Santiago de Fiesta

Cinco meses permaneció el adelantado Alvarado en Honduras después de su regreso de España. Las negociaciones con Montejo y el difícil problema del transporte de su cargamento a través de las montañas demoraron su llegada a Guatemala. Si duro era para los nativos recorrer bajo pesada carga los estrechos senderos que con el nombre de camino unían a las dos provincias, la jornada no era menos fatigosa para los españoles recién llegados y para la lucida comitiva de damas y caballeros que acompañaban a don Pedro y doña Beatriz.

Después de muchos días de viaje descubrieron los altos volcanes del interior de Guatemala y en un último esfuerzo llegaron a la ciudad de Santiago el 15 de septiembre de 1539.

Al dia siguiente, el adelantado se presentó ante el ayuntamiento de la ciudad y exhibió las reales provisiones que le confirmaban en la gobernación. A su lado se veía al licenciado don Francisco de la Cueva, primo de doña Beatriz, que había llegado de España con el adelantado y que estaba destinado a ser su lugarteniente. El licenciado don Alonso Maldonado, gobernador hasta ese momento, presidía la sesión, a la cual asistían los alcaldes y regidores, los oficiales reales y demás personas notables. Alvarado presentó la real cédula de 9 de agosto de 1538 que el escribano del Cabildo leyó con voz clara y reposada. El rey decía en ella dirigiéndose al adelantado: "Por la presente vos prometo que vos mandaré proveer e dar provisión de la dicha gobernación de Goathemala para que seáis nuestro Gobernador de ella por término de siete años, y más, cuanto nuestra voluntad fuere, no paresciendo en la residencia que agora vos toma por mi mandado el Licenciado Maldonado nuestro oidor de la nuestra Audiencia e Chancillería real de la Nueva España, culpas por que merezcáis ser privado de ella".

No todos los miembros del cabildo eran amigos del adelantado. Gonzalo de Ovalle y otros concejales a quienes había favorecido menos de lo que ellos creían merecer objetaron al punto que la provisión real no era absoluta y sujetaba la suerte de Alvarado al resultado de la residencia que, por haberse ausentado de la gobernación, estaba sin sentenciar. El astuto capitán tuvo de esta manera ocasión de conocer a sus émulos, y después de oír sus pareceres, puso en manos del escribano la segunda cédula, en la cual, previendo la duda que había de surgir, el soberano le concedía la gobernación por un periodo de siete años sin sujetarlo a condición alguna.

El historiador Fuentes y Guzmán, que relata este episodio, nos ha conservado el texto de la segunda cédula, que es como sigue:

El Rey.
Licenciado Maldonado, nuestro juez de residencia de la provincia de Goathemala, e a todos los consejos, justicias, regidores, caballeros, escuderos, oficiales e omes buenos de la dicha provincia, e a cada uno de vos a quien ésta mi cédula fuere mostrada: Sabed que nos hemos proveído de la gobernación de esa dicha provincia al Adelantado D. Pedro de Alvarado, por término de siete años, e más, cuanto fuere nuestra voluntad, según más largo se contiene en la provisión que de ello le hemos mandado dar. E agora por parte de dicho Adelantado me ha sido hecha relación que a causa de decirse en la que le hace la dicha merced, "no paresciendo en la residencia que vos el dicho Licenciado le tomáis y habéis tomado, culpas por do merezca ser privado de ella", se teme y recela que no le querréis recibir al dicho oficio, ni darle posesión de él, poniéndole en ello algún impedimiento, a fin de le hacer daño, en lo cual él recibiría mucho agravio e daño, a causa de la mucha gente que lleva para la conquista de las islas e provincias del Poniente, cuya conquista e gobernación asimismo le habemos encomendado; e me fue suplicado vos mandase que libremente le recibiésedes a la dicha gobernación, conforme a su provisión, sin le poner en ello impedimento alguno, e como la merced fuese; e yo húbelo por bien. Por ende yo vos mando que luego que con esta mi cédula fuéredes requeridos, sin embargo de cualesquiera cláusulas que vayan en la dicha provisión que así mandamos dar a dicho Adelantado, de la gobernación de esa provincia, le recibáis al dicho oficio e al uso y ejercicio de él, e se le dejéis y consintáis usar y ejercer libremente, por sí o por su lugarteniente, por el tiempo en la dicha nuestra provisión contenido, hasta tanto que por nos otra cosa se les envíe a mandar; sin que en ello se le ponga, ni consintáis poner, embargo ni impedimento alguno, e los unos e los otros no fagades ni fagan ende al por ninguna manera, pena de la nuestra merced e de cien mil maravedís para la nuestra cámara. Fecha en la villa de Valladolid a 22 días del mes de octubre de 1538 años. —Yo el Rey. — Por mandado de S.M., Juan de Samano.

Desvanecida toda duda con la lectura de esta cédula, el licenciado Maldonado y el cabildo dieron posesión al adelantado del cargo de gobernador y lo felicitaron por haber recibido una vez más la confianza del emperador. En seguida comenzaron los festejos en que tomaron parte los españoles residentes y los nuevamente llegados. Los hombres compitieron en torneos, carreras, juegos de cañas y otros regocijos durante varios días. Por las noches se organizaron saraos y encamisadas en honor a doña Beatriz y sus veinte doncellas, y para desengañarlas también —como dice el cronista— en caso que hubieran esperado encontrar en estas tierras solamente indios cimarrones y gentes bárbaras.

Garcilaso de la Vega recogió en sus Comentarios reales una graciosa anécdota acerca de las fiestas con que se celebró el regreso del adelantado de su segundo viaje a España.

Desta jornada —dice el historiador hispanoincaico— volvió casado a la Nueva España, llevó muchas mujeres nobles para casarlas con los conquistadores que habían ayudado a ganar aquel Imperio, que estaban prósperos con grandes repartimientos. Llegado a Quahuatimallan, D. Pedro de Alvarado fue bien recibido, hiciéronle por el pueblo muchas fiestas y regocijos y en su casa muchas danzas y bailes que duraron muchos días y noches. En una de ellas acaesció que, estando todos los conquistadores sentados en una gran sala mirando un sarao que había, las damas miraban la fiesta desde una puerta que tomaba la sala a la larga. Estaban detrás de una antepuerta, por la honestidad y por estar encubiertas. Una de ellas dijo a las otras: "Dicen que nos hemos de casar con estos conquistadores". Dijo otra: "¿Con estos viejos nos habíamos de casar? Cásese quien quisiere, que yo, por cierto, no pienso casar con ninguno de ellos. Doylos al diablo ¡parece que escaparan del infierno según están de estropeados: unos cojos y otros mancos, otros sin orejas, otros con un ojo, otros con media cara, y el mejor librado la tiene cruzada una y dos y más veces!" Dijo la primera: "No hemos de casar con ellos por su gentileza, sino por heredar los indios que tienen, que según están viejos y cansados, se han de morir pronto, y entonces podremos escoger el mozo que quisiéremos en lugar del viejo, como suelen trocar una caldera vieja y rota por otra sana y nueva".

Agrega Garcilaso que un caballero de aquellos viejos, que andaba por allí cerca, oyó toda esta plática, y, no pudiendo sufrir escuchar más, la atajó, vituperando a las señoras sus buenos deseos. Y en seguida contó a los demás lo que había oído, aconsejándoles casarse con aquellas damas si querían, pero anunciándoles que por su parte corría a casarse con la hija de un cacique de los indios.

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