III. ISAAC COSTERO TUDANCA





España que perdimos, no nos pierdas guárdanos en tu frente derrumbada, conserva en tu costado el hueco duro de nuestra ausencia amarga
PEDRO GARFIAS (1939)


LA AMARGURA DEL EXILIO



NO DEBO terminar este relato sin insistir de nuevo sobre el suceso que decidió mi vida actual, ya que nunca se desvanecerá en mí la angustia experimentada la tarde, en la primavera de 1937, que, encerrado en el cuarto oscuro y mientras revelaba unas microfotografías, en el departamento parisino del neurocirujano Clovis Vincent, decidí abandonar para siempre España. Mis abundantes lágrimas caían en los reactivos puestos en las cubetas de hierro esmaltado que entonces se usaban, mientras pensaba en mi hogar, tan humilde, pero que yo había considerado abrigo seguro y lugar de permanente convivencia para mi esposa e hijos [... ] De pronto decidí cambiar por completo mi vida [...] lo esencial para mí en aquel decisivo momento era alejarme de la injusta, implacable, arbitraria intimidación a la cual en nuestro medio natural todos nos veíamos sometidos y que no me sentía con fuerza para sobrellevar [...] si alguien bien informado escribiese un día la crónica de los exiliados españoles de mi generación pondría de relieve la elevada proporción de los que perdieron la salud y la vida, al no poder soportar la forzada e injusta expatriación. [Costero, como todos nosotros, llevó siempre clavado el recuerdo y la necesidad de España, así nos relata.] Muchos soldados han sido más valientes ante el pelotón de ejecuciones que ante el éxodo perpetuo. En todos los códigos, desde el de Justiniano hasta los de nuestros días el destierro figura como una pena severísima. La vida errante, separados del medio, de los amigos, del hogar [...] puede producir tal dolor, que pocos lo recuerdan sin estremecerse cuando lo han padecido.


Isaac Costero Tudanca nació el 9 de diciembre de 1903 en Burgos. Llegó a América en 1937 no desde la Península, sino de Francia. Nos relata así su arribo a México:7 [Nota 7] "El amanecer del día 15 de agosto de 1937 nos mostró en el horizonte, ante nuestra proa y sobre el aún lejano puerto de Veracruz, el fabuloso destello del Citlaltépetl (también conocido como Pico de Orizaba, extinto volcán, el más alto de México, de unos 5 600 m de altura sobre el nivel del mar y cubierto de hielos eternos). El sol saliente del día 16 iluminó para nosotros las enigmáticas pirámides de Teotihuacan, hasta donde nos había llevado durante la noche el tren, tras cruzar el exótico perfume de los campos, salpicados de cocuyos, que rodean Orizaba y Córdoba, y de resollar duramente al subir las cumbres de Acultzingo."

Costero fue anatomista y patólogo distinguido. Su labor docente y de investigación le llevaron a la presidencia de la Academia Nacional de Medicina en 1968 y a obtener en 1972 el Premio Nacional de Ciencias que otorga anualmente la Presidencia de México. En 1979, poco antes de su muerte, fue nombrado doctor Honoris Causa por la UNAM.

Costero tuvo una formación rigurosa como histopatólogo. Trabajó durante 14 años con don Pío del Río Hortega. Allí aprendió las técnicas de impregnación argéntica de Cajal y las modificaciones de don Pío, especialmente el uso del carbonato de plata amoniacal, tan útil en la patología cerebral. A pesar de haber conocido y practicado algo con Cajal, él siempre se consideró alumno de don Pío, lo cual se confirma viendo sus trabajos sobre la microglía o células de Hortega como él insistía en llamarlas en sus clases. Y es que resulta que Costero ayudó y fue discípulo de Río Hortega durante las vacaciones veraniegas entre el segundo y tercer año de su carrera de medicina. Ahí se familiarizó con las técnicas de impregnación argéntica y la microfotografia.

Para Costero trabajar en un laboratorio aun antes de iniciar la carrera de medicina fué fácil y se debió a la constancia y energía de su padre, quien le recomendó esta carrera y, para convencerlo, lo llevó siendo muy joven con unos lejanos primos suyos, los hermanos Muniera, quienes acababan de terminar sus estudios y de establecer el primer laboratorio de análisis clínicos fundado en Zaragoza.

Figura 1.III. Don Pío del Río Hortega hacia 1924, maestro del doctor Costero, en el laboratorio de Histología Normal y Patológica en la Residencia de los Estudiantes de Madrid. Foto del doctor Wilder Penfield.

Esta primera aventura científica de Costero tuvo un hermoso y fructífero principio y, como veremos, trágico fin. Nos cuenta Costero:

José María y Augusto Muniera Bilonguear fueron desde entonces y por muchos años, mis generosos mentores. Puesto que en estas páginas quiero dejar constancia de quienes considero prototipos humanos, junto a los que me ha tocado pasar en el curso de mi vida, me complace sobre manera colocar a los hermanos Muniera en el altar de los grandes hidalgos aragoneses. Hidalgos pobres, mas, a pesar de ello, hijos de bienes, como dijo don Juan Huarte en su Examen de ingenios para las ciencias: "La ley de la Partida dice que hijodalgo quiere decir hijo de bienes; y si se entiende de bienes temporales, no tiene razón porque hay infinitos hijosdalgo pobres e infinitos ricos que no son hijosdalgo; pero si se quiere decir hijo de bienes que llamamos virtud, tiene la misma significación que dijimos.


José María y Augusto eran, como Unamuno llama a don Quijote, hijos de bondad. Procedentes de la Villa de Ateca, antigua Atlacum de los celtíberos y citada con ese nombre en Tolomeo, perdieron muy pronto a su padre. El mayor, José María, tenía excepcional talento y envidiable carácter abierto y alegre; discípulo de Augusto Pi Suñer y de Jesús María Bellido —dos destacados fisiólogos catalanes y profesores en la Universidad de Barcelona— llegó él mismo a ser profesor de fisiología, en tanto el menor, Augusto, tenía inagotable capacidad de trabajo y espíritu ordenado hasta lo meticuloso; amante de las estructuras microscópicas, fue profesor de histología; ambos en la Facultad de Medicina de Zaragoza.

Costero, como tantos otros sufrió dificultades al comienzo de la Guerra Civil. Su familia estaba en Valladolid y él en Santander; en los cursos de verano. De allí pasó al País Vasco y luego a Francia. Logró finalmente reunirse con su mujer e hijos en Bayona.

Ahí se enteró del trágico destino de sus amigos y maestros, como nos relata:

Pero todavía no estaba enterado de todo. Augusto Muniera fue detenido en Zaragoza al iniciarse el movimiento insurgente; avisado José María, a quien los acontecimientos sorprendieron en el lado del Gobierno de la República, pasó la discontinua línea divisoria en ayuda de su hermano, que había sido miembro del ayuntamiento por el Partido Radical-Socialista y, por ello debería ser visto con desconfianza por los conservadores ahora dueños del poder. También fue detenido, pero ambos exonerados algunos días después por falta de méritos de las siguiente manera: les leyeron una orden de libertad en regla, se la hicieron firmar; enseguida los llevaron al campo de Valdespartera, en las afueras de la ciudad, y allí lo asesinaron a palos. El médico legista certificó "muerte por fractura de cráneo".


Desde el laboratorio de don Pío, al terminar su carrera, partió, en 1930, hacia el Instituto Erlich de Francfurt, disfrutando de una Beca de la Junta para la Ampliación de Estudios. Allí se adiestró en la técnica de cultivo de tejidos y, gracias a su entrenamiento previo con don Pío, realiza lo que fue la primera película en el mundo, sobre el comportamiento de la microglía de encéfalo humano, en cultivo. Esta película fue presentada más tarde por don Pío en varios institutos y Universidades de Europa. Actualmente forma parte de la colección de películas científicas que formó el doctor Costero en el Instituto Nacional de Cardiología de México. Este material del cultivo in vitro de la microglía fue la base de la primera publicación que fue aceptada de inmediato (como nos relata su alumna la doctora Rosario Barroso-Moguel) por el director, a la sazón, del Instituto Erlich, el doctor Wilhem Kolle "hombre poco sensible, de carácter autoritario". De esta primera publicación se derivaron otras nueve, no menos importantes y originales, que demostraron el comportamiento experimental de la microglía en circunstancias normales y patológicas.

Al regresar a España se incorporó de nuevo al laboratorio de don Pío donde continuó aplicando las técnicas de plata, con las cuales contribuyó en forma definitiva a dilucidar las funciones de la microglía y la oligodendroglía y, además, profundizó en el estudio de los tumores de la glía, los gliomas y paragliomas.

Después, en 1932, regresó a Alemania, esta vez a Berlín, al Instituto de Biología bajo la dirección del profesor Albert Fisher. En ese tiempo apareció publicado su trabajo, hecho en el Instituto Erlich, sobre el cultivo in vitro de la microglía. Fisher, gratamente impresionado, le facilitó un laboratorio, dándole la categoría de colaborador. También en ese tiempo en Berlín lleva a cabo su formación en diagnóstico anatómico con el estudio necrópsico en los hospitales de la Chanté y Mohabit, bajo la enseñanza de los profesores Benda, Jaffé, Rossle, Aschoff y Hamperl. Esta fue una etapa decisiva en la formación de Isaac Costero. Seguramente cuando aprendió tan bien las técnicas de la necropsia no se imaginaba lo útil que ese conocimiento iba a ser, algún día, para México y toda Iberoamérica.

Costero llegó a Madrid en 1923 proveniente de la Zaragoza de su juventud cuando tenía unos 20 años. Volvió a España, visitando Madrid y Barcelona. Como muchos exilados de la Guerra Civil, mucho tiempo después —¡36 años!— de haber salido. De su primer viaje, como dice, de su primera visita a Madrid, hace una pormenorizada y deliciosa crónica de un viaje en ferrocarril, en tercera clase, escuchando las conversaciones de campesinos ingenuos y alegres, así como su llegada y descubrimientos, entre otras cosas, del cine de la época.

En 1977, ya semijubilado en México (salió del Instituto Nacional de Cardiología, INC, para trabajar medio tiempo en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía INNN, donde tuve la suerte de que se le proporcionara un laboratorio, junto con su discípula y colaboradora de muchos años, Rosario (Chayito) Barroso Moguel en la Unidad de Investigaciones Cerebrales, entonces a mi cargo). Escribió un libro, del cual la primera edición, de 300 ejemplares numerados, fue regalada por el autor a sus amigos y colaboradores más cercanos. Es un libro de 438 páginas con el título de Crónica de una vocación científica, Editores Asociados S. A., México, 1977, una autobiografia muy amena, salpicada de anécdotas divertidas. Como señala en su prólogo Manuel Martínez Báez, el libro está dividido en dos grandes vertientes, la formación y los resultados, separadas por la vertiente de la Guerra Civil española, seguida de la segunda Guerra Mundial. Costero nos relata lo que llama jocosamente mi segunda "primera visita" 8[Nota 8] a Madrid, en 1972, esta vez rodeado de sus alumnos mexicanos. Fue 50 años más tarde y 36 después de haber salido de España. Lo invitaron a impartir la tercera conferencia "Gregorio Marañón", lo cual él acepto sin dudar; por tratarse además de su maestro y protector de la juventud. Costero nos relata cómo, ayudado por su hermano, localizó y recorrió, en los alrededores del Museo de Historia Natural las viejas instalaciones donde tantos años había trabajado con don Pío del Río Hortega. Después de algunos rodeos, desorientado por los numerosísimos nuevos edificios, dio con la galería (antes abierta, hoy cerrada con vidrios) y nos la describe con su estilo tan propio de un morfólogo: "Desde la galería se penetraba a los laboratorios, que mencionados de norte a sur eran el de Histología Normal y Patológica, de don Pío; el de Histología Humana, que dirigía don Luis Calandre; el de Fisiología cuyo jefe era don Juan Negrín y donde se formaron entre otros fisiólogos y farmacólogos, don Severo Ochoa y don Rafael Méndez y el de Bacteriología a cargo del Dr. Paulino Suárez.

Figura 2.III. Foto tomada en 1938 donde aparece el doctor Costero y personalidades mexicanas y españolas de la época. De izq. A derecha: primera fila, León Felipe, Tomás Perrin, Ignacio Chávez. Atrás Manuel Martínez Báez, Isaac Costero, José Moreno Villa, Juan de Dios Bojórquez, Eustaquio Roch Ubiría, Francisco de P. Miranda, Enrrique Díez Canedo, Gonzalo Lafora, Ismael Cosío Villegas, Luis Recasens Siches, J. M. Rivero Carvallo, Ignacio González y Martín Luis Guzman West.

Costero rememora el antiguo laboratorio en forma de L. Ve como el espíritu de su maestro y sus colaboradores permanecen incólumes. Se imagina a don Pío, en su lugar al fondo de la L, moviendo con sus pequeños y agilísimos dedos los cortes histológicos, siempre impecable en su traje de casimir inglés. A Abelardo Gallego, Jiménez de Asúa, Manuel López Enríquez (oftalmólogo que describió la presencia de microglía en la retina). Recuerda una pileta con agua de Lozoya que les servía para refrescarse y también para disolver directamente los reactivos, "pues en esa época de limpio ambiente el agua de Madrid no tenía ni trazas de cloruros".

En 1951 se celebró en México (y en muchas otras partes) el centenario del nacimiento de Cajal. En ese tiempo aparecía una revista Archivos Mexicanos de Neurología y Psiquiatría que dirigía Ramón de la Fuente. Yo estaba en el comité de redacción. Se decidió realizar un simposio y una publicación, invitándose a investigadores del exilio español que habían tenido contacto con Cajal y su obra. Ellos fueron José Puche, Dionisio Nieto e Isaac Costero, También participó Manuel Martínez Báez, cuyo nombre tantas veces aparece en esta monografía sobre el exilio español en Iberoamérica y las neurociencias, pues fue, además de un gran investigador que creara el Instituto de Enfermedades Tropicales, uno de los mexicanos, junto con Ignacio Chávez e Ignacio González Guzmán, que más nos ayudó en la etapa difícil del inicio del exilio. En la carátula de la revista aparece una foto de don Santiago con cara de "malas pulgas", como diciendo: "ni muerto me dejan en paz estos pesados." Al pie de la foto están las tradicionales seis líneas patriótico-neurológicas de don Santiago, de su puño y letra y que, aunque bien conocidas, nos place reproducirlas aquí, por si esto cae en manos de algún joven estudiante que las desconozca:

Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia.

Ahora que estamos en la famosa "década del cerebro" por decisión del Congreso de EUA e iniciativa de la Sociedad de Neurociencias," estas palabras de Cajal suenan algo más que proféticas. Costero nos habla de Cajal en este simposio, aniversario de su nacimiento.

MIS RECUERDOS DE SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL

En la amplia familia científica de don Santiago Ramón y Cajal debo considerarme, en justicia, en el orden de los biznietos. Discípulo directo de Pío del Río-Hortega, quien a su vez trabajó en el laboratorio de Velasco junto a Nicolás Achúcarro, sólo éste fue quien recibió enseñanza directa de don Santiago. Consecuentemente, conocí al maestro, después de que había cumplido los 70 años.
Mi afición a la técnica histopatológica nació casualmente muy pronto, quizá como un escape a mi poca simpatía por el ejercicio de la medicina, una carrera que seguí por causas alejadas a mis propósitos. El liberal e inolvidable apoyo que recibí de los doctores José María y Augusto Muniera, me llevó a trabajar en su laboratorio de análisis clínicos tan pronto como decidí ahorcarme en el árbol de Esculapio, es decir, más de un año antes de inscribirme en la Facultad de Medicina, y allí pronto trabé estrecha amistad con microtomo y colorantes. Relato brevemente estas circunstancias personales para que se comprenda la impresión que me hizo mi primer contacto con don Santiago, a pesar de ser éste indirecto y más bien desafortunado. Acaeció cuando yo estudiaba primer año de medicina, después de haber tomado conocimiento directo y práctico con la histología normal y su técnica. Fue con motivo del descubrimiento de una estatua de Cajal que la Universidad de Zaragoza había colocado en la escalera monumental de su Facultad de Medicina, para honrar cumplidamente a quien había estudiado y enseñado en aquella casa haciéndola así famosa, ya que entonces estaba don Santiago en el vértice de sus éxitos.
Todos los estudiantes de aquella facultad teníamos amplias noticias de don Santiago a través de dos opiniones que, por contradictorias, nos tenían no poco desconcertados. La favorable, encomiástica y hasta ditirámbica, era la del Dr.Gascón y Marín, nuestro profesor de anatomía y disección. El Dr. Gascón y Marín, dado a las rudas y tajantes opiniones de aragonés químicamente puro, lloraba emocionado cuando nos mostraba con devoción sincera y admiración sin límites las láminas de preparaciones anatómicas pintadas al óleo primorosamente por don Santiago. Tales láminas, de gran tamaño, conservábanse encuadernadas en forma de enorme libro, colocado en el sitio de honor del Museo Anatómico y cuidadosamente dispuesto sobre un gran atril de madera que hacía posible su manejo. Este verdadero monumento anatómico constituía la prueba material permanente del trabajo de don Santiago durante su época de director de aquélla escuela.
La opinión desfavorable provenía de nuestro profesor de histología normal, contemporáneo del maestro y fetichista adorador de la escuela francesa. Parece ser que don Luis, que éste era su nombre de pila, al principio tolerante con los triunfos de don Santiago, trocó su tolerancia por incontenible inquina merced a un desgraciado suceso, relatado por el propio don Santiago en su autobiografía, a propósito de explicar cómo se pueden crear enemistades del modo más inesperado. La desgracia parece que sucedió más o menos como sigue: don Luis, castellano atildado y hasta presumido, esclavo de los formulismos sociales, recibió de algunos de sus alumnos, más amigos de bromear que de aprender histología, un feto cuyas monstruosidades bien aparentes eran, de verdad extraordinarias; tanto, que don Luis decidió presentarlo en la reunión anual de anatómicos que debería celebrarse meses más tarde en la capital de Francia. Hecha la correspondiente solicitud a la Junta para Ampliación de Estudios, que presidía y fundara Cajal, la Secretaría de la Junta, siguiendo los trámites reglamentarios, pasó tal solicitud al especialista del ramo, que resultó ser el propio don Santiago. Éste quiso ver el extraordinario feto antes de emitir su informe, no considerando suficientes las descripciones que a la solicitud acompañaban. Presentóse don Luis, vestido con su elegancia habitual y con el feto bajo el brazo, en la calle de Velasco. Interrumpió don Santiago su trabajo, me imagino que no de muy buen humor, para recibir al visitante y, previas las indispensables frases de cortesía que alargaban innecesariamente el tiempo perdido, se descubrió el cuerpo del delito. Don Santiago, hombre de pocas palabras en el momento de emitir un juicio, no pudo dulcificar el del caso en cuestión y se limitó a decir: "Pero don, Luis, ¡si esto es un gato!" En efecto, los inquietos estudiantes, sin imaginar las consecuencias que iba a tener su broma habían despellejado, recortando, cosido y adobado un gato callejero que, con algunas hábiles añadiencias recolectadas en el anfiteatro, presentaron a su profesor como monstruosidad extraordinaria, con tal seriedad y gracejo que consiguieron engañar a su ingenuo maestro.
La antipatía: irracional que este incidente hizo surgir a don Luis por todo lo que procediese del laboratorio de Velasco llegaba a extremos pintorescos. Por supuesto, nada más peligroso que examinarse con don Luis si éste husmeaba en el alumno el uso del Tratado de histología de Cajal. Él había publicado uno propio, desgraciadamente pronto agotado. Y digo desgraciadamente, porque se trata de un libro tan original que su lectura resultó de amenidad insospechada. En este libro, escrito con un estilo semipoético, seminovelesco, podían leerse cosas como ésta: es bien sabido que Cajal define los tejidos epiteliales como aquellos "formados por células unidas por escasa cantidad de substancia intercelular". Pues bien, don Luis hacía la definición respectiva con éstas o parecidas palabras: "Algunos autores afirman que el tejido epitelial está formado por células unidas por escasa cantidad de cemento intercelular, pero yo digo que, en realidad, se trata de un tejido formado por células separadas por cemento intercelular."
Pero sigamos con el suceso cuya relación inició estas cuartillas. Nuestro Rector, rodeado de las demás autoridades académicas, todos togados como en las máximas solemnidades, ocupaba el estrado dispuesto junto a la estatua que se iba a descubrir. Profesores y alumnos buscábamos, apiñados incómodamente en la gran escalera, la venerable cabeza del maestro, por todos bien conocida, y que debería destacar entre las de los demás asistentes. Con gran decepción general y muy especialmente mía, las cuartillas que para tal oportunidad escribiera don Santiago fueron leídas por su discípulo, el Dr. Jorge Francisco Tello. Dichas cuartillas contenían unas palabras de excusa, y las de agradecimiento por el homenaje adecuadas al caso; pero para mí fueron una revelación ya que expresaban tan persuasivo estímulo y aliento para nosotros, los entonces jóvenes estudiantes, que sin medir mis fuerzas ni meditar mi acto, llevado por el entusiasmo del momento y creído que tales palabras habían sido sólo a mí dirigidas, di en seguir al Dr. Tello como su sombra, hasta que conseguí sorprenderlo sólo con el Dr. Pedro Ramón Vinós, sobrino de don Santiago, en el Laboratorio de Histología. Haciendo acopio de todo mi coraje, le pedí sencilla y llanamente que me llevase con él a Madrid a trabajar en el Laboratorio de Cajal aunque fuese en calidad de mozo para la limpieza. Don Francisco, sonrió amablemente, aguantó el chubasco de mis razones, que no fueron pocas ni claras, y me aconsejó después de hacerme algunas preguntas sobre mis circunstancias personales, que primero acabara mi carrera y que después, ya con el título en la mano, hablaríamos de la cuestión si se presentara oportunidad.
Entonces sólo vi, pues, a don Santiago en efigie, por cierto muy bien lograda, escuché sus palabras alentadoras en boca de uno de sus discípulos. Pero fue esto suficiente para que, animado por los consejos y ayuda material de los Drs. Muniera, naciera en mí el propósito de dedicarme a la histología, abandonando definitivamente la idea, si alguna vez la tuve, de ejercer la profesión médica. Y tiempo más tarde, ya aprobado el 3er. año de medicina, entré a trabajar en el pequeño laboratorio que la Junta para Ampliación de Estudios había organizado recientemente en uno de los pabellones de la Residencia de Estudiantes, bajo la dirección de Pío del Río-Hortega.
Todavía pasaron dos o tres años más antes de que se me presentase la ocasión de ver personalmente a Cajal. Con relativa frecuencia visitábamos el laboratorio de Velasco quienes trabajábamos en la Residencia, ya que la información bibliográfica debíamos buscarla siempre allí, en la completísima biblioteca que por largo tiempo había organizado don Santiago en su laboratorio.
Pero él permanecía encerrado en su cuarto, sin dejarse ver. Por fin, inesperadamente, entró un día en la biblioteca y se sentó en la gran mesa central, junto a las dos o tres personas que en aquel momento estábamos consultando algunas de las revistas. No necesito decir que interrumpí en aquel punto y hora mi trabajo, para poner toda la atención en el maestro. Era entonces un hombre de robusta ancianidad, vestido con cierta despreocupación, silencioso, sólo ligeramente encorvado, de aspecto triste y venerable. En él destacaban con singulares matices, su atractiva y admirable cabeza y sus ágiles manos. Podríamos decir que hay sabios aparentes, sabios inadvertidos y sabios integrales. Perdóneseme la libertad que me tomo al presentar a ustedes una clasificación tan estrambótica.
Quiero decir con ella que encontramos a veces personas cuya imponente apariencia, persuasivo discurso y vastedad de conocimientos, nos producen la engañosa impresión de padres de la ciencia, mientras que otras veces llegamos a conocer a sabios cuya producción original nos admira, y cuyo cerebro hállase desarrollado en un cuerpo vulgar y hasta desmedrado. Santiago Ramón y Cajal no pertenecía a ninguno de estos dos tipos, sino al otro que convencionalmente llamé "sabio integral"; era un sabio con cabeza de sabio, valga la redundancia. Quisiera yo poder aquí describir mis impresiones sobre todo lo que la cabeza de Cajal sugería a cuantos la contemplaban. Otros lo han intentado creo que sin éxito, aun disponiendo de armas más poderosas que las mías. Quizá quien más se acercó a la realidad fue un escultor, Victorio Macho, autor de la fuente instalada pocos años antes de la muerte de don Santiago, en los Jardines de El Retiro, en Madrid. Cabeza y manos de Cajal quedaron allí justamente interpretados.
Pese a la resistencia obstinada de don Santiago, su cabeza fue por eso reproducida millares de veces por todos los procedimientos. Padró, fotógrafo de profesión y yerno de don Santiago, aprovechó la oportunidad que le brindaba el parentesco y la afición de Cajal por la fotografía, para hacer centenares de placas, algunas de ellas las más conocidas y publicadas. Mi amistad con Padró me brindó ocasión para que un día me enseñara algunos retratos excelentes que, guardaba con atesoramiento, pero no fue suficiente para conseguir ninguno de ellos.
Tenía la cabeza de don Santiago una serenidad irreproducible. Cuando lo conocí su mirada era más bien apagada e imprecisa, llena de tranquilidad y reposo; pero, a lo que puedo juzgar por fotografías de su juventud o madurez, siempre fue igual. Sólo brevemente se posaba en algún objeto determinado de su proximidad, y se inquietaba solamente cuando se sentía observado. También inspiraban interés irreprimible sus manos de trabajador hábil y delicado, a las que la senilidad no había quitado dulzura y precisión. Pero me siento sin fuerzas para puntualizar estas impresiones, y creo que si lo intentara llevaría al ánimo de ustedes una imagen inexacta.
Entraba a la biblioteca suavemente, sin hacer el menor ruido; seleccionaba rápidamente y por su mano algunos libros y se sentaba en el lugar más próximo a la ubicación de aquéllos sin dirigirnos a los demás siquiera una ojeada. No era necesario que pasaran muchos minutos para que entrasen una o varias personas a interrumpirle; parece ser que las oportunidades para hablar directamente con él no abundaban, y todos aprovechaban los raros momentos en los que salía de su casi permanente encierro.
De estas breves apariciones de don Santiago durante mis visitas a su biblioteca aprendí cosas que me dejaron atónito. El laboratorio de los hermanos Muniera no podría ponerse como un modelo de orden y de limpieza porque era asiento de intensa actividad y de trabajo rutinario casi continuo, si lo comparamos con el de la Residencia de Estudiantes donde cada pocillo tenía su especial y único destino, cada frasco su lugar y cada instrumento su uso; quizá este meticuloso orden, provechoso y necesario, fue cultivado por Pío del Río-Hortega porque estábamos obligados a trabajar en espacio reducido y con un presupuesto más que menguado.
Se comprenderá mi estupefacción el día que, disimulando con una supuesta busca de libros en los estantes, me atreví a echar una furtiva ojeada al santuario de Cajal, una vez que su puerta quedó circunstancialmente entreabierta. Me fue imposible comprender cómo podría trabajar en aquél aparente desorden. Desde entonces quedé convencido que el genio es una suma de cualidades inexplicable para los demás, y que toda regla para el trabajo original no sirve más que para el que la formula. Los años me han enseñado, también, que la gran virtud, el gran heroísmo que presentó la enorme producción científica de Cajal, se basó principalmente en su habilidad para no perder el tiempo. Trabajaba sin interrupción, en todo momento, hasta cuando hablaba con otras personas de cosas ajenas a sus actividades. El orden es un poco la antítesis del trabajo, porque absorbe un tiempo que don Santiago no perdió nunca; por supuesto que él podía trabajar así gracias a su prodigiosa memoria visual. Vaya un ejemplo: en una de sus cortas conversaciones con alguien que entró a consultarle un día a la biblioteca, respondió algo de este tenor: "Pero hombre, si eso lo vi yo ya una vez en el cerebelo del gato recién nacido; cuando empleaba tal modificación a tal técnica; no dude de que está usted en lo cierto; verá, venga conmigo."
Entró en su cuarto y abrió uno de los muchos cajones de las varias mesas, cubiertas de frascos, portaobjetos, cajas de todos colores, dimensiones y tamaños y de los más heterogéneos objetos; el cajón contendría algunos cientos de preparaciones antiguas, meticulosamente revueltas y no libres de polvo; removió varias cuidadosamente con el dedo, eligió una, como al azar, la llevó al microscopio y mostró al consultante la estructura prometida.
Eran de ver las caras de asombro de los extranjeros que visitaban su laboratorio, la mayor parte de ellos con el propósito de aprender en dos o tres semanas de amables vacaciones semiturísticas las geniales técnicas de Cajal. Me tocó presenciar cierto día esta escena. Precedidos por el mozo más antiguo del laboratorio, en quien don Santiago depositaba extraordinaria confianza, entraron a la biblioteca un par de visitantes, no sé si europeos o americanos; parece ser que llevaban algún tiempo tratando de teñir, con escaso éxito, el aparato de Golgi con la técnica del formolurano.
—Pero ¿cómo es posible que no se tiña en sus piezas el aparato de Golgi si la técnica es tan precisa y constante? —preguntó don Santiago, más como hablando consigo mismo que dirigiéndose a los visitantes cuyo conocimiento del castellano era más que problemático. —El secreto del éxito en este caso, continuó, consiste en la correcta preparación y en el justo uso del fijador. Miren, vengan conmigo—. Y pasó al laboratorio donde le seguí lleno de curiosidad.
1) Se parte de formol al 10% —y, mientras hablaba, tomó un frasco no muy limpio, le ¡echó agua del grifo¡, y le añadió un chorro de formol, no sin oler antes el contenido de la botella— luego se disuelven en él 2 a 3 gramos de nitrato de uranio —dicho lo cual, tomó el reactivo nombrado, vació una parte en la palma de la mano, la sopesó con movimientos de balanza analítica, y la añadió al primer frasco. —Ahora, —terminó— fijen las piezas frescas aquí durante 8 a 12 horas y pásenlas enseguida al nitrato de plata; ahí las dejan hasta que el aparato de Golgi se tiña, lo que se conoce en seguida con sólo ver el color de los tejidos; después, no hay más que cortar y montar. No puede ser más sencillo.
Los pobres visitantes, con la estupefacción más profunda expresada en sus rostros, pensaban sin duda en lo cuidadosamente que ellos habían medido el agua y el formol, y pesado la sal de uranio, para resultar en todo aquello. Uno de ellos se atrevió a mostrar a don Santiago, explicándose en un balbuceante francés, los frascos que contenían sus meticulosamente preparadas piezas y que habían permanecido en la plata el tiempo reglamentario.
—Cómo podemos saber a simple vista si todas estas piezas tienen o no teñido el aparato de Golgi? —preguntó.
Las vio, Cajal al trasluz, agitando suavemente el líquido en el que semiflotaban, hizo un gesto muy expresivo y les dijo: Estén seguros que no hay nada, pueden tirarlas sin remordimiento; no sé cómo lo han hecho (con seguridad, siguiendo meticulosamente todas las reglas publicadas por el propio don Santiago) pero salió mal. Y se fue a su trabajo.
Vi por última vez a don Santiago en la Residencia de Estudiantes, a donde fue contra su voluntad, pero por disciplina, para que tomasen de él algunas escenas cinematográficas destinadas a la cinemateca que el Ministerio de Instrucción Pública estaba reuniendo de personas destacadas del país. Cuando acudió puntualmente a la cita, ya cámaras y reflectores estaban preparados por los técnicos, se entusiasmó tanto con el aparato tomavistas dispuesto al efecto, que lo hizo abrir por todas partes y, entre explicaciones y comentarios sobre óptica y mecánica, casi desaparece la luz propicia para la toma de las fotografías y se frustra el programa convenido. Paseó Cajal luego bajo los tilos en flor de la avenida principal de la Residencia, sentóse en uno de los bancos hasta el que llegaban aún los dorados rayos del sol poniente, hojeó allí un libro y... suspiró satisfecho con la liberación, cuando el técnico dio por terminado su trabajo. Pasó luego al laboratorio de Río Hortega, donde nos hizo cortés y breve visita, y todos le acompañamos respetuosamente hasta su automóvil.
Fue Padró, su yerno antes nombrado, el que me contó la anécdota relativa a la adquisición de ese famoso automóvil, que en mi ignorancia por tales aparatos de locomoción creo que era una limousine Renault algo historiada, y con su relato terminaré estos recuerdos personales del maestro. Parece ser que don Santiago, después de recibir el premio Nobel y atendiendo a las súplicas y consejos de familia y amigos, se decidió a adquirir un automóvil. Para ello fue con sus hijos y yerno a una agencia que los vendía de todas marcas y variedades. Mientras los demás escuchaban al vendedor el elogio de sus últimos modelos, don Santiago abría la portezuela de cada uno, pasaba al interior y tomaba asiento, comprobando la comodidad de éste. Cuando quisieron darle el resumen de las ventajas correspondientes, a cada estilo, encontraron al sabio maestro cómodamente arrellanado en la citada limousine y, mientras se movía rítmicamente para mostrar a los demás la justa elasticidad de los muelles, les dijo, sin escuchar sus comentarios: "No os molestéis, me quedo con éste."


EN DEFENSA DE LA PLATA

Costero fue siempre un apasionado defensor de las técnicas histológicas de impregnación argéntica. "¿Cómo es posible —exclama— que las impregnaciones argénticas, con tan deseables cualidades, no hayan sido utilizadas más que por pequeños grupos de investigadores como el que trabaja conmigo?

En realidad sólo unos pocos de los discípulos inmediatos de sus creadores las han seguido con persistencia y resultados positivos, en tanto de la inmensa mayoría de los microscopistas han reaccionado con evidente despego y aun desconfianza hacia los métodos de impregnación metálica. Hasta donde yo sé, continua Costero, sólo Polak en Buenos Aires, Herrera en Panamá, mientras vivió; Sharemberg en Ann Arbor, Michigan y Liss en Ohio, Jabonero en Oviedo y Lombart en Valencia, con el grupo de la Clínica de la Concepción que dirige Horacio Oliva y el Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Complutense a cargo de Agustín Bullón, estos dos últimos en Madrid; Dionisio Nieto y nosotros en México, forman los pequeños equipos que usan la plata como técnica diaria y hacen con ella trabajos de investigación histopatológica.


Costero se quejaba, tal vez con razón, de la automatización de los laboratorios a modernos de patología. Los investigadores no hacen las preparaciones con sus propias manos, dejan en manos de sus técnicos el manejo de aparatos que "procesan" las piezas. ¡Cómo es posible olvidar que Cajal, Río Hortega, Achúcarro, Tello y todos ellos hacían personalmente sus preparaciones y lograban hallazgos que constituyeron el funadmento de todo lo que sabemos hoy del sistema nerivoso! Hace un elogio constante del trabajo manual y personal como premisa imprescindible de la investigación de la anatomía normal y patológica del sistema nervioso. Irritado contra los patólogos de lujo, que en un despacho elegante sólo firman los resultados que les aportan técnicos desinteresados realmente en la investigación, exclama:

¡Hasta Dios hizo con sus manos, de un pedazo de barro al hombre que somos; sólo así pudo construirlo a su imagen y semejanza. Si se lo hubiera encargado a ángeles y serafines, temo que no hubiéramos pasado mucho más allá de monos gesticulantes!

Costero fue, ante todo un patólogo, su estancia prolongada, ¡más de treinta años!, en el Instituto Nacional de Cardiología de México le hizo dedicar su atención de histólogo y anatomista a todos los tejidos, especialmente el cardiovascular, pero nunca olvidó su especial dedicación al sistema nervioso. Hizo aportaciones importantes en las alteraciones cerebrales de la fiebre reumática y, como veremos, al final de su vida publicó una curiosa obra (más de 600 diapositivas) encuadernadas en plástico y con una selección de color impecable, sobre el cuerpo carotideo normal y patólogico. También dedicó atención constante a los tumores cerebrales, sobre los cuales escribió una obra, Biología de los gliomas, que apareció, post mortem, editada por sus alumnos, Barroso y Chávez, en EDAMEX y encomendada por el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, 1979. En ella hace una introducción, que considero encierra mucho de su aportación a la neurociencia:

Dos cualidades, para considerar la biología de las células que componen nuestros tejidos, muy útiles aunque por lo general poco apreciadas, se refieren a su capacidad oncogénica y a su comportamiento cuando son cultivadas in vitro.
Muchos ejemplos pueden ponerse de células, consideradas histológicamente idénticas, que sin embargo muestran decisivas diferencias cuando se observan en las neoplasias. Así, durante varios decenios se consideró a los aparatos vasculares que regulan la circulación local en los organismos superiores, compuestos por células epitelioides derivadas de las fibras musculares lisas de la capa media. Estas células, así llamadas porque cambian su forma muy alargada propia de los músculos por la poliédrica característica de los elementos epiteliales, serían todas biológicamente idénticas. Las mejores conocidas, tal como se citan en la histología clásica, son: 1) las que forman los almohadillados vasculares en los órganos eréctiles; 2) las desarrolladas en las arterias penicíleas del bazo; 3) las yuxtaglomerulares del riñón; 4) las del glomo coccígeo; 5) las de las anastomosis arteriovenosas glómicas; 6) las del glomo carotideo, y 7) las de los paraganglios cromafines. Sin embargo ni en los órganos eréctiles ni en el bazo ni en los riñones se han detectado hasta ahora neoplasias que puedan ser consideradas como procedentes de sus células epitelioides vasculares. Por otra parte, en la región coccígea se han descrito raros tumores que podrían derivarse del glomo, pero se trata de angiomas sin caracteres especiales ni células epitelioides; en cambio las anastomosis arteriovenosas glómicas originan tumores específicos que el clínico reconoce sobre todo por su extrema sensibilidad al dolor y el patólogo caracteriza de inmediato porque están formados por células epitelioides, idénticas a las de la estructura de la que proceden y profusamente inervadas; igual sucede con el glomo carotideo, del que se origina un tumor inconfundible con cualquier otro, tanto por sus manifestaciones funcionales como por su arquitectura microscópica, llamado quimiodectoma; y los paraganglios cromafines ocasionan feocromocitomas, los tumores causantes de las mayores crisis de hipertensión arterial sistémica, cuyas células están sobrecargadas de catecolaminas. Tales detalles nos aseguran que el parecido morfológico es engañoso, pues se trata de células con una biología diferente y las tres citadas en los tres últimos lugares con individualidad lo suficientemente destacada para ocasionar, cada una de ellas, su tumor rigurosamente específico.

Costero, siguiendo las enseñanzas de don Pío, nos habla de "las bases histogenéticas" de las neoplasias del sistema nervioso, y dice:

Para comprender la naturaleza biológica de las neoplasias desarrolladas en el tejido nervioso, conviene recordar su génesis normal , según el esquema de Río Hortega, que ligeramente modificado es el siguiente: del epitelio neural primitivo se diferencian tres especies celulares adultas:
1) Los neuroblastos, primero bipolares; en seguida monopolares, algunos de los cuales emigran muy pronto fuera del eje encéfalo medular para formar la porción periférica del sistema.
2) Los espongioblastos, llamados así por His a causa de que su citoplasma es muy laxo y rico en agua. Espongioblastos y astroblastos son, en conjunto, glioblastos que más tarde, con la emisión de nuevas prolongaciones, se transformarán en astrocitos. De los espongioblastos se deriva también la oligodendroglía que se transforma, al alcanzar los axones periféricos, en células de Schwann.
3) No todas las células del epitelio neural primitivo se transforman en neuroblastos y en glioblastos: las cavidades neurales quedan revestidas por un epitelio ependimario continuo.


En esta breve y didáctica descripción, Costero nos muestra toda su herencia morfológico-funcional y embriogénica de la escuela de Cajal.

LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN

Como ya hemos dicho, Costero consideró un deber indagar en la patología del sistema cardiovascular habiendo recibido gran ayuda del doctor Chávez con quien trabajó tantos años en su instituto como jefe del Departamento de Anatomía Patológica. En el aparato cardiovascular sus aportaciones estuvieron en relación con los más variados temas, destacando la evolución anatómica de los infartos del miocardio y las lesiones encefálicas de la fiebre reumática (muy extendida en México en esa época), los nódulos de Aschoff y el efecto de la cortisona que se comenzó a utilizar en esos años. También la hipertensión arterial de causa neoplásica y las lesiones vasculares reticuladas vistas como reversiones atávicas. La arteroesclerosis y la conveniencia de distinguir en la clínica entre su iniciación, su desarrollo y sus complicaciones morbosas.

En cuanto a la encefalopatía de la fiebre reumática sus aportaciones fueron fundamentales en México. Como él mismo señala, coincidieron con el comienzo del uso masivo de los antibióticos y las sulfas. Sus informes fueron considerados como algo de interés casi histórico y exótico, en los laboratorios de los países muy avanzados. No sucedió lo mismo con sus trabajos sobre la cisticercosis cerebral, que fueron de los primeros en México. Este padecimiento sigue siendo endémico en muchos países del llamado Tercer Mundo. Lo mismo sucedió con la cirrosis hepática de origen alcohólico. En cuanto a este padecimiento Costero se percató muy bien de la influencia que tenía la acentuada desnutrición asociada con la ingestión inmoderada de alcohol; recuerdo que en sus clases siempre nos decía, "está bien, beban, ¡pero por favor coman!"

Aunque ya hemos visto su interés en la biología de los gliomas vale la pena volver a sus recuerdos y reflexiones acerca de cómo comenzó esta línea de investigación. Nos dice Costero:

Aunque en el laboratorio de la Residencia, en Madrid, llegasen algunos tumores, au aporte no se sistematizó hasta que Clovis Vincent ordenó (desde París) al doctor Berdet y a Mlle. Bichot que mandasen a don Pío un fragmento de todas las piezas quirúrgicas de sus enfermos apropidados para ello. Clovis Vincent, neurólogo oficial del Hôpital de la Pitié, fue uno de los más brillantes precurosres de la neurocirugía en el mundo. Enviaba sus piezas a varios histopatólogos nacionales y éstos, como todos los de la época, faltos de experiencia suficiente, le respondían con informes discrepantes, a veces más en la nomenclatura que en el concepto. Don Pío (del Río Hortega) vino así a aumentar el número de sus consejeros. Sin embargo en la època durante la cual llovieron gliomas y paragliomas sobre la mesa de mi maestro, estaba yo haciendo mis arriesgados esfuerzos por desempeñar eficientemente la cátedra de Valladolid, de modo que sólo tuve acceso a ese material durante mis breves visitas a la Residencia.
Pero acogido a las pocas veces igualada hospitalidad de Clovis Vincent y cuando Henri Berdet —su experto histopatólogo— y yo estábamos haciendo desesperados intentos por interpretar el material quirúrgico de aquella clínica inicial de neurocirugía, don Pío apareció en el laboratorio. Formamos entonces un pequeño pero entusiasta grupo; dirigidos por el maestro, teñimos y estudiamos no sé cuantos cientos de preparaciones. Aunque sólo uno o dos ejemplares de cada caso pasaron a mi equipaje, por supuesto, con el debido conocimiento y la necesaria autorización de Berdet y Vincent. "Cuando entren los soldados alemanes en París, todo este material podrá considerarse perdido" —me dijeron al solicitar su consolidaria anuencia, como convincente argumento en favor de mi propuesta.




Figura 3. III. El doctor Clovis Vincent, neurocirujano del Hospital de la Piedad en París, quién protegió a Costero y también a Dionisio Nieto cuando emigraron a Francia después de la guerra civil española.

Lo que hizo Costero y cómo y cuándo lo hizo con ese montón de laminillas que se trajo a América nos habla de su enorme pasión por la investigación cerebral. En esa época, ya comenzada la segunda Guerra Mundial, sin recursos y con su familia en una Francia que capitulaba, con el consiguiente peligro para los refugiados españoles ante la invasión alemana, Costero se las arregló para conseguir documentación aduanal que amparara su tesoro de laminillas teñidas.

La presencia de tantas cajas de preparaciones, junto con la autorización especial para entrar al país que me había conseguido el doctor Chávez, sirvieron para pasar la aduana de Veracruz como un inmigrante fuera de serie. Por cierto que la temperatura de aquel inolvidable 15 de agosto fundió parcialmente el bálsamo de Canadá y, ya en la fresca meseta, hubimos de pasar Gabriel Alvarez, Rosario Barroso-Moguel y yo muchas horas, y derrochar nuestra paciencia, para despegar los portaobjetos sin destruir su contenido: en realidad, cada caja de cartón encerraba, no 40 o 45 preparaciones, sino un sólido bloque de vidrio, perlado de gotas ambarinas del bálsamo exprimido por el elevado peso de su comprimido material.




Figura 4.III. El doctor Costero con el grupo del doctor Charles M. Pomerat, profesor de citología en la Universidad de Texas. Pomerat al centro, sentado, Costero a su izquierda, Jorge González R., extremo sup. izq. En este laboratorio se hicieron las primeras películas de células cultivadas in vitro, de tumores cerebrales y de tejido nervioso normal.

Figura 5.III. El doctor Costero lee su discurso de toma de posesión de la presidencia de la Academia Nacional de Medicina el 7 de febrero de 1968.

Costero termina su libro Crónica de una vocación científica, que por cierto él ilustró con encantadores dibujitos, redactando un nostálgico Epílogo en el cual nos habla de sus numerosos alumnos y colaboradores y relata sus ideas sobre la jubilación, las dictaduras y la subjetividad del pensamiento de un hombre viejo, pero muy activo, como él lo fue hasta sus últimos días. Vivía en lo que él llamaba su "nido de golondrinas" pues era un Penthouse frente al Parque Hundido, en el sur de la ciudad de México. Tenía un telescopio que le había regalado una famosa empresa alemana y en las noches escudriñaba el cielo. Seguramente lo comparaba con su habitual mundo microscópico.

A continuación señalaremos diez de las contribuciones de Costero y sus colaboradores, que consideramos de lo más importante para las neurociencias. Además, desde luego, de su monumental Tratado de anatomía patológica publicado en México en los años 40 y que sirvió de texto a varias generaciones de médicos en Iberoamérica.

Costero, I. "Contribución al conocimiento de la histogénesis y la histofisiología de la hipófisis y de los tumores hipofisiarios". An. Esc. Nac. Cien. Biol., 1: 67-88, 1938.

Costero, I. " Notas sobre la estructura de los tumores intrínsecos del tejido nervioso: bases histológicas para su clasificación". Bol. Lab. Estud. Méd. Biol. Méx. 1:227-232, 1943.

Costero, I., C. M. Pomerat, I. J. Jackson, R. Barroso-Moguel y A. Chávez. "Tumors of the Human Nervous. System in Tissue Cultures. I: The Cultivation aud Cytology of Meningiona Cells". J. Nat. Cancer. Inst., 15:1319-1339, 1955.

Barroso-Moguel, R. e I. Costero. "Argentaffin Cells in the Carotid Body Tumor". Am. J. Path. 41: 389-403,1962.

Vázquez Nin, G. H., I. Costero, R. C. Aguilar, y B. Chávez. "Inervación del corpúsculo carotídeo. Fenómenos degenerativos y reinervación luego de la sección del nervio de Hering". Arch. Inst. Cardiol. Méx., 43: 213, 1963.

Barroso-Moguel, R. A. Vargas, e I. Costero. "Alteraciones morfológicas del cuerpo carotídeo del gato, producidas por denervación". Gac. Méd. Méx. 95:1001, 1965.

Costero, I., A. Chévez, L. Peralta, E. Monroy y F. Ramón. "Rythmic Cellular Movements in Tissue Culture of Pheochromocytoma and adrenal medulla". Texas Rep. Biol. Med. Supl 1: 213-220, 1965.

G. H. Vázquez Nin, I. Costero, R. Aguilar, F. Zamorano y M. González del Pliego, "Inervación del corpúsculo carotideo. Terminaciones nerviosas en los gatos normales y simpatectomizados". Arch. Inst. Cardiol. Méx. 43: 511-512, 1973.

Costero, I. y R. Barroso-Moguel. "Neurons and Neuronoid Cells in Carotid Body Tumor". Am. J. Path., 78: 19a, 1975.

Isaac Costero Tudanca fue nombrado doctor Honoris Causa de la UNAM pocos días antes de su muerte. La toga y el birrete fueron colocados sobre su ataúd por el doctor Guillermo Soberón Acevedo, entonces rector de la Universidad.

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