Si queremos vivir bien y ahorrarnos disgustos, achaques y aun enfermedades, debemos tomar con flema y sosiego nuestra cosa: debemos comer, vestir, ir de una parte a otra despacio. Lo que se hace precipitadamente se hace mal y a disgusto: grano a grano hinche la gallina el papo; poco a poco se va a todas partes. Viendo una vez el arzobispo don Alonso Carrillo que sacaba del río a un hombre que hacía tres días que se había ahogado, preguntó que por que causa había sido la desgracia. Dijéronle que por haber querido aquel hombre ir por el vado. Contestó don Alonso Carrillo: "Ya estaría en su casa si hubiera ido por la puente".
Cuando tengamos que responder a un agravio, a un vejamen, seamos cautos y dejemos pasar un buen lapso, tal vez si la injuria fue por la noche, a la mañana siguiente nuestra resolución sea distinta de lo que hubiera sido de haberla tomada enseguida. No nos precipitemos; hay momentos en la vida de los negocios en que la multitud, la prensa, la opinión pública se exacerban, se encienden y piden que se haga tal o cual cosa; en esto momentos hasta los espíritus más reflexivos pierden la sangre fría; hombres sosegados y discretos de ordinario se exaltan y unen su voz a la de la multitud. El político no debe en estos instantes dejarse arrastrar por el impulso general; si es preciso, tenga el valor de arrostrar la impopularidad; la efervescencia, la pasión pasará, y entonces todos reconocerán que él tuvo razón, y la impopularidad de un momento se trocará en cimiento de su hombría y de su sinceridad.
Puede ocurrir que el problema que se presente y que apasiona a todos sea muy complejo, muy intrincado, o que en él se reúnan tales circunstancias que no se pueda saber cómo servir a la justicia: si poniéndose de un lado o poniéndose de otro. En este caso lo prudente es callar; retírese el político de la contienda y deje que la vida que la fuerza de las cosas se abra su camino a través del tiempo.
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