5. HÉCUBA EN EL TEMPLO DE ATENEA

Así le dijo. Y Hécuba, tornando a la mansión,
ordena a las sirvientas buscar a las matronas
por la ciudad de Ilión, mientras ella en persona
baja al fragante tálamo. Los peplos revolvía
bordados por aquellas mujeres de Sidón
que el deiforme Alejandro llevó en la travesía
del ponto, al mismo tiempo que a Helena la del claro
linaje. Allá en el fondo del arca halló el más raro,
recamado y hermoso, el que resplandecía
como astro de la noche; y a la diosa Atenea,
encabezando el séquito, se fue con la presea. 

Llegadas al Acrópolis, abrió el templo Teano,
bella hija de Ciseo y esposa de Antenor
el jinete, escogida por el pueblo troyano
para sacerdotisa de la diosa guerrera.
Todas alzan las manos con lúgubre clamor;
toma el peplo Teano, la de frescas mejillas,
allégalo a la diosa del alma cabellera,
y orando con fervor lo deja en sus rodillas: 

—¡Dueña de la ciudad, venerada Atenea,
divina entre las diosas! Óyenos y concede
que, en las Puertas Esceas, rota el asta, Diomedes
ruede al polvo; y tus aras honrará la oblación
de doce añales vacas indemnes de aguijón,
para que al fin disfruten de tu benignidad
los niños y mujeres que pueblan la ciudad. 

Mas Palas Atenea desoye su oración.


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