Hay algo de vidas paralelas en las de Caso y Henríquez Ureña, además de la coincidencia generacional, que los hace casi iguales en curso vital. El mexicano era unos meses mayor que el dominicano y éste sobrevivió al primero, igualmente, no más de un semestre. Pero eso es más bien casual. Donde encuentro y propongo el paralelismo es en la construcción de un tipo ideal que ellos encarnaron mejor que nadie en su generación: el del académico. Esto era algo no del todo desconocido en el siglo XIX, si bien en esa centuria tuvo mucho de intelectual, en el sentido de hombre de ideas que influye en la toma de decisiones políticas. No es que Caso y Henríquez Ureña no lo fueran, pero en su vida y su actividad fueron más académicos que intelectuales, entendiendo por uno y lo otro actividades semejantes, no excluyentes, pero a fin de cuentas diferenciadas. El intelectual es crítico o ideólogo. El académico, en cambio, es el formador de discípulos, reponsable de que haya continuidad en su trabajo. Con la pluma, el intelectual es ensayista, mientras que el académico es estudioso. El vocablo inglés scholar lo define muy bien. Su actividad es muy parecida, pero existe una zanja que se ha hecho cada vez mayor en el tiempo. Algunos académicos son intelectuales; algunos intelectuales realizan trabajo académico. En la historicidad de estas figuras, el mejor prototipo de académico es don Pedro, en la medida en que otro personaje, José Vasconcelos, encarna mejor el de intelectual. Caso está en medio, pero más inclinado hacia la esquina del académico. Incluso en aquello de su obra que linda más con la actividad intelectual, como la colaboración periodística, su trabajo es más de índole académica. Más que suscitar opiniones, su labor fue docente a través del artículo.
No partieron de la nada. En México ya se habían dado ese tipo de figuras, como por ejemplo la de Gabino Barreda, el introductor del positivismo, más académico, aunque con buena carga de trabajo como intelectual orgánico; Justo Sierra fue más esto último, pero también fue un buen maestro formador. En fin, no es éste el propósito que persigue este texto, aunque la referencia es importante porque enmarca la pequeña historia de una relación que vivieron dos personajes centrales en la cultura de Hispanoamérica y que en ella se distinguieron por haber sido protagonistas centrales en el combate al viejo positivismo. En las páginas que siguen se verá cómo fueron construyéndose esas figuras, estos tipos.
2
Como es bien sabido, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso se conocieron desde el año de 1906, cuando el dominicano llegó a México y, tras haber vivido unos meses en Veracruz, remontó la Sierra Madre y llegó a la capital de la República. Contaba con apenas 23 años de edad y sus vocaciones ya apuntaban hacia lo que fueron, grandes humanistas. Pero sólo eso. Apuntaban, todavía no se definían, y, lo que es peor, no había muchas opciones dónde ejercerlos. Los dos tuvieron que estudiar derecho. Es decir, prepararse para algo que no llegarían a ejercer del todo. Pese a ello, era la opción más viable.
La primera referencia que da don Pedro acerca de Caso en sus Memorias
es cuando habla de los mexicanos que conoce en la capital, una vez que se asienta
en ella en el año mencionado. Dice: "Antonio Caso, a quien oí un discurso en
la velada del centenario de Stuart Mill, discurso que me reveló una extensa
cultura filosófica y una manera oratoria incorrecta todavía, pero prometedora".2
Y más adelante ofrece una semblanza más redonda, todavía tamizada por la impresión
que le causó a don Pedro la disertación sobre Mill:
El primero [Caso], joven alumno de la Escuela de Jurisprudencia, es ya
una personalidad intelectual; une a su profundo conocimiento de las ciencias
filosóficas y sociales, una palabra brillante y fácil. Su discurso fue una
rápida y certera ojeada en la historia de la filosofía y un juicio conciso
de la obra y de la significación de Stuart Mill. 3
La vocación de testis temporum ejercida por don Pedro lo lleva a ser
el cronista interno de la generación a la que se fue integrando, así como del
grupo que ayudó a formar. Me refiero al movimiento que desembocó en 1909 en
la formación del Ateneo de la Juventud, asociación fundamental en la historia
cultural mexicana. Sin el valiosísimo testimonio de don Pedro no se conocerían
aspectos internos difíciles de captar sólo a través de las referencias hemerográficas.4
Su calidad de cronista lo llevó a enviar crónicas a su tierra natal, donde daba
a conocer el desenvolvimiento de la vida cultural mexicana, que poco a poco
avanzaba de los salones aristocratizantes hacia auditorios mayores, a través
de las conferencias públicas. En una de esas crónicas vuelve a resaltar las
cualidades oratorias de Caso, así como el recuerdo del discurso sobre Mill,
un año después, al referir las conferencias del Casino de Santa María, de 1907:
La segunda conferencia (12 de junio) estuvo a cargo de Antonio Caso. Éste
sí era conocido como orador de cuerpo entero; hace un año obtuvo un gran
triunfo cuando habló a nombre de la Escuela de Jurisprudencia en la velada
del centenario de Stuart Mill, a la cual dio carácter de consagración nacional
la presencia de Porfirio Díaz y su gabinete en pleno. Ahora habló Caso sobre
Nietzsche y nos tuvo pendientes de su palabra durante una hora, recorriendo
rápidamente la vasta obra del pensador alemán.5
La afinidad electiva los lleva a la amistad. El testimonio siguiente es el
que da noticia de la formación de una trinidad fundamental, celebrada en los
"días alcionios":
Apartir de mediados de 1907, un tanto decepcionado, pensé que era mejor circunscribir mi grupo; el resultado fue una intimidad mayor con Alfonso Reyes, que fue el más adicto a nosotros después de la disolución de nuestra casa, luego con Acevedo y por último con Caso. Llegamos a formar un trío Caso, Alfonso y yo, y durante todo el año de 1908 y la primera parte de éste [1909], la casa del primero fue el centro de nuestra reunión y nuestras disquisiciones filosóficas y literarias.
Esta amistad, triángulo cuyo vértice era el dominicano, fructificó a la larga en la cultura hispanoamericana, dados los alcances continentales de los tres, sobre todo de Reyes y Henríquez Ureña. La interacción entre ellos acrecentó las vocaciones literarias de unos, filosóficas de otros. En ese sentido, también Henríquez se colocaba en medio: Reyes miraba la literatura; Caso, la filosofía.
Don Pedro, por lo menos en aquellos años o días alcionios, si bien caminaba hacia la crítica literaria Ensayos críticos así lo indicaba no estaba nada lejando a ser un sólido historiador de la filosofía.
3
Antes de entrar en ese orden, es menester conocer el camino de Damasco filosófico
que experimentaron Henríquez y Caso, gracias a una de esas figuras meteóricas
que aparecen en todas las generaciones académicas o intelectuales, que destacan
por su brillantez y por su paso fugaz. Se trata de Rubén Valenti (1879-1915),
abogado chiapaneco, ávido lector de las novedades filosóficas que le brindaban
las revistas italianas. Su poder de convicción no hizo parejas con la sistematización
y el rigor que exigen las tareas académico-intelectuales y su presencia se debe
al rescate que hace el dominicano de su paso por el mundo. Acaso en la prensa
haya muestras de su saber y su pluma. Demos paso a una cita larga de don Pedro,
en la cual explica cómo Caso y él abandonaron por completo el positivismo:
En el orden filosófico, he ido modificando mis ideas, a partir
también del mismo año de 1907. Mi positivismo y mi optimismo se basaba
en una lectura casi exclusiva de Spencer, Mill y Haeckel; las páginas
que había leído de filósofos clásicos y de Schopenhauer y Nietzsche no
me habían arrastrado hacia otras direcciones. Sobre todo, no trataba yo
sino con gente más o menos positivistas, o, de lo contrario, creyentes
timoratos y antifilosóficos. El positivismo me inculcó la errónea noción
de no hacer metafísica (palabra cuyo significado se interpretó mal desde
Comte); y a nadie conocía yo que hiciera otra metafísica que la positivista,
la cual se daba ínfulas de no serlo. Por fortuna, siempre fui adicto a
las discusiones; y desde que los artículos de Andrés González Blanco y
Ricardo Gómez Robelo me criticaron duramente mi optimismo y mi prositivismo
(el del libro Ensayos críticos), tuve ocasión de discutir con Gómez
Robelo y Valenti esas mismas ideas; las discusiones fueron minando en
mi espíritu las teorías que había aceptado. Por fin, una noche a mediados
de 1907 (cuando ya el platonismo me había conquistado, literaria y moralmente),
discutíamos Caso y yo con Valenti: afirmábamos los dos primeros que era
imposible destruir ciertas afirmaciones del positivismo; Valenti alegó
que aun la ciencia estaba ya en discusión, y con su lectura de revistas
italianas nos hizo citas de Boutrouz, de Bergson, de Poincaré, de Wiliam
James, de Papini... Su argumentación fue tan enérgica, que desde el día
siguiente nos lanzamos Caso y yo en busca de libros sobre el antiintelectualismo
y el pragmatismo. Precisamente entonces iba a comenzar el auge de éste,
y la tarea fue fácil. En poco tiempo, hicimos para nosotros la crítica
del positivismo; comparamos James, Bergson, Boutroux, Jules de Gaultier
y una multitud de expositores menos importantes... volvimos a leer a los
maestros: Caso poseía una biblioteca bastante completa de filósofos; yo
me dediqué a obtener, en Europa, en los Estados Unidos, en México, y hasta
pidiendo algunos libros de la biblioteca de mi padre, las obras maestras
de la filosofía moderna: Bacon, Descartes, Pascal, Leibniz, Spinoza, Kant,
Hegel, Fichte, Schelling, Schopenhauer, hasta Comte...6
La materia filosófica aparecerá en Horas de estudio, libro que, a su
vez, recoge material publicado en la Revista Moderna. Antes de referir
su comentario a las conferencias de Caso, que conforma la mayoría del material
filosófico del libro, conviene recordar las notas a Las corrientes filosóficas
en América Latina, de Francisco García Calderón, recogidas en la revista
mencionada.
Nota 9 |
La tendencia hispano-americana al idealismo (cosa no indiscutible), no explica
la hegemonía francesa; en todo caso, explicaría una hegemonía de Alemania,
verdadera creadora de sistemas idealistas. Sólo forzando los hechos puede
aplicarse de francamente idealista el movimiento filosófico francés.
Nota 10 |
Esta afirmación es todavía prematura y demasiado general, excepto si se toma el nombre de Bergson como ejemplo, sin primacía sobre los demás pensadores contemporáneos. En las conferencias, discursos y escritos de Antonio Caso, Ricardo Gómez Robelo, Alfonso Cravioto, Rubén Valenti y otros jóvenes así como en el memorable discuros de D. Justo Sierra, en honor de Barreda se nota ciertamente grande interés por el pensamiento nuevo: la influencia de Schopenhauer (voluntarismo, estética neoplatónica, pesimismo), Nietzsche y la discusión de los valores morales, William James y el pragmatismo, Bergson, Boutrouz, el idealismo de Jules de Gaultier, así como la reacción contra todo lo que ha envejecido en Comte, Spencer, Haeckel, la filosofía del arte de Taine, la psicología de los pueblos de Renan, el materialismo histórico, la psicofisiología y la sociología organicista.
Acaso no les resultó dolorosa la ruptura con la vieja filosofía-ideología dominante.
En el caso mexicano, la Escuela Nacional Preparatoria seguía siendo el bastión
del positivismo, por el hecho de tratarse de una institución fundada por un
discípulo directo de Augusto Comte. Si atendemos la experiencia de una trayectoria
vital tan bien elaborada como la de José Vasconcelos, es posible trazar en una,
las vivencias de muchos jóvenes mexicanos: la infancia se debía a una formación
católica, de índole materna, matizada por un cierto jacobinismo paterno. La
juventud, que traía consigo la separación del hogar, con el ingreso a la Preparatoria,
ponía a los estudiantes de frente a las enseñanzas del comtismo y los pensamientos
de Mill, Spencer, los populares Haeckel y Le Bon, acaso Taine y Renan, para
los que leían historia, y ello los llevaba a las crisis de ruptura con la religión
y a "modernizar" sus nociones de liberalismo.7
Por su parte, don Pedro da cuenta de su formación espiritual en las primeras
páginas de sus propias Memorias. Hay puntos comunes y diferencias entre
la formación de unos y otros. Don Pedro ejemplifica una formación menos extremosa
que la de Vasconcelos. En todo caso, los golpes quinceañeros recibidos del positivismo
ya no les produjeron mayores daños. El ambiente los empujaba a liberarse de
la ya no tan dominante filosofía.
4
En el año de 1909 resultará fundamental para historiar la declaración más formal de la guerra a la vieja doctrina implantada por Barreda en el local del antiguo colegio de San Idelfonso. Antonio Caso pronunciaría una serie de conferencias sobre el positivismo en uno de los salones de la Escuela Nacional Preparatoria. De ellas no quedó la versión directa, aunque más tarde Caso haría una reelaboración a partir de sus materiales. Es por ello que la crónica testimonial de Henríquez Ureña es fundamental para valorar contenido y trascendencia de esas conferencias, tan llenas de significado en la historia del pensamiento mexicano. Sin embargo, la circunstancia política aparece como elemento disruptor en el hasta entonces tranquilo panorama mexicano. El año siguiente, 1910, además de ser esperado por el centenario del inicio de las guerras de independencia, habría de ser año de renovación de poderes. Esto, dentro del marco de las reiteradas reelecciones de Porfirio Díaz, era en sí toda una expectativa .
El triángulo anteriormente formado se vería afectado por la circunstancia,
en virtud de que Alfonso Reyes era hijo de una de las figuras centrales de la
política mexicana, el general Bernardo Reyes, modernizador del ejército mexicano,
excelente administrador y cuya imagen era la de un viable sucesor de Porfirio
Díaz, pero que contaba con la franca oposición de los "científicos", grupo ligado
a la política financiera, que buscaba asegurar su continuidad en el poder con
el control de la vicepresidencia de la República en manos de Ramón Corral. Había,
pues, tres tendencias: el reeleccionismo, que apoyaba a Corral, el reyismo,
que buscaba instalar al general Reyes en la vicepresidencia, y el antirreeleccionismo,
cuyo motor era un joven coahuilense, Francisco I. Madero, que había publicado
un libro en 1908 sobre la esperada sucesión presidencial que se avecinaba. Don
Pedro, sensible a la situación, se encuentra dividido. Como extranjero no tenía
participación política. Acaso, porque su amistad con Reyes era grande, se inclinaba
más por el general. Sin embargo, su oficio de periodista y escritor lo llevaba
a todos los rincones políticos. La Secretaría de Instrucción Pública le ofrecía
participar en la elaboración de una extensa antología literaria. También le
abrían sus páginas periódicos creados ex profeso para apoyar la reelección,
y, lo que lo presenta como imprescindible, es que José Vasconcelos, director
del periódico maderista El Antireeleccionista, lo contrata para que se
ocupe de la sección de cultura. Volviendo a la relación con don Antonio Caso,
recuerda:
La amistad con Caso debía, sin embargo, llegar a alterarse. Desde principios
de este año [1909], la política de México es un mar de lava; mientras que
los adictos al gobierno y al partido científico trabajan por la reelección
de Porfirio Díaz y de su vicepresidente Corral, ha surgido un corto partido
de oposición que se llama Anti-reeleccionista, y ha cobrado inusitado auge
el Partido del general Reyes. Los re-eleccionistas han formado clubs, fundado
periódicos, organizado excursiones; y una de sus manifestaciones primeras
fue la postulación, el día 2 de abril, de sus candidatos Díaz y Corral.
Caso se dejó atraer por el Maquiavelo del partido científico, Rosendo
Pineda, y accedió a ser orador en la velada del 2 de abril, y a ser director
del semanario La Reelección. Antes de aceptar esos cargos me consultó;
y yo le recomendé que se abstuviera de ellos, y en mi presencia llegó a
redactar una carta de renuncia, pero no se atrevió a enviarla, y aceptó
ambas cosas. La opinión de los independientes le fue desfavorable; no se
diga la de los reyistas. Yo, por mi parte, le había aconsejado independencia
absoluta; es decir, continuación de su actitud anterior, pues Caso había
pronunciado varios discursos ante Porfirio Díaz y se había distinguido por
no haber hecho ninguna alusión a él, como la mayoría de los oradores, y
además, en lo privado, se manifestaba enemigo del actual orden de cosas,
aunque en manera alguna partidario de Reyes. Esta flaqueza de Caso me hizo
entibiarme con él. Por lo demás, la renuncia a la dirección del periódico
tuvo que hacerla después de haber aparecido su nombre allí durante algunas
semanas; porque Ramón Prida, el socio de Pineda, escribió un artículo contra
Diódoro Batalla, para publicarlo anónimo en La Reelección; Caso quiso
que se suprimiera un párrafo insultante del artículo, y así se le prometió;
pero a escondidas se hizo imprimir el artículo íntegro. Ante esta conducta
Caso se vio obligado a renunciar; y todavía Pineda le dijo que hacía mal.
Ahora ha comenzado Caso a dar una serie de conferencias en la Escuela Nacional
Preparatoria sobre la historia del positivismo.8
Antes de entrar en el comentario sobre estas conferencias de 1909, fundamentales para expresar la ruptura con el positivismo, conviene tener presente la carta enviada a Reyes, a propósito de las debilidades políticas de Caso. En las propias Memorias, don Pedro hace hincapié en la amistad que sostiene con Alfonso y Rodolfo Reyes, sobre todo con el primero, pero que ello no quiere decir que realmente sea reyista, como algunos lo identifican, por la amistad con los hijos del general.
En carta del 3 de abril escribe Henríquez Ureña a Reyes acerca de lo ocurrido
en la velada en que fue hecha la postulación. Comenta que El País no
publicó crónica y que habrá que esperar la de El Imparcial. Comenta varios
de los discursos, entre ellos el de Nemesio García Naranjo, que utilizó la figura
de Cincinato para referirse al general Díaz: los grandes guerreros son aquellos
que saben cómo comportarse en tiempos de paz. Informa a Reyes que hubo vítores
para Díaz, pero en algunas secciones del recinto se escuchaban siseos para Corral.
Al llegar al punto:
...Por fin habló Caso; discurso flojísimo desde puntos de vista literarios
e ideológicos; el "chavismo", como dice Villalpando, la ineptitud para saber
encajar los términos y las ideas científicas con que se quiere hacer efecto
y recalcar las ideas o "autorizarlas": así sucedió cuando quiso exponer
justamente aquellas ideas que conversamos una noche en tu cuarto con Rodolfo,
sobre la voluntad y la atención, más particularmente sobre la voluntad enérgica
como determinadora de la personalidad. Todo su discurso fue completamente
téorico, sin mencionar a las personalidades en cuestión; habló en realidad
de la democracia, manoseando el manoseado tema de la imposibilidad de implantarla
de pronto en México; hizo alguna alusión al Club Democrático, que tal vez
sólo yo noté, al censurar a los ilusos que formulan planes irrealizables;
dijo que lo urgente era ir caminando paso a paso en ese camino a la democracia,
y que algún día, cuando los mexicanos fueran en algo comparables a los ciudadanos
de Atenas, podrían realizarse los sueños que todos alientan. Pero mientras
tanto, y en esta ocasión (esto fue el clou del discurso), que todo
el mundo hablara francamente, que propusiera lo que pensara sinceramente,
que se expresara la opinión pública, pues sólo los cobardes no tenían derecho
a entrar en las lides públicas. Esto levantó en vilo al público de las galerías,
tan remiso o contrario a los oradores. Sólo una frase dijo Caso sobre los
candidatos: la de postulación, que recalcó con demasiada oratoria: "Honradamente,
con la frente erguida, muy erguida, etc." En suma, parece que el discurso
se ha tomado como suficientemente independiente; el público antirreeleccionista
de las galerías lo hizo suyo; el grupo reeleccionista lo encontró bueno.
Ya sabes la manía de Corral de aprobar de manera ostensible todos los discursos
que oye. Pineda le imita en esto. Pudiera decirse que todo se ha salvado,
menos el honor. El honor no sabe de honores, como dice mi tío Fred. Pero
éstas no son sino frases. El Imparcial resaña brevemente lo de Orrin
y suprime el nombre de Caso. Me figuro que es intencional, pues no
había de olvidárseles el clou... Yendo ahora al punto personal, te
diré que la noche del 1º de abril, después de haber llegado tarde para la
salida de ustedes, pasé a ver a Caso; y naturalmente hablamos del asunto;
llegó a confesarme que todo el mundo se lo tenía a mal: su suegro, Nacho
Bravo (el cual no figura en estas cosas; cosa rara, como hace notar Alfonso
Cravioto), nosotros... Le dije que, ya que iba a hablar, lo hiciera
con dignidad; y ya ves que trató de hacerlo.Se impresionó grandemente por
tu actitud, que yo inconscientemente le describí, y teme haber perdido tu
amistad, tomada ésta en sentido profundo. Como yo, después de la crisis
que he sufrido esta semana, he llegado a un statu quo moral en este
respecto, creo que tú no tendrás inconveniente en lo mismo; y si te parece
bien puedes escribirle alguna carta en verso de esas que prometías; por
supuesto, alusivo solamente a Chapala y demás cosas que a nadie le importan;
pero eso sí, con verdadero tono de insouciance en el cual no sospeche
qué piensas en la política...9
¿Fue ese alejamiento político causa de la actitud severa con la cual Henríquez
Ureña comentó las conferencias de Caso sobre el positivismo? Es posible, dado
que con Alfonso Reyes, Julio Torri y, en general con los menores, don Pedro
tomaba una actitud admonitoria con sus congéneres. El asunto es que Henríquez
publicó un par de artículos en la Revista Moderna que más tarde fueron
incorporados en Horas de estudio. Las conferencias de Caso implicaban
todo un manifiesto político-académico. Se trataba de la primera exposición sistemática
sobre la filosofía oficial imperante, de parte de alguien que había destacado
ya en la crítica a la doctrina iniciada por Comte, en sus conferencias sobre
Stirner y Nietzsche. De ahí que el público y en ese sentido don Pedro
era la avanzada inteligente de ese público esperara el acto demoledor,
precisamente en el recinto en el cual, en México, se propagó la doctrina, en
la enseñanza de alguien que había escuchado directamente a Comte en París y
había hecho una lectura puntual de su obra. Tal expectación queda expresada
en el primer artículo, dedicado éste a "El positivismo de Comte": "De caso [a
quien ha elogiado en las líneas anteriores] podía esperarse estudio libre y
lleno de variedad, enriquecido con las opiniones de la crítica reciente; en
verdad, muchos lo esperaban".10
Después de este anuncio, se aparta propiamente de reseñar las conferencias para tomar él mismo la palabra y asumir la exposición crítica del posistivismo comtiano, en un texto de enorme claridad filosófica. El significado de este trabajo, así como de las conferencias de Caso, radica en que es la primera crítica al positivismo desde una perspectiva filosófica que implica una superación de la vieja doctrina, cuyo único opositor sistemático fue el pensamiento católico, del cual también se aparta Henríquez Ureña.
En el primer párrafo del segundo artículo, don Pedro regresa al reproche a don Antonio: "falta de originalidad y de crítica", pero elogia la serie siguiente sobre "El positivismo independiente", que "nos resarcieron de la deficiencia inicial". Piensa Henríquez Ureña que el conferencista presentó la filosofía de Comte como "monumento dogmático difícil de tocar". Sigue, pues, la exposición sobre los temas que abordó Caso en las siguientes conferencias, ya sin apartarse del plan expuesto en ellas, sólo agregando sus comentarios sobre aciertos y ausencias.
Spencer, Mill, Taine, sobre todo el segundo, fueron las figuras más abundantemente
tratadas. Se advierte que ambos, Caso y Henríquez, habían leído bien a Mill
y tenían su herencia como algo valioso, aunque ya buscaran por otros rumbos.
Anota como ausencias a Renan, Dühring y Haeckel. La cita siguiente condensa
el sentir del dominicano sobre el mexicano:
Como pensador, Caso tiene una gran ventaja sobre la gran mayoría de
los que, entre nosotros, estudian cuestiones filosóficas: un conocimiento
seguro de la evolución del pensamiento europeo. Mientras la generalidad
de los que, en América, discuten sobre aspectos (invariablemente la
escolástica o el positivismo), Caso conoce a los grandes maestros y
afronta los problemas con criterio independiente. Suele sentir temores,
y por respeto a la autoridad, acepta sin discusión una idea, o, por
miedo a destruir, esquivar el análisis (como hizo al hablar de Comte):
pero cuando se siente firme, recorre con segura agilidad los problemas
y las series históricas. Su facultad crítica no da todavía productos
normales: si unas veces profundiza (v. gr., sobre las contradicciones
mentales de Taine), otras apenas desflora las cuestiones. En cambio,
su modo de exponer ha adquirido vigor y consistencia notables; y, en
general, la ordenación sintética de sus disertaciones es excelente:
cualquier espíritu disciplinado puede reconstruirlas fácilmente después
de oírlas.
Y concluye:
De todos modos, la conferencia final de Caso fue un alegato en favor
de la especulación filosófica. Entre los muros de la Preparatoria, la
vieja escuela positivista, volvió a oírse la voz de la metafísica que
reclama sus derechos inalienables. Si con esta reaparición alcanzara
ella algún influjo sobre la juventud mexicana que aspira a pensar, ése
sería el mejor fruto de la labor de Caso.11
Cosa que efectivamente logró, se puede agregar.
Ya más avanzado el año de 1909, en los distintos textos de Henríquez Ureña
siguen apareciendo menciones y referencias a Caso, aunque no propiamente juicios
extensos u opiniones. A fines de octubre tiene lugar la instalación del Ateneo
de la Juventud, presidio por Caso y del que fue primer secretario don Pedro.
Si bien son de interés las noticias que ofrecen las Memorias y la correspondencia,
no hay mayores alusiones a cuestiones filosóficas. Lo mismo sucederá en 1910,
con la inauguración de la Universidad Nacional de México, en la cual don Pedro
desempeñará el cargo de auxiliar de la Secretaría General, encabezado por Caso.
En los años siguientes, la batalla contra el positivismo emprendida por ambos
se anotará triunfos importantes. Caso polemizará con el ortodoxo comtiano. Agustín
Aragón en torno a la razón de ser de la Universidad institución a la que
los comtistas consideraban expresión del estadio metafísico y de la nueva
Escuela Nacional de Altos Estudios, de la cual, en 1913 y 1914, Henríquez Ureña
será uno de sus más destacados profesores. Asimismo, en la Universidad, Henríquez
Ureña colaboró en la confección del plan de estudios de la Escuela Nacional
Preparatoria, cuando fue secretario de Instrucción Pública un miembro del Ateneo
de la Juventud, Nemesio García Naranjo. En dicho plan, se borró todo vestigio
del positivismo.12
Como corolario, una última opinión, vertida más tarde, desde Nueva York, dos años después de haber salido de México. La circunstancia se circunscribe a una nueva relación epistolar, ahora con Julio Torri, uno de los ateneístas que permanecieron en México. Torri participó, con Pablo Martínez del Río, en la redacción de una nueva revista literaria y de ideas, llamada La Nave. De ella sólo salió un número, en 1916. Torri le envió ejemplares a don Pedro y él, además de distribuir algunos, le hizo una fiel y rigurosa recensión al número, llena de sugerencias y comentarios sobre cada artículo.
Antonio Caso fue, desde luego, uno de los colaboradores de La Nave.
Desde luego, porque al igual que torri, fue otro de los ateneístas que no abandonaron
México. Para entonces ya había ganado gran fama y ascendiente entre la nueva
generación, de la que Henríquez Ureña había también sido significado maestro.
Caso preparaba un libro sobre filosofía de la historia que publicó, por fin,
hasta 1923, pero que en diversas revistas fue dando a conocer algunos adelantos.
El que sería primer capítulo fue publicado como artículo en la citada revista.
El comentario de Henríquez Ureña es el siguiente:
Caso: artículo muy serio, y también de alto prestigio
para La Nave. Caso sostiene una idea que en ocasiones ha combatido:
la de que no existe el progreso. Por supuesto, yo estoy de acuerdo con
su tesis actual. Pero en el orden del estilo hay un retroceso respecto
de su "Conflicto interno de nuestra democracia" y demás artículos sobre
la cuestión mexicana, especialmente, el intitulado "Jacobinismo y positivismo",
en que el estilo está suelto y casi fresco. Ha vuelto a sus palabras de
tratado de lógica, incoloras, casi sin representación. Y además, vuelve
a citar a los autores de siempre: Comte, hasta Renouvier (a Martín el
recordar este nombre le pareció la evocación de un fantasma olvidado;
el artículo en general le dio la impresión de que estaba en plena época
escolástica). El dirá que cómo se pueda tratar de esas cuestiones sin
citar autores; pues sí se puede: pensándolas uno por su cuenta. ¿Cómo
Bergson, o cualquier otro filósofo, escriben sin citar? Porque desarrollan
ideas propias. Ya Caso debe salir de la adolescencia intelectual: dejar
de apoyarse en las autoridades. A menudo le convendría citar ideas sin
mencionar nombres.13
En rigor, Henríquez Ureña pide a Caso escribir como Vasconcelos. Este último prescinde de las citas en sus textos filosóficos si no se refiere a un autor. Caso tiene más el tono académico de hacer sus referencias puntuales a los autores de los que toma una idea o la discute. Creo que don Pedro pecó de rigorismo en esta carta, ya que las tesis centrales son originales de don Antonio. Se trata de un artículo novedoso y crítico.
La relación Caso-Henríquez Ureña volvería a fructificar. Al regreso del dominicano
a México en 1921 se reencontrarían en la Universidad Nacional, que regiría Caso.
El espacio académico que ambos ayudarían a construir a partir del año del Centenario,
once años después sería promisorio y central en el renacimiento cultural que
se vivía en México bajo la égida de Vasconcelos. Esta nueva etapa, en la que
el positivismo ya estaba liquidado, debe dar lugar a otro recuento de citas
y opiniones.14
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