3. La conquista espiritual

3. La conquista espiritual


Algunos frailes franciscanos acompa�aron a Guzm�n, y uno se puede preguntar con asombro: �qu� tienen que ver los hermanos de san Francisco de As�s —el hermanito de los pobres que hablaba de sus hermanas las golondrinas, de su hermana luna, de su hermano el sol; quien no ten�a ninguna propiedad m�s que la ropa burda que llevaba puesta—, qu� tienen que ver los franciscanos con el violento conquistador movido por una sed insaciable de oro y de poder?

A ellos se debi� la salvaci�n de muchas vidas, de muchos pueblos, pero no ten�an el poder para detener las crueldades de los invasores. Despu�s del desastre, les toc� tratar de borrar un poco la terrible huella; formaron pueblos y rancher�as, ense�aron a los moradores el uso de algunos instrumentos del Viejo Mundo como machetes y hachas, de semillas, plantas y animales, tambi�n desconocidos hasta aquel entonces. Levantaron iglesias y predicaron la doctrina cristiana, que parec�a totalmente desconocida o burlada por Guzm�n y sus compa�eros; ofrecieron as� a los vencidos, a las v�ctimas de la opresi�n, un consuelo, un refugio espiritual, una posibilidad de esperar un futuro mejor, ya que durante unos a�os la vida parec�a un infierno incomprensible para esa gente que no hab�a hecho nada para merecer tan inhumano trato.

El pueblo de Ahuacatl�n fue el primer centro de operaciones de los franciscanos desde la entrada pac�fica del capit�n Cort�s.

Al principio los indios no se dieron cuenta de que los espa�oles se iban a quedar para siempre, pero despu�s manifestaron claramente su descontento, tanto m�s porque Nu�o de Guzm�n autoriz� la esclavitud, que estaba prohibida por �rdenes expresas. Si antes de estar autorizados los conquistadores trataban brutalmente a los vencidos, en cuanto se dio el permiso no respetaron a nadie. Sin embargo, las quejas de los franciscanos, de los espa�oles enemigos de Guzm�n y de tantos infelices llegaron por fin a los o�dos del rey, en Espa�a, y se orden� investigar la conducta de Guzm�n para enjuiciarlo (1536). As� se retir� de nuestra regi�n para no volver a ella.

Los religiosos, principalmente los franciscanos, no cesaban en su meritoria tarea de defender a los indios, a quienes se segu�a tratando peor que a los animales. Para justificar esos procedimientos se lleg� a afirmar que eran seres irracionales, como consta en el siguiente p�rrafo de una carta dirigida por fray Bartolom� de las Casas al emperador:

Y no bastando quejas de los misioneros, ni sermones, ni consejos, los prelados acudieron a la autoridad del papa Paulo III, que expidi� una bula con fecha 10 de junio de 1537 en defensa de los indios.


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