VII. LA FINALIDAD DE LA VIDA

¿CÓMO EMPEZÓ LA VIDA?

DE ACUERDO con Aristóteles, la Edad Media creyó en la generación espontánea; aún quedan personas en muchos países que creen que las lombrices se forman del lodo y que al descomponerse los alimentos engendran "gusanos" (larvas). En 1750 ocurrió una disputa histórica entre Needham, en pro de la generación espontánea, y Spallanzani en contra de ella; pero no se llegó a una solución. De paso, debe advertirse que ambos adversarios eran clérigos y no obstante se sintieron libres para tomar cualquier posición; creer que los seres vivos pueden provenir de la materia inanimada, o no, se juzgaba un asunto puramente científico; por qué razón se le da ahora una trascendencia religiosa o teológica es incomprensible para mí.

Aunque Pasteur estableció en 1875 la no existencia de la generación espontánea, los biólogos siguieron suponiendo que los primeros seres vivos se habían originado de la materia inanimada bajo condiciones no conocidas. En 1935 Oparin emitió una hipótesis plausible basada en las reacciones entre gases del tipo del metano y del amoniaco en presencia de vapor de agua a muy altas temperaturas. Años después se comprobó la hipótesis por Miller y Urey, quienes construyeron un aparato que imita las condiciones de la Tierra primitiva, con gran actividad volcánica; en este aparato se formaron aminoácidos diversos, urea y las bases nitrogenadas del ADN que forman el código genético que une a los aminoácidos para hacer proteínas (véase, capítulo IV. El programa vital, apartado "Información para la vida") y se comprobó la hipótesis de Oparin. Ahora se han podido sintetizar protenoides capaces de ser atacados por enzimas y asimilados por microorganismos; en algunos casos incluso han mostrado propiedades enzimáticas catalizando reacciones (Cuénot et al., Evolución, marxismo y cristianismo, Plaza y Janés). Otra importante aportación es la teoría de Egami sobre la síntesis simultánea de las bases del ADN y de correspondientes grupos de aminoácidos (Mundo Científico, vol. 1 núm. 8); también se ha estudiado la variación de moléculas como el citocromo en diversas células, la cual señala la evolución de ellas (Scientific American, marzo de 1980). Así, se ha demostrado que existen fuerzas y leyes químicas que dirigen las reacciones y que es falso el concepto de que la aparición de las proteínas se debió al azar, idea a la que se opuso Lecomte de Nouy. A continuación se narran los principios de la evolución prescindiendo de los argumentos científicos que apoyan el relato; debe tenerse en cuenta, por una parte, que no es un cuento de hadas o de ciencia ficción, y por otra parte, que es una hipótesis que puede sufrir modificaciones al avanzar el conocimiento.

En los principios de la formación de la Tierra la atmósfera carecía de oxígeno y abundaba en gases del tipo del metano y el amoniaco, producto de la actividad volcánica; también era abundante en vapor de agua por la intensa evaporación de los mares. En estas condiciones era incesante la formación de nubes y la ocurrencia de tormentas eléctricas; la energía de los rayos y la irradiación solar, muy intensas, posibilitaban la reacción del metano con gases amoniacales, originándose así compuestos nitrogenados como aminoácidos, urea y otros.

La lluvia llevaba estas moléculas de la atmósfera al mar, donde se dispersaban y descomponían, pero las lagunas costeras pudieron funcionar como un refugio donde los compuestos nitrogenados podían concentrarse y aumentar la probabilidad de reaccionar entre sí. Aquí pudo ocurrir la síntesis simultánea de las bases del ADN, cada una con su correspondiente grupo de aminoácidos. Se formarían así polipéptidos y proteínas sencillas (no al azar, sino ya conforme a un código químico del ADN), algunas de las cuales bien podrían reaccionar con las sales disueltas en el agua integrando a la molécula metales como hierro, cobre, etc. Estos átomos son capaces de oxidarse y reducirse al aceptar y despedir hidrógeno y electrones; al integrarse a la proteína la convertirían en una enzima capaz de transportar energía. Este conjunto de moléculas de gran actividad química en las lagunas costeras que recibían energía calórica y lumínica del Sol ha sido llamado de manera poco académica pero muy plástica "sopa caliente".

En general las moléculas en la sopa caliente tenderían a aumentar su tamaño, sea por crecimiento químico o polimerización o por unión química con otras moléculas o por mera conjunción física. Por su propio tamaño las proteínas formarían sistemas coloidales y al conjugarse las micelas coloidales darían lugar a "gotitas" o "granulitos" coloidales (coacervados) con gran actividad química. A partir de este momento, antes de que apareciera la vida, empezó a operar la lucha por la existencia, la evolución prebiológica, pues los coacervados con mayor capacidad de reacción prevalecían sobre otros coacervados menos catalíticos o más fáciles de desintegrarse. Al fundirse entre sí las "gotitas" de coacervado coloidal y aumentar su tamaño por síntesis y polimerización deben haber ido apareciendo fenómenos químicos, por lo que los coacervados pudieran ya recibir el nombre de precélulas. La vida fue apareciendo en la Tierra con pasos imperceptibles.

Las precélulas deben haber sido sistemas coloidales limitados por una membrana, más pequeños y sencillos que una bacteria actual; una masa de protoplasma sin núcleo ni organillos, constituida por proteínas estructurales y enzimáticas y por cadenas de ADN o ARN. A pesar de su sencillez, los sistemas vivientes mostraban tres rasgos fundamentales. Eran capaces de obtener energía por fermentación, pues contenían moléculas de citocromo y sintetizaban ATP. Mostraban un cierto tipo de heterotrofia, pues agregaban a su cuerpo moléculas y partículas de materia más o menos similar a la suya. Eran capaces de asimilar aminoácidos para autorreproducir su estructura formando proteínas con su ADN o ARN, que operaba con uno o quizá varios tipos de códigos, incluido el que aún existe. Su multiplicación era tal vez mera fragmentación por impacto del medio.

De las precélulas se originaron las primeras células procarióticas (sin núcleo), similares a las bacterias de hoy y de las que quedan huellas fósiles de unos dos mil quinientos millones de años de antigüedad. Algunas de estas células han quedado hasta nuestros días; tienen sistemas bioquímicos capaces de derivar energía de una reacción básica de oxidación, como las bacterias ferrosas, sulfurosas y nitrificantes; otras desarrollan moléculas y sistemas capaces de aprovechar la energía de la luz; apareció así la fotosíntesis. A partir de entonces la atmósfera empezó a tener oxígeno (en la fotosínteis se produce este gas), lo que hizo posible la formación de sistemas de respiración aerobia, que es mucho más eficiente que la fermentación con respecto a la utilización de la energía, por lo que casi todas las células actuales —todas las de las plantas y animales superiores— son aerobias. El desarrollo fue sin duda muy lento: muchas formas de vida deben haberse ensayado y desaparecido por competencia y selección y sólo mil millones de años más tarde aparecieron las primeras células eucarióticas, con núcleo y organillos. Fue también en ese lentísimo proceso de evolución celular cuando debieron haberse ido desarrollando procesos de reconocimiento mutuo a base de moléculas que aún perduran en las células actuales, a veces quizá sin función ya (véase en el capítulo II, La materia viviente, el apartado "Las moléculas del ensueño").

Las células eucarióticas tienen sus cadenas de ADN encerradas en un corpúsculo esferoidal, el núcleo; también la clorofila, cuando existe, se organiza en cuerpecillos de color verde, los cloroplastos, y las enzimas respiratorias en otros cuerpecillos, las mitocondrias. Así pues, la célula eucariótica tiene, en general, los mismos tipos de moléculas que la célula procariótica, pero en los eucariotes los sistemas del metabolismo celular se alojan en organillos ad hoc y esta compartimentación determina mayor eficiencia en el trabajo. Las células que forman el cuerpo de los seres pluricelulares, plantas o animales son todas eucarióticas.

Existen dos hipótesis sobre la evolución de la célula procariótica a eucariótica. La hipótesis de la complejidad creciente sostiene que a lo largo de los milenios algunos procariotes fueron sufriendo invaginaciones de la membrana celular que terminaron por cerrarse del todo y aislarse formando un "globillo" dentro de la célula donde se encerraban ciertas enzimas; también pudieron ocurrir mutaciones que determinaron la formación de una membrana en derredor de las cadenas de ADN. Esta característica dio mayor independencia del ambiente a los genes, mayor protección a cambios y por tanto una autorreproducción más fiel, por lo cual su descendencia no sólo perduró sino que fue prevaleciendo sobre las formas que tenían el ADN más fácilmente sujeto a cambios y accidentes.

Otra hipótesis es que los eucariotes se formaron por un proceso semejante a la simbiosis (unión de organismos para mutuo provecho, como la de un hongo y un alga para formar un liquen). Una célula procariótica pudo haber aceptado un "núcleo", es decir, cadenas de ADN recubiertas por una membrana; al paso de no mucho tiempo estas cadenas mejor protegidas terminarían por "tomar el mando" en la masa protoplásmica. Igualmente, un eucariote sin clorofila pudo conjugarse con una "precélula" con clorofila que pasaría a conformar un cloroplasto; o bien pudo conjugarse con una "precélula" con equipo para respiración aerobia que vendría a constituir una mitocondria. Uno de los soportes de esta teoría es que los cloroplastos y las mitocondrias de las células de las plantas actuales tienen su propio ADN, lo que hace pensar que alguna vez pudieron existir y reproducirse aislados, como procariotes. Sin duda muchas uniones fracasarían pero las que quedaron efectuarían las funciones vitales con mayor eficiencia que los procariotes e irían prevaleciendo. Según los datos geológicos, se necesitaron mil millones de años para desarrollar este proceso, tiempo sobrado para hacer muchos ensayos.

Algunos eucariotes, tanto autótrofos con clorofila como heterótrofos sin ella, formaron agregados celulares: son los seres coloniales, cada una de cuyas células es un individuo capaz de vivir por sí mismo pero que tiende a vivir en asociación con otras células iguales —recordemos las moléculas de reconocimiento. La transición de organismos unicelulares a coloniales y de coloniales a pluricelulares ha sido bien estudiada sobre todo en una línea de algas verdes.

Parece sorprendente, incluso absurdo, que las leyes básicas de la biología aparecieran cuando aún no había vida. Sin embargo, es razonable pensar que en el momento en que los materiales inertes empezaron a tomar la organización fisicoquímica de los organismos vivos, por determinismo científico empezaron a mostrar características propias de éstos aunque aún no existieran células bien conformadas. A la luz de los conocimientos actuales es indudable que en "la sopa caliente", en las gotitas coloidales donde ocurría la síntesis simultánea de aminoácidos y ADN, debieron ocurrir ipso facto síntesis de polipéptidos y proteínas simples y sin duda, debido a la gran irradiación solar, ocurrir mutaciones y fenómenos de interacción génica y de hibridación al fusionarse precélulas con diferencias en su ADN; para decirlo gráficamente, desde esta hora empezaron a diferenciarse las amibas de los elefantes.

También ocurrieron a nivel precélular fenómenos ecológico-evolutivos de "predación" al englobar las gotitas mayores a otras menores, de competencia por alimento, pues las precélulas o gotitas coloidales incorporaban a su cuerpo los aminoácidos del medio y de selección del más apto por las características del ADN (véase la obra de R. Dawkins, El gen egoísta, Salvat).

En realidad la vida de la célula semeja en muchos aspectos la vida en un campo ecológico. Cada molécula tiene en la célula su propio lugar, su "nicho ecológico", que determina sus interacciones con otras moléculas. Hay moléculas que se ligan temporalmente a otras para lograr un fin en una relación que pudiera aproximarse a la simbiosis o al comensalismo; diversas clases de enzimas compiten por un mismo sustrato como diversas especies por un alimento; algunas moléculas bloquean o rompen a otras, y en muchos casos (como el equilibrio entre auxinas e inhibidores) una molécula interrumpe la vía de síntesis de otra diferente reforzando la conversión del sustrato en moléculas de su propia especie química. En la célula los caminos metabólicos se entrecruzan formando una trama de la vida que algún "citoecólogo" debería estudiar con métodos de biólogo molecular y conceptos de biólogo de campo.

Desde otro punto de vista la consideración del origen de la vida enseña otra lección. En la actualidad coexisten formas de vida muy primitivas con otras relativamente recientes de mucha mayor eficiencia y complejidad. En una charca se pueden encontrar algas procarióticas, protozoarios eucarióticos, algas eucarióticas coloniales y pluricelulares tan complicados como peces y ranas. En cualquier suelo existen aún bacterias quimiosintéticas semejantes a las que iniciaron la vida. Para que las formas de vida superiores se desarrollen no es preciso que destruyan a las formas inferiores; en realidad cabría preguntarse si es inferior una forma de vida cuyo prototipo se inició hace dos mil quinientos millones de años... y aún existe. Pero algunas personas persisten en creer que para desarrollar una cultura moderna necesitan aplastar a las primitivas. Y otros —¡Dios nos proteja!— quisieran retrotraernos a culturas que a ellos mismos son extrañas.

¿A DÓNDE VA LA VIDA?

Los materialistas del siglo pasado y los rezagados del presente sufrían náuseas con sólo oler a Aristóteles, y en su reacción contra el finalismo, justificable en un principio, llegaron al absurdo de afirmar que la evolución carece de un sentido de complejidad orgánica y eficiencia funcional. Sin duda, un organismo puede ser simple y sin embargo muy eficiente por su adaptación al medio, como un parásito intestinal; pero se necesita toda la terquedad y los recursos sofísticos de un académico para negar que un erizo de mar es más complejo que una amiba y un perro más complejo que un erizo de mar. Esta gradación de los organismos se debe a la supervivencia del más apto en el libre juego de la selección natural, como se discutió en el capítulo VI.

Tan evidente es el sentido ascendente de la evolución que pronto surgió una escuela que postulaba la existencia de una ley biológica por la cual el organismo posee la tendencia natural a un estado de mayor aptitud biológica. Esta escuela, llamada de la evolución ortogénica, tiene puntos de contacto con los conceptos de Bergson sobre la évolution créatrice y con los de Weissmann sobre el plasma somático (cuerpo del individuo) y el plasma germinativo (células reproductoras del individuo). Según Weissmann, el plasma germinativo es un principio inmortal pues del gameto fecundado o fecundante surge un nuevo individuo que llevará gametos que a su vez originarán otro individuo: las células sexuales se perpetúan, las somáticas mueren. Desde Adán hasta el final de los tiempos habrá muchos miles de generaciones muertas pero siempre habrá unas células reproductivas que saltan, por así decirlo, de un cuerpo a otro, constituyendo el "cuerpo" de la especie.

Weissmann elaboró sus conceptos al inicio del siglo, pero han sido en cierta forma reinterpretados y puestos al día por Dawkins, quien considera que el gene no tiene otro propósito que el de sobrevivir: para ello está constituido molecularmente y si se encuentra en un medio idóneo su actividad inmediata e ineludible es autoduplicarse. En su afán de supervivencia ha desarrollado, mediante mecanismos evolutivos, "máquinas de supervivencia" que fueron los cuerpos celulares primero y luego se perfeccionaron en los cuerpos de organismos cuyo único propósito es facilitar la supervivencia del gene inmortal. Como sucedió con el darwinismo social, los conceptos de Weissmann pueden ser llevados a la sociopolítica como pretexto para sacrificar a los individuos a los propósitos de la especie, representada según el caso por la raza, la nación o aun la clase social.

Pero ¿hay "algo" más atrás de estos mecanismos de perpetuación de la especie? ¿No hay solución para el problema de mi desaparición? Y la vida toda, el cortejo evolutivo de las generaciones de plantas y animales, ¿todo ello para nada? ¿Para que al final la Tierra ruede sola en un Cosmos que nadie advierta que exista... si es que se puede existir cuando no hay observador alguno? Son preguntas que escapan a la ciencia porque al ir más allá de los hechos observables se entra, literalmente, en la metafísica. Pero son preguntas tan importantes que el hombre se las ha planteado, a juzgar por pinturas y restos funerarios en las cavernas, desde que empezó a ser Homo sapiens. Tratemos pues de contestarlas al menos hasta el límite en que pueden hacerse hipótesis más o menos científicas. Queda claro que las hipótesis a continuación son solamente intentos de explicar, de diversas maneras, un problema que es ajeno a la ciencia experimental. Pero estamos ya lejos del desprecio positivista por las hipótesis, y la física teórica y la cosmología han hecho reconsiderar el valor de las construcciones mentales en el camino a la verdad.

Un importante científico, Jaques Monod, se declara definitivamente en contra de la existencia de algo más: lo único que habría tras los mecanismos evolutivos es el "azar y la necesidad", el libre juego de las variaciones genéticas dentro de la invariancia básica del sistema ADN-ARN y la presión inmisericorde del medio como un agente de selección. En su libro El azar y la necesidad (Seix Barral), Monod revisa brevemente las teorías que proponen una finalidad a la evolución desde Bergson hasta Teilhard; las llama teorías "animistas" y en alguna forma este nombre implica el desdén con que las considera. Tampoco trata mejor al materialismo dialéctico ni a Engels. Quizá su posición es extremista pero hay mucho de verdad cuando dice: "... las sociedades modernas han aceptado las riquezas y poderes que la ciencia da, pero no han aceptado, apenas entendido, su mensaje: la definición de una nueva y única fuente de verdad, una revisión total de los fundamentos de la ética... el mal del alma moderna es esta mentira (la enseñanza de la moral tradicional de Occidente y del materialismo dialéctico en las sociedades marxistas) en la raíz de su ser moral y social".

Al no existir ninguna fuente del bien ni del mal Monod propone al hombre como único poseedor de los valores y ahora "calibra el terrible poder de destrucción (de la ciencia) no sólo de los cuerpos sino de la misma alma". Y termina su libro con palabras terribles "...el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no esta escrito en ninguna parte. Puede escoger entre el Reino y las tinieblas".

François Jacob participó con Monod del Premio Nobel por su trabajo sobre la represión génica. También son copartícipes hasta cierto punto en otro orden de ideas: "La biología ha demostrado que detrás de la palabra vida no se esconde ninguna entidad metafísica. El poder de producir estructuras de complejidad creciente e incluso de reproducirse es intrínseco a los elementos que contiene la materia." Pero Jacob niega rotundamente que seamos meros productos del azar: "el tiempo y la aritmética niegan que la evolución se deba exclusivamente a una sucesión de microacontecimientos y a mutaciones sobrevenidas al azar" y señala sabiamente que la evolución ha sido posible porque existen niveles de integración y que "en cada nivel de organización aparecen nuevas características y nuevas propiedades lógicas". 5[Nota 5]

Dawkins va aún más allá (aunque sus ideas a veces parecen un tanto confusas y su lógica algo incierta, como sucede con muchos ecólogos y etólogos) al desarrollar la explicación siguiente. En la sopa caliente se formaban de continuo "premicrobios" o "precélulas" consistentes en proteínas coloidales conservadas con propiedades enzimáticas; algunas poseían moléculas fotosintéticas, otras podían efectuar oxidaciones de sales químicas, otras tenían respiración aerobia. Entre estos "premicrobios" había algunos constituidos por bandas de ADN sin cubierta o con muy tenue cubierta de protección; a estas partículas Dawkins los denomina "reproductores". Los reproductores fueron construyendo "máquinas de supervivencia", es decir, estructuras que les daban protección, energía y eficiencia general; primero "precélulas", luego células, luego cuerpos hasta llegar, con eficiencia creciente a cada paso, a construir el organismo humano por medio de órdenes químicas adecuadas. En este nivel aparece un tipo nuevo y diferente de reproductor: son las ideas básicas que mantienen y reproducen la cultura; son producto de las células nerviosas pero nos dan la capacidad única, específica, de desobedecer las órdenes químicas de mera supervivencia del reproductor o ADN: "... sólo nosotros (los humanos) en la Tierra podemos rebelarnos contra la tiranía de los reproductores (genes) egoístas." 6[Nota 6]

Una de las concepciones más unificadoras y hermosas es la de Pierre Teilhard de Chardin. No es fácil sintetizar a Teilhard en diez renglones, su pensamiento es profundo y a veces complicado y su lenguaje tan personal y cargado de intención filosófica o teológica que a veces elude o dificulta una cabal comprensión de su significado. A riesgo de simplificar en exceso y reduciendo la explicación al tema de la finalidad de la vida expondremos algunas de sus ideas.

Para Teilhard no existe una real diferencia entre la materia inanimada y la animada y todo cuanto existe sobre la Tierra deriva por estructuración de un tipo de corpúsculos. La ley fundamental de la materia es la de la complejidad-conciencia. El significado de complejidad (Teilhard le llama complejificación) es fácilmente comprensible: la materia tiende de modo esencial a formar estructuras cada vez mas complejas (no se niega la segunda ley de la termodinámica pues esto ocurriría invirtiendo parte de la energía universal): las partículas subatómicas se integran en átomos, los átomos en moléculas, éstas en agregados moleculares uno de cuyos tipos más estructurados sería la célula, las células en organismos que van de lo sencillo a lo complejo hasta el hombre. Por ello Teilhard asienta que la vida supone, exige, la previda: la evolución no es pues un fenómeno biológico sino físico, común a todo tipo de material. El término conciencia en el lenguaje de Teilhard es de díficil comprensión y tal vez un sinónimo sería "conducta autónoma". Conciencia es el modo de ser de cada cosa material, su espontaneidad (sinónimos del propio filósofo) o en cierto modo su improbabilidad en lenguaje científico. En las formas inanimadas más simples la conciencia de la materia es casi nula: no hay espontaneidad sino total sujeción a las leyes naturales que norman su conducta; poco a poco la conciencia va en aumento al complicarse la materia y los seres vivos tienen ya un proceder autónomo, poco predecible por ser muy espontáneo o improbable; y así se llega al hombre que en su "interior" (concepto y término muy peculiar de Teilhard), en su psiquismo, en su más íntimo yo, es libre.

El ascenso en la complejidad es simultáneo al ascenso en la conciencia; ambos conceptos son tan indisolubles como el espacio-tiempo en la física moderna. Conforme la materia recorre la escala de la complejidad-conciencia se van formando estructuras primero inanimadas y luego animadas que son no solamente mas complicadas sino también más autónomas. Por esta "libertad interior" las estructuras van accediendo a niveles de integración diferentes y aparecen propiedades nuevas que no se encuentran en los niveles inferiores; así, de la unión del cloro, gas venenoso y del sodio, inflamable y muy tóxico, se forma la sal de cocina; así también de una integración de moléculas por sí mismas inertes surgió la vida en las células primordiales y al estructurarse de cierta manera las células se integra un organismo. De esta manera se llega al hombre; para Teilhard no se trata de un organismo más, sino del paso a un diferente nivel de complejidad-conciencia en el cual surge el pensamiento lógico, la reflexión, la conciencia plena; y en su "interior" la libertad y la autonomía máximas: tal es el fenómeno humano.

En su concepto básico de que no hay diferencia fundamental entre la materia animada y la inanimada, sino que todo radica en la estructuración de los elementos, la teoría de Teilhard se unifica con la explicación actual sobre el origen de la vida. El concepto de niveles integrativos tiene muchos puntos de contacto con los conceptos de los actuales biólogos organicistas que han reaccionado contra el reduccionismo extremo de la biología de hace cincuenta años.

Como científico —fue paleontólogo de renombre, descubridor del "Hombre de Pekín"—, Teilhard se adscribe a la evolución ortogénica, pero su visión va mucho más allá. Considera que la ley de la complejidad-conciencia no opera solamente hasta el nivel estructural del individuo humano sino que lleva a los individuos a un nivel de integración superior, el de especie humana y más aún, llevará a la especie toda a su punto final, el punto omega, vertedero final de toda vida. En la concepción de Teilhard, Dios ha dotado a la materia de un impulso de perfección, de inmersión en el infinito que se alcanza ahora solamente en el nivel del hombre-individuo pero que en el futuro próximo será alcanzado por el hombre-especie: "perecemos todos o nos morimos todos". De esta manera, el hombre recoge, por así decirlo, toda forma de vida anterior a él —en sentido de complejidad— y la lleva a una vida infinita. Se tiene así un sentido último para el individuo, para la humanidad entera y para toda la creación (P. Teilhard de Chardin. El fenómeno humano, Taurus).

Teilhard representa para la iglesia católica un impulso de acordar las enseñanzas religiosas con los conocimientos científicos modernos. Una labor similar efectuó Tomás de Aquino al "cristianizar" a Aristóteles fundando una filosofía que ha sido la oficial de la iglesia durante seis siglos pero que hoy no puede sostenerse ante el impacto de la ciencia. El Teilhard jesuita, metafísico y cristiano queda fuera de la consideración de un libro que sólo ha querido dar una explicación superficial de cómo viven las plantas y ofrecer algunas reflexiones sobre la vida del hombre. Pero si vamos a reflexionar sobre la vida ¿cómo evitar la reflexión sobre la muerte? Si vamos a considerar el porqué y para qué de los fenómenos vitales, ¿cómo eludir el preguntarnos el porqué y para qué de la vida del hombre? Estas preguntas no se pueden responder con experimentos ni mediante las ciencias naturales, pero tampoco deben responderse necesaria y exclusivamente por la fe ciega: pueden ser objetos de una búsqueda por el pensamiento filosófico.

No podemos tener pruebas científicas sobre problemas metafísicos; la metodología científica se ha elaborado para otro tipo de búsqueda intelectual. Sintámonos pues libres para tomar cualquier opción. Podemos creer que somos producto del azar y que ni yo, ni mis logros, ni mi especie trascenderá en alguna forma; entonces realmente Macbeth tenía razón: life is... a tale, told by an idiot, full of sound and fury, and signifying nothing.7[Nota 7] Podemos pensar que no somos más que una máquina de sobrevivencia de los genes: mi vida no tiene quizá mucho sentido, pero en los hijos y en los hijos de los hijos, en el futuro tal vez se encuentre la paz y la felicidad; y estaré yo de alguna manera pues estarán algunos de mis genes; una sombra que se va difuminando a cada generación... "¿Qué es la vida? una ilusión, una sombra, una ficción... que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son."8[Nota 8] Pero también podemos acogernos a la visión más consoladora de Teilhard de Chardin en la que se acuerdan la ciencia moderna, esfuerzo y aventura de la cultura occidental, y nuestra tradición filosófica; porque si bien el meollo de la proposición teilhardiana es el proceso evolutivo universal, en ella sigue resonando la voz de Agustín de Hipona que viene de la época en que la noche de la caída de Roma presagiaba el amanecer de Occidente: feciste nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te.9[Nota 9]

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