No caiga el político en un yerro que sería imperdonable. Consiste en no adivinar entre la turba amorfa de escritores incipientes y de oradores tempranos aquellos ingenios que por su talento y energía están llamados a encumbrarse. Sepa distinguir el político los valores nacientes, positivos, en el revuelto y confuso fermentar y germinar de las gentes nuevas.
Un hombre vulgar, obtuso, podrá equivocarse en no ver cuáles valores, entre los nacientes, poseen positivo valor y cuáles no; a un observador agudo y experimentado le sera fácil conjeturarlo. Atráigase el político a los valores nacientes. La gracia de las gentes se logra con las plumas. Tal escritor novicio, que ahora escribe en un periódico ignorado y que no es nada, puede ser, andando los años, un polemista temible. Granjéese la voluntad de los nuevos el político. Sea generoso y liberal con los que mañana, dentro de poco, han de constituir una fuerza. Los escritores ya formados y sancionados acaso comienza a declinar; aunque conserven la misma fuerza, la misma savia, la novedad que encanta la han perdido. Los escritores nuevos quizá no tengan la autoridad de los veteranos, pero seducen y desconciertan por lo insólito e imprevisto. Los valores sancionados pueden costar algo; los valores nacientes se adquieren por bien poco.
No los desdeñe nunca el político. "Empeñarse con novedades de bizarría" es una de las máximas de Gracián. Ame las bizarrías y los que las realizan el político. La opinión y la muchedumbre van irresistiblemente hacia lo nuevo. La bizarría es una fuerza que atrae y hechiza a todos.
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