos abandonados de Pacheco. Aquí fue, cuando esto era monte, el campamento de Los Ríos, donde O'Kelly se dio primero con los insurrectos, antes de ir a Céspedes.—Y hablamos de las tres Altagracias,—Altagracia la Cubana, donde estuvimos,—Altagracia de Manduley—Altagracia la Bayamesa.—De sombreros: "Tanta tejedora que hay en Holguín".—De Holguín, que es tierra seca, que se bebe la lluvia, con sus casas a cordel, y sus patios grandes."Hay mil vacas paridas en Holguín".—Me buscan hojas de zarza, o de tomate, para untarlas de sebo, sobre los nacidos. Artigas le saca flecos a la jáquima que me trae Bellito.—Ya está el rancho barrido: hamacas, escribir; leer; lluvia; sueño inquieto.

14.—Sale una guerrilla para La Venta, el caserío con la tienda de Rebentoso, y el fuerte de 25 hombres. Mandan, horas después, al alcalde, el gallego José González, casado en el país, que dice que es alcalde a la fuerza, y espera en el rancho de Miguel Pérez, al pardo que está aquí de cuidador, barbero. Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo, y en la soledad en que voy, impere acaso, por la desorganización e incomunicación que en mi aislamiento no puedo vencer, aunque, a campo libre, la revolución entraría naturalmente, por su unidad de alma, en las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo.—Rosalío va y viene, trayendo recados, leche, cubiertos, platos: ya es prefecto de Dos Ríos. Su andaluza prepara para un enfermo una purga de higuereta, de un catre le hace hamaca, le acomoda un traje: el enfermo es José Gómez, granadino, risueño, de franca dentadura:—"Y Vd. Gómez, ¿cómo se nos vio por acá? Cuénteme, desde que vino a Cuba". "Pues yo vine hace hace dos años, y me rebajaron, y me quedé trabajando en el Camagüey. Nos rebajaron así a todos, para cobrarse nuestro sueldo, y nosotros de lo que trabajábamos vivíamos. Yo no veía más que criollos, que me trataban muy bien: yo siempre vestí bien, y gané dinero, y tuve amigos: de mi paga en dos años, sólo alcance doce pesos.—Y ahora me llamaron al cuartel, y no sufrí tanto como otros, porque me hicieron cabo; pero aquello era maltratar a los hombres, que yo no lo podía sufrir, y cuando un oficial me pegó dos cocotazos, me callé, y me dije que no me pegarían más, y me tomé el fusil y las cápsulas, y aquí estoy. "Y a caballo, en su jipijapa y saco pardo, con el rifle por la arzón de su potranca, y siempre sonriendo.—Se agolpan al rancho, venideros de la Sabana, de Hato del Medio, los balseros que fueron a preguntar si podián arrear la madera: vuelven a Cauto del Embarcadero, pero no a arrearla: prohibidos, los trabajos que den povecho, directo o indirecto, al enemigo. Ellos no murmuran: querían saber: están preparados a salir; con el comandante [Contiño]. 22[Nota 22] Veo venir, a caballo, a paso sereno bajo la lluvia, a un magnífico hombre, negro de color, con gran sombrero de ala vuelta, que se queda oyendo, atrás del grupo, y con la cabeza por sobre él. Es Casiano Leyva, vecino de Rosalío, práctico por Guamo, entre los tumbadores 23[Nota 23] el primero, con su hacha potente: y al descubrirse le veo el noble rostro, frente alta y fugitiva, combada al medio, ojos mansos y firmes, de gran cuenca; entre pómulos anchos; nariz pura; y hacia la barba aguda la pera carnosa: es heroica la caja del cuerpo, subida en las piernas delgadas: una bala, en la pierna: él lleva permiso de dar carne al vecindario,—para que no maten demasiada res. Habla suavemente; y cuanto hace tiene inteligencia y majestad. Él luego irá por Guamo.—Escribo las instrucciones generales a los jefes y oficiales.

15.—La lluvia de la noche, el fango, el baño en el Contramaestre: la caricia del agua que corre: la seda del agua. A la tarde viene la guerrilla: que Masó anda por la Sabana, y nos lo buscan: traen un convoy, cogido en La Ratonera. Lo vacían a la puerta: lo reparte Bellito: viene telas, que Bellito mide al brazo: tanto a la escolta,—tanto a Pacheco, el capitán del convoy, y la gente de Bellito,—tanto al Estado Mayor: velas, una pieza para la más para la mujer de Rosalío, cebollas y ajos y papas y aceitunas para Valentín. Cuando llegó el convoy, allí el primero Valentín, al pie, como oliendo, ansioso. Luego, la gente alrededor. A ellos, un galón de "vino de composición para tabaco",—mal vino dulce. Que el convoy de Bayamo sigue sin molestar a Baire, repartiendo raciones. Lleva once prácticos, y Francisco Diéguez entre ellos: "Pero él vendrá: él me ha escrito: lo que pasa es que en la fuerza teníamos a los bandidos de El Brujito, el muerto de Hato del Medio".—Y no hay fuerzas alrededor con que salirle al convoy, que va con 500 hombres. Rabí,—dicen—atacó el tren de Cuba en San Luis, y quedó allá.—De Limbano hablamos, de sobremesa: y se recuerda su muerte, como la contó el práctico de Mayarí, que había acudido a salvarlo, y llegó tarde. Limbano iba con Mongo, ya deshecho, y llegó a casa de Gabriel Reyes, de mala mujer, a quien le había hecho mucho favor: le dio las monedas que llevaba; la mitad para su hijo de Limbano, y para Gabriel la otra mitad, a que fuera a Cuba, a las diligencias de su salida: y el hombre volvió, con la promesa de $2 000, que ganó envenenando a Limbano. Gabriel fue al puesto de la guardia civil, que vino, y disparó sobre el cadaver, para que apareciese muerto de ella. Gabriel vive en Cuba, execrado de todos los suyos: su ahijado le dijo: "Padrino me voy del lado de V., porque V. es muy infame".—Artigas, al acostarnos pone grasa de puerco sin sal sobre una hoja de tomate, y me cubre la boca del nacido.—

16.—Sale Gómez a visitar los alrededores.—Antes, registro de los sacos, del teniente Chacón, oficial Díaz, sargento P. Rico, que murmuran, para hallar un robo de 1/2 botella de grasa.—Conversación de Pacheco, el capitán: que el cubano quiere cariño, y no despotismo: que por el despotismo se fueron muchos cubanos al gobierno y se volverían a ir: que lo que está en el campo es un pueblo que ha salido a buscar quien lo trate mejor que el español, y halla justo que le reconozcan su sacrificio. Calmo,—y desvío sus desmostraciones de afecto a mí y las de todos. Marcos, el dominicano: "¡Hasta sus huellas!" De casa de Rosalío vuelve Gómez.—Se va libre el alcalde de La Venta, andaluces, se nos quieresn pasar.—Lluvia escribir, leer.

17.—Gómez sale, con los 40 caballos, a molestar el convoy de Bayamo. Me quedo, escribiendo, con Garriga y Feria, que copian las Instrucciones Generales a los jefes y oficiales:—conmigo doce hombres, bajo el teniente Chacón, con tres guardias, a los tres caminos; y junto a mí, Graciano Pérez. Rosalío, en su arrenquín, con el fango a la rodilla, me trae, en su jaba de casa, el almuerzo cariñoso: "Por Vd, doy mi vida". Vienen, recien salidos de Santiago, dos hermanos Chacón, dueño el uno del arria cogida antier, y su hermano rubio, bachiller, y cómico,—y José Cabrera, zapatero de Jiguaní, trabado y franco,—y Duane, negro joven, y como labrado, en camisa, pantalón y gran cinto, y [ ] Ávalos, tímido, y Rafael Vázquez, y Desiderio Soler, de 16 años, a quien Chacón trae como hijo.—Otro hijo hay aquí. Ezequiel Morales, con 18 años, de padre muerto en la guerra . Y éstos que vienen, me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda, que le mandó a Rabí su hijo único Melesio, de 16 años: "Allá murió tu padre: yo ya no puedo ir: tú ve". Asan plátanos, y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recién venidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre,—y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas higo.

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