Las doctrinas de Nicolás Maquiavelo causaron honda conmoción entre preceptistas, políticos y pedagogos. No hablemos de los que aconteció en países extranjeros; concretémonos a lo que sucedió en España.
En España fueron muchos los que clamaron contra el político florentino. Se protrestó en todas las formas; se publicaron contra él libros grandes y libros pequeños. Se le combatió incidentalmente y se le dedicaron tratados especiales. Entre estos últimos figuran: El príncipe cristiano, de Rivadeneyra; el Machiavellismus jugulatus, del padre Claudio Clemente, y los tres volúmenes de máximas que, "contra las vanas ideas de la política de Maquiavelo", publicó el jesuita Francisco Garau.
El coro de protesta y clamores fue unánime. ¿No ha vivido el lector en el campo y no ha oído alguna noche cómo, al acercarse la raposa al gallinero, salen ladrando desaforadamente todos los buenos canes de la casa? Los canes que ladraban contra la vulpeja florentina eran bien leales y vigilantes. Entre ellos había dos más clamorosos y fuertes que los demás. Estos dos canes tan fieles y ruidosos eran Baltasar y Gracián y don Diego Saavedra Fajardo. En los capítulos siguientes veremos cómo estos canes no eran canes; eran nada menos que solemnes vulpejas disfrazadas con pieles de mastines. Si ladraban más clamorosamente que los demás, lo hacían para que el señor y amo del cortijo no vislumbrase la artimaña.
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