III. NO PRODIGARSE

No se prodigue ni en la calle, ni en los paseos, ni en espect�culos p�blicos. Viva recogido. Al hombre de m�rito se le estima tanto m�s cuanto menos podemos apreciar los detalles peque�os, inevitables, que se le asemejan a los hombres vulgares. � Qu� vale m�s: ser llano, corriente, hablar con todos, entrar con todos en conversaci�n a cada momento, o mostrarse s�lo de cuando en cuando con una cortes�a perfecta, pero un poco severa, con una afabilidad que atrae, pero que al mismo tiempo no permite la intimidad, la familiaridad, y hace que permanezcan aquellos con quienes conversamos a una invisible e insalvable distancia de nosotros? At�ngase el pol�tico a este �ltimo punto; lo que mucho se ve, se estima poco; persona con quien a todas horas podemos comunicar, tendr� nuestra estimaci�n, nuestro respeto, pero le faltar� ese matiz de severidad, ese algo que impone, ese aspecto que hace que deseemos, que ansiemos verla, hablar con ella, o�r de sus labios tales o cuales opiniones.

Sea dif�cil el pol�tico para las visitas; no reciba a todos, sino a contadas personas. No otorgue a todos su afabilidad y su cortes�a. Acaso los que no logran traspasar sus puertas propalen su hura�ez y aun su soberbia. Pero si aquellos pocos a quienes recibe y otorga su amistad les trata espl�ndidamente, es leal, consecuente y generoso con ellos, su fama de hombre excelente y buen amigo prevalecer� y dominar�, y no la de hura�o y soberbio.

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