INGLESES

No puede haber peor habitación para el alma de Pitágoras, que la cabeza de un inglés. ¿Qué me parecería que mi patrón se engullera dos veces cada día, media vaca sancochada, muy confortable, cuando yo en mi escuela tenía prohibido a mis discípulos que se alimentaran de carne? Pues agrega a esto que cada cinco minutos me encontraba sumergida en una nube de vapores de té, que beben por agua de tiempo. Pero sobre todo, yo no sé cómo puede vivir a gusto una alma que a cada momento está con el Jesús en la boca, —esperando salir del cuerpo por el agujero que le hagan con un pistoletazo en un desafío, o por el que él mismo se abra el día que se le antoje hacer algo nuevo.

Por otra parte, me moría de tristeza: yo creo que los dioses, permitiendo que habitase el cuerpo de un inglés, me castigaron por el silencio de cinco años que imponía a mis discípulos. Semanas enteras se me pasaban sin hablar una palabra. Allá cada ocho días, solía mi huésped pronunciar un very well, o un yes, y pare usted de contar. Su mujer era una muchacha linda y confortable; pero son tan adustos los ingleses, que no oí que el mío le dijera un mi alma, ni aun en el día de la boda. Por fin, una mañana que se levantó con el spleen más negro que otras veces, tuvo la bondad de plantarse en una sien un pistoletazo tan confortable, que no hubo menester más para verme libre por esos aires de Dios.