Gozó de una situación privilegiada. Su numerosa población se puso a trabajar y aprovechando este potencial humano logró rehacer en pocos años su maltrecha economía. El viajero Ward, a su paso por Aguascalientes 1823, nos describe la imagen de progreso que ya se respiraba en este Partido:
[...] dormimos en San Jacinto, magnífica hacienda perteneciente al marqués de Ruhl, donde se puede decir que se empieza el cultivo que hace famoso al distrito de Aguas Calientes. El 27 llegamos a la ciudad de este nombre, a eso de las tres de la tarde. El camino desde San Jacinto resultó bastante interesante, ya que los ranchos se multiplicaban a nuestro alrededor a cada paso. Vimos por todos lados inmensos campos de maíz, y encontramos enormes carretas tiradas por bueyes, algunas cargadas con chile, otras con zacate y otras más con olotes; los caballos, vacas y bueyes abundaban en los potreros, generalmente rodeados de paredes y profundas zanjas, y todo parecía denotar una población floreciente y próspera.
[...] La población de Aguascalientes está bellamente construida y situada: algunas de las casas son muy elegantes, particularmente la de la familia de Guadalupe, que ocupa medio lado de la gran plaza... Aguascalientes produce casi la cuarta parte del maíz y la tercera parte de chile y frijol que se cosecha en Zacatecas.
[...] Asimismo, la población tiene la fábrica de manta más grande que conocí en México. Se llama el obraje de Pimentel y da trabajo a trescientos cincuenta hombres y mujeres dentro de las paredes del establecimiento...
Esta rápida recuperación fue posible por lo poco que sufrió la región durante los 10 años de guerra. Los cambios que se suscitaron no fueron tan drásticos como en otras partes. Aunque algunos españoles peninsulares fueron asesinados, una vez pasado el primer impulso revolucionario se respetaron sus vidas y sus bienes. Durante los primeros meses de revolución muchos prefirieron abandonar la villa e irse a resguardar a lugares más seguros, pero pasadas las primeras violencias y reacciones antiespañolas pudieron regresar y encargarse nuevamente de sus negocios. Después, una vez consumada la independencia, algunos, los que no tenían familia, decidieron dejar la Nueva España y regresar a su tierra, pero fueron los menos y no partieron catastróficamente sino traspasando ordenadamente sus negocios, sin resquebrajar la economía del lugar.
Su infraestructura rural no sufrió, y si bien durante los años de guerra no faltó el pillaje, la mano dura de las fuerzas realistas de la región impidió mayores destrozos. Tampoco socialmente se presentaron mayores enfrentamientos, sus élites llegaron, como en el resto del país, al acuerdo político sellado con el abrazo de Acatempan: bajo la euforia de la independencia creyeron que todo sería posible, aunque no tardaron en darse cuenta de que las diferentes concepciones de lo que debería ser nuestra patria tenían puntos irreconciliables.
En todo este proceso, desde el desenlace final de la guerra de Independencia, los ayuntamientos tuvieron un papel determinante, no nada más aseguraron la transición sino que apuntalaron el nuevo sistema y cooperaron en la reorganización del nuevo gobierno. El de Aguascalientes se convirtió en el vocero de los diferentes intereses locales y por medio de un sistema electoral manipulable, tomaron asiento en el concejo municipal los representantes de los nuevos grupos de poder de la localidad, milicianos y comerciantes, y aunque legalmente el ayuntamiento no representaba sino a la ciudad, se volvió cabeza y dirigente de todo el partido.
Muy pronto la élite política de este partido, identificada más con los intereses locales que con el grupo radical que gobernaba el estado de Zacatecas, empezó a señalar sus diferencias y los conflictos y enfrentamientos no tardaron en aparecer. El primero fue porque el ayuntamiento, bajo la influencia del cura interino, se resistió a jurar en octubre de 1823 el Reglamento para el Gobierno Provisional del Estado de Zacatecas.
Un segundo enfrentamiento, en diciembre de 1824, tuvo como origen la organización de una Sociedad de Amigos. Este tipo de asociaciones, inspiradas en las fundadas en Europa desde finales del siglo XVIII, se presentaron al público como promotoras de la cultura y la ilustración, pero en el fondo llevaban finalidades políticas y según sus tendencias se identificaban con alguno de los grupos masones que funcionaban en México. El conflicto surgió cuando los radicales de Zacatecas planearon organizar una sociedad para fomentarla en todo el estado para que les sirviera como órgano de cooptación y como transmisora de las ideas políticas que quería difundir. Aguascalientes, temiendo quizás la influencia perniciosa de los zacatecanos, decidió fundar una asociación propia, lo que Zacatecas tomó como una artera traición. Tras una serie de reproches y reclamos, la asociación de Aguascalientes sucumbió y Zacatecas pudo abrir en la capital de este partido una filial de la suya, que estuvo condenada al fracaso, ya que en 1827 apenas contaba con un puñado de miembros permanentes.
Los enfrentamientos entre los grupos políticos de Zacatecas y Aguascalientes persistieron, las razones no faltaron porque se nutrían de diferencias ideológicas irreconciliables. Zacatecas era dirigido por uno de los grupos más radicales del país: anticlerical, federalista, enemigo de los fueros de las corporaciones, reformista en cuanto a las relaciones que debían establecerse entre el clero y el gobierno, promotor de la educación como medio de integración del ciudadano a la vida de la república, entre otras presupuestas que serían las banderas de los liberales a lo largo del siglo XIX mexicano.
Aguascalientes al principio se declaró, como en muchos lugares del país, en favor de la instalación de una monarquía constitucional. Al fracasar ésta por las imposiciones del emperador Iturbide, se dejó convencer por la corriente federalista, pero pronto se arrepintió porque identificó el federalismo con el radicalismo de los políticos zacatecanos. Cuando la tendencia nacional empezó a revertirse y el sistema centralista apareció como una opción, Aguascalientes creyó que unirse a él significaría protegerse de los mandatos e imposiciones venidos de su capital, se afilió veladamente a este partido. Desde el Plan de Jalapa, en 1829, se empezó a decir que Aguascalientes jugaba contra Zacatecas en favor del centralismo.