Las anécdotas son un campo limitado en el que se espiga después de la vasta cosecha de la historia; son pequeños detalles largo tiempo ocultos, de donde les viene, el nombre de anécdotas; interesan a la gente cuando conciernen a personas ilustres.
Las Vidas de los grandes hombres, de Plutarco, son una recopilación de anécdotas más agradables que ciertas: ¿cómo podría haber memorias fieles de la vida privada de Teseo y de Licurgo? En la mayor parte de las máximas que pone en boca de sus héroes hay más utilidad moral que verdad histórica.
La Historia secreta de Justiniano, de Procopio, es una sátira dictada por la venganza; y aunque la venganza pueda decir la verdad, esa satira, que contradice la historia pública de Procopio, no parece siempre veraz.
No está permitido hoy imitar a Plutarco y todavía menos a Procopio. Admitimos como verdades históricas sólo las que están garantizadas. Cuando contemporáneos como el cardenal de Retz y el duque de La Rochefoucauld, enemigos uno del otro, confirman el mismo hecho en sus Memorias, ese hecho es indudable; cuando se contradicen, hay que dudar: lo que no es verosímil no debe ser creído en lo absoluto, a menos que varios contemporáneos dignos de fe lo atestigüen unánimemente.
Las anécdotas más útiles y preciosas son los escritos privados que dejan los
grandes príncipes, cuando el candor de su alma se manifiesta en esos momentos;
tales son las que tomo de Luis XIV.1
Los detalles domésticos halagan solamente la curiosidad; las debilidades sacadas a luz agradan tan sólo a la malicia, a menos que esas debilidades instruyan por las desgracias que las han seguido o por la virtudes que las han reparado.
Las memorias privadas de los contemporáneos son sospechosas de parcialidad, y los que escriben una o dos generaciones, después deben usar la mayor circunspección, apartar lo frívolo, reducir lo exagerado y combatir la sátira.
Luis XIV puso en su corte, como en su reinado tanto brillo y magnificencia, que los menores detalles de su vida, que fueron objeto de la curiosidad de todas las cortes de Europa y de todos sus contemporáneos, parecen interesar a la posteridad, El esplendor de su gobierno se derramó sobre sus menores acciones. Se tiene más interés, especialmente en Francia, por conocer las particularidades de su corte que por conocer las revoluciones de algunos otros estados. Tal es el efecto de la gran fama. Se prefiere saber lo que pasaba en el gabinete y en la corte de Augusto a conocer los detalles de las conquistas de Atila o de Tamerlán.
Por eso hay pocos historiadores que no hayan publicado las primeras inclinaciones de Luis XIV por la baronesa de Beauvais, por mademoiselle de Argencourt, por la sobrina del cardenal Mazarino, que se casó con el conde de Soissons, padre del príncipe Eugenio; sobre todo, por María Mancini, su hermana, quien se casó después con el condestable Colonne.
No reinaba todavía cuando estos pasatiempos ocupaban la ociosidad en que el cardenal Mazarino, que gobernaba despóticamente, lo dejaba languidecer.
Sólo la atracción que sintió por María Mancini fue un asunto serio, porque
la quiso lo bastante para sentirse tentado de casarse con ella, y fue lo suficiente
dueño de sí mismo para separarse. Esta victoria obtenida sobre su pasión comenzó
a hacer ver que había nacido con un alma grande. Obtuvo una más valiente y difícil
al dejar al cardenal Mazarino como amo absoluto. El agradecimiento le impidió
sacudir el yugo que empezaba a pesarle. Era una anécdota muy conocida en la
corte, la de que había dicho al morir el cardenal: "No sé qué hubiera hecho
yo, si él hubiera vivido más tiempo".2
Aprovechaba esa ociosidad leyendo libros de distracción; leía sobre todo con la condestablesa de Colonne, espiritual como todas sus hermanas. Se complacía en los versos y las novelas que, pintando la galantería y la grandeza, halagaban en secreto su carácter. Leía las tragedias de Corneille, y se formaba el gusto, que es el fruto de un sentido recto y el sentimiento vivo de un espíritu bien formado. La conversación de su madre y de las damas de la corte contribuyó no poco a hacerle gustar esa flor del espíritu y a educarlo en esa cortesía singular que ya empezaba a caracterizar a la corte. Ana de Austria había llevado a ella cierta galantería noble y altiva, propia del genio español de esos tiempos, a la cual había agregado las gracias, la dulzura y una libertad decente, que existían únicamente en Francia. El rey hizo más progresos en esa escuela de placer desde los dieciocho a los veinte años que los que había hecho en las ciencias bajo la dirección de su preceptor, el abate de Beaumont, después arzobispo de París. No se le había enseñado casi nada. Habría sido de desear que se le instruyera en historia, y sobre todo en historia moderna; pero lo publicado hasta entonces sobre esta materia estaba muy mal escrito. Era triste que sólo se hubiera logrado éxito con las novelas inútiles y que lo necesario fuera desagradable. Se hizo imprimir con su nombre una Traducción de los comentarios de César, y otra de Floro con el nombre de su hermano: pero toda la colaboración de los príncipes en ellas fue el haber tenido inútilmente como temas de sus traducciones pasajes de esos autores.
El que cuidaba de la educación del rey, bajo la dirección del primer mariscal de Villerroi, su preceptor, era una persona a la altura de su tarea, sabia y amable; pero las guerras civiles perjudicaron esta educación y el cardenal Mazarino toleraba con gusto que se le diera al rey poca ilustración. Durante sus relaciones con María Mancini aprendió fácilmente el italiano con ella; y en el tiempo de su matrimonio se aplicó al español menos felizmente. El descuido del estudio con sus preceptores, al salir de la infancia; una timidez que provenía del temor de comprometerse y la ignorancia en que lo tenía el mariscal Mazarino hicieron pensar a toda la corte que sería gobernado siempre como Luis XIII, su padre.
Sólo hubo una ocasión en la cual quienes saben juzgar con anticipación previeron
lo que llegaría a ser; fue en 1655, cuando después de la extinción de las guerras
civiles, después de su primera campaña y su consagración, el Parlamento quiso
reunirse nuevamente con motivo de algunos edictos. El rey partió de Vincennes,
en traje de caza, seguido por toda su corte; entró en el parlamento con sus
gruesas botas y el látigo en la mano, y pronunció estas palabras: "Sabemos las
desgracias que han causado vuestras asambleas, y ordeno que cesen las comenzadas
por mis edictos. Señor primer presidente, os prohíbo autorizar asambleas y a
todos vosotros solicitarlas".3
Su talla ya majestuosa, la nobleza de sus rasgos, el tono y el aire de soberano que usó al hablar impusieron más que la autoridad de su jerarquía, hasta entonces poco respetada. Pero estas primicias de su grandeza parecieron perderse al instante siguiente; y los frutos no aparecieron sino después de la muerte del cardenal.
Después del regreso triunfal de Mazarino, la corte se ocupaba de juegos, ballets, comedias que, apenas nacidas en Francia, no eran todavía un arte y tragedias, que se habían convertido en un arte sublime en manos de Pierre Corneille. Un cura de Saint-Germain-I'Auxerrois, influido por las ideas rigurosas de los jansenistas, había escrito repetidas veces a la reina contra esos espectáculos, desde los primeros años de la regencia. Aseguraba que el que asistiera a ellos se condenaba, y hasta hizo firmar este anatema por siete doctores de la Sorbona; pero el abate de Beaumont, preceptor del rey, recogió más aprobaciones doctorales que condenaciones había obtenido el riguroso cura. Con ello calmó los escrúpulos de la reina; y cuando fue arzobispo de París autorizó la opinión que defendiera siendo abate. Encontraréis este hecho en las Memorias de la sincera madame de Motteville. Es menester observar que desde que el cardenal de Richelieu introdujo en la corte los espectáculos regulares, convirtiendo a París en la rival de Atenas, no sólo hubo siempre un banco para la Academia que tenía varios eclesiásticos en su cuerpo, sino que hubo uno particular para los obispos.
El cardenal Mazarino, en 1646 y 1654, hizo representar en el teatro del Palais Royal y del Petit Bourbon, cerca del Louvre, óperas italianas interpretadas por voces que hizo venir de Italia. Este nuevo espectáculo había nacido poco tiempo antes en Florencia, comarca en aquel entonces favorecida por la suerte y por la naturaleza, y a la cual se debe el resurgimiento de diversas artes olvidadas durante siglos y la invención de algunas otras. Oponerse al establecimiento de esas artes en Francia era un resto de la antigua barbarie.
Los jansenistas, a quienes los cardenales de Richelieu y Mazarino quisieron reprimir, se vengaron oponiéndose a los placeres que los dos ministros procuraban a la nación. Los luteranos y los calvinistas hicieron lo mismo en la época del papa León X, Basta, por otra parte, con ser innovador para ser austero. Los mismos espíritus que trastornarían un estado para imponer una opinión con frecuencia absurda anatematizan los placeres inocentes necesarios a una gran ciudad y las artes que contribuyen al esplendor de una nación. La supresión de los espectáculos sería una idea más digna del siglo de Atila que del siglo de Luis XIV.
La danza, que también puede contarse entre las artes4
porque está sometida a reglas y da gracia al cuerpo, era una de las más grandes
diversiones de la corte. Luis XIII bailó una sola vez en un ballet, en 1625;
ese ballet era de mal gusto, y no anunciaba lo que serían las artes en Francia
treinta años después. Luis XIV sobresalía en las danzas graves, convenientes
a la majestad de su figura y que no ofendían la de su rango. Los juegos de sortijas
que se hacían a veces y en los que se desplegaba ya una gran magnificencia,
mostraban brillantemente su destreza en todos los ejercicios. En todo se manifestaban
los placeres y la suntuosidad conocidos entonces, que poco eran, sin embargo,
en comparación con lo que se vio cuando el rey reinó por sí solo; pero eran
sorprendentes, después de los horrores de una guerra civil, y de la tristeza
de la vida sombría y retraída de Luis XIII. Este príncipe enfermo y melancólico
no fue servido, ni alojado ni provisto de muebles como un rey. No poseía ni
cien mil escudos de pedrerías de la corona. El cardenal Mazarino dejó joyas
por valor de un millón doscientos mil, y las de hoy ascienden a alrededor de
veinte millones de libras.
(1660) El casamiento de Luis XIV fue un derroche de fausto y de buen gusto, que se acrecentaron después incesantemente. Cuando hizo su entrada con la reina su esposa, Paris vio con admiración tierna y respetuosa a esa joven reina, que no carecía de hermosura, llevada en una carroza soberbia de reciente invención; al rey a caballo, a su lado, engalanado con todo lo que había podido añadir a su belleza varonil y heroica, que atraía todas las miradas.
Al extremo de las alamedas de Vincennes se preparó un arco de triunfo cuya base era de piedra; pero la premura no permitió terminarlo de manera que durara; se construyó en yeso y fue después totalmente demolido. Claude Perrault hizo el diseño. La puerta de San Antonio se reconstruyó para la misma ceremonia; monumento de un gusto menos noble, pero ornado por trozos de escultura bastante hermosos. Todos los que habían visto, el día de la batalla de San Antonio, entrar en París por esa puerta, entonces adornada con un tenebrario, los cuerpos muertos o moribundos de tantos ciudadanos, y veían ahora una entrada tan diferente, bendecían al cielo y daban gracias por tan feliz cambio.
El cardenal Mazarino, para solemnizar este enlace, hizo representar en el Louvre la ópera italiana titulada Ercole amante. No agradó a los franceses. Sólo vieron con placer bailar al rey y a la reina. El cardenal quiso destacarse con un espectáculo más del gusto de la nación, y el secretario de Estado, de Lionne, se encargó de hacer componer una especie de tragedia alegórica por el estilo de Europa, en la que había trabajado el cardenal de Richelieu. Afortunadamente para el gran Corneille, no lo eligieron para llenar esa mala trama. El tema eran Lisis y Hesperia. Lisis personificaba a Francia y Hesperia a España. Se le encargó la obra a Quinault, que acababa de ganarse una gran reputación con la pieza del Falso Tiberino, que, a pesar de su poca calidad, obtuvo un éxito prodigioso. No ocurrió lo mismo con Lisis. Se la ejecutó en el Louvre, y lo único hermoso en ella fue la maquinaria. El marqués de Sourdeac, apellidado de Rieux, a quien se le debió, más tarde, la implantación de la ópera en Francia, hizo ejecutar en ese mismo tiempo, a sus expensas, en su castillo de Neuburgo, el Toisón de oro de Pierre Comeille, con maquinaria, Quinault, joven y de agradable apariencia, tenía a su favor la corte: Corneille tenía su nombre y a Francia. De esto resulta que en Francia debemos la ópera y la comedia a dos cardenales.
Después de las bodas del rey hubo toda una sucesión de fiestas, galanterías, placeres; dobladas con las de Monsieur, hermano del rey, con Enriqueta de Inglaterra, hermana de Carlos II; y no se interrumpieron hasta 1661, con la muerte del cardenal Mazarino.
Pocos meses después de la muerte del ministro ocurrió un acontecimiento sin
par, siendo no menos extraño que todos los historiadores lo hayan ignorado.
Se envió con el más grande secreto al castillo de la isla Santa Margarita, en
el mar de Provenza, a un prisionero desconocido, de talla superior a la ordinaria,
joven y de la más noble y bella figura. Durante el viaje, este prisionero llevaba
una máscara, cuya mentonnière tenía resortes de acero que le permitían
comer sin quitarse la máscara. Se había ordenado matarlo si se descubría. Permaneció
en la isla hasta que un oficial de confianza, llamado Saint-Mars, gobernador
de Pignerol, siendo gobernador de la Bastilla el año 1690, fue a buscarlo a
la isla Santa Margarita y lo condujo a la Bastilla, todavía enmascarado. El
marqués de Louvois lo visitó en la isla antes del traslado, y le habló de pie,
con consideración y respeto. El desconocido fue llevado a la Bastilla, en la
que fue alojado con todas las comodidades posibles en ese castillo. No se le
negaba nada de lo que pedía. Gustaba de la ropa blanca de finura extraordinaria
y de los encajes. Tocaba la guitarra, Se le daba una comida excelente, y el
gobernador rara vez se sentaba en su presencia. Un anciano médico de la Bastilla,
que atendió muchas veces las enfermedades de este hombre singular, ha dicho
que jamás vio su rostro, aunque le examinó con frecuencia la lengua y el resto
del cuerpo. Estaba admirablemente bien formado, decía el médico; su piel era
algo morena; interesaba con sólo el tono de su voz; no se quejaba nunca de su
estado y no dejaba suponer en forma alguna quién podía ser.5
Este desconocido murió en 1703 y lo enterraron de noche en la parroquia de
San Pablo. Lo asombroso se dobla por el hecho de que no desapareció de Europa
ningún hombre importante cuando lo enviaron a la isla Santa Margarita. Y el
prisionero era indudablemente importante, a juzgar por lo que ocurrió en los
primeros días de su permanencia en la isla. El gobernador en persona ponía los
platos en la mesa y se retiraba inmediatamente después de haberlo encerrado.
Un día el prisionero escribió con un cuchillo sobre un plato de plata y arrojó
el plato por la ventana hacia un bote que estaba en la orilla, casi al pie de
la torre. Un pescador, a quien pertenecía el bote, recogió el plato y se lo
llevó al gobernador. Éste, asombrado, le preguntó al pescador: "¿Habéis leído
lo escrito en este plato, y alguien lo ha visto en vuestras manos?" "No, no
sé leer respondió el pescador. Acabo de encontrarlo y nadie lo ha
visto." El campesino quedó detenido hasta que el gobernador se informó bien
de que jamás había sabido leer y de que nadie había visto el plato. "Idos le
dijo sois muy afortunado por no saber leer." Entre las personas que tuvieron
conocimiento directo de este hecho hay, una muy digna de fe que vive aún. 6
Chamillart fue el último ministro que conoció este raro secreto; y su yerno,
el segundo mariscal de La Feuillade, me ha dicho que a la muerte de su padre
político le rogó de rodillas le dijera quién era ese hombre conocido con el
apodo del hombre de la máscara de hierro. Chamillart le contestó que
era secreto de Estado y que había hecho juramento de no revelarlo jamás. En
fin, quedan aún muchos de mis contemporáneos que atestiguan la verdad de lo
que apunto, y no conozco hecho más extraordinario ni mejor comprobado.
Luis XIV, entretanto, repartía su tiempo entre los placeres propios de su edad
y los asuntos de Estado que eran de su incumbencia. Reunía el consejo de ministros
todos los días y después trabajaba en secreto con Colbert. Este trabajo secreto
fue el origen de la catástrofe del célebre Fouquet, en la cual se vieron envueltos
el secretario de estado Guénégaud, Pellison, Gourville y tantos otros. La caída
de aquel ministro, mucho menos reprobable que el cardenal Mazarino, probó que
no a todo el mundo le está permitido cometer las mismas faltas. Su pérdida estaba
ya decidida cuando el rey aceptó la magnífica fiesta que el ministro le dio
en su casa de Vaux. El palacio y los jardines le habían costado dieciocho millones,
equivalentes a treinta y cinco de hoy, sobre poco más o menos.7
Había edificado el palacio dos veces y comprado tres aldeas, cuyo terreno quedó
encerrado en sus inmensos jardines, plantados en parte por Le Notre y considerados
entonces como los más bellos de Europa. Los surtidores de Vaux, que los de Versalles,
Marli y Saint-Cloud hicieron parecer después más que medianos, eran entonces
prodigiosos. Pero por hermosa que fuera esa casa, el gasto de dieciocho millones,
cuyas cuentas todavía existen, prueba que el ministro había sido servido con
tan poca economía como con la que servía al rey. En verdad, Saint-Germain y
Fontainebleu, las únicas casas de recreo habitadas por el rey, distaban mucho
de tener la belleza de la de Vaux. Luis XIV, al notarlo, se irritó. En la casa
se ven por todas partes las armas y la divisa de Fouquet, una ardilla con la
siguiente leyenda: Quo non ascendam? "¿A dónde no subiré yo?" El rey
se la hizo explicar. La ambición de la divisa no apaciguó al monarca. Los cortesanos
advirtieron que la ardilla aparecía pintada en todas partes perseguida por una
culebra, que tenía Colbert en sus armas. La fiesta resultó superior a las ofrecidas
por el cardenal Mazarino, no solamente por la suntuosidad, sino por el gusto.
Se representó por primera vez Les Fâcheux de Molière con un prólogo de
Pellison, que fue admirado. Los placeres públicos ocultan o preparan tan frecuentemente
en la corte desastres particulares, que, de no haber estado la reina madre,
el superintendente y Pellison hubieran sido detenidos en Vaux el día de la fiesta.
Aumentaba el resentimiento del rey al ver que mademoiselle de La Vallière,
por quien empezaba a sentir una verdadera pasión, había sido objeto de uno de
los gustos pasajeros del superintendente, quien no ahorraba nada para satisfacerlos.
Le había ofrecido a mademoiselle de La Vallière doscientas mil libras, ofrecimiento
que fue recibido con indignación, antes de que ella pensara siquiera en tener
algún poder en el corazón del rey. El superintendente quiso convertirse en confidente
de la que no pudo poseer, con lo que aumentó la irritación del príncipe.
El rey, en un primer movimiento de indignación, estuvo tentado de hacer detener al superintendente en medio de la fiesta que le ofrecía, pero mostró en seguida un disimulo poco necesario. Se hubiera dicho que el monarca, ya todo poderoso, temía al partido que se había hecho Fouquet.
Fouquet era procurador general del Parlamento, cargo que le otorgaba el privilegio de ser juzgado por las cámaras reunidas; pero después de haber sido juzgados por comisarios tantos príncipes, mariscales y duques, hubiera podido tratarse en igual forma a un magistrado, puesto que querían servirse de esas vías extraordinarias, que, sin ser injustas, dejan siempre una sospecha de injusticia.
Colbert lo comprometió, mediante un artificio poco honroso, a vender su cargo, ofreciéndosele hasta un millón ochocientas mil libras, equivalentes hoy a tres millones y medio; y por un malentendido lo vendió sólo en un millón cuatrocientos mil francos. El precio excesivo de los puestos en el Parlamento, tan disminuido después, prueba la consideración que todavía conservaba ese cuerpo, incluso en su humillación. El duque de Guisa, gran chambelán del rey, había vendido este cargo de la corona al duque de Bouillon por ochocientas mil libras apenas.
La Fronda y la guerra de París pusieron este precio a los cargos de la judicatura. El que Francia fuera el único país de la tierra donde los cargos de los jueces fueran venales, constituía uno de los grandes defectos y una de las mayores desgracias de un gobierno tanto tiempo cargado de deudas. Era una consecuencia del fermento sedicioso, y constituía una especie de insulto hecho al trono el que un empleo de procurador del rey costara más que las primeras dignidades de la corona.
Fouquet, a pesar de haber disipado las finanzas del Estado y de haberlas usado como las suyas propias, no carecía de grandeza de alma. Sus depredaciones habían sido fruto de sus licencias y liberalidades. (1661) Llevó hasta el ahorro el precio de su cargo, pero esta bella acción no lo salvó. Llevaron con habilidad a Nantes a un hombre a quien un oficial y dos guardias podían detener en París. El rey lo trató afectuosamente antes de su desgracia. No sé por qué la mayor parte de los príncipes aparentan generalmente engañar con falsas bondades a los súbditos que desean perder. El disimulo en esos casos se opone a la grandeza; jamás es una virtud y se convierte en un talento estimable sólo cuando es absolutamente necesario. Luis XIV pareció contradecir su carácter; pero se le había hecho saber que Fouquet hacía grandes fortificaciones en Belle-Isle y que podía tener demasiados aliados fuera y dentro del reino. Se comprobó, cuando fue conducido a la Bastilla y a Vincennes, que su partido no era otra cosa que la avidez de algunos cortesanos y de algunas mujeres favorecidas con pensiones, que lo olvidaron en cuanto no se las pudo dar. Otros amigos le fueron fieles, prueba de que los merecía. La ilustre madame de Sevigné, Pellison, Gourville, mademoiselle Scudéry, varios literatos, se declararon abiertamente en su favor y lo ayudaron con tanta decisión que le salvaron la vida.
Se conocen estos versos de Hesnault, el traductor de Lucrecia, contra Colbert, el perseguidor de Fouquet:
Ministre avare et lâche, esclave malheureux,
Qui gémis sous le poids des affaires publiques;
Victime devouée aux chagrins politiques
Fantôme révéré sous un titre onéreux;
Vois combien des grandeurs le comble est dangereux;
Contemple de Fouquet les funestes reliques,
Et, tandis qu'à sa perte en secret tu t'appliques,
Crains qu'on ne te prépare un destin plus affreux.
Sa chute quelque jour te peut être commune
Crains ton poste, ton rang, la cour et la fortune.
Nul ne tombe innocent d'où l'on te voit monté.
Cesse donc d'animer ton prince à son supplice;
Et, près d'avoir besoin de toute sa bonté,
Ne le fais pas user de toute sa justice.
Cuando se le habló a Colbert de este soneto injurioso, preguntó si había ofendido al rey; como se le contestara que no, dijo: "Pues entonces a mí tampoco".
No hay que dejarse engañar nunca por estas respuestas meditadas, por estas manifestaciones públicas que el corazón desaprueba. Colbert parecía moderado, pero perseguía la muerte de Fouquet con encarnizamiento. Se puede ser buen ministro y vengativo. Es triste que no haya sabido ser tan generoso como diligente.
Uno de sus más implacables perseguidores era Michel Le Tellier, entonces secretario de Estado, y su rival en prestigio. Es el mismo que luego fue canciller. Cuando se lee su oración fúnebre y se la compara con su conducta, ¿qué puede pensarse sino que una oración fúnebre es mera declamación? Pero fue el canciller Séguier, presidente de la comisión, de todos los jueces de Fouquet, quien buscó su muerte con más encarnizamiento y lo trató con mayor dureza.
Es cierto que procesar al superintendente era acusar la memoria del cardenal Mazarino. Las mayores depredaciones en las finanzas eran obra suya. Se había apoderado, como si fuera el soberano, de varias ramas de las rentas del Estado y había negociado, en su nombre y en su provecho, con las provisiones de los ejércitos. "Imponía dijo Fouquet en su defensa, mediante lettres de cachet [órdenes reales firmadas por su secretario], sumas extraordinarias sobre los gastos generales; lo que jamás se hizo sino por él y para él, y que merece pena de muerte según ordenanzas." De esta manera, el cardenal había amasado fortunas inmensas que ni él mismo conocía.
Le he oído contar al difunto señor de Caumartin, intendente de finanzas, que
en su juventud, pocos años despúes de la muerte del cardenal, estuvo en el palacio
Mazarino, en el que residía su heredero el duque y la duquesa Hortensia; que
vio allí un gran armario de marquetería, muy profundo, que tenía de arriba a
bajo la capacidad de un gabinete. Las llaves se habían perdido hacía mucho tiempo
y no se habían preocupado de abrir los cajones. Caumartin, asombrado de esta
negligencia, le dijo a la duquesa de Mazarino que quizá habría curiosidades
en el armario. Lo abrieron y estaba repleto de cuádruplos, fichas de juego y
medallas de oro. Madame Mazarino arrojó al pueblo puñados de ellas por las ventanas
durante más de ocho días.8
El abuso que hizo Mazarino de su poder despótico no justificaba al superintendente;
pero la irregularidad de los procedimeintos efectuados contra él, la duración
de su proceso, el encarnizamiento odioso del canciller Séguier, el tiempo que
apaga la irritación pública e inspira compasión por los desdichados; por último,
las apelaciones cada vez más vigorosas en favor de un infortunado contra el
que no se apresuraban los pasos para perderlo, todo esto le salvó la vida. El
proceso se juzgó hasta tres años después, en 1664. De veintidos jueces que opinaron,
solamente nueve dictaminaron la pena de muerte, y los otros trece,9
entre los cuales había algunos a quienes Gourville les había hecho aceptar presentes,
aconsejaron el destierro perpetuo. El rey conmutó la pena por otra más dura.
Esta severidad no estaba conforme ni con las antiguas leyes del reino ni con
las de la humanidad. Sublevó más los animos de los ciudadanos el que el canciller
hiciera desterrar a uno de los jueces, llamado Roquesante, porque había puesto
gran interés en que la cámara de justicia fuera indulgente.10
Fouquet fue encerrado en el castillo de Pignerol. Todos los historiadores dicen
que murió allí en 1680; pero Gourville asegura en sus Memorias que salió de
la prisión algún tiempo antes de su muerte. Su nuera, la condesa de Vaux, me
había confirmado este hecho; sin embargo, en su familia se cree lo contrario.
Así, pues, no se sabe dónde murió este desventurado, cuyas menores acciones
resonaban cuando era poderoso.
El secretario de Estado Guénégaud, que vendió su cargo a Colbert, no fue menos
perseguido por la cámara de justicia, que le quitó la mayor parte de su fortuna.
Lo más singular de los fallos de esta cámara es el haber condenado a un obispo
de Avranches a pagar una multa de doce mil francos; se llamaba Boislève y era
hermano de un recaudador copartícipe suyo en las concusiones.11
Saint-Évremond, adicto al superintendente, quedó envuelto en su desgracia. Colbert, buscando por todas partes pruebas contra el que deseaba perder, mandó apoderase de los papeles confiados a madame de Plessis-Bellièvre, y en esos papeles se encontró la carta manuscrita de Saint-Évremond sobre la paz de los Pirineos. Le leyeron al rey esta broma, haciéndola pasar por crimen de Estado. Colbert, que desdeñaba vengarse de Hesnault, hombre oscuro, persiguió en Saint-Évremond al amigo de Fouquet que odiaba y al elevado espíritu que temía. El rey tuvo la extrema severidad de castigar una burla inocente hecha hacía mucho tiempo contra el cardenal Mazarino, a quien, por otra parte, no echaba de menos, y a quien toda la corte había injuriado, calumniado y proscrito impunemente durante varios años. De mil escritos dirigidos contra el ministro fue castigado el menos mordaz, y lo fue cuando ya había muerto.
Saint-Évremond, retirado en Inglaterra, vivió y murió como hombre libre y como filósofo. Su amigo, el marqués de Miremond, me decía una vez en Londres que su desgracia tenía otra causa, y que Saint-Évremond nunca había querido explicársela. Cuando Luis XIV le permitió a Saint-Évremond regresar a su patria, al final de su vida, este filósofo desdeñó considerar el permiso como una gracia; probando que la patria está donde se vive feliz, como lo era él en Londres.
El nuevo ministro de finanzas, con el simple título de inspector general, justificó la severidad de sus persecusiones, restableciendo el orden alterado por sus predecesores y trabajando por la grandeza del Estado.
La corte se convirtió en el centro de los placeres y en el modelo de las demás cortes. El rey se vanaglorió de dar fiestas que hiciesen olvidar las de Vaux.
La naturaleza parecía complacerse entonces en producir en Francia los más grandes hombres en todas las artes, y en reunir en la corte todo lo que de más hermoso y más perfecto en hombres y mujeres haya habido jamás. El rey aventajaba a todos sus cortesanos por su excelente talla y por la belleza majestuosa de sus rasgos; el timbre de su voz, noble y conmovedora, ganaba los corazones de quienes se sentían intimidados en su presencia. Tenía una manera de caminar que sólo podía convenir a él y a su categoría, y que hubiera sido ridícula en cualquier otro. La turbación que provocaba a quienes le hablaban halagaba íntimamente la complacencia que sentía en su superioridad. A un viejo oficial que se turbaba y tartamudeaba al pedirle una gracia, y que no pudiendo acabar su discurso, le dijo: "Sire: no tiemblo así delante de vuestros enemigos", no le costó trabajo conseguir lo que pedía.
El gusto por la sociedad no había alcanzado toda su perfección en la corte. La reina madre, Ana de Austria, empezaba a amar el retraimiento y la reina reinante apenas sabía el francés, y la bondad era su único mérito. La princesa de Inglaterra, cuñada del rey, llevó a la corte el atractivo de una conversación afable y animada, perfeccionada por la lectura de buenas obras y por un gusto certero y delicado. Se perfeccionó en el conocimiento del idioma que escribía mal por el tiempo de su casamiento. Inspiró una nueva emulación espiritual e introdujo en la corte una gracia y una cortesía apenas conocidas por el resto de Europa. Madame poseía tanto talento como su hermano Carlos II, embellecido por los encantos de su sexo, por el don y el deseo de agradar . En la corte de Luis XIV se manifestaba vivamente una galantería que la decencia hacía más excitante; en cambio, la que reinaba en la corte de Carlos II era más atrevida, y un exceso de grosería rebajaba sus atractivos.
Hubo al principio, entre Madame y el rey, muchas coqueterías espirituales e inteligencias secretas que se notaron en pequeñas fiestas frecuentemente repetidas. El rey le enviaba versos y ella le contestaba. Sucedió que un mismo hombre era, a la vez, el confidente del rey y de Madame en ese comercio ingenioso: el marqués de Dangeau. El rey le encargaba que escribiera por él y la princesa lo comprometía a contestarle al rey. Así, pues, sirvió a los dos, sin dejar que el rey sospechara que la princesa lo empleaba, y ésta fue una de las causas de su fortuna.
Esas inteligencias sembraron la alarma en la familia real. El rey redujo la resonancia de ese trato a un fondo de estima y de amistad jamás alterado en lo sucesivo. Cuando Madame hizo trabajar a Racine y Corneille en la tragedia Bérénice, pensó no sólo en la ruptura del rey con la condestablesa de Colonne, sino en el freno que ella misma había puesto a su propia inclinación, de miedo a que se hiciera peligrosa. Luis XIV está bastante bien descrito en estos dos versos de la Bérénice, de Racine:
Qu'en quelque obscurité que le ciel l'eût fait naître,
Le monde, en le voyant, eût reconnu son maître.
Estos entretenimientos cedieron su lugar a la pasión más seria y más constante que sintió Luis XIV por mademoiselle de La Vallière, dama de honor de Madame. Con ella gozó de rara felicidad al ser querido únicamente por sí mismo, y durante dos años fue ella el móvil oculto de todos los pasatiempos galantes y de todas las fiestas ofrecidas por el rey. Un joven ayuda de cámara del monarca, llamado Belloc, escribió varios relatos con los que acompañaban los bailes dados en casa de la reina o en la de Madame; relatos que expresaban con misterio el secreto de sus corazones, secreto que pronto dejó de serlo.
Todas las diversiones públicas que se hicieron por iniciativa del rey eran
otros tantos homenajes a su amada. En 1662 se organizó un carrousel frente
a las Tullerías,12
en un vasto recinto que ha conservado el nombre de plaza del Carrousel.
Hubo cinco cuadrillas. El rey estaba al frente de los romanos; su hermano, de
los persas; el príncipe de Condé, de los turcos; el duque de Enghien, su hijo,
de los indios; el duque de Guisa, de los americanos. El duque de Guisa, nieto
del de la Cara cortada, era célebre en el mundo por la audacia infortunada
con la que intentó hacerse dueño de Nápoles. Su prisión, sus duelos, sus amores
novelescos, su prodigalidad, sus aventuras, lo hacían singular en todo. Parecía
ser de otro siglo. Decían de él, viéndolo correr con el gran Condé: "He ahí
los héroes de la historia y de la fábula".
La reina madre, la reina reinante, la reina de Inglaterra, viuda de Carlos I, olvidando por un momento sus desgracias, asistían bajo un dosel al espectáculo. El conde de Sault, hijo del duque de Lesdiguières, ganó el premio, recibiéndolo de manos de la reina madre. Estas fiestas reanimaron más que nunca la afición por las divisas y los emblemas, que los torneos habían puesto de moda antaño y que habían subsistido después.
Un anticuario llamado Douvrier imaginó en esta época como emblema de Luis XIV el de un sol lanzando sus rayos sobre un globo, con esa leyenda: Nec pluribus impar. La idea se inspiró un poco en una divisa española hecha para Felipe II, y más conveniente a este rey dueño de la parte más hermosa del Nuevo Mundo, y de tantos estados en el Viejo, que a un joven rey de Francia, que sólo hacía concebir esperanzas todavía. Esta divisa tuvo un éxito prodigioso. Las armas del rey, los muebles de la corona, las tapicerías, las esculturas fueron adornados con ella, pero el rey no la llevó nunca en sus carrouseles. Se le reprochó injustamente a Luis XIV esta divisa ostentosa, como si hubiera sido elegida por él; y ha sido criticada quizá más justamente por el fondo. El cuerpo no representa lo que la leyenda significa y la leyenda no tiene un sentido bastante claro y bastante determinado. Lo que puede explicarse de diversas maneras no merece ser explicado de ninguna. Las divisas ese resto de la antigua caballería pueden estar bien en fiestas y tienen atractivo cuando las alusiones son justas, nuevas o ingeniosas. Vale más carecer de ella que tolerar una divisa mala o baja, como la de Luis XII; era un puerco espín con esta inscripción: Qui s'y frotte s'y pique. Las divisas son, por lo que respecta a las inscripciones, lo que las mascaradas en comparación con las ceremonias augustas.
La fiesta de Versalles en 1664 superó la del carrousel por su singularidad, por su magnificencia y por los placeres del espíritu que, mezclados al esplendor de esas diversiones, ponían en ellas un gusto y un atractivo como no se habían visto todavía en fiesta alguna. Versalles empezó a ser una residencia deliciosa, sin acercarse a la grandeza que alcanzó después.
(1664) El 5 de mayo llegó el rey con la corte, integrada por seiscientas personas, cuyos gastos y los de su séquito fueron costeados, así como los de los que se ocuparon en los preparativos de esos encantos. Sólo faltaron en estas fiestas monumentos construidos expresamente para darlas, como los que elevaron los griegos y los romanos; pero la rapidez con la que se construían teatros, anfiteatros, pórticos, adornados con tanto gusto como suntuosidad, era una maravilla que se agregaba a la ilusión, y que, diversificada luego de mil maneras, aumentaba todavia el hechizo de estos espectáculos.
Hubo primero una especie de carrousel. Los que debían correr desfilaron el primer día como en una revista; iban precedidos por heraldos de armas, pajes y escuderos que llevaban sus divisas y sus escudos; y sobre esos escudos estaban escritos en letras de oro versos compuestos por Périgni y por Benserade. Este último, sobre todo, tenía un talento especial para las piezas galantes, en las que hacía siempre alusiones delicadas y espirituales a los caracteres de las personas, a los personajes de la Antigüedad o de la fábula que se representaba, y a las pasiones que animaban la corte. El rey representaba a Rogelio: todos los diamantes de la corona brillaban en su traje y en el caballo que montaba. Las reinas y trescientas damas, bajo arcos de triunfo, presenciaban esta entrada.
El rey, entre todas las miradas fijas en él, distinguía tan sólo la de mademoiselle de La Vallière. Disfrutaba la fiesta, que era para ella sola, confundida entre la multitud.
Tras de la cabalgata seguía un carro dorado de dieciocho pies de alto, quince de ancho y veinticuatro de largo, que representaba el carro del Sol. Las cuatro Edades, de oro, de plata, de bronce y de hierro; los signos celestes, las estaciones, las horas seguían al carro a pie. Todo estaba caracterizado. Pastores llevaban las piezas de la barrera que se ajustaban al son de trompetas, a las que acompañaban a intervalos las gaitas y los violines. Algunos personajes que seguían al carro de Apolo fueron primero a recitar a las reinas versos adecuados al lugar, al momento, al rey y a las damas. Al terminar las carreras y llegar la noche, cuatro mil grandes antorchas iluminaron el espacio en que se realizaban las fiestas. Se sirvieron mesas para doscientos personajes que representaban las estaciones, los faunos, los silvanos, las dríadas, con pastores, vendimiadores, segadores. Pan y Diana avanzaban sobre una montaña movediza y descendieron de ella para hacer colocar sobre las mesas los más deliciosos productos de los campos y los bosques. Detrás de las mesas, en semicírculo, se elevó de pronto un teatro repleto de concertistas. Las arcadas que rodeaban la mesa y el teatro estaban adornadas con quinientas girándulas verde y plata que sostenían bujías, y una balaustrada dorada cerraba el vasto recinto.
Estas fiestas, tan superiores a las inventadas en las novelas, duraron siete días. El rey ganó cuatro veces el premio de los juegos, y los cedió después para que los demás jinetes disputaran los premios ganados por él.
La comedia La princesa de Élide, aunque no sea una de las mejores de Molière, fue uno de los más agradables ornamentos de los juegos, por su infinidad de alegorías finas sobre las costumbres del tiempo y por los propósitos que constituían la atracción de tales fiestas, cuyo valor se ha perdido para la posteridad. En la corte se obstinaban todavía en creer en la astrología: varios príncipes pensaban por orgullosa superstición que la naturaleza los distinguía hasta llegar a escribir su destino en los astros. El duque de Saboya, Víctor Amadeo, padre de la duquesa de Borgoña, tuvo un astrólogo a su lado hasta después de la abdicación. Molière se aventuró a atacar esta ilusión en Los amantes magníficos, representada en otra fiesta, en 1670.
En ella, aparece también un bufón, como en La princesa de Élide. Estos desdichados estaban aún muy de moda, resto de una barbarie que ha durado más tiempo en Alemania que en otras partes. La necesidad de diversiones, la impotencia de procurárselas agradables y honestas en los tiempos de la ignorancia y del mal gusto, hicieron imaginar ese triste placer que degrada el espíritu humano. El bufón que tenía entonces Luis XIV había pertenecido al príncipe de Condé: se llamaba l'Angeli. Según decía el conde de Grammont, de todos los bufones que habían seguido al Señor Príncipe, solamente l'Angeli había hecho fortuna. Este bufón no carecía de ingenio; fue él quien dijo "que no iba al semón porque no le gustaba el gritar y no entendía el razonar".
La farsa El casamiento a la fuerza se representó también en aquella fiesta; pero lo verdaderamente admirable fue la primera representación de los tres primeros actos de Tartufo. El rey quiso ver esta obra maestra aun antes de estar terminada, y la defendió después de los falsos devotos que movieron cielo y tierra para prohibirla; y subsistirá, como ya se ha dicho en otras partes, mientras haya en Francia gusto e hipócritas,
La mayor parte de estas brillantes solemnidades no lo son, a menudo, más que para los ojos y los oídos. Lo que sólo es pompa y magnificencia pasa en un día, pero cuando las obras maestras del arte, como el Tartufo, hermosean esas fiestas, dejan tras de sí un recuerdo imperecedero.
Se recuerdan todavía algunos trozos de las alegorías de Benserade que adornaban los ballets de aquel tiempo. Sólo citaré estos versos dedicados al rey, que representaba el sol:
Je doute qu'on le prenne avec vous sur le ton
De Daphné ni de Phaéton,
Lui trop ambitieux, elle trop inhumaine
Il n'est point là de piège où vous puissiez donner: Le moyen de s'imaginer
Qu'une femme vous fuie, el qu'un homme vous mène?
Lo más glorioso de estos entretenimientos, que perfeccionaban en Francia el gusto, la cortesía y el talento, estribaba en que no sustraían al monarca de sus continuos trabajos. Sin esos trabajos, hubiera sabido tener una corte, pero no habría sabido reinar; y si los placeres magníficos de esa corte hubiesen ofendido la miseria del pueblo, hubieran sido odiosos; pero el mismo hombre que daba esas fiestas había dado pan al pueblo durante la miseria de 1662. Hizo traer cereales que los ricos compraron a ínfimo precio, donándolos a las familias pobres a las puertas del Louvre; devolvió al pueblo tres millones de impuestos; ningún aspecto de la administración interna fue descuidado; su gobierno era respetado en el exterior. El rey de España, obligado a cederle la precedencia; el papa, forzado a darle satisfacción; Dunkerque, anexado a Francia por un contrato glorioso para el que lo adquiría y deshonroso para el vendedor; en fin, todos sus pasos, desde que tenía las riendas, habían sido nobles o útiles; después de eso, era hermoso dar fiestas.
(1664) El legado a latere Chigi, sobrino del papa Alejandro VII, que acudió a Versalles en lo mejor de las diversiones para dar satisfacción al rey por el atentado de los guardias del papa, llevó a la corte un espectáculo nuevo. Esas grandes ceremonias son fiestas para el público y los honores que se le rindieron produjeron la satisfacción más patente. Recibió bajo palio los saludos de las cortes superiores, del cuerpo de la ciudad, del clero. Entró en París saludado con salvas de artillería, teniendo al gran Condé a su derecha y al hijo de este príncipe a su izquierda, y fue con todo ese aparato a humillarse, él, representante de Roma y del papa, ante un rey que todavía no había sacado la espada. Cenó con Luis XIV después de la audiencia, y todos se esforzaron por tratarlo con magnificencia y procurarle placeres. Después se trató al dux de Génova con menos honores, pero con el mismo afán de agradar que el rey supo conciliar siempre con sus altivas decisiones.
Todo esto le daba a la corte de Luis XIV un aire de grandeza que eclipsaba
a las demás cortes de Europa. Quería que el brillo que rodeaba a su persona
se reflejara en todo lo que había a su alrededor, que todos los grandes recibieran
honores, sin que ninguno fuera poderoso, empezando por su hermano y por el Señor
Príncipe. Con esta mira falló en favor de los pares en su antigua querella con
los presidentes del Parlamento. Éstos pretendían opinar antes que los pares
y se habían adueñado de ese derecho. Ordenó en una reunión extraordinaria del
consejo que los pares opinarían en los lits de justice,13
en presencia del rey, antes que los presidentes, como si sólo debieran a su
presencia esta prerrogativa; y dejó subsistir la antigua costumbre en las asambleas
que no son lits de justice.
Para distinguir a sus principales cortesanos inventó casacas azules bordadas de oro y plata. El permiso de usarlas era un gran favor para hombres a quienes guiaba la vanidad. Se las pedía casi como el collar de la orden. Puede hacerse notar, ya que tratamos aquí de pequeños detalles, que en aquel tiempo se llevaban las casacas encima de un jubón adornado con cintas, y sobre la casaca pasaba un tahalí del cual colgaba la espada. Usaban una especie de valona de encaje y un sombrero adornado con dos hileras de plumas. Esta moda duró hasta el año 1684 y se siguió en toda Europa, excepto en España y Polonia. En casi todas partes se preciaban ya de imitar la corte de Luis XIV.
Estableció en su casa un orden que aún perdura; regló las funciones y las jerarquías; creó cargos nuevos en tomo de su persona, como el de gran maestre de su guardarropa. Restableció las mesas instituidas por Francisco I, y las aumentó, llegando a tener doce para los oficiales comensales, servidas con tanta propiedad y abundancia como las de muchos soberanos; quiso que todos los extranjeros fueran invitados a ellas, atención que continuó durante todo su reinado. Más refinada y más cortés todavía fue la de edificar los pabellones de Marli en 1679, donde todas las damas encontraban en su departamento un toilette completo; nada de cuanto pertenece a un lujo cómodo fue olvidado; quienquiera que estuviera de viaje podía dar comidas en su departamento; y era servido con la misma delicadeza que el soberano. Estas pequeñas cosas no adquieren valor más que cuando están sostenidas por las grandes. En todo lo que hacía había esplendor y generosidad. Al casarse las hijas de sus ministros les regalaba doscientos mil francos.
Una liberalidad sin par aumentó su fama en Europa. Concibió la idea por una conversación con el duque de Saint-Aignan, quien le contó que el cardenal de Richelieu había enviado presentes a algunos sabios extranjeros que habían hecho su elogio. El rey no esperó ser elogiado; pero, seguro de merecerlo, encomendó a sus ministros Lionne y Colbert elegir cierto número de franceses y de extranjeros distinguidos en la literatura, a los cuales demostraría su generosidad. Después de escribir Lionne a los países extranjeros y de haberse informado, en la medida de lo posible, en materia tan delicada, en la que debe darse la preferencia a los contemporáneos, se hizo primero una lista de sesenta personas: unas recibieron presentes, otras pensiones, según su categoría, sus necesidades y su mérito. (1663) El bibliotecario del Vaticano, Allacci; el conde Graziani, secretario de Estado del duque de Módena; el célebre Viviani, matemático del gran duque de Florencia; Vossius, el historiógrafo de las Provincias Unidas; el ilustre matemático Huyghens, un residente holandés en Suecia; hasta profesores de Altorf y de Helmstadt, ciudades casi desconocidas de los franceses, se sorprendieron al recibir cartas de Colbert en las cuales les decía que aunque el rey no era su soberano, les rogaba aceptar ser su bienhechor. Las cartas estaban redactadas de acuerdo con la dignidad de las personas y todas iban acompañadas de considerables gratificaciones o de pensiones.
Entre los franceses se distinguió a Racine, Quinault, Fléchier, depués obispo de Nîmes, muy joven todavía, que recibieron presentes. Es cierto que Chapelain y Cotin tuvieron pensiones; pero es que el ministro consultó, sobre todo, a Chapelain. Estos dos hombres tan desacreditados en la poesía no carecían de mérito. Chapelain era autor de una inmensa literatura, y, lo que resulta sorprendente, es que tenía gusto y era uno de los críticos más ilustrados. Hay una gran distancia de todo esto al genio, pues la ciencia y el ingenio guían a un artista, pero no lo forman. Nadie tuvo en Francia más reputación, en su tiempo, que Ronsard y Chapelain, porque en el tiempo de Ronsard eran bárbaros, y apenas se salía de la barbarie en el Chapelain. Costar, compañero de estudio de Balzac y de Voiture, llama a Chapelain el primero de los poetas heroicos.
Boileau no participó de esas liberalidades; hasta entonces sólo había hecho sátiras,y se sabe que esas sátiras atacaban a los sabios consultados por el ministro. Algunos años después el rey lo distinguió sin consultar a nadie.
Los presentes enviados a los países extranjeros fueron tan grandes, que Viviani hizo construir una casa en Florencia con la generosidad de Luis XIV. Puso en letras de oro sobre el frontispicio: Aedes a Deo datoe, alusión al sobrenombre de "Dios-Dado" con el que la voz pública llamó a este príncipe al nacer.
Podemos imaginarnos fácilmente el efecto producido en Europa por esta extraordinaria magnificiencia; y si consideran todo lo memorable que el rey hizo después, los espíritus más severos y más dificíles deben tolerar los elogios inmoderados que se le prodigaron. No fueron los franceses los únicos que lo alabaron. Se pronunciaron doce panegíricos de Luis XIV en diversas ciudades de Italia, y este homenaje, enviado al rey por el marqués de Zampieri, no le fue rendido ni por el temor ni por la esperanza.
Siguió derramando sus beneficios sobre las letras y sobre las artes. Las gratificaciones particulares de casi cuatro mil luises que dio a Racine, la fortuna de Despréaux, la de Quinault, sobre todo la de Lulli y de todos los artistas que le consagraron sus trabajos, son pruebas de ello. Le dio incluso a Benserade mil luises para hacer huecograbados de sus Metamorfosis de Ovidio en redondillas: liberalidad mal aplicada que prueba solamente la generosidad del soberano, que recompensaba a Benserade el escaso mérito que habían tenido sus ballets.
Varios escritores han atribuido únicamente a Colbert la protección concedida a las artes y la magnificencia de Luis XIV; pero no tuvo más mérito en ello que el de secundar la magnanimidad y el gusto de su soberano. El ministro, a pesar de tener un gran talento para las finanzas, el comercio, la navegación, la policía general, no tenía el gusto ni la elevación del rey; se ponía a la tarea celosamente, pero estaba lejos de inspirarle lo que la naturaleza otorga.
Considerando esto, no vemos en qué se fundan algunos escritores para acusar de avaro al monarca. Un príncipe cuyos dominios estén absolutamente separados de las rentas del Estado puede ser avaro como un particular; pero es casi imposible que ese vicio se apodere de un rey de Francia que no es, realmente, sino el dispensador del dinero de sus súbditos. El gusto y la voluntad de recompensar pueden faltarle, pero esto precisamente es lo que no se le puede reprochar a Luis XIV.
Por la época en que empezaba a estimular los ingenios con tantos beneficios, el uso que el conde de Bussi hizo del suyo fue rigurosamente castigado. Lo encerraron en la Bastilla en 1665. Los amores de las Galias fueron pretexto de su prisión, pues la verdadera causa era esta canción, en la que el rey quedaba muy comprometido, y que fue recordada para perder a Bussi, a quien se la atribuían:
Que Deódatus est heureux
De baiser ce bec amoureux,
Qui d'une oreille a l'autre va!
Alleluia.
Sus obras no eran lo suficientemente buenas como para comprensarle el daño que le acarrearon. Hablaba sólo su lengua; tenía algún mérito, pero más amor propio, y casi no se sirvió de ese mérito más que para hacerse de enemigos. Luis XIV hubiera obrado generosamente perdonándolo, pero vengó la injuria hecha a su persona aparentando ceder a la voz pública. Sin embargo, pusieron en libertad al conde de Bussi al cabo de dieciocho meses, lo privaron de sus cargos y quedó en desgracia todo el resto de su vida, haciéndole en vano a Luis XIV protestas de una ternura que ni el rey ni nadie creían sincera.
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