ARTESANOS

-Detesto a semejantes comerciantes —respondí—, y para hacerles contrapeso, voy a entrar en el cuerpo de un artesano industrioso. —¿Quae te dementia cepit? ¿Qué locura se te ha metido en la cabeza? —me dijo el alma de un artesano, que exhalaba de cuando en cuando unos profundos suspiros—. ¿No sabes —continuó— que la suerte de un artesano industrioso es la misma que la del reo que está en capilla para que lo ahorquen? Cada reforma del arancel o de la pauta de comercios, cada ley, decreto, reglamento u orden del gobierno que se anuncia relativa al comercio, basta para alarmarlo y tenerlo sin comer ni dormir muchos días y muchas noches. Mejor quisiera un dueño de telares ver en sus manos el cordel con que lo habían de ahorcar, y la mortaja con que lo habían de enterrar, que una madeja de hilaza extranjera o una vara de manta inglesa.

Sí, amiga mía, el pobre fabricante siempre está con el Jesús en la boca, esperando por momentos su ruina: cada peso que introduce en su negociación, hace de cuenta que lo mete en un azar más contingente que el de la lotería. Por desgracia es la industria el ramo que menos se toma en consideración entre nosotros. Aun entre los escritores públicos verás uno u otro que sólo se contenta con escribir generalidades, como que la industria de nuestro país se debe proteger; pero ni dicen cómo, ni procuran manifestar los obstáculos, ni facilitar los medios para conseguirlo.

No sucede lo mismo respecto de sus enemigos los comerciantes. Como éstos pagan bien lo que les tiene cuenta, sobran abogadillos barbiponientes, y algunos de edad provecta y duros espolones, que, o por ganar dinero, que es lo más probable, o por hacerse escritores de moda, o por el prurito de adoptar cuantas doctrinas vienen allende los mares, escriben en los periódicos, publican cuadernos impresos, forman representaciones en que sostienen el comercio libre, atacan el sistema de prohibiciones (entre paréntesis, con que ha progresado el comercio europeo), y adoptan, amplifican y apoyan muchos principios de economía política, que aun en la misma Europa han sido vistos con desprecio por los gobiernos y los hombres sensatos. De este modo extravían la verdad, y ¿cuál es el resultado?

Dicho y hecho. Vino un permiso para introducir géneros prohibidos, se anularon tales artículos del arancel, se concedieron tales introducciones; adiós máquinas, adiós telarcitos, adiós pobre fabricante; ve a vender tus palos a las atolerías para que hagan leña, y quédate a pedir limosna. Lo más sensible es la falta de espíritu de corporación que hay entre los fabricantes: no procuran hacer causa común en sus pretensiones; el fabricante H es habilitado por el comerciante N o por el extranjero R, y así, no puede oponerse en nada a las pretensiones del comercio: a los fabricantes tales o cuales, se han pagado anticipadamente sus máquinas, o se les han prometido grandes indemnizaciones; a otro se va a dar un empleo en una aduana marítima: pues viva el número uno y perezcan mis compañeros. ¿Podrá progresar la industria de esta manera en nuestra república?

—Ciertamente que no —respondí—. Muy desconsolada estoy de que después de haber recorrido todas las clases de la sociedad civil, no encuentre una en que pueda seros útil. ¿Qué he de hacer? Me entraré al estado eclesiástico. Voy a meterme luego luego en el cuerpo de algún ordenado.