Quinto sueño:
El señor Tompkins sale de vacaciones
1

El señor Tompkins había quedado encantado con sus aventuras en la ciudad relativista, pero lamentaba de veras la ausencia del profesor, que le hubiera explicado los extraños acontecimientos que observó: los misteriosos métodos aplicados por el guardafrenos para evitar que los pasajeros envejecieran lo preocupaban particularmente. Más de una noche se metió en la cama con la esperanza de volver a aquella interesante ciudad, pero los sueños eran escasos y casi siempre desagradables; en el último, el director del banco le echaba en cara la incertidumbre que introducía en las cuentas... De modo que resolvió tomar una buena semana de vacaciones en alguna playa. Sentado en un compartimento de ferrocarril miraba por la ventanilla cómo los tejados grises de las afueras iban cediendo poco a poco su lugar a la campiña verde. Cogió un periódico al azar y trató de interesarse en el conflicto franco-italiano, pero todo era tan soso... y el vagón lo arrullaba tan dulcemente...

Cuando bajó el periódico y volvió a mirar por la ventanilla, el paisaje había cambiado considerablemente. Los postes del telégrafo estaban tan juntos que hacían el efecto de una valla, y los árboles tenían copas tan angostas que parecían cipreses italianos. Frente a él iba sentado su viejo amigo el profesor, mirando afuera con gran interés. Seguramente había entrado mientras el señor Tompkins leía el periódico.

—Estamos en el país de la relatividad —dijo el señor Tompkins—. ¿No es cierto?

—¡Caramba! —exclamó el profesor—. ¡Parece usted bien enterado! ¿Dónde averiguó esos datos?

— Es que ya he estado aquí, aunque sin poder disfrutar de su compañía.

— De modo que, por esta vez, usted va a ser mi guía —dijo el anciano.

—Me temo que no —protestó el señor Tompkins—. Vi una porción de cosas raras, pero la gente a quien interrogué no entendió mi desconcierto.

—Es bien natural —explicó el profesor—; han nacido en este mundo y consideran naturales los fenómenos que los rodean. Pero supongo que se quedarían de una pieza si llegaran al mundo en que vivimos nosotros. Les parecería de lo más extraordinario.

—Quisiera hacerle una pregunta —intervino el señor Tompkins—. Cuando estuve aquí en otra ocasión, me encontré con el guardafrenos de un tren. Pretendía que los viajeros envejecen menos que la gente de la ciudad por el solo hecho de que el tren se detiene y vuelve a partir. ¿También esto es compatible con la ciencia moderna, o es pura magia?

—Nada justifica apelar a la magia a modo de explicación. Todo eso se desprende directamente de las leyes de la física. Einstein, en su análisis de las nuevas nociones de espacio y tiempo (que, en verdad, no tienen nada de nuevas, pero fueron descubiertas hace poco), demostró que todos los procesos físicos marchan más despacio cuando modifica su velocidad el sistema en que están comprendidos. En nuestro mundo, la pequeñez de tales efectos los hace casi inobservables, pero aquí, gracias a la poca velocidad de la luz, son bien evidentes. Supongamos que en estas tierras tratara usted de escalfar un huevo y que, en vez de dejar quieta la sartén sobre el fuego, la moviera continuamente, cambiando así incesantemente su velocidad: si la operación con la sartén quieta llevara cinco minutos, el movimiento de la sartén haría que se tardara más, tal vez seis minutos, en poner el huevo a punto. De la misma manera, todos los procesos del cuerpo humano van más despacio si la persona está sentada, por ejemplo, en una mecedora, o en un tren que cambia de velocidad; en tales condiciones se vive más despacio. Pero como todos los procesos se moderan en idéntica escala los físicos prefieren decir que en un sistema en movimiento no uniforme, el tiempo fluye más despacio.

—¿Es que los científicos llegan a observar esos fenómenos en nuestro mundo?

—Los observan, aunque se necesita gran pericia. Lograr las aceleraciones necesarias representa una grave dificultad técnica, pero las condiciones de un sistema en movimiento no uniforme son análogas (más bien diría idénticas) a las producidas por un aumento considerable en la fuerza de gravedad. Habrá usted notado que dentro de un ascensor se siente uno más pesado al recibir una rápida aceleración hacia arriba y que, por el contrario, parece que se pierde peso al descender. Si el cable se rompe se nota muy bien. La explicación es que el campo gravitatorio generado por la aceleración se agrega a la gravedad de la Tierra o se resta de ella. Pues bien, el potencial gravitatorio es mucho mayor en el Sol que en la superficie terrestre, lo cual hace más lentos los procesos. Y los astrónomos los observan.

—¿Se van al Sol, acaso?

—No hace falta. Observan la luz que nos llega del Sol. Esta luz es emitida por la vibración de diversos átomos en la atmósfera solar. Si todos los procesos marchan allí más despacio, se reduce igualmente el ritmo de las vibraciones atómicas, y para apreciar la diferencia basta con comparar la luz del Sol con la producida en la Tierra. Y, dicho sea de paso —dijo el profesor, interrumpiéndose—, ¿sabe usted el nombre de la estación que estamos cruzando?

El tren pasaba por la pequeña estación de un poblado. En el andén sólo estaban el jefe de estación y un cargador de equipajes, que leía el periódico sentado en una carretilla. De pronto, el primero abrió los brazos y cayó de bruces. El señor Tompkins no oyó el ruido del disparo, perdido sin duda entre el estrépito del tren, pero el charco de sangre que empezaba a formarse alrededor del cuerpo caído no dejaba lugar a dudas. El profesor tiró inmediatamente del cordón de emergencia, y el tren se detuvo con una sacudida. Al salir del vagón vieron al mozo de estación que corría hacia su jefe mientras un policía rural entraba en escena.

—Le han partido el corazón —dijo el policía, después de examinar el cuerpo, y añadió inmediatamente agarrando al mozo por el hombro de un manotazo—: Queda usted detenido por el asesinato del jefe de la estación.

—¡Yo no lo maté! —exclamó el desdichado joven—. Estaba leyendo el periódico cuando oí el disparo. ¡Estos señores que bajan del tren seguramente lo vieron todo y testificarán mi inocencia!

— Sí —dijo el señor Tompkins—; vi con mis propios ojos cómo este hombre leía el periódico en el momento en que el jefe de la estación caía muerto. Puedo jurarlo sobre la Biblia.

—Pero usted estaba en el tren en movimiento —interrumpió el policía, adoptando un tono autoritario—. Visto desde aquí bien pudiera ser que este hombre estuviera disparando en ese preciso instante. ¿No sabe que la simultaneidad depende del sistema desde el cual se observe? Vamos, ¡andando! —añadió, volviéndose hacia el cargador de equipajes.

—Perdone usted, sargento —intervino el profesor—, pero está usted enteramente equivocado, y no creo que su ignorancia hiciera buen efecto en la comisaria. Es verdad que el concepto de simultaneidad es muy relativo en este país y que dos acontecimientos ocurridos en lugares diferentes pueden parecer simultáneos o no, según el movimiento del observador. Pero ni siquiera en esta tierra es posible observar el efecto antes de la causa. Nunca habrá usted recibido un telegrama antes de que fuera enviado ¿verdad? ¿Y se ha emborrachado alguna vez antes de abrir la botella? Me parece entender que, según usted, el movimiento del tren pudo hacer que viéramos el disparo mucho después que su efecto, de modo que, como salimos del tren en cuanto vimos caer al jefe de estación, nos quedamos sin ver disparar a este hombre. Supongo que tiene usted órdenes de no creer más que lo escrito en sus reglamentos. Consúltelos, pues, y probablemente encontrará algo pertinente.

El tono del profesor impresionó profundamente al policía, quien sacó en seguida un libro de instrucciones del bolsillo y empezó a leer lentamente. No tardó en aparecer una sonrisa avergonzada en su cara, ancha y roja.

—Aquí está —dijo—; sección 37, subsección 12, párrafo e: "Probará su coartada aquel sospechoso que pueda presentar testigos probos, de cualquier sistema en movimiento, que atestigüen que el sospechoso estaba en otro sitio en el momento del crimen o dentro de un intervalo de tiempo ± ed (siendo e el límite natural de velocidad y d la distancia al lugar del crimen)". Queda usted libre, buen hombre —dijo al joven. Y agregó, volviéndose al profesor—: Le agradezco mucho, caballero, el haberme salvado de complicaciones con mis superiores. Soy nuevo en el cuerpo de policía y todavía no estoy acostumbrado a todas estas reglas. En todo caso, debo dar parte del asesinato —y se dirigió a la cabina de teléfonos. Un minuto después le oyeron gritar:

—¡Todo está en orden! Ya han pescado al verdadero asesino cuando escapaba de la estación. ¡Gracias una vez más!

—Debo de ser muy estúpido —dijo el señor Tompkins cuando el tren se puso otra vez en movimiento—, pero ¿qué enredos son esos de la simultaneidad? ¿Es que no tiene sentido en este país?

—Lo tiene —fue la respuesta—, pero sólo hasta cierto punto; de no ser así, me habría resultado del todo imposible auxiliar al mozo de la estación. Vea usted: la existencia de un límite natural para la velocidad de cualquier cuerpo o la propagación de cualquier señal hace que la simultaneidad, en nuestro sentido ordinario, se vuelva una palabra sin sentido. Me entenderá usted mejor con un ejemplo. Imaginemos que tiene usted un amigo en una ciudad distante, con el cual se comunica por carta, y aceptemos que el tren correo es el método más rápido de comunicación. Supongamos ahora que a usted le sucede algún percance el domingo y que se entera, de paso, que lo mismo le va a suceder a su amigo. Evidentemente, la noticia que usted le enviara no llegaría antes, digamos, del miércoles. Por otra parte, si su amigo llegara a saber lo que a usted le iba a suceder, le sería imposible prevenirlo a usted después del jueves anterior al suceso. De modo que, entre el jueves y el miércoles siguiente, o sea durante seis días, el amigo estaría incapacitado para influir en el destino de usted el domingo o para enterarse de lo que le sucediera ese día. Por así decirlo, desde el punto de vista de la causalidad, se pasó seis días incomunicado de usted.

—¿Y si pongo un telegrama? —sugirió el señor Tompkins.

—Sea. Acepté que la velocidad del correo era la máxima posible, lo cual sucede aproximadamente en este país. En nuestro mundo, la máxima velocidad es la de la luz, y el radio es el medio de comunicación más rápido.

—Como usted quiera —repuso el señor Tompkins—, pero aunque la velocidad del expreso que lleva el correo fuera la máxima posible ¿en qué afecta eso a la simultaneidad? Mi amigo y yo comeríamos simultáneamente el domingo ¿no es cierto?

—No; puestas así las cosas, se trata de un enunciado carente de sentido. Ésa podría ser la opinión de un observador, pero otros, que hicieran sus observaciones desde trenes diferentes, no estarían de acuerdo y asegurarían que usted comía el domingo mientras su amigo desayunaba el viernes, o cenaba el martes, por ejemplo. Eso sí: nadie podría observar a usted y a su amigo comiendo con más de tres días de diferencia.

—Pero ¿cómo va a ser posible eso? —exclamó incrédulamente el señor Tompkins.

—De un modo muy sencillo, como debería usted haber deducido de mis conferencias. El límite máximo de velocidad permanece inalterado mientras se le observa desde diferentes sistemas en movimiento, aceptando lo cual llegamos a esta conclusión....

El señor Tompkins advirtió extraños cambios en el rostro del profesor mientras pronunciaba las últimas palabras. Su cabello gris adquirió un hermoso tono dorado; sus cejas adelgazaron de repente, hasta volverse encantadores arcos. Las pestañas crecieron, la barba acabó por desaparecer y el señor Tompkins se encontró frente a una preciosa muchacha que había subido en la última estación. Lo miraba sorprendida con oculta sonrisa. El señor Tompkins recogió a toda prisa el periódico, que había caído al suelo, y se ocultó tras él por el resto del viaje. era nuy tímido, sobre todo delante de las mujeres.

1 Las condiciones son las del tercer sueño: la velocidad de la luz es de unos 15 kilómetros por hora; las demás constantes permanecen inalteradas.